En la imagen Tim Cook, presidente ejecutivo de Apple foto/AP
En los cuarteles generales de Apple Inc en Cupertino, California, la
broma de estos días es:
¿Y, entonces, cuándo vendrá el presidente Trump a decirnos cómo fabricar
computadoras, Ipads o relojes dentro de Estados Unidos?
En ese mundo de Silicon Valley, donde todos los días se gestiona el
futuro que se traslapa con el presente, la broma es de carga profunda.
Entre otras cosas porque, a lo que se tendrán que enfrentar a partir del
próximo mes de febrero —si hacemos caso a Steve Bannon, el principal estratega
de Donald Trump—, es al desafío de navegar a contra corriente de un “movimiento
económico nacionalista” sin precedentes desde la década de los años 30.
Es decir, una forma de involucionismo redentor que buscará resarcir a la
clase media de todos los males que han sufrido por culpa de la globalización.
Esa que, en opinión de Bannon, ha irrumpido para beneficiar a la clase media en
países de Asia o América Latina, pero a costa de la clase media en Estados
Unidos.
“Será tan excitante como en la década de los 30 y más grande que la
revolución de Ronald Reagan, en la que conservadores y populistas, se sumarán a
un movimiento económico nacionalista”, aseguró Bannon en una reciente
entrevista con la revista Hollywood Reporter.
Ahora bien, imaginemos por un momento, que los sueños de impulsar un
“movimiento económico nacionalista” sigue adelante ante la complaciente mirada
de Donald Trump.
¿Cómo es que empresas multinacionales como Apple harán frente a este
intento por retornar a la década de los 30, con un modelo económico que
prodigará el proteccionismo y el cierre de fronteras?
Para darnos una idea, habría que recordar que Apple es una empresa que,
en tan sólo 40 años, se ha convertido en uno de las marcas de mayor éxito a nivel
mundial y en uno de los modelos de negocios más innovadores en todo el mundo.
Una empresa que, tan sólo en Estados Unidos, cuenta con más de 100 mil
empleados y unos ingresos anuales superiores a los 200 mil millones de dólares.
Y eso sin contar con la red de empresas contratistas y la inmensa
plantilla de trabajadores que tiene fuera de Estados Unidos, ni con unos
ingresos que terminan en Irlanda, una nación que cobra una de las tasas
fiscales más bajas para sociedades corporativas en todo el mundo.
Gracias a ello, Apple ha podido evitar pagar el impuesto corporativo del
35% que EU aplica a las ganancias que
generan muchas empresas multinacionales de bandera estadounidense en el
extranjero.
Por esta razón, Apple tiene fuera de Estados Unidos un monto que supera
los 215 mil millones de dólares en efectivo, además de varios miles de millones
en inversiones. Este capital también es la causa de que la Unión Europea le
reclame el pago de los impuestos que genera ese tesoro en Irlanda.
Bien. Hasta aquí todo parece “lógico” ante la decisión del gobierno de
Donald Trump de meter en cintura a empresas que, como Apple, se han enriquecido
mientras trasladaban sus operaciones al extranjero y protegían sus ganancias
del fisco estadounidense.
Y todo ello, mientras cientos de miles de trabajadores en estados como
Michigan, Pennsylvania, Ohio o New Hampshire se quedaban sin trabajo.
En otras palabras, Trump se ha propuesto vengar a esa clase trabajadora.
Terminar con la cultura empresarial de unas corporaciones que, durante años,
han sometido a su voluntad a una larga lista de gobiernos temerosos de perder
miles de puestos de trabajo y con ello generar un ambiente de crisis,
descontento e inestabilidad en distintas partes del mundo.
Muy bien. Ahora, asumamos por un momento que, en el inicio de la
presidencia de Trump, una empresa como Apple, no tiene más remedio que acatar
la ley y adaptarse a las nuevas reglas del juego prometidas por el nuevo
gobierno.
Supongamos que es así. Así es que, con el fin de simplificar el grado de
dificultad que este cambio implicaría para un gigante como Apple, imaginemos
sólo la cuota de producción en una de sus más importantes plantas.
Como, por ejemplo, la de Chengdu, capital provincial de Sichuan en la
parte suroeste de China, donde el más importante contratista de Apple, la
empresa, FoxConn, tiene una plantilla de más de 250 mil trabajadores para
fabricar Ipads o computadoras.
Pregunta: ¿De dónde sacará Apple 250 mil trabajadores para reemplazar a
los que perderá tan sólo en la planta de producción de FoxConn en Chengdu?. Sí,
solo una de las decenas de plantas que Apple tiene repartidas por toda Asia.
Y otra más: ¿será capaz de asumir los gastos que supone pasar de un
salario per capita de entre 300 y 400 dólares al mes en China, a los más de 2
mil dólares que tendrá que pagar como mínimo a un obrero en Estados Unidos?
Pero las preguntas no terminan aquí.
Trabajadores de Apple consultados por La Jornada, pero que han pedido el
anonimato, añaden las siguientes interrogantes:
“¿De dónde sacaremos los insumos?. Es decir, el aluminio y los polímeros
que obtenemos fácilmente dentro de China o Japón para alimentar nuestras líneas
de producción y sin necesidad de importarlos desde Estados Unidos mediante un
elevado gravamen?
“¿Cómo seremos capaces de satisfacer la demanda mundial de nuestros
productos si tenemos que reconcentrar a toda nuestra fuerza trabajadora en
Estados Unidos?
“¿Cómo vamos a seguir contando con los ingenieros que hemos contratado
de países como México o la India con visa H1B para poder enfrentar la carga de
trabajo y demanda en Estados Unidos?”
Y, así, la lista de preguntas y dudas son interminables para gigantes
corporativos como Apple ante el inicio de la era Trump que ha prometido
retroceder las manecillas del reloj en el terreno de los tratados comerciales
que han permitido a Estados Unidos beneficiarse, más que nadie, de la
globalización y de la llamada “economía de escala”, esa que reduce al máximo
los costos de producción mientras engorda las ganancias de los monopolios a
escala planetaria.
Así es que, sumándonos a la broma de los empleados y técnicos de Apple
en Cupertino:
¿Cuándo les dirá el presidente Trump, la mejor forma para que Apple
inicie la repatriación de trabajos y capitales y produzca los bienes que hoy
son objeto del deseo de un mercado internacional insaciable, sin causar la
extinción de uno de los modelos empresariales más poderosos e innovadores de la
era moderna?


