viernes, 12 de enero de 2018

"Agujeros de mierda"

                                                                                                        Foto/AFP




J. Jaime Hernández

Resulta sorprendente la forma en que demócratas y republicanos. Líderes de opinión y cancillerías de gobiernos en todo el mundo se han llevado las manos a la cabeza escandalizados por el hecho de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya utilizado el término “agujeros de mierda” para referirse a países de Africa, o a naciones como Haití, El Salvador o Guatemala.

Lo cierto es que, en muchos sentidos, lo que dice Trump es lo que piensan muchos aunque, es de justicia decirlo, no todos en Estados Unidos.

El término “agujeros de mierda”, o “agujeros infernales”, ha estado presente en el lenguaje de políticos, militares, amas de casa, trabajadores de cuello blanco y obreros de todo pelaje desde que Estados Unidos abrazó la tesis del “excepcionalismo” (o del hegemonismo que cobró bríos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial) como mejor coartada para alimentar y emboscar al viejo demonio racista y reclamar su liderazgo moral, militar, comercial y financiero en todo el mundo.

No digo que el excepcionalismo sea intrínsecamente malo. Desde que Abraham Lincoln hizo de esta doctrina el mejor recurso para “apelar a los mejores ángeles de nuestra naturaleza” y superar una guerra civil mientras reunificaba a la nación, también demostró que el discurso del excepcionalismo, le permitiría definir el papel de Estados Unidos en todo el mundo.

Desde entonces, generación tras generación de políticos, lo mismo liberales que conservadores,  explotaron la doctrina del excepcionalismo y, con ella, el convencimiento de que la Unión Americana representaba “la mejor esperanza para la la paz y la prosperidad” en el concierto internacional.

De hecho, el excepcionalismo ha sido uno de los más valiosos baluartes del marketing estadounidense para presentarse a sí misma como la democracia más avanzada en el planeta. El invento les ha servido, incluso, para avalar su papel como la potencia militar con licencia para matar e intervenir hasta el último rincón del planeta.

El problema es que, en el proceso de internacionalizar el excepcionalismo de Estados Unidos en todo el mundo, la política exterior de Washington perdió el rumbo. El excepcionalismo se transformó en hegemonismo. Y en un poderoso recurso para lavar el rostro del neoliberalismo más inhumano y depredador.

Los fallidos intentos de Barack Obama para dejar atrás la era del hegemonismo y el unilteralismo no sólo fracasaron miserablemente. Ahí tenemos, como consecuencia, la eternización de la guerra contra el terrorismo (con los “agujeros infernales” que dejó EU en Afganistán, Irak o Yemen) y el infierno que atizó su indefinición durante la guerra en Siria, con millones de refugiados buscando puerto seguro en Turquía, Líbano, Egipto y distintas naciones de la Unión Europea.

Los fracasos de Obama, o sus errores por omisión, sólo le dieron aliento a los supremacistas blancos y a personajes como Donald Trump que supo aprovechar la sensación de agravio entre el electorado blanco y conservador ,y la nostalgia de Estados Unidos como potencia hegemónica y militar.

Hoy sabemos que estos resabios le permitieron a Trump triunfar contra todo pronóstico en las elecciones presidenciales del 2016 y convertirse en campeón de un movimiento de reivindicación racial y en una pesadilla para millones de inmigrantes en Estados Unidos.

Precisamente, el tema del excepcionalismo (disfrazado de racismo) se ha convertido en el rasero para juzgar a millones de inmigrantes, particularmente los de origen mexicano. Para considerarles, en muchos casos, incapaces de asimilarse al “American way of Life”.

Como ejemplo, la disparatada tesis del profesor de Harvard Samuel Huntington, autor del libro “Choque de Civilizaciones”. En el año 2004, Huntington publicó un artículo en la revista Foreign Policy.

