viernes, 28 de octubre de 2016

Joe Biden: el hombre responsable de llevar las relaciones con México, declina ser futuro Secretario de Estado

                                                                                                 Foto/AP


A pesar de que las urnas aún no ofrecen su veredicto definitivo en Estados Unidos, en medio de un tumultuoso y trepidante final de campaña, la candidata demócrata, Hillary Clinton, ya ha iniciado los trabajos de transición hacia la Casa Blanca.

Un proceso habitual que, dicho sea de paso, se ha visto acelerado en el caso de una campaña demócrata que se muestra confiada en una victoria al alcance de la mano.

Una victoria que podría frustrarse en el último momento, como suele caer ese sorbo de sopa que uno arrima con la mano temblorosa a la boca.

La primera gran sorpresa de este sinuoso proceso de auscultación llegó con el nombre de Joe Biden, a quien el diario Politico se encargó de poner en el escaparate de los elegidos, como futuro Secretario de Estado de Hillary Clinton.

La especulación duró más bien poco. El propio Biden se encargó de frenar la espiral de los rumores con un desmentido que reflejó su proverbial cortesía, pero sobre todo, su agotamiento como parte del ejecutivo.

Biden, vicepresidente de Estados Unidos y uno de los más estrechos colaboradores del presidente, Barack Obama, se convirtió así de forma extraoficial en el primer nombre que la campaña Clinton puso en la lista corta de los candidatos para formar parte de un nuevo capítulo en la historia con la elección de la primera mujer como presidente.

Curtido durante más de tres décadas en el Senado y fogueado como presidente del Comité de Relaciones Exteriores, Joe Biden se convirtió en 2008 en la elección perfecta para compensar la falta de experiencia y de relaciones con el Congreso de Barack Obama.

Hoy, esos factores salen sobrando en el caso de Hillary Clinton. Y, además, Biden ya ha dicho que no piensa seguir en el gobierno.

En cualquier caso, la designación de Biden habría sido un factor a tomar en cuenta por un país como México, al que Biden conocía de primera mano. Entre otras cosas, porque Biden fue el hombre responsable de manejar, desde la Casa Blanca, las relaciones con el hemisferio en general y las de México en particular.

Por su escritorio han pasado los informes más minuciosos de inteligencia sobre la seguridad, la economía, la política y el manejo de las dos fronteras de México.

Otro elemento a tomar en cuenta. Joe Biden ha sido un amigo muy cercano de Roberta Jacobson, la actual embajadora de EU en México. De haberse confirmado su designación como Secretario de Estado, la continuidad de Jacobson en México habría sido algo más que plausible.

Vale la pena recordar que, entre Biden y Jacobson atestiguaron la debacle de los Fondos de la Iniciativa Mérida. Una reducción que Estados Unidos presentó como un inevitable salto cuantitativo tras el fin de una primera fase, en la que se destinaron la mayor parte de los recursos para la compra de equipamiento militar.

Al inicio de una segunda fase, la administración Obama se quedó sin presupuesto para seguir inyectando más fondos a la Iniciativa Mérida y canalizó lo aprobado por el Congreso para el ejercicio fiscal 2017 al reforzamiento de la seguridad en America Central y la frontera sur de México.

Al igual que ocurrió con la presidencia de Felipe Calderón, Joe Biden ha sido testigo de la forma en que los presidentes de México han sucumbido ante lo que podría llamarse como el “efecto del Péndulo”.

Es decir, comienzan su mandato asumiendo posiciones anti Estados Unidos —como hizo Calderón y luego Enrique Peña Nieto—, para mostrarse como orgullosos nacionalistas y “anti gringos” y, al mismo tiempo, tratar de mantener a raya a los servicios de inteligencia que tienen la muy mala costumbre de  husmearlo todo, incluidas las llamadas telefónicas, como quedó demostrado con las filtraciones de Wikileaks o de Edward Snowden.

Pero, como ha ocurrido al final de cada sexenio, los diplomáticos de EU han visto como la resistencia inicial a la cooperación con Washington se reduce significativamente con el discurrir del tiempo.

Entre otras cosas, por la falta de recursos y la incapacidad de sus fuerzas de seguridad mexicanas para hacer frente a unos carteles con capacidades de fuego y recursos financieros que van más allá de sus fronteras.

Convencidos de que la seguridad de ambos países se ha convertido en un asunto prioritario de carácter “interdoméstico” (es decir ha salido de la esfera de lo internacional para adoptar un papel más doméstico), ambos países han concedido carta de naturaleza a la cooperación militar para enfrentar amenazas comunes.

Entre ellas, la amenaza de los carteles de la droga que, habría que decir, no es una exclusiva de México ya que operan hacia ambos lados de la frontera. Y, además, la mentada amenaza terrorista que los miembros del partido republicano se han encargado de explotar, para convertir a los inmigrantes en supuestos “aliados o colaboradores potenciales” de esos terroristas que buscan cruzar la frontera con Estados Unidos.

Por cierto, desde los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, los agentes de la patrulla fronteriza de EU no han detenido a un sólo terrorista cruzando desde México.

