miércoles, 23 de noviembre de 2016

La lucha que se avecina entre el “movimiento económico nacionalista” de Donald Trump y las grandes corporaciones.



                                  En la imagen Tim Cook, presidente ejecutivo de Apple  foto/AP




En los cuarteles generales de Apple Inc en Cupertino, California, la broma de estos días es:

¿Y, entonces, cuándo vendrá el presidente Trump a decirnos cómo fabricar computadoras, Ipads o relojes dentro de Estados Unidos?

En ese mundo de Silicon Valley, donde todos los días se gestiona el futuro que se traslapa con el presente, la broma es de carga profunda.

Entre otras cosas porque, a lo que se tendrán que enfrentar a partir del próximo mes de febrero —si hacemos caso a Steve Bannon, el principal estratega de Donald Trump—, es al desafío de navegar a contra corriente de un “movimiento económico nacionalista” sin precedentes desde la década de los años 30.

Es decir, una forma de involucionismo redentor que buscará resarcir a la clase media de todos los males que han sufrido por culpa de la globalización. Esa que, en opinión de Bannon, ha irrumpido para beneficiar a la clase media en países de Asia o América Latina, pero a costa de la clase media en Estados Unidos.

“Será tan excitante como en la década de los 30 y más grande que la revolución de Ronald Reagan, en la que conservadores y populistas, se sumarán a un movimiento económico nacionalista”, aseguró Bannon en una reciente entrevista con la revista Hollywood Reporter.

Ahora bien, imaginemos por un momento, que los sueños de impulsar un “movimiento económico nacionalista” sigue adelante ante la complaciente mirada de Donald Trump.

¿Cómo es que empresas multinacionales como Apple harán frente a este intento por retornar a la década de los 30, con un modelo económico que prodigará el proteccionismo y el cierre de fronteras?

Para darnos una idea, habría que recordar que Apple es una empresa que, en tan sólo 40 años, se ha convertido en uno de las marcas de mayor éxito a nivel mundial y en uno de los modelos de negocios más innovadores en todo el mundo.

Una empresa que, tan sólo en Estados Unidos, cuenta con más de 100 mil empleados y unos ingresos anuales superiores a los 200 mil millones de dólares.

Y eso sin contar con la red de empresas contratistas y la inmensa plantilla de trabajadores que tiene fuera de Estados Unidos, ni con unos ingresos que terminan en Irlanda, una nación que cobra una de las tasas fiscales más bajas para sociedades corporativas en todo el mundo.

Gracias a ello, Apple ha podido evitar pagar el impuesto corporativo del 35% que EU aplica a  las ganancias que generan muchas empresas multinacionales de bandera estadounidense en el extranjero.

Por esta razón, Apple tiene fuera de Estados Unidos un monto que supera los 215 mil millones de dólares en efectivo, además de varios miles de millones en inversiones. Este capital también es la causa de que la Unión Europea le reclame el pago de los impuestos que genera ese tesoro en Irlanda.

Bien. Hasta aquí todo parece “lógico” ante la decisión del gobierno de Donald Trump de meter en cintura a empresas que, como Apple, se han enriquecido mientras trasladaban sus operaciones al extranjero y protegían sus ganancias del fisco estadounidense.

Y todo ello, mientras cientos de miles de trabajadores en estados como Michigan, Pennsylvania, Ohio o New Hampshire se quedaban sin trabajo.

En otras palabras, Trump se ha propuesto vengar a esa clase trabajadora. Terminar con la cultura empresarial de unas corporaciones que, durante años, han sometido a su voluntad a una larga lista de gobiernos temerosos de perder miles de puestos de trabajo y con ello generar un ambiente de crisis, descontento e inestabilidad en distintas partes del mundo.

Muy bien. Ahora, asumamos por un momento que, en el inicio de la presidencia de Trump, una empresa como Apple, no tiene más remedio que acatar la ley y adaptarse a las nuevas reglas del juego prometidas por el nuevo gobierno.

Supongamos que es así. Así es que, con el fin de simplificar el grado de dificultad que este cambio implicaría para un gigante como Apple, imaginemos sólo la cuota de producción en una de sus más importantes plantas.

Como, por ejemplo, la de Chengdu, capital provincial de Sichuan en la parte suroeste de China, donde el más importante contratista de Apple, la empresa, FoxConn, tiene una plantilla de más de 250 mil trabajadores para fabricar Ipads o computadoras.

