domingo, 22 de enero de 2017

Donald Trump y su “madre de todas las batallas” contra los medios



                     Sean Spicer, ortavoz de la Casa Blanca, en su primera y desastrosa rueda de prensa Foto/AP



Donald Trump ya había advertido que, como presidente, seguiría haciendo uso de su cuenta de twitter para ganar la batalla por la “nueva narrativa” en la era de las redes sociales, las noticias falsas y la banalización de la realidad.

No pasó mucho tiempo antes de que nos ofreciera (de nueva cuenta), una demostración de su capacidad para torcer los hechos. Para intentar suplantar la realidad en su contra, con una mentira a su favor.

Pero, como ya sabemos los periodistas, las mentiras tienen las patas muy cortas. Y casi siempre se vuelven en nuestra contra. Sobre cuando tenemos enfrente a unos medios de comunicación que no se arredran ante el poder.

Que nunca renuncian a exigir la verdad o a desenmascarar la político mendaz. Esa es su principal labor.

El problema con Donald Trump, es que no sólo se ha propuesto declarar la guerra a los medios a través de su cuenta de twitter. Sino que ha decidido llevar esa confrontación a través de la oficina de prensa de la Casa Blanca.

Es decir, extender su ofensiva contra los medios a través de los canales institucionales que siempre han sido testigos de una relación no siempre fácil, en ocasiones ríspida y tensa, pero siempre saludable, entre los medios y la presidencia de EU.

La primera escenificación de esta nueva fase en su guerra contra los medios, ocurrió durante su primera y surrealista visita el pasado sábado a los cuarteles generales de la CIA, en Langley, Virginia:

“Como ustedes saben, estoy en una guerra con los medios. Los más deshonestos seres sobre la faz de la tierra”, dijo Trump ante un grupo de 300 agentes y funcionarios de la CIA que se presentaron voluntarios como comité de bienvenida.

El motivo de su queja, lo más parecido a un berrinche, fue la versión que ofrecieron todos los medios sobre la magnitud de la asistencia al acto de juramentación como presidente de EU. Unos medios que, desde el punto de vista de Trump, habían tenido el mal gusto de comparar la menor asistencia de sus simpatizantes con los cientos de miles que acudieron a la toma de posesión de Barack Obama en 2009.

“Yo estuve ahí. Y la asistencia fue de un millón y medio de personas. Nunca antes había habido tanta gente en una toma de posesión”, aseguró un iracundo Donald Trump al acusar de mentirosos a todos los medios.

 La queja de Trump se tornó aún más patética en el marco de las manifestaciones que, a esa misma hora, se desarrollaban de costa a costa en Estados Unidos y en decenas de ciudades en todo el mundo.

Así, mientras cientos de miles de mujeres marchaban y le gritaban “No eres mi presidente”, o le llamaban por su apodo “Mr Cheeto” (en alusión a su color naranja), Donald Trump protagonizaba un pataleo ante la selecta comunidad de la CIA.

“Se los digo. La prensa es la gente más deshonesto sobre la faz de la tierra”, insistió.

Mientras el presidente despotricaba contra la prensa ante la élite de los espías en EU, la manifestación de las mujeres crecía y se multiplicaba para reducir a la insignificancia a los simpatizantes de Trump que habían acudido a su toma de posesión.

Tan sólo en Washington, esta manifestación triplicó la asistencia a la toma de posesión de Donald Trump, según la investigación realizada por The New York Times.

Incapaz de aceptar esa realidad, que desautorizaba su auto proclamada condición como “mensajero” del pueblo y ponía en entredicho su legitimidad como comandante en jefe de toda la nación, Donald Trump arremetió como un rinoceronte contra esos medios que se mantuvieron fieles a su labor de informar sobre la magnitud de una jornada de protestas que desbordaron las calles de Washington, Nueva York, Los Angeles, Boston o San Francisco y superaron la cifra de 673 concentraciones en todo el mundo.

Enrabietado e indignado por el éxito rotundo de la marcha de las mujeres, y las cifras que habían ofrecido los medios, Donald Trump decidió pasar a la ofensiva mandando a su portavoz, Sean Spicer, para “decretar” que “la verdad” era:

1.— Que nunca antes había habido una concentración mayor a la que se registró el viernes pasado en la toma de posesión de Donald Trump.

Y,

2.— Que la prensa deshonesta, en sus intentos por tratar de minimizar su grandiosa ceremonia de toma de posesión, “pagarían muy caro” su osadía.

Por lo pronto, la prensa no se ha acobardado. Todo lo contrario. Medios como The New York Times han a anunciado una inversión de 5 millones de dólares en sus oficinas en Washington, para reforzar la cobertura de la presidencia de Donald Trump.



Bienvenidos al inicio de la era Tump y a su madre de todas las batallas contra los medios de comunicación.

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