martes, 28 de noviembre de 2017

El Dinosaurio que creían muerto en Washington

                                                                                                                Foto/AP


J. Jaime Hernández


Hace exactamente seis años, el entonces aspirante a la presidencia de México, Enrique Peña Nieto, traspasaba los umbrales de la Universidad de Georgetown, en la ciudad de Washington.

Acompañado de su esposa Angélica Rivera y de un séquito de colaboradores, a los que se sumó de forma entusiasta el congresista demócrata por Texas, Henry Cuéllar, el ex gobernador del Estado de México compareció ante un grupo de estudiantes (entre ellos muchos mexicanos) para tratar de convencerlos sobre la supuesta regeneración del PRI:

"Cuando alguien señala al PRI por haber hecho esto, o lo otro. Yo a mis 45 años simplemente les puedo decir que no me tocó vivirlo. Me lo explicaron y lo conocí por la historia, eso sí. Pero verlo y vivirlo no.

“A mi me tocaron los tiempos de competencia. De prepararse para ser competitivos en un entorno más democrático", aseguró Peña Nieto al presentarse a sí mismo como el exponente de una nueva generación de priistas que nada tenían que ver con las viejas prácticas de los Dinosaurios.

A pesar del esfuerzo de Peña Nieto, la imaginaria estampa del dinosaurio priista permaneció ahí como convidado de piedra. Emboscado entre los muros tapizados de libros en la biblioteca Riggs, una de las más antiguas en Estados Unidos.

La incredulidad de los estudiantes y de algunos analistas que se encontraban presentes en ese acto dejó entrever el déficit de credibilidad que ya desde entonces acompañaba al precandidato presidencial de México.

Un déficit que, hoy sabemos, nunca le abandonó.

Seis años más tarde, tras el destape de José Antonio Meade, hoy queda claro que el viejo dinosaurio priista nunca se fue, ni tampoco se regeneró. El ritual del dedazo presidencial, producto de un sistema anti democrático y nada competitivo, demostró la verdadera naturaleza de un partido político que hoy va a contracorriente de la Historia y de las aspiraciones democráticas de millones de mexicanos.

Hoy, a seis años de ese acto realizado en la Universidad de Georgetown, en el que Peña Nieto inició su exitosa contienda por la presidencia, es importante recordar el contexto.

En ese momento, el hartazgo de la sociedad mexicana con la encarnizada guerra de Felipe Calderón y el fallido proceso de transición del panista, Vicente Fox, habían abonado el terreno en favor del retorno del PRI.

Un retorno que, por cierto, no veían con malos ojos desde el Departamento de Estado. A tal grado de que, el entonces subsecretario de Estado adjunto para el Hemisferio, Arturo Valenzuela, decidió que ya era hora de aceptar el regreso del PRI a la presidencia.

Precisamente, en un encuentro donde estuvo presente este reportero, Valenzuela decidió romper una lanza a favor del PRI renovado. Un PRI que, aseguró, ya nada tenía que ver con los Dinosaurios.

“Yo no concuerdo con la idea de que ahí hay un partido de Dinosaurios”, nos dijo Valenzuela a un par de periodistas mexicanos que conversábamos con él.

“Yo francamente veo renovación en el PRI. Veo sectores nuevos. Veo gente nueva. Se ha hecho un enorme esfuerzo por tratar de modernizar al partido”, concluyó.

Hoy, es evidente que Arturo Valenzuela se equivocó. Y en muchos sentidos, se dejó llevar por una percepción obtusa de la realidad Mexicana que prefirió apostar por la opción binaria del PAN/PRI, y dejar fuera de esa ecuación al entonces candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, por temor a un salto a lo desconocido.

Con la convicción de que las viejas prácticas del PRI habían quedado en el pasado, muchos desde Estados Unidos decidieron así darle el beneficio de la duda a Enrique Peña Nieto.

Un candidato que prometió hacer crecer al país a un ritmo del 7% y crear un sistema universal de pensiones.

Un aspirante presidencial que llegó con la promesa de unas reformas estructurales que hoy dejan mucho que desear y un escandaloso lastre de casos de corrupción que pesarán mucho en el ánimo de los electores en las presidenciales de 2018.