Pregunta: ¿De dónde sacará Apple 250 mil trabajadores para reemplazar a los que perderá tan sólo en la planta de producción de FoxConn en Chengdu?. Sí, solo una de las decenas de plantas que Apple tiene repartidas por toda Asia.

Y otra más: ¿será capaz de asumir los gastos que supone pasar de un salario per capita de entre 300 y 400 dólares al mes en China, a los más de 2 mil dólares que tendrá que pagar como mínimo a un obrero en Estados Unidos?

Pero las preguntas no terminan aquí.

Trabajadores de Apple consultados por La Jornada, pero que han pedido el anonimato, añaden las siguientes interrogantes:

“¿De dónde sacaremos los insumos?. Es decir, el aluminio y los polímeros que obtenemos fácilmente dentro de China o Japón para alimentar nuestras líneas de producción y sin necesidad de importarlos desde Estados Unidos mediante un elevado gravamen?

“¿Cómo seremos capaces de satisfacer la demanda mundial de nuestros productos si tenemos que reconcentrar a toda nuestra fuerza trabajadora en Estados Unidos?

“¿Cómo vamos a seguir contando con los ingenieros que hemos contratado de países como México o la India con visa H1B para poder enfrentar la carga de trabajo y demanda en Estados Unidos?”

Y, así, la lista de preguntas y dudas son interminables para gigantes corporativos como Apple ante el inicio de la era Trump que ha prometido retroceder las manecillas del reloj en el terreno de los tratados comerciales que han permitido a Estados Unidos beneficiarse, más que nadie, de la globalización y de la llamada “economía de escala”, esa que reduce al máximo los costos de producción mientras engorda las ganancias de los monopolios a escala planetaria.

Así es que, sumándonos a la broma de los empleados y técnicos de Apple en Cupertino:


¿Cuándo les dirá el presidente Trump, la mejor forma para que Apple inicie la repatriación de trabajos y capitales y produzca los bienes que hoy son objeto del deseo de un mercado internacional insaciable, sin causar la extinción de uno de los modelos empresariales más poderosos e innovadores de la era moderna?

martes, 15 de noviembre de 2016

El infierno que se nos viene encima

                                        Imágenes de deportados en la frontera de México y EU Foto/AP




Entre la comunidad inmigrante, ninguno está dispuesto a concederle el beneficio de la duda a Donald Trump, tal y como ha sugerido el presidente Barack Obama.

Pero tampoco tienen muchas esperanzas en el gobierno mexicano, al que muchos siguen considerando como responsable de haberle dado “oxígeno” a la candidatura presidencial de Donald Trump durante la visita que realizó a México por invitación del presidente, Enrique Peña Nieto.

“Cómo vamos a concederle el beneficio de la duda a Trump si sus anuncios y acciones lo único que anticipan es una campaña de cacería contra nuestra gente”, me asegura Juan José Gutiérrez quien forma parte de una amplia coalición de organizaciones defensoras de la comunidad inmigrante en Estados Unidos que hoy viven una situación de emergencia.

“El próximo 3 de diciembre vamos a comenzar con una gran manifestación en Los Angeles. Y el 20 de enero estaremos en Washington DC, como parte de una gran coalición de organizaciones que ya calientan motores para estar presentes durante la ceremonia de juramentación de Donald Trump como el 45 presidente de EU”.

En un ambiente de zozobra, cientos de miles de inmigrantes se preparan para lo peor, pero también para librar una difícil batalla. En consultas con las distintas organizaciones que, durante décadas, los han defendido, se preparan para el infierno que se les viene encima:

“Todos los días llegan a nuestras oficinas. Padres y madres de familia, jóvenes estudiantes. Todos vienen llorando. Pidiendo consejo. La gente esta muy asustada…”, me asegura Gutiérrez, uno de los más veteranos líderes defensores de la comunidad migrante en el sur de California.

“Y el gobierno de México, si quiere hacer algo, que no sólo se limite a colaborar con los planes de deportación. Si existe de verdad voluntad política, que nos ayude con recursos para organizar a un ejército de abogados.

