lunes, 24 de septiembre de 2018

AMLO y la Ley del Péndulo frente a EU



                                                                     Foto/AFP

J. Jaime Hernández

En la primavera del 2013, un alto funcionario del Departamento de Estado me hablaba de la lógica que, al parecer, se había impuesto entre algunos miembros de la diplomacia estadounidense para explicarse los drásticos giros y la evolución de un presidente entrante de México frente a su vecino del norte:
“Podría decirse que se comportan bajo la ley del péndulo”, dijo con tono entre cínico y divertido mientras se remontaba hasta los inicios de la presidencia de Felipe Calderón.
“Cuando Felipe Calderón inició su mandato, la impresión en la Casa Blanca y el Departamento de Estado era que, a diferencia de Vicente Fox, que había sido uno de los más pro estadounidenses, Calderón sería un presidente más nacionalista y más receloso de su relación con nosotros”, dijo.
“Sin embargo, al final de su mandato, Calderón se había transformado en uno de los presidentes más cercanos a la Casa Blanca, particularmente en materia de seguridad”, aseguró en referencia a la estrecha colaboración que Felipe Calderón aceptó de la administración de Barack Obama para enfrentar la encarnizada violencia y el desafío existencial de los carteles de la droga.
“Sospecho —prosiguió—, que lo mismo ocurrirá con Enrique Peña Nieto. Creo que, después de este intento por marcar distancias y revisar todos los programas de cooperación en materia de seguridad, al final volverá al carril. Porque nos necesita para enfrentar la crisis en materia de seguridad…
“Por eso digo que los últimos presidentes de México parecen comportarse bajo la ley del péndulo. Se alejan de nosotros cuando inician su mandato, pero luego, conforme avanza el tiempo y se enfrentan a los problemas principalmente en materia de seguridad, vuelven a nosotros …”
¿Ocurrirá lo mismo durante la presidencia de Andrés Manuel López Obrador ?
Ciertamente, la guerra contra los carteles de la droga que inauguró Felipe Calderón hizo de Estados Unidos un aliado indispensable. En el último tramo de su mandato, la autorización para el sobrevuelo secreto de drones militares sobre territorio mexicano, para dar caza a los cabecillas del narcotráfico, y para descubrir las rutas de suministro de armas y drogas, fue la cereza que coronó el pastel de una alianza sin precedentes.
La colaboración que se inició con las agencias federales, como la agencia antinarcóticos (DEA) o el US Marshals, llegó a tal grado que algunos de sus más feroces críticos consideraron que, haber dejado que los agentes de EU se metieran “hasta la cocina”, había sido un terrible error.
En el siguiente sexenio, a pesar de la cerrazón inicial de Enrique Peña Nieto a los programas de cooperación que inauguró su antecesor, con el tiempo muchos de ellos se restablecieron y expandieron con el fin de no ceder terreno a los carteles de la droga.
Y eso, a pesar de las evidencias que mostraban la penetración de los sistemas de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) sobre la clase política mexicana y algunos de sus gobernantes.
Más que la lucha contra los carteles del narcotráfico, la necesidad de contar con el apoyo de México para contener la avalancha de refugiados desde Centroamérica, convirtió al gobierno de Peña Nieto en un aliado indispensable de la Casa Blanca y el Departamento de Estado.
A tal grado, que el entonces vicepresidente Joe Biden, se encargó de trabajar y definir con México la estrategia para reforzar la frontera sur de la República Mexicana y, más tarde, ya durante la administración de Donald Trump, crear los centros de fusión para fichar a los inmigrantes que cruzaban por territorio mexicano para alcanzar la frontera de EU.
Hoy, el gobierno de México sigue supeditado a Estados Unidos en materia de seguridad. El control de la frontera norte, el obligado reforzamiento de la frontera sur, el blindaje de los controles en los aeropuertos de salida de México a EU y el establecimiento de centros de fusión para controlar a inmigrantes que llegan desde Centroamérica, han hecho de México el portero de los pobres e indeseables.
De esos que intentan por todos los medios llegar a la frontera estadounidense para solicitar asilo. Para huir de la miseria o una muerte segura en México o Centroamérica.
En febrero de 2017, ya durante la presidencia de Donald Trump, EU hacía públicas las nuevas directivas para ordenar a los agentes de migración deportar a ciudadanos de terceras naciones a la nación contigua o desde la cual cruzó la frontera.
Es decir, aquellos ciudadanos que no sean de origen mexicano, pero que hayan ingresado desde México, podrían ser retornados de forma expedita.
Cuando se dieron a conocer estas directivas, funcionarios del Departamento de Seguridad Interna (DHS) reconocieron que el tema de los menores migrantes que huyen de la violencia en Centroamérica serían un caso especial que se discutiría con el gobierno de México quien, como estado soberano, debería decidir si los aceptaba en calidad de refugiados mientras se decidían sus peticiones de asilo en EU.
Pues bien. Si hacemos caso a lo que ha publicado esta misma semana The Washington Post, los gobiernos de México y EU negocian un acuerdo que convertiría al gobierno mexicano en el responsable de la seguridad de quienes llegan con peticiones de asilo bajo el brazo desde Centroamérica para encontrar puerto seguro en la Unión Americana.
“La propuesta, conocida como ‘acuerdo seguro de un tercer país’, podría requerir que los solicitantes de asilo que transiten por México soliciten protección en esa nación y no en los Estados Unidos.
“Permitiría que los guardias fronterizos de EU rechacen a los solicitantes de asilo en los cruces fronterizos y regresen rápidamente a México a cualquier persona que ya haya ingresado ilegalmente en busca de refugio, independientemente de su nacionalidad”, según consignó The Washington Post.
De aceptar este acuerdo, México se convertirá en territorio de refugiados.
Los campamentos de familias enteras, incluidos por supuesto los menores de edad, se multiplicarían a lo largo de nuestras dos fronteras con Estados Unidos y Centroamérica.
Es decir, México volvería a su papel de portero de EU. Y, la administración de Donald Trump habría resuelto uno de sus grandes problemas, sin haber concedido a México nada a cambio.
Me pregunto si el equipo de Andrés Manuel López Obrador ha sido puesto al tanto de estas negociaciones.

