martes, 28 de marzo de 2017

El tufo del encubrimiento persigue a Donald Trump



El tupo del encubrimiento persigue a Donald Trump   Foto/AFP

Durante ocho años los republicanos se volvieron expertos en el arte de denunciar las “operaciones encubiertas” del presidente, Barack Obama.

Como, por ejemplo, durante la investigación del Congreso para esclarecer los atentados terroristas de Bengasi en septiembre de 2012, cuando perdió la vida el embajador, Chris Stevenson.

Durante la campaña demócrata de Hillary Clinton, lo volvieron a hacer. Cuando acusaron al presidente de encubrir a su ex Secretaria de Estado por el uso de un servidor privado de internet para manejar información clasificada.

Hoy, las tornas se han cambiado. Y ahora son los demócratas quienes insinúan que el presidente Donald Trump podría estar al frente de una operación de encubrimiento y de obstrucción de la justicia para evitar que salga a la luz la colusión de su campaña presidencial con los servicios de inteligencia rusos.

En el curso de los últimos días la llamada actualidad informativa nos ha llevado a lomos de un ciempiés enloquecido. Dando tumbos por aquí y por allá. Mientras arrastra a millones en medio de una enloquecida sucesión de “breaking news” (noticias de última hora) en las que Donald Trump denuncia la supuesta operación secreta del ex presidente Barack Obama para espiarle mientras disputaba la presidencia a Hillary Clinton.

Poco después, sin embargo, el director de la FBI, James Comey y el director de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), Michael Rogers, han desmentido al presidente mientras confirman que existe una investigación abierta para esclarecer la posible colusión entre la campaña presidencial de Donald Trump y la inteligencia rusa.

En medio de esta intrincada historia de encuentros secretos y apurados intentos por obstaculizar una investigación de la FBI, Devin Nunes, el presidente del comité de inteligencia de la Cámara de Representantes, que realiza una investigación paralela al de la FBI, ha tenido encuentros furtivos en la Casa Blanca para recibir información de una fuente no identificada que, según él, confirmaría  el “espionaje” de la campaña de Donald Trump.

Como se sabe el presidente Trump ha acusado a su antecesor en el cargo de haberlo espiado al más puro estilo de Richard Nixon o de Joseph McCarthy, irónicamente el senador republicano responsable de la cacería de brujas contra supuestos aliados de Rusia en la década de los 50.

Pero Nunes, quien decidió no informar a sus contrapartes demócratas en el comité, antes de salir corriendo para informar a Trump, eludió reportar que la supuesta información que le fue revelada por una fuente anónima tiene que ver con la recolección “incidental” de contactos entre la campaña de Donald Trump y posiblemente agentes extranjeros.

En la jerga de los servicios de inteligencia, la “recolección incidental” tiene que ver con el monitoreo constante de agentes extranjeros cuando éstos entran en contacto con ciudadanos de Estados Unidos.

En el caso que nos ocupa, Nunes eludió mencionar que el monitoreo de la campaña republicana no se habría producido si los servicios de inteligencia no hubieran detectado el contacto entre allegados de Trump con agentes extranjeros, muy posiblemente de Rusia.

En medio de esta tormenta de versiones interesadas, filtraciones y acusaciones de Donald Trump, la minoría demócrata en el Congreso y algunas voces desde el partido republicano, como la del senador por Arizona, John McCain, han considerado que Devin Nunes debería recusarse de la investigación en curso.

Desde su punto de vista, ha llegado el momento de crear una comisión especial que esclarezca las responsabilidades del presidente en un posible caso de colusión (es decir de traición) con los servicios de inteligencia rusos para malograr las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton.

Desde su punto de vista, la poca credibilidad del presidente del comité de inteligencia, Devin Nunes, quien ha preferido comportarse como un aliado incondicional de Trump, en lugar del legislador imparcial al frente de una investigación que afecta a la Casa Blanca, hace hoy más necesaria que nunca esta comisión independiente.

Como la que se creó por ejemplo en 1973 para determinar las responsabilidades políticas y judiciales del entonces presidente, Richard Nixon, en el famoso escándalo del Watergate.

Sin embargo, a diferencia del caso Watergate, en esta ocasión la mayoría republicana en el Congreso no parece muy dispuesta a respaldar la creación de un comité independiente que arroje luz sobre los presuntos contactos (es decir, la coordinación o colusión) entre miembros de la campaña Trump y los servicios de inteligencia rusos.

