miércoles, 21 de marzo de 2018

El tardío Mea Culpa de Facebook

                                                                                                       Foto/AP




J. Jaime Hernández


Mark Zuckerberg, el presidente ejecutivo de Facebook, ha lanzado un tardío Mea Culpa con la esperanza de disipar los nubarrones de tormenta que, en el curso de las últimas horas, le han costado perdidas millonarias en Wall Street y una lluvia de amenazas de demandas colectivas.

A pesar de sus promesas, sobre un mayor control para salvaguardar los datos de millones de usuarios en todo el mundo, las razones para dudar de la sinceridad Zuckerberg son muchas.

Entre otras, su largo silencio y su conveniente indiferencia. Porque, a pesar de que desde hacía mucho tiempo se habían denunciado las vulnerabilidades de Facebook y algunos habían dejado constancia de la colaboración de esta empresa con la exitosa campaña de Donald Trump en 2016, nadie hizo nada por corregir el rumbo que hoy la tiene al borde del descrédito internacional.

Para nadie es un secreto que, desde hace tiempo, el ambiente en el seno de Facebook se había tornado irrespirable.

Los reclamos de quienes criticaban el papel jugado por la organización en la elección de Trump en noviembre de 2016, se habían traducido en una lluvia de peticiones para ser trasladados a otras empresas filiales de Facebook como WhatsApp e Instagram.

¿Que como se enteraron de la colaboración de algunos de los empleados de Facebook en la campaña de Donald Trump?. 

Muy sencillo, por las declaraciones del propio Brad Parscale, el principal responsable de la estrategia digital de Donald Trump.

Parscale, quien ha sido confirmado para dirigir la campaña digital de Trump hacia el 2020, es por cierto uno de los más cercanos amigos de Jared Kushner, el yerno del presidente quien, a su vez, es un interlocutor de excepción ante el gobierno mexicano de Enrique Peña Nieto.

En octubre de 2017, es decir, casi un año después de la inesperada victoria de Donald Trump, Parscale reveló al programa 60 minutos de la cadena CBS, que empleados de Facebook que simpatizaban con el partido republicano y la candidatura de Trump, se sumaron a su equipo para mostrarle todo el potencial de esa plataforma para arrastrar el mayor número de votos en estados clave como Michigan, Filadelfia y Wisconsin.

La suma de estos empleados de Facebook, con la gigantesca base de datos del Comité Nacional Republicano (NRC) y la inapreciable colaboración de Cambridge Analytica, una empresa con participación mayoritaria de Robert Mercer, el multimillonario detrás de los fondos de alto riesgo y del portal noticioso de extrema derecha Breibart News, hicieron el resto.

A pesar de que Parscale ha negado el uso de técnicas de “microtargeting” o de “micro trazado” para alentar el voto entre el electorado blanco y conservador, o para desalentarlo entre electores de raza negra o latina, lo cierto es que gracias a la colaboración de Cambridge Analytica, y la gestión de Steve Bannon, director de estrategia de Trump, las operaciones para suprimir el voto tuvieron un gran éxito entre “liberales blancos, mujeres jóvenes y afroamericanos”.

Todo esto fue posible precisamente gracias a la colaboración de Cambridge Analytica, que se aprovechó de las vulnerabilidades de Facebook para convertirlo en su Caballo de Troya. 

Su intervención en la base de datos fue de tal magnitud que hoy ya muchos la consideran como la principal causa de un cáncer que se ha incrustado en la credibilidad de una empresa que difícilmente se recuperará en el corto o mediano plazo.

Otro elemento que hace dudar de la sinceridad de Zuckerberg, es la naturaleza misma del modelo de negocios que lo ha convertido en el sexto hombre más rico en el planeta. Un modelo de que apuesta por la monetarización de la base de datos de los usuarios en beneficio de poderosas firmas comerciales, es decir, los grandes aliados de Zuckerberg.

Habría que decir que la monetarización de la base de datos ha sido posible gracias al papel desempeñado por los algoritmos, esa herramienta de la inteligencia artificial que hoy se encarga de descifrar nuestros deseos o aspiraciones.