jueves, 5 de julio de 2018

¿Donald Trump, el alma gemela de AMLO?


                                                                                 Foto/AFP




   J. Jaime Hernández


La ocurrencia ha sido de Juan Carlos Hidalgo, un joven analista del Instituto Cato en Washington que considera que Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, son “almas gemelas”.

Una valoración que seguramente pasará a la historia como uno de los dislates más divertidos y consagrará al Cato Institute como un “tanque pensante” de ideas cansinas; como ese organismo dispuesto a revalidar sus credenciales conservadoras frente a ese hemisferio que EU siempre ha considerado su patio trasero.

La tentación de presentar a Andrés Manuel López Obrador como el “alma gemela” de Donald Trump, tiene un inocultable sesgo conservador. Y, al mismo tiempo, revela el profundo desconocimiento del hombre que ha sido capaz de vencer al PRIAN, ese monstruo de dos cabezas que ha quedado herido de muerte.

El problema de estos “análisis” exprés que hemos escuchado desde Estados Unidos, a cargo de “expertos” que observan a México desde su cubículo, es que refuerzan el convencimiento de que efectivamente Andrés Manuel López Obrador es la versión mexicana de Donald Trump.

Dos populistas que, según aseguran, serán capaces de entenderse hacia ambos lados de la frontera por el sólo hecho de haber derrotado al establishment político, por abrazar la causa nacionalista y por agitar a las masas agraviadas por el olvido y la falta de oportunidades en ese mar de desigualdad sin fronteras.

Si se dejan llevar por éste cúmulo de falsas percepciones, mucho me temo que, cuando el Secretario de Estado, Mike Pompeo, estreche la mano de López Obrador el próximo 13 de julio, se dará cuenta que el futuro presidente de México no encaja en ese molde populista que ha entusiasmado al presidente, Donald Trump.