Pero en 2012, eran muchos los que querían creer en Peña Nieto. Millones querían despertar de la pesadilla de violencia e ingobernabilidad que llegó con Felipe Calderón y que, seis años más tarde, ha resultado ser peor con una espiral de violencia y casos de corrupción que han pasado una amarga factura a millones.

Por ello mismo, no parece claro que las condiciones del PRI para retener la silla presidencial en 2018 sean las más prometedoras. Sobre todo con un candidato como José Antonio Meade, que ayer no parecía sentirse muy a gusto en su propia piel. Rodeado de esa vieja guardia de dinosaurios que lo han elegido como su candidato y que, en lugar de impulsarlo, podrían arrastrarlo hacia el despeñadero.

Siguiendo con esta misma línea argumental, podría decirse que tras la desastrosa alternancia PRI/PAN/PRI, que arrojó al paso de los caballos un histórico proceso de transición y fue incapaz de dejar atrás la encarnizada violencia de los carteles.

O de romper con el círculo vicioso del enriquecimiento ilícito y la corrupción, parecería que ha llegado el momento para un candidato fuera de esta opción binaria que nos ha llevado al caos, a la impunidad y a la violencia que ha dejado tras de sí un rastro de fosas comunes por todo el país.

Pero incluso esta opción tendría muchos obstáculos por superar. Porque todo dependerá de la capacidad de ese candidato para ilusionar a la gente. Para sumar alianzas y administrar el capital político que ha surgido del hartazgo ciudadano y de las ganas de echar al PRI del poder.

En cualquier caso, y ante una de las elecciones que serán las más reñidas, las más sucias e inciertas en la historia reciente de México, quienes estén a favor de un cambio habrán que tener muy en cuenta lo que ya ha demostrado el presidente Enrique Peña Nieto y los viejos cuadros del PRI: que el Dinosaurio no solo sigue vivo y coleando, sino que seguirá haciendo caso de su viejo instinto para perpetuarse en el poder.


Y, desde Estados Unidos, harían bien en tomar nota de que el Dinosaurio que creían muerto, solo andaba de parranda.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Amargo "Sanguivin"




J. Jaime Hernández


Con puntualidad minuciosa ha llegado de nueva cuenta el día en que Estados Unidos se celebra el Thanksgiving o Día de Acción de Gracias.

Un ritual que, entre muchos miembros de nuestra comunidad inmigrante, se traduce como el día de “Sanguivin”. Una forma caprichosa de traducir la expresión del "Thanksgiving". 

Hace no mucho, el congresista demócrata por Nueva York, José Serrano, me explicaba el origen de esta expresión:

“Desde los 50 en los barrios portorriqueños del Bronx los hispanos no podían pronunciar bien Thanks Giving. Y, por eso, poco a poco se fue quedando la expresión popular del Sanguivin que se extendió por todos los barrios hispanos de Nueva York y otras partes de EU” entre esa minoría hispana que, con el tiempo, decidió hacerla suya.

Desde que el presidente George Washington declaró como fecha nacional el Día de Acción de Gracias en 1789, el objetivo primordial de este ritual ha sido rendir homenaje y agradecer a quienes fueron los primeros habitantes del Continente Americano.

A esas tribus nativas que –muy en contra de lo que ocurre hoy--, fueron capaces de aceptar y socorrer a quienes huían de la ley, de la pobreza o la persecución política y religiosa en países como Inglaterra, para ayudarlos a enfrentar la hambruna o rescatarles de males y enfermedades en medio de uno de los inviernos más crudos.

Gracias a estos nativos, por ejemplo, los colonos del Mayflower, unos separatistas religiosos que habían huido de una guerra de facciones al interior de la Iglesia protestante en Holanda e Inglaterra, fueron capaces de sobrevivir e iniciar una nueva vida en el “nuevo mundo”.

De aprender nuevas técnicas para cultivar el maíz, para pescar en los ríos y forjar alianzas con algunas tribus locales como los Wampanoag para no ser aplastados.