O explotar el valor exponencial de nuestros miedos, obsesiones, inclinaciones sexuales o de nuestra orientación política.

Los expertos definen al algoritmo como ese conjunto ordenado y finito de operaciones que permiten hallar la solución de un problema. Cómo por ejemplo, qué candidato elegir en un momento de coyuntura, o que tipo de zapatos nos vienen mejor para evitar lesiones a largo plazo.

No es que el uso de los algoritmos sea algo nuevo en el mundo de la prospección política. De hecho, durante la campaña de Barack Obama a la presidencia, el uso de estas herramientas permitió a sus estrategas hacer un minucioso micro trazado del mala electoral para sacar el mayor provecho posible la noche de su histórica victoria electoral en noviembre de 2007.

Gracias a los algoritmos y a la suma de un conjunto de expertos en demografía, sociología y matemáticos, Barack Obama fue capaz de penetrar hasta el último rincón de la América profunda para rebañar hasta el último de los votos.

La estrategia, que incluía la realización de más de 60 mil ensayos matemáticos por día, a partir de un complejo algoritmo, fue caracterizada por la experta en información y tecnología de la Universidad de Princeton, Zeynep Tufekci, como “una batalla entre machetes y espalpelos”.

Una definición que marcó la victoria de la poderosa armada tecnológica de Barack Obama sobre la vieja técnica electoral de los republicanos.

Desde entonces, esta estrategia llegó para quedarse y marcar el inicio de la era de los algoritmos aplicados a los patrones de conducta en el terreno electoral.

Casi una década más tarde de esa gran victoria de Obama sobre los viejos ejércitos de los republicanos, Robert Mercer y Steve Bannon, decidieron potenciar esa misma estrategia a través de Cambridge Analytic que se encargó de bucear y sacar el mayor provecho posible de la base de datos de Facebook, explotando al máximo los miedos y resabios del hombre blanco y conservador.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la posibilidad de una alianza “benéfica” o inocente de partidos políticos o instituciones electorales de todo el mundo con Facebook, resulta tan arriesgada como cuestionable.

Y es que, gracias a empresa como Facebook, o Google o Amazon, la vieja creencia de que nuestra libertad a elegir ha ido en aumento, hoy esta más cuestionada que nunca.

Nuestra ancestral capacidad para separar el grano de la paja parece haberse encogido en ese horizonte del marketing electoral por culpa de los algoritmos de última generación, de programas y aplicaciones de espionaje, y por esos expertos de la llamada “arquitectura del comportamiento”.

Todos ellos empeñados en convertir nuestra libertad a elegir el mejor desodorante, o el major candidato a presidente, en una mera ilusión en pleno siglo XXI.


jueves, 8 de marzo de 2018

La sospechosa visita de Jared Kushner





                                                                                             Foto/SRE


J. Jaime Hernández


Salvo el gobierno de México, nadie en EU y en numerosas capitales del mundo, parecen tomarse en serio a Jared Kushner, el yerno del presidente Donald Trump.

Nadie le dispensa el tratamiento de jefe de Estado como el que recibió en Los Pinos, donde participó en un cónclave al más alto nivel y en el que estuvieron presentes el presidente Enrique Peña Nieto; el Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo; el Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray y los Secretarios de Defensa y de Marina, Salvador Cienfuegos y Vidal Francisco Soberón.

Más allá de la opacidad con la que se manejó su visita, o el servilismo con el que se le atendió como enviado especial del presidente Trump, una cosa es segura. Su presencia en la residencia oficial de Los Pinos marcó otro importante hito en el historial de unas relaciones bilaterales jalonadas por el desencuentro y la humillación.

Por cierto. A la puesta en escena, en la residencia oficial de Los Pinos, no fue invitada la embajadora de EU en México, Roberta Jacobson.

Al parecer, y como bien señala el profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Columbia, Christopher Sabatini, al marginar a Jacobson del encuentro y al enviar a Jared Kushner —quien no tiene experiencia en el intrincado mundo de las negociaciones entre México y EU—, Trump sigue apostando por la “desprofesionalización” y la “personalización” de la diplomacia.