Un problema adicional para la administración Trump, en el siempre traicionero mundo de las percepciones, ha sido el obligado retiro de Roberta Jacobson de la embajada de EU en México. 

Un hecho que dificultará, y mucho, el entendimiento de la siempre compleja realidad mexicana.

El pase a retiro, de una las diplomáticas que mejor conocía a México y a su clase política, dificultará seriamente el entendimiento entre ambos líderes.

Sin Jacobson resultará muy difícil la tarea de descifrar la personalidad, el historial y el ideario político de un personaje como AMLO, al que los medios internacionales insisten en encasillar en el papel de “izquierdista” o “socialista”

Una etiqueta que la mayoría sigue utilizando por default en esta era del periodismo digital sobre  rodillas, de facebook y twiter

En la desbocada carrera para definir a quien ha llegado con la promesa de redimir a millones de la desigualdad, la injusticia, la falta de oportunidades y la violencia en México, pocos han sido los medios y los periodistas extranjeros capaces de entender a ese personaje de múltiples aristas, que es capaz de desatar pasiones encontradas.

Uno de los pocos medios extranjeros, que han hecho el intento de aproximarse a la compleja personalidad de Andrés Manuel López Obrador, ha sido The New York Times, que ha preferido abstenerse de las etiquetas para presentarlo como  “un político que desafía todos los estereotipos”.

En este sentido, una de las ventajas de AMLO frente a Donald Trump es precisamente el de su complejidad. Un factor que será difícil de entender y digerir para el presidente de Estados Unidos, uno de los seres más turbios, pero al mismo tiempo, más rudimentarios en cuanto a inteligencia política.

En muchos sentidos, podría decirse que López Obrador es uno y muchos hombres al mismo tiempo. Y, a pesar de que es un político de firmes convicciones, su capacidad para ajustarse a las circunstancias es una de sus mejores ventajas frente a Donald Trump.

En el lenguaje exquisito de los académicos esa versatilidad. Esa capacidad de ajustarse a las circunstancias le llaman pragmatismo.

Sospecho que esa, precisamente, será su ventaja de salida frente a un Donald Trump que, al parecer, intentará explotar las divisiones del gobierno mexicano en plena etapa de transición.

Precisamente, si hay algo que ha entusiasmado a Trump es la posibilidad de abrir una brecha entre el gobierno de Enrique Peña Nieto y el de Andrés Manuel López Obrador.

La posibilidad de aprovechar la inexperiencia y agarrar fuera de base a AMLO, para imponerle su esquema de negociación bilateral en el frente comercial, es algo que mantiene entusiasmados a sus colaboradores.

Sin embargo, como ya ha adelantado el virtual presidente electo, su equipo respetará la estrategia de negociación que ha seguido el gobierno de Peña Nieto. Un esquema a varias bandas en el que se han aliado con los gobiernos de Canadá y con algunos de los más importantes en el seno de la Unión Europea, como Alemania.

Con un cierre de filas en la negociación del Tratado Comercial, a la administración Trump no le quedará más remedio que mantenerse en el carril de las negociaciones inauguradas por el gobierno de Peña Nieto.

Además, dudo mucho que Mike Pompeo, ex director de la CIA; presione al gobierno entrante de AMLO a tal punto de ponr en riesgo las muchas concesiones que han arrancado al gobierno de Peña Nieto en materia de seguridad fronteriza y colaboración para contener el flujo migratorio que empuja desde Centroamérica.

Es precisamente, en este terreno, donde AMLO tendrá mayor margen de interlocución frente al gobierno de EU.

Hasta ahora, los gobiernos de Peña Nieto y Donald Trump han sido capaces de entenderse en los temas de la seguridad fronteriza y el futuro manejo de los repatriados o deportados hacia México.

De hecho, México ha cedido más de lo aconsejable al aceptar la creación de “centros de fusión” para fichar a inmigrantes que cruzan por la República Mexicana y que intentan llegar a Estados Unidos.

