sábado, 24 de diciembre de 2016

La diplomacia corporativa de Donald Trump

                                         La diplomacia corporativa de Donald Trump Foto/AP




Tras su reciente cena con el multimillonario mexicano, Carlos Slim, a quien invitó para recibirlo en sus dominios de Mar-a-Largo, en Florida, el presidente electo Donald Trump ha vuelto a exhibir su método preferido para limar asperezas o para construir puentes y relaciones con gobiernos o entidades extranjeras: el de la diplomacia corporativa.

Es decir, el tipo de diplomacia que mantiene muy preocupados a los profesionales de la diplomacia política estadounidense desde el Departamento de Estado.

Cuando el pasado 14 de diciembre la Secretaria de Relaciones Exteriores de México, Claudia Ruiz Massieu, realizó una gira de trabajo por Washington, para entrevistarse con el líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, Paul Ryan, y con la Consejera de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Susan Rice, su misión se limitó a seguir los mismos pasos que otros gobiernos ya habían seguido para tratar de entablar contacto  con el gobierno entrante de Donald Trump.

Es decir, practicar una especie de diplomacia “de proximidad” que sólo ha servido de fachada a los verdaderos contactos que el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto ha mantenido desde antes de la victoria de Donald Trump, a través de su yerno, Jared Kuchner y su hija Ivanka.

Unos contactos que se han realizado al margen de los canales diplomáticos habituales entre ambos países.

Consultados por La Jornada, funcionarios de muy alto nivel de gobiernos europeos y de Latinoamérica, han confirmado el elevado grado de dificultad que han enfrentado para establecer puentes con el equipo de transición de Donald Trump.

“Nuestros intentos a través del Departamento de Estado por establecer un contacto con la gente e Trump no han llegado a ninguna parte”, aseguró un alto funcionario del gobierno alemán que pidió permanecer en el anonimato.

“Nuestros interlocutores sólo nos han confirmado que el equipo de transición de Trump por el momento sólo esta interesado en la lista de los cargos políticos que serán los primeros en reclamar para  aliados y amigos en distintas embajadas”, añadió esta fuente.

Precisamente, la dificultad para acceder a Trump a través del Departamento de Estado ha obligado a varios gobiernos extranjeros a echar mano de sus contactos a través del mundo empresarial o de sus conocidos en el sector inmobiliario o de Wall Street.

Así lo hizo el ex Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, al entablar contacto con el yerno de Trump para organizar la polémica visita del entonces candidato republicano a México en agosto pasado, y así lo hizo también el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, quien logró entrevistarse con el presidente electo y su hija Ivanka gracias a un poderoso intermediario del sector inmobiliario.

En medio de un vendaval de críticas, por los encuentros y contactos realizados al margen del Departamento de Estado, miembros del equipo de transición de Donald Trump han asegurado que tras su juramentación como presidente el próximo 20 de enero, el caprichoso magnate tendrá que ajustarse al protocolo que dicta Foggy Botom.

Sin embargo, tras la designación de Rex Tillerson, como su Secretario de Estado, son muchas las dudas e inquietudes sobre el futuro de la diplomacia de Estados Unidos. Famoso por haber desarrollado “su propia diplomacia” o una diplomacia alterna y en muchos casos contraria a los intereses de Washington, Rex Tillerson ha cultivado relaciones y amistades peligrosas o inconvenientes para la Casa Blanca.

Como por ejemplo, con el líder ruso, Vladimir Putin y con el poderoso presidente de la compañía petrolera rusa Rosneft, Igor Sechin. Como presidente de Exxon Mobil, Tillerson ha sido capaz de desarrollo una diplomacia corporativa que va más allá de intereses geoestratégicos o militares para Estados Unidos y que muchas veces se contrapone a los valores democráticos que pregona la Casa Blanca.

“Nuestra preocupación, desde el punto de vista de la Unión Europea, es que con Donald Trump y Rex Tillerson la diplomacia prodigará el carácter corporativo y sacrificará los valores tradicionales de nuestra alianza trasatlántica”, comentó un alto funcionario del gobierno español.

A la espera de que Trump asuma la presidencia, varios gobiernos de la Union Europea y de Latinoamérica analizan la posibilidad de realizar cambios en sus cancillerías. La necesidad de contar con profesionales de gran experiencia y, sobre todo, con gran peso e influencia, marcan la nueva tendencia ante la necesidad de lidiar con un Donald Trump impredecible y volátil.

En este sentido, algunos observadores ya apuestan por un recambio en la Secretaría de Relaciones Exteriores de México:

“Sería lo más lógico. Y no nos extrañaría que el presidente Peña Nieto designe a un nuevo canciller para sustituir a Ruiz Massieu. La designación de Luis Videgaray como nuevo Secretario de relaciones Exteriores sería la opción más lógica en el caso de México”, comentó un diplomático latinoamericano que pidió el anonimato.