Bajo el título de The Hispanic Challenge (el desafío hispano) Huntington se convirtió, al igual que hoy lo hace Trump desde su cuenta de twitter y la oficina oval de la Casa Blanca, en el primer intelectual en “racionalizar” el odio racista hacia la comunidad hispana en particular e inmigrante en general:

“La afluencia de inmigrantes hispánicos amenaza con dividir Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos idiomas. A diferencia de los pasados grupos de inmigrantes (léase los que llegaron de Europa), los latinos no se han asimilado a la cultura mayoritaria de Estados Unidos; en lugar de eso han creado su propia política y sus enclaves lingüísticos, desde Los Angeles hasta Miami.

“Para EU sería peligroso pasar por alto este reto”, aseguró Huntington para dar munición a los grupos de nativistas incrustados en el partido republicano, o dar bríos a impulsos racistas encabezados por James Gilchrist, creador del movimiento de los Minuteman, o a Joe Arpaio, el alguacil de Maricopa, Arizona.

Todos ellos, por cierto, precursores de personajes como Donald Trump en la vieja práctica de agitar el odio racista y supremacista (emboscadas tras la noble idea del “excepcionalismo”) para atizar lucha racista contra los inmigrantes, particularmente los de piel morena.

Para demonizar, como ha hecho Trump, a inmigrantes de México, a los que ha acusado de ser narcotraficantes o violadores. O para reducirlos poco menos que a infrahumanos provenientes de “agujeros de mierda” en países de Africa o de América Central.

Siguiendo con esta misma línea de argumentación, para demostrar que la tentación de pintar a otras naciones menos desarrolladas como “agujeros de mierda” o “agujeros infernales” siempre ha estado presente entre algunos sectores mostrencos o retardatarios de EU, quizá valdría la pena evocar la audiencia senatorial celebrada el 9 de mayo de 2013 para discutir la seguridad fronteriza en los límites de México y Canadá.

Durante esa audiencia, el senador republicano por Carolina del Sur, Lindsay Graham (el que ahora critica ferozmente a Trump por sus comentarios derogatorios), sostuvo que si los mexicanos seguían cruzando ilegalmente la frontera con EU, era porque huían de “un agujero infernal” en México:

“La gente que cruza nuestra frontera sur lo hace porque vive en agujeros infernales. Y a muchos no les gusta eso. Quieren venir y vivir aquí. El problema es que no podemos recibir a todos aquellos que viven en agujeros infernales”, aseguró Graham en un pronunciamiento que no causó el vendaval que ha ocasionado Trump en esta ocasión.

Entre otras cosas porque Graham no era presidente, pero su intervención dejó en claro que la opinión de un nutrido grupo de miembros del Congreso ha sido compartida desde hace mucho tiempo con la de personajes como Donald Trump.


Particularmente, en el caso de México, pero también sobre naciones que se han convertido en recurrentes fuentes de emigración hacia EU desde el continente Africano, o desde El Caribe y América Central.

miércoles, 10 de enero de 2018

El show migratorio de Donald Trump

                                                                                                              Foto/AP



J. Jaime Hernández


Donald Trump siempre ha presumido de su pasado como estrella de la televisión.

Lo que pocos alcanzaban a barruntar era el deseo (quizá lo más correcto sería decir obsesión)  del actual presidente de Estados Unidos de convertir a la Casa Blanca en un escaparate de su continuo show del caos y el esperpento.

En lo que fue su primera reunión de gabinete en 2018, Trump arrancó su jornada con un inusual “bienvenidos de nuevo al estudio de televisión” a los periodistas que integraban el pool de cobertura en la Casa Blanca.

Se trataba de su primera reunión de gabinete de 2018. Un acto que Trump aprovechó para asegurar que “nunca antes un encuentro en la Casa Blanca” —para debatir el futuro de millones de inmigrantes y de los llamados dreamers— había despertado tanto entusiasmo:

“Ayer, tuvimos una reunión bipartidista con los miembros de la Cámara y los senadores sobre la reforma migratoria… Y fue una reunión tremenda. En realidad, fue presentada por los medios como algo increíblemente fabuloso. Lo mismo que mi desempeño (como presidente)”, dijo Trump en un mensaje que se concentró más en la forma que en el contenido.