Por ello mismo, el gobierno de AMLO, debería aprovechar la indefinición en la renovación del Tratado de Libre Comercio para establecer una serie de “líneas rojas” que incluirían la defensa de los derechos humanos de los inmigrantes en EU.

Tampoco sería mala idea incluir el tema de las remesas que envían los inmigrantes mexicanos y que se han convertido en la línea de flotación del gobierno de México y de millones de familias que se quedaron esperando el milagro de las reformas estructurales.

Quizá también ha llegado el momento de introducir a la negociación el postergado tema de la legalización de las drogas. Un tema que permitiría a México robustecer su capacidad negociadora ante Estados Unidos y combatir al mismo tiempo desde el frente legal y comercial el desafío de los carteles de la droga y, a la administración Trump, hacer frente a esa epidemia en el consumo de opiáceos y heroína  en la Unión Americana.































lunes, 14 de mayo de 2018

La farsa del voto desde el extranjero



                                                                                        Foto/AP


J. Jaime Hernández


Las elecciones presidenciales del próximo 1 de julio ya se encuentren a la vuelta de la esquina. Y una vez más, pese a todas las promesas hechas, la participación de millones de mexicanos en el extranjero ha quedado reducida a su mínima expresión.

Entre los muchos integrantes de la diáspora mexicana, principalmente en Estados Unidos, el carácter épico y trascendental de este proceso electoral, sólo ha conseguido acentuar la sensación de burla y estafa que han arrastrado durante generaciones.

Una sensación que les ha acompañado desde el momento mismo en que se vieron obligados a abandonar su país por falta de oportunidades o por cuestiones de supervivencia.

Durante casi 100 años, millones de mexicanos fueron víctimas de una política de Estado que les arrebató sus derechos políticos y constitucionales. De hecho, durante la década de los 80 y los 90, altos cargos del gobierno mexicano reconocían en privado que esta política se había convertido en una “razón de Estado” para evitar que los migrantes en Estados Unidos aceleraran con su voto de castigo el colapso definitivo del PRI, tras el desgaste y deterioro acumulados durante 70 años en el poder.

“Muchos de ellos están desinformados. No racionalizan y no entienden bien la realidad política mexicana y votarían con la víscera, antes que con la razón”, nos aseguraba en corto un alto cargo de la Secretaría de Gobernación a mediados de los 80.

Hacia el año 2000, cuando el PRI perdió finalmente sus primeras elecciones presidenciales, todas las razones de Estado que habían impedido el voto de los mexicanos en el extranjero parecían haber caído por su propio peso.

A pesar de ello, muchos fueron los que desde las instituciones y partidos políticos siguieron objetando y escamoteando el derecho al sufragio desde el extranjero frente al reclamo legítimo de quienes habían sido condenados al ostracismo político.

En el año 2006, cuando por fin se reconoció el derecho de millones de mexicanos residentes en el extranjero a votar, muchos quisieron creer en la voluntad política de un gobierno dispuesto a recibir con los brazos abiertos a la diáspora mexicana en el banquete de la democracia participativa y electoral.

Tristemente, pese a todas las promesas, tras cada una de las elecciones presidenciales que se han celebrado desde entonces, su condición de “convidados de piedra” ha vuelto a confirmarse.

Como botón de muestra las cifras definitivas que ha ofrecido el Instituto Nacional Electoral (INE) en el extranjero. Según estas, el total de mexicanos que podrán ejercer su voto el próximo 1 de julio ascenderá a sólo 181,256.

Una cifra que se ha quedado muy lejos de las expectativas creadas por el gobierno federal, las autoridades electorales y los partidos políticos. No sólo eso. Si tomamos en cuenta que el INE informó que el proyecto del voto en el extranjero costó 270 millones de dólares, el sufragio de los electores mexicanos fuera de la República Mexicana será uno de los más caros en el mundo.

A pesar de que algunos funcionarios del INE han querido engatusarnos con la teoría del “vaso medio lleno”, asegurando que la cifra de mexicanos en el extranjero es superior a la que participó en 2012 (en total 42 mil), el número de electores que podrían votar en este 2018 es francamente insignificante por donde quiera que se le compare.

