Sean Spicer, ortavoz de la Casa Blanca, en su primera y desastrosa rueda de prensa Foto/AP
Donald Trump ya había advertido que, como presidente, seguiría haciendo
uso de su cuenta de twitter para ganar la batalla por la “nueva narrativa” en
la era de las redes sociales, las noticias falsas y la banalización de la
realidad.
No pasó mucho tiempo antes de que nos ofreciera (de nueva cuenta), una
demostración de su capacidad para torcer los hechos. Para intentar suplantar la
realidad en su contra, con una mentira a su favor.
Pero, como ya sabemos los periodistas, las mentiras tienen las patas muy
cortas. Y casi siempre se vuelven en nuestra contra. Sobre cuando tenemos
enfrente a unos medios de comunicación que no se arredran ante el poder.
Que nunca renuncian a exigir la verdad o a desenmascarar la político
mendaz. Esa es su principal labor.
El problema con Donald Trump, es que no sólo se ha propuesto declarar la
guerra a los medios a través de su cuenta de twitter. Sino que ha decidido llevar
esa confrontación a través de la oficina de prensa de la Casa Blanca.
Es decir, extender su ofensiva contra los medios a través de los canales
institucionales que siempre han sido testigos de una relación no siempre fácil,
en ocasiones ríspida y tensa, pero siempre saludable, entre los medios y la
presidencia de EU.
La primera escenificación de esta nueva fase en su guerra contra los
medios, ocurrió durante su primera y surrealista visita el pasado sábado a los
cuarteles generales de la CIA, en Langley, Virginia:
“Como ustedes saben, estoy en una guerra con los medios. Los más
deshonestos seres sobre la faz de la tierra”, dijo Trump ante un grupo de 300
agentes y funcionarios de la CIA que se presentaron voluntarios como comité de
bienvenida.
El motivo de su queja, lo más parecido a un berrinche, fue la versión
que ofrecieron todos los medios sobre la magnitud de la asistencia al acto de
juramentación como presidente de EU. Unos medios que, desde el punto de vista
de Trump, habían tenido el mal gusto de comparar la menor asistencia de sus
simpatizantes con los cientos de miles que acudieron a la toma de posesión de
Barack Obama en 2009.
“Yo estuve ahí. Y la asistencia fue de un millón y medio de personas.
Nunca antes había habido tanta gente en una toma de posesión”, aseguró un
iracundo Donald Trump al acusar de mentirosos a todos los medios.
La queja de Trump se tornó aún
más patética en el marco de las manifestaciones que, a esa misma hora, se
desarrollaban de costa a costa en Estados Unidos y en decenas de ciudades en
todo el mundo.
Así, mientras cientos de miles de mujeres marchaban y le gritaban “No
eres mi presidente”, o le llamaban por su apodo “Mr Cheeto” (en alusión a su
color naranja), Donald Trump protagonizaba un pataleo ante la selecta
comunidad de la CIA.
“Se los digo. La prensa es la gente más deshonesto sobre la faz de la
tierra”, insistió.
Mientras el presidente despotricaba contra la prensa ante la élite de
los espías en EU, la manifestación de las mujeres crecía y se multiplicaba para
reducir a la insignificancia a los simpatizantes de Trump que habían acudido a
su toma de posesión.
Tan sólo en Washington, esta manifestación triplicó la asistencia a la
toma de posesión de Donald Trump, según la investigación realizada por The New
York Times.
Incapaz de aceptar esa realidad, que desautorizaba su auto proclamada
condición como “mensajero” del pueblo y ponía en entredicho su legitimidad como
comandante en jefe de toda la nación, Donald Trump arremetió como un rinoceronte
contra esos medios que se mantuvieron fieles a su labor de informar sobre la
magnitud de una jornada de protestas que desbordaron las calles de Washington,
Nueva York, Los Angeles, Boston o San Francisco y superaron la cifra de 673
concentraciones en todo el mundo.
Enrabietado e indignado por el éxito rotundo de la marcha de las
mujeres, y las cifras que habían ofrecido los medios, Donald Trump decidió
pasar a la ofensiva mandando a su portavoz, Sean Spicer, para “decretar” que
“la verdad” era:
1.— Que nunca antes había habido una concentración mayor a la que se
registró el viernes pasado en la toma de posesión de Donald Trump.
Y,
2.— Que la prensa deshonesta, en sus intentos por tratar de minimizar su grandiosa ceremonia de toma de posesión, “pagarían muy caro”
su osadía.
Por lo pronto, la prensa no se ha acobardado. Todo lo contrario. Medios
como The New York Times han a anunciado una inversión de 5 millones de dólares
en sus oficinas en Washington, para reforzar la cobertura de la presidencia de
Donald Trump.
Bienvenidos al inicio de la era Tump y a
su madre de todas las batallas contra los medios de comunicación.

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