Donald Trump y su guerra por la "nueva narrativa"
Donald Trump ya ha advertido que, como presidente, seguirá haciendo uso
de su cuenta de twitter para ganar la batalla por la “nueva narrativa” en la
era de las redes sociales, las noticias falsas y la banalización de la
realidad.
Después de todo, gracias a sus cañonazos desde su cuenta de twitter, ha
sido capaz de destruir a sus adversarios y conquistar la presidencia de EU.
Trump se propone, así, convertirse en el “cronista en jefe” de su
presidencia.
Según ha adelantado en entrevista concedida a The Times de Londres, lo
hará a través de sus cuentas de Twitter, Facebook e Instagram donde tiene poco
más de 46 millones de seguidores.
“No pienso renunciar a mi cuenta de twitter. Sobre todo porque tendré
que enfrentar a una prensa que es muy deshonesta. El la única forma de
contrarrestarlos”, dijo Trump para dejar en claro que no piensa dejar de
informar las acciones de su presidencia y atacar, insultar o reconvenir a todo
aquel que se atreva a contradecirle como presidente de Estados Unidos.
Resulta irónico que Donald Trump haya sido el beneficiario de lo que hoy
ya se conoce como la revuelta de los movimientos sociales para generar su
propia narrativa a través de las redes sociales.
Para arrebatársela a los grandes medios o a los medios oficialistas y
generar su propia narrativa. Para dar a conocer sus puntos de vista sin filtros
o intermediarios que, en la mayoría de los casos, los distorsionan o adulteran
en beneficio del poder político o económico.
Zeynep Tufecki, una de las más respetadas estudiosas de las redes
sociales de la Universidad de Harvard, considera que “la capacidad narrativa ha
sido desacoplada; arrebatada a los grandes medios” por movimientos que hoy son
capaces de generar su propia información, de difundir sus puntos de vista.
Ahí esta el caso del movimiento de “Black Lives Matter”, uno de los
primeros en recurrir a las redes sociales para contraponer sus puntos de vista
a los de los medios de comunicación oficiales o poco interesados en atender la
agenda de las minorías en Estados Unidos.
Como consecuencia, ahí tenemos la crisis de los grandes medios en EU y
México, que se han convertido en gigantes con pies de barro en medio de esta
feroz disputa por la “nueva narrativa”.
El problema es que, lo que ha funcionado para movimientos sociales de
reivindicación social, también ha funcionado para personajes oscuros como
Donald Trump.
En el caso del hoy presidente electo, su sorprendente curva del
aprendizaje, para hacer de twitter, de Facebook e Instagram su propia tribuna a
escala planetaria, revela hasta qué punto la revuelta a través de las redes
sociales puede servir para apurar procesos de democratización, pero también
para ayudar a poderosos intereses ocultos a imponer agendas, frenar avances
sociales o desestabilizar gobiernos.
Esta situación ha generado un doble desafío.
Para el establishment político, porque ha perdido el control de la
narrativa frente a unos ciudadanos hartos de falsas promesas, mentiras y
corrupción.
Pero también para los grandes medios de comunicación que se han visto
rebasados por ese universo paralelo de internet donde Google, Twitter o
Facebook (con sus recetas secretas de algoritmos) dictan hoy las reglas del
juego.
Aunado a ello, (y muy particularmente en el caso de México) se ha
producido la multiplicación y “changarrización” de portales informativos que no
sólo abonan la cultura de los intereses creados y la corrupción.
Sino que son presa fácil de la proliferación de información no
contrastada, del torrente incontrolado de noticias falsas y las campañas negras
de desinformación
Todo ello ha terminado por derrumbar el tradicional modelo de negocios
del llamado periodismo serio. Si, el viejo oficio de separar el grano de la
paja, sin dejarse corromper, ni traicionar la verdad y la confianza pública.
A lo largo de su campaña y después de una victoria contra todo
pronóstico, Trump ha aprovechado este río revuelto del desconcierto para
generar un universo paralelo de noticias falsas o medias verdades y acusar a
esos medios de comunicación serios de ser mentirosos y deshonestos.
Como, por ejemplo, cuando pusieron en duda sus planes para obligar a
México a pagar por el Muro fronterizo.
O como cuando cuestionaron su decisión de no revelar su declaración de
impuestos para esclarecer de una vez por todas las muchas sospechas de
intereses creados o socios poco convenientes en su red internacional de
negocios e inversiones.
Ultimamente, Donald Trump ha llegado al extremo de acusar a grandes
medios, como la cadena CNN, por consignar los informes de inteligencia de la
CIA y el FBI confirmando la intervención oficiosa de Vladimir Putin y sus
servicios de inteligencia para favorecer su candidatura presidencial mediante
el hackeo de correos electrónicos y la puesta en marcha de una campaña negra de
desinformación contra la candidata demócrata, Hillary Clinton.
En medio de esta ofensiva, contra los más influyentes medios de
comunicación, Donald Trump ya ha advertido que hará uso de su propia trinchera
en twitter para arrebatar la narrativa a esos medios que representan el contra
poder.
Que actúan en nombre de la sociedad para exigir cuentas al poder
político.
Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de EU, solía decir que
“si tuviera que decidir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin
gobierno, no dudaría en preferir lo segundo”.
Dos siglos más tarde, ha llegado Donald Trump, con su promesa de
invertir esta ecuación.
Para rehuir de todo control y convertirse
en el “cronista en jefe” de su presidencia.

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