Por ejemplo, si tenemos en cuenta que al día de hoy en Estados Unidos radican más de 35 millones de personas de origen mexicano (y que, de este gran total 11.6 millones nacieron en la República Mexicana), el número de mexicanos registrados para votar es escasamente representativo.

El porcentaje de representatividad se antoja todavía más injusto si se le compara con el ingreso récord de divisas que han enviado los esforzados miembros de la diáspora mexicana durante  2017.

Más de 28 mil millones de dólares. Una cifra que ha consolidado a las remesas como la segunda fuente de ingresos en importancia, sólo por detrás de las exportaciones automotrices.

Esta inyección de dólares, a los maltrechos bolsillos de millones de familias mexicanas, han reducido a los inmigrantes mexicanos a su triste, aunque irremplazable, condición de “paganos” en el plano económico, mientras siguen siento tratados como “convidados de piedra” en la arena política.

“Por desgracia, todo esto del voto desde el extranjero, sigue siendo pura demagogia y simulación”, aseguró Juan José Gutiérrez, de la Coalición Derechos Plenos para los Inmigrantes en Los Angeles.

“Con las últimas cifras de electores registrados desde el extranjero, tenemos que llegar a la conclusión de que, por desgracia, seguimos sin advertir adelanto significativo alguno. Y lo que resulta más evidente es que la estratagema de las autoridades mexicanas parece ser la de acallar la voz y el deseo de cambio de los mexicanos desde el extranjero”, añadió Gutiérrez.

Por ello, añadió, “demandamos y exhortamos a quien resulte electo como presidente de la República Mexicana que se comprometa de una vez por todas a hacer efectivo que se deje de violar la Constitución de México y se extienda de la forma más efectiva e inmediata el derecho de las y los mexicanos, que así lo deseen, a votar desde cualquier parte del mundo”.

lunes, 30 de abril de 2018

El día en que AMLO “se convirtió” en Bernie Sanders



J. Jaime Hernández




El pasado 27 de abril, durante un acto organizado por estudiantes del Tecnológico de Monterrey, el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador, fue ovacionado por un auditorio de jóvenes que, al final de una larga entrevista en formato de cabildo ciudadano, le gritaron a coro: ¡Presidente! … ¡Presidente!…

De forma inmediata, no pude evitar asociar esta imagen con la del senador por Vermont y ex candidato presidencial, Bernie Sanders, quien se transformó en 2016 en un remedo del flautista de Hamelin para millones de jóvenes universitarios que le siguieron entusiastas porque, simple y sencillamente, deseaban un cambio radical en la forma de entender y practicar la política en EU.

Hoy sabemos que Sanders se convirtió en el líder de un movimiento anti establishment que tropezó antes de alcanzar siquiera la nominación del partido demócrata por la candidatura presidencial.

Irónicamente, Sanders se convertiría en el aspirante presidencial que sucumbió a manos del viejo orden. De esa cúpula del partido demócrata en manos de Hillary y Bill Clinton.

De no haber sido por el matrimonio de los Clinton, Bernie Sanders quizá habría tenido mejores oportunidades para evitar la sorpresiva victoria de Donald Trump en noviembre de 2016.

Pero, bueno, esa es otra historia.

El éxito de Bernie Sanders, un anciano de más de 70 años, entre los más jóvenes y universitarios se produjo por un cúmulo de circunstancias. Entre ellas, el hartazgo de la sociedad con el poder político; la grosera desigualdad en la democracia “más avanzada e igualitaria” del planeta; la concentración del poder en muy pocas manos y el desvanecimiento del poder y la autoridad de unos partidos políticos que hoy no sólo no responden a las aspiraciones de la mayoría, sino que se han convertido en las mascotas o en las complacientes cortesanas de las grandes corporaciones.

Frente a este mosaico de agravios, hartazgo, desigualdad y descreimiento entre los ciudadanos, Bernie Sanders propuso una “revolución política” contra el sistema, contra la voracidad de Wall Street y contra esa desigualdad insultante que ha llegado en forma de segregación económica y racial en un vasto territorio de EU.