De seguir así las cosas, el presidente Donald Trump será capaz de frenar o abortar todo intento por investigarle con el apoyo de la mayoría republicana en el Congreso.

Bueno, eso a menos de que el director de la FBI, James Comey, o la prensa independiente, vuelvan a sorprendernos con el hallazgo de nuevas pruebas que confirmarían (o descartarían) su participación directa en una operación de encubrimiento para ocultar la operación más exitosa de los servicios de inteligencia rusos para frustrar las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton.

martes, 14 de marzo de 2017

La enfermiza obsesión de Donald Trump con Obama

                                La enfermiza obsesión de Trump con Obama                foto/AFP


Durante casi 8 años el presidente Barack Obama se convirtió en el objeto preferido de ataques y teorías conspirativas de Donald Trump.

Como su infame campaña para cuestionar su ciudadanía y su religión. Para obligarle a hacer pública el acta de nacimiento que demostraba que había nacido en Hawai y no en Kenia, una mentira que Trump se encargo de propagar entre las bases extremistas y neoconservadoras que nunca aceptaron a Obama como “su” presidente.

Hoy, después de conquistar la presidencia de Estados Unidos, Trump se ha mostrado incapaz de escapar de su obsesión hacia Obama.

Las últimas imputaciones contra el ex presidente, al que ha acusado de haberle espiado e intervenido sus teléfonos, pero sin ofrecer prueba alguna, demuestran la fijación enfermiza de un hombre que hoy más que nunca necesita de Obama para distraer la atención de los medios y la opinión pública de otros escándalos potencialmente más dañinos.

Como sus presuntos contactos con Rusia o la suerte de su Procurador General, Jeff Sessions, quien mintió al Congreso sobre sus encuentros con el embajador ruso.

Desde que Trump lanzó la última acusación contra Obama a través de su cuenta de twitter, los medios de comunicación y miembros del Congreso han insistido en la necesidad de demostrar sus dichos.

Pero Donald Trump no ha ofrecido pruebas de una denuncia que, poco a poco, ha pasado del escándalo al ridículo. Y todo con la entusiasta ayuda de su portavoz, Sean Spicer y de su principal asesora, Kellyanne Conway, quien ha llegado al extremo de sugerir que el espionaje contra su jefe se pudo haber realizado lo mismo desde un teléfono, que de un televisor y hasta de un microondas.

Transformado en el rey de las noticias falsas (fake news) y de los rumores, a Donald Trump ya casi nadie le cree nada. Su credibilidad ha tocado fondo entre la mayoría de los estadounidenses.

En medio de una operación para tratar de salvar la cara, mientras mantienen viva la mentira del supuesto espionaje de Obama contra Trump, la Casa Blanca ha asegurado que corresponde al Congreso demostrar las acusaciones del presidente, posiblemente mediante la creación de una comisión especial.

Es decir, la mejor fórmula para politizar y seguir explotando una mentira.

Una posibilidad que algunos senadores republicanos creen factible. Pero no para demostrar una acusación que lanzó Trump sin ofrecer prueba alguna. Sino para ofrecer cobertura a un presidente que no sabe cómo salir del atolladero.

Y, de paso, seguir distrayendo a los ciudadanos de asuntos más importantes. Como, por ejemplo, la posible colusión de su campaña presidencial con los servicios de inteligencia rusos.

Desde el sector de los extremistas, el congresista republicano por Iowa, Steve King, ha ofrecido  de forma espontánea una línea de salvación al presidente al asegurar que, si Obama no ordenó las grabaciones de las conversaciones de Donald Trump, éstas bien pudieron ser realizadas “por una célula rebelde de la CIA” interesada en dañar la reputación del candidato republicano.

Con estas declaraciones, King se suma a la espiral de rumores y noticias falsas que se han encargado de propagar medios como Breibart News, muy próximo al principal asesor del presidente, Steve Bannon, para insistir en la tesis del espionaje practicado contra Trump y algunos de sus colaboradores.