Irónicamente, la buena disposición de los nativos para recibir a esa oleada de inmigrantes que llegaron desde distintos puntos del llamado viejo mundo, permitió inaugurar la que sería una de las más trascendentes y sanquinarias etapas de conquista del nuevo mundo para así escribir el primer capítulo de un genocidio que con el tiempo sería sepultado en los libros de historia de los vencedores.

Un genocidio en clave de limpieza étnica que algunos como Donald Trump se han empeñado en resucitar cuatro siglos más tarde, para tratar de evitar un cambio de paisaje demográfico que ha llegado para quedarse en Estados Unidos.

Hoy, a diferencia de hace 400 años, millones de inmigrantes se sentarán a la mesa no para agradecer, sino para rezar para no ser arrestados y deportados.
Para que sus hijos indocumentados (los Dreamers) no sean arrancados del único país que han conocido desde que llegaron en brazos de sus padres.

En esta jornada plena de sentimientos encontrados, la comunidad inmigrante sólo podrá agradecer el hecho de conocer a su verdadero enemigo: Donald Trump y quienes se han propuesto emprender un proceso de limpieza étnica disfrazado de campaña “para garantizar la seguridad nacional”.

Para garantizar la supremacía de la raza blanca.

En este sentido, entre los invitados a la mesa de Donald Trump, no estarán los miembros de la comunidad inmigrante. Como, por ejemplo, Felipe Abonza López, un Dreamer de 20 años y con una prótesis en su pierna izquierda, que no podrá celebrar el “Día de Acción de Gracias” con su familia.

En lugar de ello, pensará en sus seres queridos mientras permanece arrestado en una cárcel de Texas donde procurará mantener viva la esperanza de no ser deportado hacia México, un país que lo vió nacer pero que hoy se ha convertido en un recuerdo ajeno y lejano.

Hoy, millones de familias migrantes se sentarán a la mesa haciendo un recuento de lo mucho que han luchado y sufrido lejos de sus seres queridos en países como México o América Latina.

Algunos de ellos, podrán dar gracias por tener un empleo, por haber conseguido la “green card” (residencia) o la ciudadanía. Por haber escapado a su condición de “ilegal” y obtenido un trabajo digno y bien remunerado.

Otros, sin embargo, pasarán un Día de Acción de Gracias amargo, sin muchas razones para agradecer. Presos del miedo a ser arrestados y separados de sus familias.

Como los más de 600 mil Dreamers que no saben que será de ellos a partir del próximo 5 de marzo, cuando se cancele definitivamente el programa de acción diferida (DACA) que los protegió de los racistas y los supremacistas durante la presidencia de Barack Obama.

Hoy, mientras unos disfrutan el desfile de las tiendas Macy´s en Nueva York y se entregan en ese frenesí consumista del “black friday”, otros intentarán olvidar sus infortunios y disfrazar con las rebajas esa abismal distancia entre ricos y pobres.

Todos ellos, se fundirán en ese espacio efímero que llega con el Thanksgiving, donde el espejismo de la igualdad suele llegar en forma de rebajas salvajes mientras redime el agravio de la injusticia social.

En este sentido, el llamado “black friday” que llega como postre del Thanksgiving, se ha convertido en un poderoso recurso del capitalismo salvaje para mantener a raya el resentimiento de clase de aquellos que, por unas horas, tienen la oportunidad de pasar por ricos mientras se arrebatan la pantalla de más de 50 pulgadas o esa chaqueta que disfrazar durante toda una temporada la triste asimetría entre riqueza y pobreza.

En este sentido, el día del Thanksgiving o del “Sanguivin”, tiene la misma virtud de una tregua. Porque, al menos por un momento, permite que todos los invitados a la mesa dejen a un lado sus muchas afrentas y desigualdades, mientras se dejan llevar por un momento de “hermandad igualitaria”.

Pero, al día siguiente, la pesadilla de la persecución, del odio por cuestiones de raza o piel que ha cobrado nuevos bríos bajo Donald Trump, tocará de nuevo a sus puertas.