"Una campaña por la presidencia tiene que ser mucho más que una lucha para obtener votos y ser elegidos. Tiene que ayudar a educar a las personas y enseñarles a organizarse. Si podemos hacer esto, podemos cambiar la dinámica de la política durante años y años por venir”, aseguraba Sanders.

Todo este torrente de pensamientos y circunstancias vinieron a mí, cuando observé la reacción de un auditorio lleno de jóvenes en el campus Monterrey del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores.

Para dejar las cosas en claro, no es mi intención presentar al candidato presidencial de MORENA como una especie de hermano ideológico gemelo del aguerrido senador por Vermont, ni la versión mexicana de Bernie Sanders.

De eso ya se han encargado otros, como la cadena FOX de noticias, el altavoz del movimiento conservador en EU que, en febrero pasado, presentó a Andrés Manuel como “El Bernie Sanders de México” para etiquetarlo como “un populista de extrema izquierda” que se ha propuesto “expropiar, romper o acabar con los monopolios corporativos”.

¿Les resulta familiar el argumento?

El político e historiador español, Antonio Cánovas del Castillo, solía decir que “la política es el arte de aplicar en cada época, aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible”.

Y, en este sentido, me atrevería a decir que Andrés Manuel López Obrador se ha convertido en un extraño compañero de viaje de Bernie Sanders por su capacidad para entender el momento, el cabreo, el hartazgo y las legítimas aspiraciones de sus conciudadanos.

A eso, y no a otra cosa, me refiero con el provocador titular de “El día en que AMLO se convirtió en Bernie Sanders”.

Una de las circunstancias que han favorecido al Movimiento de Regeneración Nacional que encabeza López Obrador, ha sido esa vertiginosa y casi imperceptible mudanza del poder político de los Palacios de Gobierno a las calles o a las plazas públicas.

No sólo en México, sino en todo el mundo.

Las razones de esta mudanza o deslave del poder político están relacionados con la corrupción y el abuso de ese poder surgido (a veces de forma cuestionable) desde las urnas. 

A ello se ha sumado,  la ausencia de un poder judicial independiente y la abismal desigualdad entre ricos y pobres.

Al mismo tiempo, hemos constatado el surgimiento de lo que algunos denominan como “nuevos micropoderes” en manos de ciudadanos que han tomado por asalto las redes sociales o las calles, robusteciendo las posibilidades de aquellos candidatos que, como Andrés Manuel López Obrador, han encontrado aliados espontáneos en aquellos que han decidido arrimar el hombro para desafiar al viejo sistema político que se resiste a morir.

Hoy, son millones los mexicanos que están hartos con la forma tan injusta y obscena en que se ha ejercido el poder en beneficio de solo unos cuantos.

En medio de este forcejeo, el poder político ha contado con la inapreciable ayuda de un determinado grupo de intelectuales, o de esos patrocinadores del sector empresarial que mascullan tras bambalinas para sumarse a las campañas de desinformación.

Son los que el candidato de MORENA ha descrito como “los alcahuetes del poder” politico.

Esos que, durante décadas, han contribuido por activa o pasiva a la construcción de una nueva desigualdad, mientras se aseguraban su mercado clientelar, su  zona de confort, poder e influencia.


Precisamente, la defensa de ese estatus. O los compromisos de algunos candidatos en liza con el poder menguante de los partidos políticos y de líderes de ademanes autoritarios, son lo que ha impedido a los adversarios de Andrés Manuel López Obrador conectar con ese electorado que ya está harto de la situación y que difícilmente aceptará un fraude.

En este sentido, al igual que Bernie Sanders, el candidato de MORENA se ha convertido en el candidato del hartazgo y la desilusión. Pero, a diferencia de Sanders, nadie desde la  estructura partidista ha intentado obstruirle el paso en su campaña por la presidencia.

Ahora sólo falta por saber si, acaso, los dueños del poder económico y político en México, estarán dispuestos a reconocer su posible victoria en las urnas.