A pesar de ello, México ha permanecido  como un “socio crítico” dentro del programa de asistencia antiterrorista del Departamento de Estado y desde el mes de febrero del año pasado forma parte de la coalición de más de 60 naciones que luchan contra la radicalización y el extremismo, al mismo tiempo que garantizan que sus territorios no se conviertan en refugio de organizaciones terroristas como el Estado Islámico (EI).

Todo ello en buena medida, gracias a las labores de convencimiento de un político como Joe Biden, un vicepresidente que se ha encargado de lidiar con las crisis militares en Ucrania, con el complicado entramado de alianzas contra Siria en el seno de la OTAN y la amenaza de Rusia en el frente cibernético.


Pero, sobre todo, que se ha encargado de las relaciones de Estados Unidos en el volátil frente diplomático de América Latina y de las siempre complejas relaciones con México.

jueves, 20 de octubre de 2016

“Mujeres Asquerosas”/ “Malos Hombres”



                                               Lalo Alcaraz




En el mundo de Donald Trump las mujeres que lo retan o lo superan en inteligencia.

O que no aceptan doblegar el espinazo ante sus embestidas y asaltos sexuales, son sinónimo de “asquerosas”.

Y, en el caso de los inmigrantes mexicanos que, en muchos casos, le han ayudado a construir sus Hoteles o Casinos, y a los que no se ha cansado de meter en el mismo saco al lado de criminales, violadores y traficantes, se les puede etiquetar como “malos hombres”.

Cuando Trump llamó “asquerosa” a Hillary Clinton, después de asegurar que él es una de las personas que “más respeta a las mujeres”, su insulto encontró inmediato eco en las redes sociales:

“Mujer asquerosa es el grito de batalla que Hillary Clinton necesitaba” para recabar el apoyo de esas mujeres que se le siguen resistiendo, opinó desde la página de Vox, un medio de comunicación Online, la escritora, Liz Plank.

Y cuando Trump hizo uso de la expresión “Malos Hombres”, para referirse a los inmigrantes indocumentados que forman parte de su lista negra para deportarlos una vez que asuma la presidencia de Estados Unidos, millones de espectadores que seguían el debate distinguieron de inmediato las viejas resonancias del prejuicio racial y el latigazo derogatorio que muchos, antes que él, han usado para referirse a los inmigrantes de origen hispano en general y mexicano en particular.

Ahí están, por ejemplo, los casos de personajes como la ex gobernadora de Arizona, Jan Brewer, quien llegó al extremo de acusar a los inmigrantes mexicanos de dejar sembradas de cabezas y cuerpos decapitados, las rutas migratorias por el desierto fronterizo.

 O el congresista republicano por Iowa, Steve King, quien llegó a asegurar que los hijos de los inmigrantes que llegaron a Estados Unidos de la mano de sus padres, lo hicieron mientras hacían de mulas cargando droga a sus espaldas.

Trump no ha hecho más que repetir estas viejas fórmulas cargadas de odio racial y criminalidad que les ha permitido a otros republicanos, antes que él, seguir ganando elecciones entre su base más extremista y conservadora.

Pero, al mismo tiempo, alejándolos de esas minorías  demográficas que, dentro de muy poco, quizá a partir del 2040, serán la gran mayoría.

Desde hace muchos años, en el imaginario colectivo de Estados Unidos, los mexicanos siempre hemos sido los feos, los malos, los sucios, los pobres y lo corruptos.

Y, en muchos sentidos, la frontera sur siempre ha sido el límite entre ese reino de rascacielos y autopistas (que encapsulan la pureza, el orden y la excepcionalidad) y los pueblos miserables de México.

Esos “agujeros infernales”, parafraseando a senadores como el republicano, Lindsay Graham, desde donde acechan los peores males, la corrupción más venal, los ríos de droga y perdición, y los bandidos más desalmados.

Desde que Hollywood se encargó de consagrar al bandido mexicano “Tuco” (en la película The Good, The Bad and The Ugly 1967), como el más feo, el más estúpido, corrupto y criminal,  frente a un Clint Eastwood que hacía las veces de un forajido benevolente, inteligente y, por supuesto, más guapo, la imagen de los mexicanos se ha reafirmado de esa forma en la mente de millones en Estados Unidos.

Lo mismo en Hollywood, que en la vida real, muchos mexicanos se han visto condenados a experimentar una especie de rara excepcionalidad ya que, a pesar de haber nacido en México, y de no ser ni feos, ni malos, ni corruptos, ni asesinos, gozan de cierta licencia o condescendencia ante los ojos del hombre blanco y conservador.

Podría decirse que son los que Trump coloca en la categoría de “algunos que, no dudo, son buenas personas”. O “algunos no son malos o criminales”

Ahí tenemos la larga lista de mexicanos y mexicanas que han tenido éxito en Hollywood, como Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Alfonso Arau, Alejandro González Iñárritu, Salma Hayek o Adriana Barraza.

Una muestra mínima de nuestro acervo creativo y genialidad que, a pesar de Donald Trump, difícilmente entrarían en la categoría de criminales, traficantes, corruptos, incultos o feos.