En cualquier caso, la obsesión de Trump hacia Obama parece confirmar que el presidente sigue empeñado en mantener su enfermiza relación con el hoy ex presidente bajo el principio de “ni contigo, ni sin ti”.

jueves, 2 de marzo de 2017

La trampa migratoria de Donald Trump


                            La trampa migratoria de Donald Trump          Foto/AFP

Entre las sorpresas que deslizó el presidente Donald Trump, durante su primer informe sobre el Estado de la Unión, su aparente disposición a una reforma migratoria ha vuelto a colocar a toda la nación ante el inicio de un nuevo ciclo de promesas y esperanzas para llegar a esa tierra prometida de la legalización, a donde nadie pueda ser discriminado, explotado o perseguido por su condición de “ilegal” en Estados Unidos.

Donald Trump insinuó así un posible giro en el frente migratorio. Un abandono de la posición radical que defendió durante su campaña, mientras el sector más racista y extremista del partido republicano le aplaudía a rabiar y le convertía en su candidato.

“Creo que es posible una reforma migratoria real y positiva, siempre y cuando nos enfoquemos en los siguientes objetivos: mejorar los empleos y los salarios de los estadunidenses, fortalecer la seguridad de nuestra nación y restablecer el respeto a nuestras leyes”, aseguró Donald Trump.

“Si nos guiamos por el bienestar de los ciudadanos estadunidenses, creo que los republicanos y los demócratas pueden trabajar juntos para lograr un resultado que ha eludido a nuestro país durante décadas”, añadió el presidente.

Detrás de estas palabras, que se han repetido como un mantra fallido a lo largo de los últimos 30 años, están las mentiras de siempre.

Es decir, las trampas y argucias que, legislatura tras legislatura, han puesto tanto demócratas como republicanos para dinamitar toda posibilidad de acuerdo. Para decepcionar una y otra vez a esa población indocumentada cansada de vivir en las sombras y de ser utilizada como  “chivos expiatorios” por los republicanos.

O como el reclamo electoral de los demócratas para seguir pastoreando impunemente a la base electoral hispana.

Por esta razón, Donald Trump no ha dudado en deslizar la oferta de una reforma migratoria que, en última instancia, dependerá de la posibilidad de un compromiso entre demócratas y republicanos.

Es decir, Trump prometió porque nada le cuesta. Se comportó como el demagogo que hemos visto desde el inicio de su campaña por la presidencia.  Y, además, lo ha hecho con alevosía y ventaja porque, en caso de una nueva decepción, la culpa recaerá de nueva cuenta en el Congreso.

En junio de 2007, cuando el entonces presidente, George W Bush, vio fracasar su polémico proyecto de reforma migratoria, la base conservadora del partido republicano y el movimiento nativista que impulsó el movimiento de los vigilantes en la frontera (conocidos como los Minuteman), celebraron su victoria.

Las culpas cayeron en un Congreso incapaz de arreglar un sistema migratorio que hacía aguas por todos lados.

Posteriormente, bajo la presidencia de Barack Obama, el denominado grupo de los 8 senadores demócratas y republicanos, consiguieron una importante “victoria histórica”.

Con una votación de 68 senadores a favor y 32 en contra, la cámara alta aprobó un proyecto de reforma migratoria que contemplaba una inversión por 46 mil 300 millones de dólares para reforzar la seguridad fronteriza y una vía a la ciudadanía para más de 11 millones de indocumentados.

Además, el proyecto de ley elevaba a 40 mil el número de agentes de la patrulla fronteriza y contemplaba el reforzamiento del muro fronterizo (con la construcción de 1,126 kilómetros) y el emplazamiento de nuevos sistemas de vigilancia electrónica con el despliegue de drones y vuelos no tripulados.

El proyecto de ley naufragaría, sin embargo, en la Cámara de Representantes. La mayoría republicana se encargaría de sepultarla bajo una montaña de enmiendas y bajo el permanente reclamo de colocar siempre por delante la seguridad de la frontera con México.

Un recurso que Donald Trump ha vuelto a poner por delante de cualquier acuerdo entre demócratas y republicanos. Entre otras cosas porque nadie es capaz de garantizar el blindaje de la franja fronteriza con niveles de efectividad de capturas superiores al 90%, tal y como han exigido los republicanos.

Por lo tanto, el aparente giro de Trump en el frente migratorio es solo eso.


Un gesto aparente que intenta convertirlo en un líder “más compasivo y más presidenciable” ante la comunidad hispana y la base demócrata. Un pronunciamiento simbólico que lo convertirá en el árbitro distante de un proceso de negociaciones entre demócratas y republicanos que no irá a ningún lado, mientras el Congreso de Estados Unidos siga bajo el control de la mayoría conservadora.