Algo que, advierte, “causará mucho daño en las relaciones de Washington con México y Latinoamérica”.

Aunque el encuentro del enviado especial de Trump con el presidente de México haya tenido importancia noticiosa (particularmente para el propio Kushner, quien hoy lucha por su supervivencia en la Casa Blanca), lo cierto es que su visita difícilmente puede aportar algo nuevo a la, de por sí, complicada relación bilateral.

Y difícilmente marcará diferencia alguna en unas negociaciones que han entrado en su etapa final y han estado a cargo de quienes durante meses han tratado de salvar de la amenaza de naufragio continuo al Tratado de Acuerdo Comercial entre Estados Unidos, México y Canadá.

Porque, ¿alguien sería capaz de creer que, el sorpresivo viaje de Kushner a México será más importante que los esfuerzos que ha encabezado Ildefonso Guajardo para asegurar el éxito de las negociaciones para renovar el TLCAN?

Y, en materia migratoria; ¿ alguien cree realmente que Kushner sería capaz de presentar ante el presidente Peña Nieto la solución definitiva para dejar atrás el agrio contencioso del Muro Fronterizo ?

¿O poner de buena fe sobre la mesa la receta para resolver con la crisis humanitaria que aqueja a más de 11 millones de indocumentados?

Como sabemos, hasta ahora Donald Trump se ha empeñado en explotar electoralmente esta crisis con el apoyo de su base supremacista y de Stephen Miller, un antinmigrante desembozado, que resulta ser su asesor principal en materia migratoria.

En este contexto, ¿cuál ha sido entonces el interés por enviar y recibir a Kushner como emisario del gobierno Trump?. ¿Qué sentido tenía enviar a México a quien muchos llaman  (con tono de burla) il Consigliere del presidente?

A juzgar por el escueto comunicado emitido por la cancillería mexicana, y el tuit del presidente Trump a primera hora del jueves 8 de marzo, adelantando que países amigos (como México y Canadá) quedarían exentos de los aranceles al acero y al aluminio (algo que por cierto ya había anunciado desde el miércoles 7 de marzo la Casa Blanca), todo parece indicar que la parte fundamental de las negociaciones escenificadas en Los Pinos —al menos en materia comercial—, ya habían sido pactadas de antemano.

Por lo tanto, todo parece indicar que el viaje de Kushner respondió a otro tipo de objetivo. Por ejemplo, sacar de paseo y alejar de la oficina oval a Jared Kushner, justo en el momento en que las cosas se han complicado en la Casa Blanca y Jared se ha convertido en un elemento tóxico y comprometedor.

Hoy nadie oculta en el 1,600 de la Avenida Pennsylvania que el presidente y el general John Kelly, su jefe de gabinete, han discutido abiertamente el incierto futuro de Kushner. Según fuentes consignadas por distintos medios, ambos están molestos por lo poco sutil que Jared se mostró al intentar ocultar el rastro de sus furtivos encuentros en la Casa Blanca con el fin de resolver sus problemas financieros.

El propio Kelly ha dejado entrever que ya esta harto del yerno de Trump y de su hija Ivanka.

Lo mismo ocurre con el Consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, quien, por cierto, en esta ocasión tuvo el acierto de enviar a Kushner a México acompañado de un grupo de asesores para evitar los encuentros en solitario con altos funcionarios del gobierno mexicano que podrían “manipularle".

Eso, si hacemos caso a los reportes de seguridad nacional que ya habían advertido sobre su inexperiencia y sus muchas vulnerabilidades. Como, por ejemplo, su urgente necesidad de conseguir inversiones para reflotar sus negocios antes de que venza el plazo para pagar sus abultadas deudas en menos de un año.

Por ello mismo, el FBI y el general Kelly han decidido cancelarle la certificación para acceder a información “top secret" que su suegro y principales colaboradores en materia de seguridad desmenuzan todos los días.

En muchos sentidos, Jared Kushner se ha convertido en un talón de Aquiles. En un punto débil de la presidencia Trump que, por cierto, ya investiga el fiscal especial, Robert Muller, mientras su suegro hace todo lo posible por alejarle de la Casa Blanca.