La amenaza de la segregación económica y racial volverá con todas sus fuerzas para poner en entredicho el sentido mismo del Día de Acción de Gracias en Estados Unidos.

viernes, 10 de noviembre de 2017

El “otro” Muro

                    Danica Roem ,la primera mujer transexual en ganar un escaño en la legislatura de Virginia
                                                                                                                                      Foto/AP



 J. Jaime Hernández

George Takei, el actor de la legendaria serie Star Trek y un feroz activista a favor de la causa migrante en Estados Unidos, aprovechó la abrumadora victoria de los demócratas en las elecciones del pasado martes en Virginia y Nueva Jersey, para clavar desde su cuenta de twiter esta puya sobre el costado de Donald Trump:

“¿Quién habría dicho que el "muro" de Trump comenzaría en Virginia?. Con una barrera humana; un muro formidable de votantes apasionados y movilizados, unidos por una causa común para repudiar el Trumpismo, el racismo y la política del miedo y la división. La gente ha hablado, Donald. Y vamos por ti…”

Más allá de un pronunciamiento puntual, que muchos catalogarían en la categoría de “wishful thinking” (es decir de hacerse las ilusiones), lo cierto es que la proyección ilusoria de Takei puede tener mucho de sustento, a la luz de los resultados no sólo en Virginia y en Nueva Jersey, sino en otras partes de Estados Unidos donde las elecciones del pasado martes 7 de noviembre sacaron a flote el ambiente de repudio contra el Trumpismo.

Es decir, contra la política de un presidente que ha apostado por la división y el odio racial; por convertir a los inmigrantes en los chivos expiatorios de todos los males y por ensanchar la brecha que hoy divide a ricos y pobres en la nación más rica y desigual del planeta.

A casi una semana de estas elecciones, hoy resulta evidente que los resultados sólo ofrecen una lectura; la del referéndum contra Donald Trump.

A manera de ejemplo, el análisis de Steven Rogers en The Washington Post, donde vaticina que la paliza que los demócratas propinaron a los republicanos, podría tener serias implicaciones en las elecciones de medio término de 2018, donde las huestes republicanas de Donald Trump se juegan el control de las dos cámaras.

En opinión de Rogers, con un índice de aprobación de apenas el 38%, la impopularidad de Donald Trump tendría que haber costado, como mucho, la perdida de 4 escaños en el Congreso estatal de Virginia.

Sin embargo, el avance de los demócratas fue de hasta 15 escaños. Todo un indicador del malestar que recorre gran parte de Estados Unidos, por las políticas de odio antinmigrante, de odio racista y políticas aislacionistas que amenazan el liderazgo de Estados Unidos en todo el mundo.

Pero, si la derrota en Virginia ha sido importante en términos numéricos o porcentuales, lo más sintomático ha sido el perfil de los candidatos y la calidad de los votos que le han dado la espalda a los republicanos y al Trumpismo.

Ahí, por ejemplo, está el caso de las mujeres que apoyaron con un 61% al candidato demócrata para gobernador, Ralph Northam. En el caso de Nueva Jersey, donde el gran perdedor fue el actual gobernador, Chris Christie y su fallida candidata republicana, Kim Cuadango, las mujeres respaldaron al candidato demócrata, Phil Murphy, con el 55% de los votos.

Pero, además, dentro de ese grupo de mujeres que votaron o que se presentaron a un cargo de elección popular, al menos ocho son de origen latino en estados como Virginia, Georgia, Michigan y Washington.

Durante el proceso electoral, decenas de candidatos afroamericanos y asiáticos (incluida una refugiada vietnamita) y varios transgénero consiguieron demostrar que cuando la participación de los electores es masiva y diversa, los entusiastas seguidores de Donald Trump quedan muy por detrás en las urnas.

Quizá uno de los casos más significativos ha sido el de la demócrata Danica Roem, la primera mujer transexual en ganar un escaño en la legislatura de Virginia. Roem, una periodista reconvertida en política, consiguió derrotar al republicano, Bob Marshall, uno de los conservadores más veteranos en Virginia.


A eso se refería George Takei en su mensaje triunfal. A ese “otro” Muro que parece haber nacido tras las elecciones del pasado martes 7 de noviembre y que podría avanzar en las elecciones de medio término del 2018 y las presidenciales del 2020, para evitar a toda costa la reelección de Donald Trump y atajar así las políticas de división racial y odio antinmigrante que hoy pegan a una comunidad que vive la Era Trump como una pesadilla.