Porque, “en este país, independiente de lo que ha dicho Trump, todavía tenemos derecho a defendernos ante los tribunales. No podemos simplemente cruzamos de brazos y mirar a que arresten a nuestra gente. Quizá no se pueda defender a todos. Pero podemos ayudar a muchos”, aseguró  Gutiérrez.

“Si el gobierno de México quiere ayudarnos, tenemos que encontrar la mejor manera de coordinar la ayuda”, enfatizó Gutiérrez harto de los falsos redentores que no sólo no ayudan, sino que se benefician de una crisis humanitaria sin precedentes.

En este ambiente de incertidumbre, un inesperado compañero de viaje, Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la DEA y  curtido sobre el terreno en la lucha contra los carteles de la droga y el crimen transnacional, advierte a La Jornada contra un escenario de caos y violencia como no se ha visto desde la década de los 80 en Estados Unidos, México y Centroamérica:

“La gente de Donald Trump no tiene ni idea del problema que van a generar. No conocen la frontera. No conocen a países como México. Ni están familiarizados con los enormes problemas de seguridad en Centroamérica.

“Van a cometer la misma estupidez de la década de los 80, cuando deportaron desde Los Angeles a cientos de pandilleros de la Mara Salvatrucha o la M-13 y Barrio 18 hacia Centroamérica. Con el tiempo, estos deportados se aliaron con los carteles de la droga y hoy son los principales responsables del clima de violencia que sigue expulsando a familias enteras desde Centroamérica y que cruzan México para tratar de alcanzar los Estados Unidos”. 

Mike Vigll, un viejo lobo de mar, ve con mucha preocupación los planes de Donald Trump para deportar, en una primera fase, hasta 3 millones de indocumentados con récord criminal:

“El gobierno de México debería organizar una cumbre con los gobiernos de América Central. El presidente Enrique Peña Nieto; el Secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong y la Secretaria de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz Massieu, deberían ponerse de acuerdo con sus contrapartes en América Central y coordinar sus acciones ante esta campaña de deportaciones que ha anunciado Donald Trump”, asegura Vigil desde la lógica de alguien que ha visto la expansión de los carteles de la droga y su alianza con las pandillas en Estados Unidos.

“Porque al final todos van a salir afectados. México tendrá que recibir a los deportados que llegarán directamente de hogares de trabajadores que son padres de familia esforzados y honrados.

Pero también, los recibirá desde las cárceles de EU. Lo mismo Centroamérica. Y, con el tiempo, esta gente se incorporará a los carteles. Habrá mayor inestabilidad en toda la región y habrá mayor flujo de droga hacia Estados Unidos.


“Tienen que enfrentar una situación de emergencia que el gobierno de Donald Trump no alcanza a entender. Tienen que actuar rápido y de forma coordinada”, consideró Vigil mientras desde el equipo de transición de Donald Trump, personajes como Kris Kobach, el principal responsable de unos planes de deportación que son lo más parecidos a una campaña de limpieza étnica, se frota las manos mientras organiza ese infierno que consumirá a millones a partir del próximo mes de febrero.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El dolor y agobio del día después

                                                                                                          Foto/AP


Muchos son los que hoy han amanecido sin creer todavía lo que ha sucedido.

Desde Estados Unidos, la victoria de Donald Trump ha sido un golpe difícil de asimilar para quienes, durante año y medio, hemos advertido sobre el riesgo que representaba para la seguridad y la economía del mundo entero.

Desde distintas capitales en el mundo, la noticia ponía en estado de alerta a muchos. Desde la Ciudad de México, hasta Berlín, Tokio y Moscú, los gabinetes de gobierno mantenían reuniones de urgencia para analizar los resultados.

Desde la redacción en la Ciudad de México y nuestra corresponsalía en Estados Unidos, el inesperado fluir de los conteos estado por estado nos obligaba a dar una voltereta en medio de la cobertura en directo.

Y es que, aunque los periodistas estamos acostumbrados a las sorpresas y a los vuelcos, lo que nunca imaginamos es que los resultados avanzaran a contracorriente de la Historia y del legendario espíritu democrático de millones de ciudadanos en Estados Unidos.

En este sentido ofrecemos un Mea Culpa. Fuimos incapaces de barruntar esta irregularidad en la línea del tiempo. Y fracasamos a la hora de prevenir el caprichoso zigzagueo de esa flecha de la Historia que siempre avanza hacia adelante, pero también dando tumbos.

