jueves, 19 de enero de 2017

Donald Trump y su guerra para imponer la “nueva narrativa"



Donald Trump y su guerra por la "nueva narrativa"

Donald Trump ya ha advertido que, como presidente, seguirá haciendo uso de su cuenta de twitter para ganar la batalla por la “nueva narrativa” en la era de las redes sociales, las noticias falsas y la banalización de la realidad.

Después de todo, gracias a sus cañonazos desde su cuenta de twitter, ha sido capaz de destruir a sus adversarios y conquistar la presidencia de EU.

Trump se propone, así, convertirse en el “cronista en jefe” de su presidencia.

Según ha adelantado en entrevista concedida a The Times de Londres, lo hará a través de sus cuentas de Twitter, Facebook e Instagram donde tiene poco más de 46 millones de seguidores.

“No pienso renunciar a mi cuenta de twitter. Sobre todo porque tendré que enfrentar a una prensa que es muy deshonesta. El la única forma de contrarrestarlos”, dijo Trump para dejar en claro que no piensa dejar de informar las acciones de su presidencia y atacar, insultar o reconvenir a todo aquel que se atreva a contradecirle como presidente de Estados Unidos.

Resulta irónico que Donald Trump haya sido el beneficiario de lo que hoy ya se conoce como la revuelta de los movimientos sociales para generar su propia narrativa a través de las redes sociales.

Para arrebatársela a los grandes medios o a los medios oficialistas y generar su propia narrativa. Para dar a conocer sus puntos de vista sin filtros o intermediarios que, en la mayoría de los casos, los distorsionan o adulteran en beneficio del poder político o económico.

Zeynep Tufecki, una de las más respetadas estudiosas de las redes sociales de la Universidad de Harvard, considera que “la capacidad narrativa ha sido desacoplada; arrebatada a los grandes medios” por movimientos que hoy son capaces de generar su propia información, de difundir sus puntos de vista.

Ahí esta el caso del movimiento de “Black Lives Matter”, uno de los primeros en recurrir a las redes sociales para contraponer sus puntos de vista a los de los medios de comunicación oficiales o poco interesados en atender la agenda de las minorías en Estados Unidos.

Como consecuencia, ahí tenemos la crisis de los grandes medios en EU y México, que se han convertido en gigantes con pies de barro en medio de esta feroz disputa por la “nueva narrativa”.

El problema es que, lo que ha funcionado para movimientos sociales de reivindicación social, también ha funcionado para personajes oscuros como Donald Trump.

En el caso del hoy presidente electo, su sorprendente curva del aprendizaje, para hacer de twitter, de Facebook e Instagram su propia tribuna a escala planetaria, revela hasta qué punto la revuelta a través de las redes sociales puede servir para apurar procesos de democratización, pero también para ayudar a poderosos intereses ocultos a imponer agendas, frenar avances sociales o desestabilizar gobiernos.

Esta situación ha generado un doble desafío.

Para el establishment político, porque ha perdido el control de la narrativa frente a unos ciudadanos hartos de falsas promesas, mentiras y corrupción.

Pero también para los grandes medios de comunicación que se han visto rebasados por ese universo paralelo de internet donde Google, Twitter o Facebook (con sus recetas secretas de algoritmos) dictan hoy las reglas del juego.

Aunado a ello, (y muy particularmente en el caso de México) se ha producido la multiplicación y “changarrización” de portales informativos que no sólo abonan la cultura de los intereses creados y la corrupción.

Sino que son presa fácil de la proliferación de información no contrastada, del torrente incontrolado de noticias falsas y las campañas negras de desinformación

Todo ello ha terminado por derrumbar el tradicional modelo de negocios del llamado periodismo serio. Si, el viejo oficio de separar el grano de la paja, sin dejarse corromper, ni traicionar la verdad y la confianza pública.

A lo largo de su campaña y después de una victoria contra todo pronóstico, Trump ha aprovechado este río revuelto del desconcierto para generar un universo paralelo de noticias falsas o medias verdades y acusar a esos medios de comunicación serios de ser mentirosos y deshonestos.

Como, por ejemplo, cuando pusieron en duda sus planes para obligar a México a pagar por el Muro fronterizo.

O como cuando cuestionaron su decisión de no revelar su declaración de impuestos para esclarecer de una vez por todas las muchas sospechas de intereses creados o socios poco convenientes en su red internacional de negocios e inversiones.

Ultimamente, Donald Trump ha llegado al extremo de acusar a grandes medios, como la cadena CNN, por consignar los informes de inteligencia de la CIA y el FBI confirmando la intervención oficiosa de Vladimir Putin y sus servicios de inteligencia para favorecer su candidatura presidencial mediante el hackeo de correos electrónicos y la puesta en marcha de una campaña negra de desinformación contra la candidata demócrata, Hillary Clinton.

En medio de esta ofensiva, contra los más influyentes medios de comunicación, Donald Trump ya ha advertido que hará uso de su propia trinchera en twitter para arrebatar la narrativa a esos medios que representan el contra poder.

Que actúan en nombre de la sociedad para exigir cuentas al poder político.

Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de EU, solía decir que “si tuviera que decidir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo”.

Dos siglos más tarde, ha llegado Donald Trump, con su promesa de invertir esta ecuación.


Para rehuir de todo control y convertirse en el “cronista en jefe” de su presidencia.

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