Llegados a este punto, habría que decir que el tratamiento de estadista a Kushner, no sólo ha sido culpa de Jared. Sino de quien lo hizo compadre. Es decir, el canciller, Luis Videgaray, quien lo convirtió en interlocutor de excepción y en cabeza de playa de su estrategia para mantenerse como uno de los “indispensables” dentro del grupo de confianza del presidente Enrique Peña Nieto.

En justicia, también habría que decir que un factor adicional ha operado a su favor. Me refiero a la impenitente costumbre de convertir a la residencia de Los Pinos en una suerte de Corte de los Milagros de todo aquel que desea salir en la foto, estrechando la mano del presidente en turno, para operar con ventaja o sacar provecho de un gobierno que es percibido desde el exterior como pueblerino o tercermundista.

Gracias a esa tendencia a infravalorar la importancia de la institución presidencial y la dignidad de la residencia oficial de todos los mexicanos, una larga lista de invitados (algunos de ellos verdaderos indeseables y enemigos de México) se cuelan de vez en cuando.

En este contexto, hubiera sido deseable que, al término de la visita de Jared Kushner, se ofreciera una rueda de prensa o un comunicado detallando con minuciosidad el contenido de las conversaciones al más alto nivel con el gobierno de México. 

Lamentablemente, en lugar de ello se ofreció un escueto comunicado que dejó más preguntas que respuestas. Esto se habría evitado con una rueda de prensa. Si no con Kushner o Videgaray, con un funcionario de ambos países para detallar lo discutido durante casi tres horas de encerrona en Los Pinos.

Hubiera sido un buen principio para transparentar. Para evitar, con luz y taquígrafos, las muchas suspicacias que han rodeado su visita. Particularmente cuando tenemos a la vuelta de esquina unas elecciones presidenciales en México.

viernes, 2 de marzo de 2018

La “difícil” despedida de Roberta Jacobson




                                Foto/Notimex


J. Jaime Hernández


Creo que ha sido Eliot Engel, el demócrata de mayor rango en el comité de relaciones exteriores de la Cámara de Representantes, el que mejor ha explicado la renuncia de Roberta Jacobson al cargo de embajadora de EU ante el gobierno de México:

”Desafortunadamente, la partida de Roberta (Jacobson) -—la segunda renuncia de un alto funcionario del Departamento de Estado anunciada esta semana—, es otro ejemplo de la forma en que la administración Trump está empujando a nuestros diplomáticos más experimentados hacia la salida.

“El continuo asalto de esta Casa Blanca, contra el cuerpo diplomático de Estados Unidos, está causando daños a nuestra seguridad nacional que tomará muchos años reparar “, dijo Engel mediante un escueto comunicado de prensa.

A la valoración de Engel, habría que añadir lo que resulta evidente: que las heridas causadas por Donald Trump en el tejido social de México han sido tan profundas que Edward Whitacre Jr —el ex ejecutivo de General Motors y de ATT que ha sido propuesto por la administración Trump para suceder a Jacobson como embajador—, tendrá que tragar muchos sapos antes de siquiera intentar reconciliar a la administración Trump con el pueblo mexicano.

Para entender la partida de Roberta Jacobson de México habría que tener en cuenta varios factores. El primero, la tormentosa relación que Donald Trump ha mantenido con el gobierno mexicano, a pesar de los ímprobos aunque fallidos esfuerzos del canciller, Luis Videgaray, y la torpe mediación de Jared Kushner, el yerno de Trump, por evitar el maltrato del presidente Enrique Peña Nieto y salvar la relación de un naufragio continuo.

En este sentido, Jacobson se había convertido en una convidada de piedra cada vez más frustrada y marginada.

Un factor adicional, aunque no menos importante, habría sido la decisión de la propia Roberta Jacobson de convertir la embajada de EU en México en su último puesto en el gobierno.

Tras una trayectoria de más de 30 años, en la que quizá sólo le faltó ocupar el principal despacho de Foggy Bottom, sede de la Secretaría de Estado en Washington, Jacobson había compartido con familiares y amigos su deseo de despedirse de su función pública en una embajada como la de México, un país al que, según aseguró en su nota de despedida, “llevará siempre en el corazón”.

