J. Jaime Hernández
Resulta sorprendente la forma en que demócratas y republicanos. Líderes
de opinión y cancillerías de gobiernos en todo el mundo se han llevado las
manos a la cabeza escandalizados por el hecho de que el presidente de Estados
Unidos, Donald Trump, haya utilizado el término “agujeros de mierda” para
referirse a países de Africa, o a naciones como Haití, El Salvador o Guatemala.
Lo cierto es que, en muchos sentidos, lo que dice Trump es lo que
piensan muchos aunque, es de justicia decirlo, no todos en Estados Unidos.
El término “agujeros de mierda”, o “agujeros infernales”, ha estado
presente en el lenguaje de políticos, militares, amas de casa, trabajadores de
cuello blanco y obreros de todo pelaje desde que Estados Unidos abrazó la tesis
del “excepcionalismo” (o del hegemonismo que cobró bríos tras el fin de la
Segunda Guerra Mundial) como mejor coartada para alimentar y emboscar al viejo
demonio racista y reclamar su liderazgo moral, militar, comercial y financiero
en todo el mundo.
No digo que el excepcionalismo sea intrínsecamente malo. Desde que
Abraham Lincoln hizo de esta doctrina el mejor recurso para “apelar a los
mejores ángeles de nuestra naturaleza” y superar una guerra civil mientras
reunificaba a la nación, también demostró que el discurso del excepcionalismo,
le permitiría definir el papel de Estados Unidos en todo el mundo.
Desde entonces, generación tras generación de políticos, lo mismo
liberales que conservadores, explotaron
la doctrina del excepcionalismo y, con ella, el convencimiento de que la Unión
Americana representaba “la mejor esperanza para la la paz y la prosperidad” en
el concierto internacional.
De hecho, el excepcionalismo ha sido uno de los más valiosos baluartes
del marketing estadounidense para presentarse a sí misma como la democracia más
avanzada en el planeta. El invento les ha servido, incluso, para avalar su
papel como la potencia militar con licencia para matar e intervenir hasta el
último rincón del planeta.
El problema es que, en el proceso de internacionalizar el
excepcionalismo de Estados Unidos en todo el mundo, la política exterior de
Washington perdió el rumbo. El excepcionalismo se transformó en hegemonismo. Y
en un poderoso recurso para lavar el rostro del neoliberalismo más inhumano y
depredador.
Los fallidos intentos de Barack Obama para dejar atrás la era del
hegemonismo y el unilteralismo no sólo fracasaron miserablemente. Ahí tenemos,
como consecuencia, la eternización de la guerra contra el terrorismo (con los
“agujeros infernales” que dejó EU en Afganistán, Irak o Yemen) y el infierno
que atizó su indefinición durante la guerra en Siria, con millones de refugiados
buscando puerto seguro en Turquía, Líbano, Egipto y distintas naciones de la
Unión Europea.
Los fracasos de Obama, o sus errores por omisión, sólo le dieron aliento
a los supremacistas blancos y a personajes como Donald Trump que supo
aprovechar la sensación de agravio entre el electorado blanco y conservador ,y
la nostalgia de Estados Unidos como potencia hegemónica y militar.
Hoy sabemos que estos resabios le permitieron a Trump triunfar contra
todo pronóstico en las elecciones presidenciales del 2016 y convertirse en
campeón de un movimiento de reivindicación racial y en una pesadilla para
millones de inmigrantes en Estados Unidos.
Precisamente, el tema del excepcionalismo (disfrazado de racismo) se ha
convertido en el rasero para juzgar a millones de inmigrantes, particularmente
los de origen mexicano. Para considerarles, en muchos casos, incapaces de
asimilarse al “American way of Life”.
Como ejemplo, la disparatada tesis del profesor de Harvard Samuel
Huntington, autor del libro “Choque de Civilizaciones”. En el año 2004,
Huntington publicó un artículo en la revista Foreign Policy.
Bajo el título de The Hispanic Challenge (el desafío hispano) Huntington
se convirtió, al igual que hoy lo hace Trump desde su cuenta de twitter y la
oficina oval de la Casa Blanca, en el primer intelectual en “racionalizar” el
odio racista hacia la comunidad hispana en particular e inmigrante en general:
“La afluencia de inmigrantes hispánicos amenaza con dividir Estados
Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos idiomas. A diferencia de los pasados
grupos de inmigrantes (léase los que llegaron de Europa), los latinos no se han
asimilado a la cultura mayoritaria de Estados Unidos; en lugar de eso han
creado su propia política y sus enclaves lingüísticos, desde Los Angeles hasta
Miami.
“Para EU sería peligroso pasar por alto este reto”, aseguró Huntington
para dar munición a los grupos de nativistas incrustados en el partido
republicano, o dar bríos a impulsos racistas encabezados por James Gilchrist,
creador del movimiento de los Minuteman, o a Joe Arpaio, el alguacil de
Maricopa, Arizona.
Todos ellos, por cierto, precursores de personajes como Donald Trump en
la vieja práctica de agitar el odio racista y supremacista (emboscadas tras la
noble idea del “excepcionalismo”) para atizar lucha racista contra los
inmigrantes, particularmente los de piel morena.
Para demonizar, como ha hecho Trump, a inmigrantes de México, a los que
ha acusado de ser narcotraficantes o violadores. O para reducirlos poco menos
que a infrahumanos provenientes de “agujeros de mierda” en países de Africa o
de América Central.
Siguiendo con esta misma línea de argumentación, para demostrar que la
tentación de pintar a otras naciones menos desarrolladas como “agujeros de
mierda” o “agujeros infernales” siempre ha estado presente entre algunos
sectores mostrencos o retardatarios de EU, quizá valdría la pena evocar la
audiencia senatorial celebrada el 9 de mayo de 2013 para discutir la seguridad
fronteriza en los límites de México y Canadá.
Durante esa audiencia, el senador republicano por Carolina del Sur,
Lindsay Graham (el que ahora critica ferozmente a Trump por sus comentarios
derogatorios), sostuvo que si los mexicanos seguían cruzando ilegalmente la frontera
con EU, era porque huían de “un agujero infernal” en México:
“La gente que cruza nuestra frontera sur lo hace porque vive en agujeros
infernales. Y a muchos no les gusta eso. Quieren venir y vivir aquí. El
problema es que no podemos recibir a todos aquellos que viven en agujeros
infernales”, aseguró Graham en un pronunciamiento que no causó el vendaval que
ha ocasionado Trump en esta ocasión.
Entre otras cosas porque Graham no era presidente, pero su intervención
dejó en claro que la opinión de un nutrido grupo de miembros del Congreso ha
sido compartida desde hace mucho tiempo con la de personajes como Donald Trump.
Particularmente, en el caso de México, pero también sobre naciones que
se han convertido en recurrentes fuentes de emigración hacia EU desde el
continente Africano, o desde El Caribe y América Central.

