viernes, 13 de enero de 2017

En busca del embajador "ideal" para enfrentar a Donald Trump




                                En busca del embajador ideal para enfrentar a Trump Foto/AP


La designación de Gerónimo Gutiérrez, como el nuevo embajador de México en Washington, se suma a la insólita carambola de invitaciones infames y cambios intempestivos que se han sucedido en los últimos meses para dejar en evidencia la falta de claridad del gobierno mexicano frente a ese fenómeno llamado Donald Trump.

Habría que decir que la confusión en el caso de la embajada de México en Washington viene de lejos. Ahí esta el caso de Miguel Basañez, un académico de mediocridad patente que nunca supo donde estuvo parado.

Ahí esta también el caso de Eduardo Medina Mora, el policía reconvertido en diplomático, que siempre presumía de su gran amistad con el presidente Enrique Peña Nieto. Entre sus logros, el haber elevado el nivel de cooperación entre la PGR y el Departamento de Justicia.

También tenemos el caso de Arturo Sarukhán, quien se cansó de esperar en Washington la promesa de Felipe Calderón, el presidente que nunca le desengañó de su posible designación como Secretario de Relaciones Exteriores.

En todos estos casos, su labor diplomática siempre estuvo acotada rigurosamente desde la cancillería. Y su labor de cabildeo en el Capitolio se caracterizó, en el caso de Sarukhán, por su intensa labor para robustecer las ayudas de la Iniciativa Mérida.

Y en el caso de Medina Mora y Basañez, la labor de cabildeo se redujo considerablemente. Bien por falta de experiencia, o por mor de un desinterés creciente del Congreso de EU hacia México.

Al llegar al cargo, la principal misión de estos embajadores fue la de cumplir a rajatabla la instrucción de cuidar la imagen de México. Una preocupación que venía desde la presidencia de Felipe Calderón, empeñado en ocultar la sangrienta guerra de los carteles de la droga y la continua violación de los derechos humanos a manos del ejército.

Tapar el horror de las víctimas colaterales, las desapariciones forzadas, las fosas comunes y la violación de los derechos humanos se convirtió así en su principal preocupación.

Acallar, disimular o censurar la guerra encarnizada que se libraba en su propio país, con cifras de muertos que rivalizaban con las bajas registradas en conflictos como en Irak o Afganistán, por mencionar sólo dos casos, fue su principal objetivo.

Hoy, cuando se ha designado a Gerónimo Gutiérrez, quien se desempeñó como subsecretario para América del Norte durante la administración de Vicente Fox y se recicló como director gerente del Banco de Desarrollo de América del Norte, la pregunta que muchos se hacen es si acaso este nuevo relevo en la embajada de México en Washington obedece a un cambio de perfil o a un cambio de estrategia.

¿Será capaz Gerónimo Gutiérrez de conectar con el impredecible entorno de Donald Trump?.

¿Podrá resistir los embates de Trump y de su designado Secretario de Estado, Rex Tillerson, en asuntos como la construcción del Muro fronterizo, la renegociación del Tratado de Libre Comercio y los derechos humanos de millones de inmigrantes indocumentados?

Esta misma pregunta, anima hoy los cambios en las cancillerías de todo el mundo para poner en ese cargo al político de mayor experiencia y de reconocido peso para enfrentar al matón de Donald Trump.

Durante el liderazgo de Claudia Ruiz Massieu, su gestión fue más de carácter convencional. Entre algunos diplomáticos mexicanos y extranjeros se cuchicheaba que su único mérito era el de ser la sobrina de Carlos Salinas de Gortari.

En los últimos meses, su misión se limitó a seguir los mismos pasos que otros gobiernos ya habían recorrido para tratar de entablar contacto  con el gobierno entrante de Donald Trump.

Es decir, practicar una especie de diplomacia “de proximidad” que sólo había servido de fachada a los verdaderos contactos que el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto ha mantenido desde antes de la victoria de Donald Trump, a través de su yerno, Jared Kuchner y su hija Ivanka.

Unos contactos que se han realizado al margen de los canales diplomáticos habituales entre ambos países.

Aunque bien es cierto que el perfil de Gerónimo Gutiérrez es muy distinto al de Ruiz Massieu, la pregunta es si, acaso, la estrategia seguida hasta ahora ha sido la correcta frente a la administración entrante de Donald Trump.

Funcionarios diplomáticos consultados por La Jornada consideran que la estrategia del gobierno mexicano ante Trump debería pasar por una intensa labor de cabildeo con interlocutores de gran peso en el Congreso.

Como, por ejemplo, la Cámara de Comercio de EU que sabe muy bien del impacto que traer consigo una guerra comercial contra México.

Otra posible vía de dialogo y negociación, pasaría por los principales países y empresas que tienen inversiones directas en México y planes de expansión en la industria automotriz donde hoy se vive una intensa reestructuración contra reloj ante los planes de China de dominar el mercado del coche eléctrico en el mediano plazo.

Un factor adicional. Entre un considerable número de gobiernos, existe el convencimiento de que con la presidencia de Donald Trump se pondrá en marcha una diplomacia de corte más corporativo.

Los intereses comerciales pesarán más que los valores que trató de imprimir Barack Obama a la diplomacia de EU. Particularmente en el terreno de los derechos humanos o en el de la democracia.

En el inicio de la era Obama, en la primavera de 2009, David Rothkopf, editor de la influyente revista de Foreign Policy, se preguntaba hasta qué punto habían dejado de ser útiles o necesarios los embajadores.

Rothkopf se refería a los embajadores que no son de carrera y que suelen ser designados a dedo por el solo hecho de ser amigos del presidente. O por haber participado en la recolección de fondos en las campañas electorales.

En la mayoría de los casos, y ese era el punto de su alegato, la mayoría de estos embajadores sin experiencia se convierten en los ganadores de una lotería donde la amistad pesa más que la experiencia. Al final, su representación resulta tan decorativa como anodina y sus casos son la mejor razón para preguntarse hasta qué punto siguen siendo necesarios estos embajadores.

Recordé este alegato de Rothkopf a propósito de la designación de Gerónimo Gutiérrez como el nuevo embajador de México en Washington.

¿Se sumará a la lista de embajadores que se convirtieron en estatuas de sal o será capaz de impulsar una nueva estrategia frente a la administración de Donald Trump, un gobierno que representa todo un reto para los diplomáticos de la vieja escuela?

Por el momento, un poderoso factor a favor de Gerónimo Gutiérrez es su estrecha relación con Luis Videgaray, el hombre que lo ha rescatado para formar parte de su equipo más cercano ante la difícil misión de lidiar con el gobierno de Donald Trump.

¿Será suficiente la estrecha amistad de Gerónimo Gutiérrez con Videgaray?


Sospechamos que, de ello, dependerá su corta o larga vida como embajador en Washington.

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