La designación de Videgaray sería, en sete sentido, el paso más lógico ante el inicio de la era Trump y la práctica de una diplomacia corporativa que ya causa escozor entre funcionarios del Departamento de Estado y que podría caracterizarse, bajo la dirección de Rex Tillerson, por el desarrollo de una “política exterior a la medida” de poderosos grupos industriales o de corporaciones como Exxon Mobil.

martes, 20 de diciembre de 2016

Las "amistades peligrosas" de Donald Trump






                                Las "amistades peligrosas" de Donald Trump Foto/AFP
                               


En medio del escándalo de espionaje cibernético pilotado presuntamente desde Rusia, para favorecer la victoria de Donald Trump en noviembre pasado, dos simpatizantes del presidente electo han viajado a Moscú para dejar entrever la posibilidad de una Luna de Miel entre Washington y Moscú una vez que el magnate neoyorkino jure el cargo el próximo 20 de enero.

El primero de ellos es el ex congresista republicano por Georgia, Jack Kingston, un defensor a ultranza de la candidatura de Donald Trump desde el inicio de su campaña.

Tras su visita a Moscú, Kingston ha insistido ante los medios que él sólo ha ido a Rusia a título personal y no como emisario del presidente electo.

El segundo “simpatizante” de Trump, es Carter Page, un conocido asesor de la industria petrolera y consejero la campaña presidencial republicana en materia de política exterior.

La gira de ambos ha coincidido con dos eventos de enorme significado, que sólo resaltan el contradictorio empeño de Donald Trump por mejorar las relaciones con Rusia.

En el primer caso, legisladores demócratas y republicanos libran una intensa batalla en el seno del Congreso para esclarecer o echar tierra sobre el escándalo de espionaje cibernético que (según la CIA y el FBI) habría ordenado Vladimir Putin para propiciar la victoria del candidato republicano el pasado 8 de noviembre.

En un segundo escenario, el Secretario de Estado de EU, John Kerry, no ha escatimado denuncias y reproches contra el gobierno de Bashar al-Assad en Siria, y a sus aliados Rusia e Irán, por haber perpetrado una de las peores carnicerías y una crisis humanitaria sin precedentes durante el largo asedio a la ciudad de Aleppo, en la frontera con Turquía.

En este contexto, dos de los más leales aliados de Trump inauguraban una serie de contactos con hombres de negocios de EU y Rusia. Aunque el equipo de transición de Donald Trump no ha confirmado la designación de estos dos simpatizantes de su campaña, como interlocutores oficiales de su administración ante Moscú, todo indica que entre ambos buscarán allanar el camino para una Luna de Miel que beneficiaría a Rusia y a la poderosa empresa petrolera Exxon Mobil, un consorcio que se ha expandido bajo la administración de su presidente ejecutivo, Rex Tillerson.

Precisamente, Tillerson ha sido designado por el presidente electo, Donald Trump, como su candidato a la Secretaría de Estado. Una designación que promete una intensa batalla de confirmación ante el Senado.

Cuando sólo falta poco menos de un mes para el inicio de su mandato, Donald Trump ha comenzado así a mover sus fichas para tratar de inaugurar una nueva era en las relaciones entre Washington y Moscú.

El intento no es nada nuevo. De hecho, desde 1991, cada administración presidencial de EU ha intentado mejorar sus relaciones con Rusia, pero con poco éxito.

El último en fracasar fue el presidente, Barack Obama, quien falló miserablemente en sus intentos por lidiar con Vladimir Putin en Ucrania y en Siria.

En esta ocasión, el proyecto para conseguir lo que sería un histórico golpe de timón en las complejas relaciones entre Washington y Moscú, estará bajo la atenta mirada de Rex Tillerson, un viejo conocido de Vladimir Putin, quien tendrá como principal objetivo el levantamiento de las sanciones impuestas a Rusia tras la invasión de los ejércitos rusos en Crimea y Ucrania en 2014.

Del lado ruso, Tillerson tendrá como aliado de excepción a Igor Sechin, el poderoso presidente de la empresa petrolera Rosneft, y uno de los más estrechos colaboradores de Vladimir Putin.

Para los analistas del mercado petrolero y observadores políticos en Europa y Estados Unidos consultados por La Jornada, el nombre de Igor Sachin se convertirá muy pronto en uno de los más conocidos.

En el inicio de esta nueva era en las relaciones entre Washington y Moscú, los analistas coinciden en señalar que el gran beneficiario será el líder ruso, Vladimir Putin, quien necesita urgentemente el levantamiento de las sanciones impuestas por EU y sus aliados desde la invasión de sus ejércitos en Ucrania.