Pero la sola idea de que la mayoría de los electores habían apostado por el hombre que, apenas el año pasado, aseguró que, aunque disparara a la gente circulando por la popular 5a Avenida de Nueva York, no perdería votos, ni simpatizantes, resultaba repugnante.

Que hace no mucho prometió expulsar a millones de indocumentados que han vivido como ciudadanos de segunda clase, mientras contribuyen al progreso. O que ha prometido vetar el ingreso de ciudadanos de origen musulmán, o crear patrullas para vigilar a los miembros de esta comunidad, iba más allá de lo moral y éticamente aceptable.

Pero, en este oficio, los hechos son los que mandan, independientemente de lo que nuestra razón y el corazón, opinen al respecto.

Una vez apurado el trago amargo, la pregunta que se hacen hoy millones y que deberá concentrar nuestra atención, es:

¿Qué impacto tendrá la victoria de Donald Trump, presidente electo de Estados Unidos?

Por el momento, los hechos más que los pronunciamientos avanzan como negros presagios.

Las protestas de madrugada en estados como California, Pennsylvania, Oregón y Washington  han dejado entrever la rabia de millones contra un presidente electo que ha sido capaz de ganar en las urnas agitando los demonios del racismo y la xenofobia en Estados Unidos.

“Ese no es mi presidente”, han gritado miles de jóvenes en una jornada de frustración y rabia, Un sentimiento que seguirá dando coletazos, para dejar entrever la profunda crisis de representatividad en “la democracia más avanzada del planeta”.

Hoy, el dedo acusador de millones de electores, apuntaba contra las encuestadoras, los expertos, los analistas políticos y los medios de comunicación que fracasamos a la hora de entender en su totalidad el fenómeno Trump.

Desde algunos medios, algunos proclamaban la muerte del “excepcionalismo” americano.

Otros hablaban abiertamente de esa “guerra civil cultural” que ha dividido en dos a la nación: entre aquellos que habían creído ganar la mente y el corazón de los electores prometiendo una prórroga de la esperanza que llevó a la presidencia a Barack Obama.

Y esos otros que, al final, se impusieron apelando a la nostalgia de ese elector blanco, poco educado y conservador. Uno que votó con la urgencia de ese náufrago que contempla el hundimiento de su reinado ante el avance de esos rostros morenos en sus barrios, sus escuelas, sus Iglesias y sus centros de trabajo.

En medio de este río revuelto, y entre sentimientos encontrados y sensaciones de asqueo y descreimiento, el presidente Barack Obama parecía el único capaz de simular su disgusto y  comportarse civilizadamente.

A primera hora del miércoles, Obama prometía trabajar con el equipo de transición del presidente electo, Donald Trump, para garantizar una pacífica transición del poder el próximo mes de enero.

“Les recuerdo que en 2008 el presidente, George W Bush, con el que tuvimos muchas diferencias, se mostró gentil y diligente en el proceso de transición de mi presidencia”, dijo Obama al ofrecer el mismo trato a Donald Trump, el hombre por el que nunca ha ocultado su abierto rechazo.

En el día después de este proceso que ha dejado en shock a EU y a todo el mundo —con la excepción de Vladimir Putin quién fue el primero en felicitar a Trump—, muchas son las preguntas que sólo el tiempo se encargará de contestar.

¿Cumplirá sus amenazas de construir un Muro en la frontera con México?. ¿Dará la espalda a los Tratados de Libre Comercio que ha firmado con los principales socios y aliados de EU?. ¿Deportará a más de 11 millones de indocumentados?.

¿Dará marcha atrás a los históricos acuerdos con Cuba e Irán?.¿Encarcelará a Hillary Clinton como prometió?. ¿Derogará la primera enmienda de la Constitución que consagra la libertad de expresión y meterá en cintura a los medios que le presentaron como la peor amenaza para la seguridad nacional?

Sospechamos que muchas de sus amenazas y promesas a ese hombre blanco y poco educado que lo ha aupado a la Casa Blanca, se quedarán en papel mojado. Pero, insistimos, sólo el tiempo será capaz de responder a estas dudas.


Una cosa es segura. Estados Unidos escribe desde hoy un nuevo capítulo en su historia. Uno que hace soñar a unos y que provoca pesadillas a otros.