En busca del embajador ideal para enfrentar a Trump Foto/AP
La
designación de Gerónimo Gutiérrez, como el nuevo embajador de México en
Washington, se suma a la insólita carambola de invitaciones infames y cambios
intempestivos que se han sucedido en los últimos meses para dejar en evidencia
la falta de claridad del gobierno mexicano frente a ese fenómeno llamado Donald
Trump.
Habría
que decir que la confusión en el caso de la embajada de México en Washington
viene de lejos. Ahí esta el caso de Miguel Basañez, un académico de mediocridad
patente que nunca supo donde estuvo parado.
Ahí
esta también el caso de Eduardo Medina Mora, el policía reconvertido en
diplomático, que siempre presumía de su gran amistad con el presidente Enrique Peña
Nieto. Entre sus logros, el haber elevado el nivel de cooperación entre la PGR
y el Departamento de Justicia.
También
tenemos el caso de Arturo Sarukhán, quien se cansó de esperar en Washington la
promesa de Felipe Calderón, el presidente que nunca le desengañó de su posible
designación como Secretario de Relaciones Exteriores.
En
todos estos casos, su labor diplomática siempre estuvo acotada rigurosamente
desde la cancillería. Y su labor de cabildeo en el Capitolio se caracterizó, en
el caso de Sarukhán, por su intensa labor para robustecer las ayudas de la
Iniciativa Mérida.
Y
en el caso de Medina Mora y Basañez, la labor de cabildeo se redujo
considerablemente. Bien por falta de experiencia, o por mor de un desinterés
creciente del Congreso de EU hacia México.
Al
llegar al cargo, la principal misión de estos embajadores fue la de cumplir a
rajatabla la instrucción de cuidar la imagen de México. Una preocupación que
venía desde la presidencia de Felipe Calderón, empeñado en ocultar la
sangrienta guerra de los carteles de la droga y la continua violación de los
derechos humanos a manos del ejército.
Tapar
el horror de las víctimas colaterales, las desapariciones forzadas, las fosas
comunes y la violación de los derechos humanos se convirtió así en su principal
preocupación.
Acallar,
disimular o censurar la guerra encarnizada que se libraba en su propio país,
con cifras de muertos que rivalizaban con las bajas registradas en conflictos
como en Irak o Afganistán, por mencionar sólo dos casos, fue su principal
objetivo.
Hoy,
cuando se ha designado a Gerónimo Gutiérrez, quien se desempeñó como
subsecretario para América del Norte durante la administración de Vicente Fox y
se recicló como director gerente del Banco de Desarrollo de América del Norte,
la pregunta que muchos se hacen es si acaso este nuevo relevo en la embajada de
México en Washington obedece a un cambio de perfil o a un cambio de estrategia.
¿Será
capaz Gerónimo Gutiérrez de conectar con el impredecible entorno de Donald
Trump?.
¿Podrá
resistir los embates de Trump y de su designado Secretario de Estado, Rex
Tillerson, en asuntos como la construcción del Muro fronterizo, la
renegociación del Tratado de Libre Comercio y los derechos humanos de millones
de inmigrantes indocumentados?
Esta
misma pregunta, anima hoy los cambios en las cancillerías de todo el mundo para
poner en ese cargo al político de mayor experiencia y de reconocido peso para
enfrentar al matón de Donald Trump.
Durante
el liderazgo de Claudia Ruiz Massieu, su gestión fue más de carácter
convencional. Entre algunos diplomáticos mexicanos y extranjeros se cuchicheaba
que su único mérito era el de ser la sobrina de Carlos Salinas de Gortari.
En
los últimos meses, su misión se limitó a seguir los mismos pasos que otros gobiernos
ya habían recorrido para tratar de entablar contacto con el gobierno entrante de Donald Trump.
Es
decir, practicar una especie de diplomacia “de proximidad” que sólo había
servido de fachada a los verdaderos contactos que el gobierno del presidente
Enrique Peña Nieto ha mantenido desde antes de la victoria de Donald Trump, a
través de su yerno, Jared Kuchner y su hija Ivanka.
Unos
contactos que se han realizado al margen de los canales diplomáticos habituales
entre ambos países.
Aunque
bien es cierto que el perfil de Gerónimo Gutiérrez es muy distinto al de Ruiz
Massieu, la pregunta es si, acaso, la estrategia seguida hasta ahora ha sido la
correcta frente a la administración entrante de Donald Trump.
Funcionarios
diplomáticos consultados por La Jornada consideran que la estrategia del
gobierno mexicano ante Trump debería pasar por una intensa labor de cabildeo
con interlocutores de gran peso en el Congreso.
Como,
por ejemplo, la Cámara de Comercio de EU que sabe muy bien del impacto que
traer consigo una guerra comercial contra México.
Otra
posible vía de dialogo y negociación, pasaría por los principales países y
empresas que tienen inversiones directas en México y planes de expansión en la
industria automotriz donde hoy se vive una intensa reestructuración contra
reloj ante los planes de China de dominar el mercado del coche eléctrico en el
mediano plazo.
Un
factor adicional. Entre un considerable número de gobiernos, existe el
convencimiento de que con la presidencia de Donald Trump se pondrá en marcha
una diplomacia de corte más corporativo.
Los
intereses comerciales pesarán más que los valores que trató de imprimir Barack
Obama a la diplomacia de EU. Particularmente en el terreno de los derechos
humanos o en el de la democracia.
En
el inicio de la era Obama, en la primavera de 2009, David Rothkopf, editor de
la influyente revista de Foreign Policy, se preguntaba hasta qué punto habían
dejado de ser útiles o necesarios los embajadores.
Rothkopf
se refería a los embajadores que no son de carrera y que suelen ser designados
a dedo por el solo hecho de ser amigos del presidente. O por haber participado
en la recolección de fondos en las campañas electorales.
En
la mayoría de los casos, y ese era el punto de su alegato, la mayoría de estos
embajadores sin experiencia se convierten en los ganadores de una lotería donde
la amistad pesa más que la experiencia. Al final, su representación resulta tan
decorativa como anodina y sus casos son la mejor razón para preguntarse hasta
qué punto siguen siendo necesarios estos embajadores.
Recordé
este alegato de Rothkopf a propósito de la designación de Gerónimo Gutiérrez
como el nuevo embajador de México en Washington.
¿Se
sumará a la lista de embajadores que se convirtieron en estatuas de sal o será
capaz de impulsar una nueva estrategia frente a la administración de Donald
Trump, un gobierno que representa todo un reto para los diplomáticos de la
vieja escuela?
Por
el momento, un poderoso factor a favor de Gerónimo Gutiérrez es su estrecha
relación con Luis Videgaray, el hombre que lo ha rescatado para formar parte de
su equipo más cercano ante la difícil misión de lidiar con el gobierno de
Donald Trump.
¿Será
suficiente la estrecha amistad de Gerónimo Gutiérrez con Videgaray?
Sospechamos
que, de ello, dependerá su corta o larga vida como embajador en Washington.

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