A manera de ejemplo, los especialistas citaron el desplome del precio del petróleo (del que depende en gran medida la economía rusa) la pérdida del poder adquisitivo de la clase media rusa (más del 30% en los últimos 3 años), y el recorte de ingresos del 10% a la burocracia al servicio del Kremlin.

El otro gran beneficiario lógico de este proceso de reconciliación, sería Exxon Mobil, quien ha perdido millones de dólares por culpa de las sanciones impuestas contra Moscú, uno de sus más importantes aliados en el mercado de hidrocarburos.

Tanto ExxonMobil como la empresa Rosneft que preside Igor Sachin, son socios desde 2011 en distintos campos de explotación petrolera en el Artico.


Por ello mismo, no pocos estudiosos de las siempre complejas relaciones entre Rusia y EU vaticinan el inicio de una nueva era entre Washington y Moscú. Una era que no estará exenta de peligros y sobresaltos, y en la que política exterior de la presidencia Trump enfrentará serias resistencias desde el Congreso y correrá el riesgo de quedar supeditada a los afanes lucrativos de la poderosa Exxon Mobil.

viernes, 9 de diciembre de 2016

La "Junta Militar" de Donald Trump




                                        John Kelly, futuro Secretario de Seguridad Interna (DHS) foto/AP




Desde que Ulysses Grant, el victorioso general de la guerra civil ocupó la presidencia de EU (1868-1877), ningún jefe del ejecutivo había designado a tan nutrido grupo de generales para conformar un gabinete que, si nos descuidamos un poco, podría parecerse mucho a una junta militar.

Sólo faltaría por confirmar la posible designación del ex director de la CIA y general retirado, James Petraeus, como futuro Secretario de Estado. Aunque las voces en contra de añadir un cuarto general a su gabinete se han multiplicado en el curso de las últimas horas, su posible designación sería la cereza en el pastel.

Petraeus se vio obligado a renunciar en noviembre de 2012 tras admitir la filtración de información confidencial a su hoy ex amante y biógrafa, Paula Broadwell.

Por el momento, el presidente electo ha designado a los generales James Mattis, Michael Flynn y John Kelly para ocupar la Secretaría de Defensa (DOD), para encabezar el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y el Departamento de Seguridad Interna (DHS), respectivamente.

Para darse una idea de lo inquietante de estos nombramientos, habría que recordar que en Estados Unidos los padres fundadores siempre recelaron de la peligrosa combinación entre el poder político y militar.

De ahí el mandato constitucional de supeditar a los generales a un poder civil y de exigir que cualquier militar que sea designado como Secretario de Defensa demuestre un proceso de separación de, al menos, 7 años entre su cargo como militar en activo y su reincorporación a la vida civil.

En este caso, por ejemplo, el general James Mattis, quien ha sido designado Secretario de Defensa, ocupó hasta marzo de 2013 el cargo de Comandante en Jefe del Comando Central.

Por tanto, tendrá que recibir una dispensa especial del Congreso para poder asumir el cargo a partir de 2017.

Por razones de interés para México, nos concentraremos en dos casos; el del general John Kelly, de 66 años y quien se jubiló en enero pasado. Kelly ha sido designado como el futuro Secretario de Seguridad Interna (DHS), el equivalente al Secretario de Gobernación en México.

El segundo caso es el de Michael Flynn, un general que encabezó hasta el mes de agosto de 2014 la poderosa Agencia de Inteligencia del Departamento Defensa (DIA). Flynn estará al frente del Consejo de Seguridad Nacional (NSC), es decir, será el hombre que susurrará directamente al oído del presidente, Donald Trump, sobre los más asuntos más urgentes en materia de seguridad.

En el capítulo de John Kelly, habría que recordar que hasta el pasado mes de enero ocupó la jefatura del Comando Sur, una responsabilidad que lo convirtió en el custodio de la seguridad de Estados Unidos desde la frontera sur de México hasta la Patagonia.

¿Que rasgos y antecedentes habría que destacar del general retirado John Kelly?

Durante una audiencia realizada el 15 de marzo de 2015, ante el comité senatorial de servicios armados que presidía el senador por Arizona, John McCain, el general John Kelly consideró como “extremadamente seria” la amenaza de células terroristas infiltrándose a través de la frontera con México:

“Si un terrorista o cualquier persona quiere entrar en nuestro país, sólo pagan la tarifa (que les piden los coyotes o miembros del crimen organizado para cruzarlos). Nadie revisa sus pasaportes. Nadie. No pasan por detectores de metales. A nadie le importa por qué están viniendo. Simplemente viajan en esta red (que se dedica a traficar inmigrantes)”, aseguró Kelly ante la mirada complacida de John McCain.