Lo que no mencionó Trump fue el estado de desconcierto que dejó tras su errabunda participación en un cónclave dedicado exclusivamente a debatir el futuro de los dreamers y de los más de 11 millones de indocumentados que han sido tratados como criminales por su administración.

Medios como la cadena CNN y The New York Times dedicaron gran parte de sus espacios para tratar de descifrar la ceremonia de la confusión que encabezó Donald Trump el pasado martes cuando el presidente insinuó, en primera instancia, que estaba a favor de garantizar el futuro de los dreamers sin pedir a cambio la construcción del Muro fronterizo.

Es decir, apoyar la aprobación de una “iniciativa limpia” y libre de condicionantes, tal y como se lo solicitó durante el encuentro la senadora demócrata por California, Dianne Feinstein.

Y debatir en una segunda fase, y como parte de esa secuencia propuesta por Feinstein, la legalización de más de 11 millones de inmigrantes sin papeles.

Los pronunciamientos contradictorios de Donald Trump desataron una tormenta entre su base más extremista que le acusó de traidor por insinuar la posibilidad de una “amnistía” a favor de los dreamers.

La airada reacción de la base de Trump obligó a la Casa Blanca a “borrar” de la transcripción oficial, el momento en que el presidente se mostró dispuesto a aceptar la propuesta de una “iniciativa limpia” para resolver la situación de los dreamers.


El intento, sin embargo, resultó fallido ya que la mayoría de los periodistas y medios presentes en el evento se encargaron de resaltar precisamente lo que en un primer momento parecía un drástico giro del presidente.

Entre las filas demócratas el desconcierto rivalizaba con un descreimiento a la medida de los rumores que han hablado insistentemente sobre la incapacidad de Trump para entender la complejidad de un tema como el migratorio.

Un día después, ante la confusión y en vista de la rabiosa reacción de su base más extremista, el presidente Trump se vio obligado a esclarecer lo que, desde su punto de vista (y posiblemente después de una regañina de asesores antinmigrantes como Stephen Miller), se había acordado en el cónclave entre demócratas y republicanos para tratar de encontrar terreno común en el frente migratorio:

“Lo que acordamos buscar ayer fue en negociar las cuatro áreas principales de reforma: asegurar nuestra frontera, incluido, por supuesto, el muro, que siempre se ha incluido, nunca cambió.

“Además hablamos terminar la migración de cadena (es decir el principio de reagrupación familiar); cancelar la lotería de visas; y abordar el estado de la población de DACA”, se limitó a señalar Trump para cerrar la puerta a la posibilidad de un acuerdo en el apremiante caso de los dreamers sin obtener a cambio sus 18 mil millones para el muro, además de drásticos cambios a la política de reagrupación familiar y la lotería de visas.

En resumen, en el lapso de menos de 24 horas, Donald Trump nos ofreció un recital de pronunciamientos contradictorios. Un show que sólo ha generado más confusión sobre el futuro de los dreamers y las condiciones que prevalecerán en un debate más a fondo sobre la necesidad de una reforma migratoria comprensiva.

Por fortuna, el juez William Alsup, del Tribunal de Distrito de los Estados Unidos con sede en San Francisco, decidió dar un paso al frente con una resolución que obligará a la administración Trump mantener vigente el programa de Acción Diferida para Llegados en la Infancia (DACA).


La decisión de Alsup, considerada como “indignante” por la Casa Blanca, ha conseguido introducir algo de realismo y sensatez a un debate en el que Donald Trump y el liderazgo del partido republicano intentarán seguir explotando con fines electorales, banalizando la suerte de millones de inmigrantes como si se tratara de un show de televisión.