O científicos mexicanos que forman parte del más selecto grupo de científicos en Estados Unidos, como el doctor Roberto Trujillo de origen mexiquense; o del comité de asesores de la Casa Blanca en temas de salud y medio ambiente, como el doctor Mario Molina.

Desafortunadamente, la práctica de pintar a los mexicanos y a los inmigrantes con la misma brocha sigue siendo un exitoso recurso en tiempos de campaña electoral. Por lo visto, el hábito de presentar al mexicano como el “mal Hombre” sigue siendo  inmensamente redituable.

En buena medida, gracias a la leyenda de los capos del narcotráfico como “El Chapo” Guzmán, a quienes Trump acusa hoy de ser responsable del epidémico consumo de heroína, cuya expansión por todo Estados Unidos ha sido posible gracias a las redes de distribución de los narcotraficantes mexicanos, pero también de esas redes de narcotraficantes que controlan ciudadanos de EU, pero de los que nunca se escucha hablar en los discursos de odio anti inmigrante de los republicanos.

Como siempre ocurre, y parafraseando al bandido mexicano Tuco, en la película del bueno, el malo y el feo:

"En esta vida, mi amigo, hay dos clases de tipos; los que siempre llevan la soga al cuello y los que tienen el poder de cortarla..."

jueves, 13 de octubre de 2016

La guerra de Donald Trump contra The New York Times… y el mundo entero


                                                        La furia de Donald Trump foto/AP




Donald Trump ha decidido que The New York Times tiene los días contados.

Que sus malas finanzas, “su desesperada lucha por seguir siendo relevante” y su periodismo “de tercer nivel” lo están llevando a la ruina.

“Probablemente ya no existirá en los próximos años…”

Trump se ha puesto en plan Apocalíptico. Y todo por culpa de unas mujeres a las que The New York Times ha decidido escuchar para hacerse eco de sus denuncias de abuso sexual.

Al candidato republicano no le ha parecido bien que uno de los medios de comunicación más respetados en Estados Unidos y el mundo entero haya tomado la decisión de abrir la cloaca de sus excesos contra las mujeres a lo largo de su vida adulta.

Sobre todo cuando se ha propuesto conquistar la presidencia de Estados Unidos.

“Los antiguos editores de The New York Times se deben estar revolviendo en sus tumbas”, dijo Trump a lo largo de un incendiario mensaje en el que ha denunciado la existencia de una conjura en su contra.

Una conjura que incluye a un creciente grupo de mujeres que han decidido dar un paso al frente. Para denunciarlo como un ser despreciable, acostumbrado a “hacerle todo lo que se te dé la gana a las mujeres”, según sus propias palabras.

Esta es una conspiración de la gente “más horrible, horrible, horrible” que, en alianza con The New York Times, intentan destruirme e impedir que gane las elecciones más importantes en la historia de Estados Unidos, dice Trump con el rostro inyectado por la sangre y la desesperación.

Trump busca por todos los medios sofocar el incendio que han iniciado sus antiguas víctimas.

Como Jessica Leeds, que hace 30 años, fue asaltada por Trump durante un vuelo de primera clase a Nueva York. O Rachel Crooks, la recepcionista de 22 años que no pudo escapar a Donald Trump cuando éste la acorraló a la salida de un elevador para robarle un beso en la boca.

“Sentí lo mismo que una violación”, ha dicho esta mujer en su testimonio a The New York Times.

O Natasha Stoynoff, la reportera de la Revista People, que ha narrado la forma en que Trump la asaltó sexualmente el mismo día en que el magnate cumplía su primer aniversario de bodas con Melania:

“Cuando nos tomamos una pausa, para que Melania, que estaba embarazada, se fuera a cambiar para hacer más fotos, Trump me quiso enseñar otra parte de la casa. Quería mostrarme un cuarto en especial. Cuando quedamos solos, Trump cerró la puerta y se me abalanzó.

“Me puso contra la pared y me metió la lengua hasta la garganta”, ha revelado Stoynof en un testimonio que ha surgido del miedo y la desesperación a que Trump se convierta en el próximo presidente de EU.

Pero Donald Trump ha decidido que todo eso es mentira y que Hillary Clinton, en alianza con los medios de comunicación y Barack Obama, han decidido destruirle antes de permitir que se convierta en el próximo inquilino de la Casa Blanca.

“¡Los Clinton son unos criminales!… ¡Barack Obama es un corrupto!…”, escupe Trump desde esa colina imaginaria en la ciudad de Palm Beach, Florida, desde donde se alzó como un general enloquecido por la sed de venganza.

“El New York Times va a desaparecer”, insiste. “Lo vamos a demandar…”

En medio de este espectáculo, que promete más días de ataques rabiosos, revelaciones escandalosas y denuncias de “elecciones robadas”, Brian Stelter, analista de medios de la cadena CNN, se limitó a comentar:

“Durante mucho tiempo mucha gente pensó que Trump era una broma. Hoy vemos que es una amenaza muy seria”.