Habría que decir que, a John McCain, siempre le ha tenido debilidad por los testimonios de aquellos funcionarios policiales o militares que agitan el espantajo de “la amenaza terrorista” que busca cruzar la frontera con México.

Gracias a esa narrativa, McCain ha podido solicitar más recursos para garantizar “la seguridad fronteriza” que, actualmente, devora un presupuesto de más de 18 mil millones de dólares al año, si nos atenemos a las cifras proporcionadas en 2013 por la entonces Secretaria de Seguridad Interna (DHS), Janet Napolitano.

En el caso de John Flynn, habría que destacar que apenas en agosto pasado declaró que fuentes de inteligencia de la patrulla fronteriza le habían informado sobre el riesgo de “terroristas islámicos” cruzando la frontera por México.

En una entrevista con Breibart, uno de los medios favoritos de la extrema derecha y especializados en propagar información falsa o cargada de tintes racistas, Flynn llegó a asegurar que incluso le habían informado que los terroristas islámicos habían decidido pactar con los carteles de la droga mexicanos para obtener paso libre a través de “líneas de entrada” controladas por el crimen organizado en la frontera.

Según señaló, él mismo había visto fotos con señales escritas en árabe para marcar estas “líneas de entrada” en el estado de Texas.

“El aumento de musulmanes y musulmanes radicalizados entrando en nuestro país ilegalmente es algo a lo que deberíamos poner mucha atención”, aseguró Flynn en esa entrevista.

A pesar de los testimonios ofrecidos tanto por Flynn, como por Kelly (este último, por cierto, un entusiasta de la colaboración con la CIA, con la DEA y con los generales de las fuerzas armadas en Latinoamérica), lo cierto es que ningún informe del DHS ha confirmado hasta la fecha la infiltración de terroristas vinculados a organizaciones como Al Qaeda o al Estado Islámico a través de la frontera con México.

Pero, al parecer, su narrativa ha sido un elemento poderoso para Donald Trump a la hora de designarlos como sus futuros responsables del Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y del Departamento de Seguridad Interna (DHS) para impulsar el reforzamiento con la frontera con México y estrechar la colaboración con agencias de inteligencia para detectar la presencia de células terroristas en ese corredor que va desde América del Sur, Centroamérica y la República Mexicana.

Un detalle adicional. El general Kelly fue clave a la hora de reforzar la seguridad fronteriza de México con Guatemala para evitar la hemorragia de niños refugiados que han desbordado los puestos fronterizos de EU desde el verano de 2014.

Precisamente, la crisis de los niños refugiados que salían desde Centroamérica, huyendo de la violencia criminal, del caos y anarquía generado por los carteles de la droga, de la pobreza endémica, de la exclusión social y de las pandillas, envalentonó a un nutrido grupo de “halcones” que exigieron a México el reforzamiento de su frontera.

Kelly fue el encargado de culminar con esa misión, mientras proclamaba la falta de seguridad de esa frontera entre México y Guatemala representaba una “amenaza existencial” para EU.

Una última consideración: hacia fines de 2012, en medio de una ola de escándalos de abusos sexuales, infidelidades matrimoniales y filtración de documentos clasificados que salpicaron a generales y militares de alto rango, el entonces Secretario de Defensa, Leon Panetta, impulsó la creación de una “comisión ética” para tratar de descubrir las razones de esta degradación de la fibra normal en el seno de las fuerzas armadas.

Los abusos sexuales, el permanente acoso, la excesiva indulgencia y la falta de controles sobre los altos mandos militares acostumbrados a inmensas cuotas de poder, se multiplicaron por doquier, creando serias dudas sobre la cultura ética y los valores morales de los generales de cuatro estrellas; esos héroes de guerra consumidos por el poder y derrotados por sus propios impulsos y flaquezas.

Aunque la información de este comité nunca se hizo pública, muchos ciudadanos tenían una idea clara de lo que había ocurrido con estos generales. Entre ellos el director de la CIA, David Petraeus; el general, Jeffrey Sinclair, responsable de una división aerotransportada en Afganistán y el general, James Johnson, comandante de la 173 Brigada Aerotransportada.

Para una inmensa mayoría, los casos de estos militares embriagados de poder y egos insuflados era una historia tan vieja como la historia misma de las fuerzas armadas y su tóxica confluencia con el poder político.

¿Veremos más casos de ex militares embriagados de poder que incurrirán en abusos en temas tan sensibles como el de la seguridad nacional y los derechos humanos de millones de indocumentados?


Sólo el tiempo nos lo dirá…