Llegados a este punto, es obligado también hablar del recambio generacional que, tanto Jacobson como el Departamento de Estado, han aludido de forma explícita para dar paso a las nuevas generaciones de la diplomacia:

“El Departamento de Estado tiene entre sus filas el talento requerido para ocupar tanto la posición que dejará vacante Roberta Jacobson, así como la de otros funcionarios que han optado por el retiro”, aseguró la portavoz de este organismo, Heather Nauert, al comentar la renuncia de Jacobson.

Dicho esto, también sería imposible no entender la renuncia de Jacobson como parte de una sucesión de eventos desafortunados —aunque no necesariamente vinculados entre sí—, que han ocurrido como parte de una secuencia que sólo se puede entender bajo la lógica de un vendaval anti Trump desde las filas de la diplomacia estadounidense.

Algo así como una revuelta con sordina que ha surgido de la purga acometida desde el inicio de su mandato por Rex Tillerson, ex presidente ejecutivo de ExxonMobil, y actual responsable del Departamento de Estado.

(Si, el mismo que el pasado mes de febrero, reivindicó la vigencia de la Doctrina Monroe de 1823 para atajar la “interferencia” de Rusia o China en Latinoamérica).

El pasado 12 de enero, John Feeley, amigo íntimo de Jacobson y un diplomático de carrera que había servido antes como el número dos en la embajada estadounidense en México, anunció su renuncia al cargo de embajador de EU en Panamá, asegurando que no podía continuar sirviendo bajo el gobierno del presidente Donald Trump.

"Como oficial de servicio exterior hice un juramento de servir fielmente al presidente y su administración de una manera apolítica, incluso cuando no estuviera de acuerdo con ciertas políticas", dijo Feeley en su carta de renuncia.

"Mis superiores me dejaron muy en claro que,ya  si creía que no podía hacer eso, tendría el honor de renunciar. Ese momento, para mí, ha llegado”, añadió Feeley.

La salida de Feeley, “un ex marine y uno de los funcionarios más queridos en el Departamento de Estado, supuso un duro golpe a la administración de Donald Trump”, aseguró un veterano analista de la política exterior estadounidense.

En el caso de Roberta Jacobson, aunque su renuncia no ha ido acompañada de ningún pronunciamiento contra el presidente, su salida puede interpretarse como otro duro revés a la administración.

“Roberta Jacobson es una profesional muy respetada en el Departamento de Estado y en el Congreso. Por ello, su salida puede interpretarse como una gran perdida y un duro golpe”, consideró Armand Peschard, veterano analista y director general de Peschard Sverdrup International.

En muchos sentidos, la renuncia de Roberta Jacobson, lo mismo que la de John  Feeley y la de Thomas Shannon,  el subsecretario de Estado para Asuntos Políticos que también ha anunciado su pase a retiro, marcan el fin de una etapa en la política exterior de EU que se caracterizó por un intento por recomponer las relaciones frente América Latina bajo la presidencia de Barack Obama.

Un esfuerzo que Donald Trump se ha propuesto dinamitar.

Precisamente, el papel desempeñado por Roberta Jacobson en el histórico proceso de reconciliación con Cuba, ha sido uno de los elementos que la convirtieron en blanco de los ataques del sector más extremista del partido republicano.

La partida de Jacobson, en un momento crucial para México, con uno de los procesos electorales más inciertos y complejos, ha sido otro de los elementos que más han extrañado a los expertos y analistas de la compleja relación bilateral hacia ambos lados de la frontera.

“Fuimos muchos los que recomendamos no mover a Roberta en este momento tan crucial para México. Pero, la decisión de la Casa Blanca y el Departamento de Estado, dejan en evidencia que, bajo la era Trump, vivimos tiempos nada normales.

“Tiempos en los que la política exterior de EU está marcada por la improvisación, la incertidumbre y el fervor de Donald Trump por socavar la diplomacia ”, añadió un diplomático que pidió permanecer en el anonimato.