miércoles, 31 de agosto de 2016

Donald Trump, en busca de su “milagrito" mexicano

                                                                                       Foto/AP


Desconozco si la sorpresiva gira de Donald Trump a México incluye una visita a la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Debería. Sólo un milagro podría devolverle el apoyo del electorado hispano en las elecciones del próximo 8 de noviembre.

Ni su encuentro en la intimidad con el presidente Enrique Peña Nieto en Los Pinos podría salvarlo del voto de castigo de esa comunidad latina que, junto con la afroestadounidense y la asiática, representan poco más de un tercio del electorado en EU.

Para alguien que sólo cuenta con el 19% del respaldo entre la comunidad hispana contra el 67% de Hillary Clinton —según la más reciente encuesta de Univisión—, su viaje a México es un desesperado intento por rehuir de lo inevitable.

Y un recurso que le permitirá justificar su súbita “moderación” con el anuncio, éste miércoles desde la ciudad de Phoenix, Arizona, de que ya no piensa crear una fuerza de deportación masiva para expulsar a más de 11 millones de personas.

Aunque, eso sí, proseguirá con sus planes para construir un Muro inexpugnable en la frontera con México.

Cuando el entonces candidato republicano a la presidencia, John McCain, visitó la Basílica de Guadalupe, en julio de 2008, con la esperanza de granjearse el apoyo del electorado hispano, las encuestas le daban un respaldo del 22% entre esa comunidad.

La visita de McCain a la Guadalupana, acompañado del entonces embajador en México, Tony Garza y del gobernador de Florida, Jeb Bush, se convirtió en preámbulo de su encuentro en Los Pinos con el entonces presidente, Felipe Calderón, el primero en inaugurar la extravagante práctica de dejarse utilizar por un candidato en contienda en EU.

Hoy sabemos que, ni su visita a la Virgen de Guadalupe, ni su encuentro con Calderón, salvaron a McCain de una derrota sin paliativos frente a Barack Obama que se alzó triunfal en noviembre de 2008 con el 67% del voto hispano.

Llegados a este punto, vale la pena preguntarse; ¿qué sentido tiene entonces la inesperada visita de Donald Trump a la nación y al pueblo que más ha insultado y por el que siente un desprecio sólo comparable a su desmedida ambición por el poder?

En el curso de las últimas horas, y  desde el anuncio de esta visita relámpago de Trump a la Ciudad de Mexico, la reacción de condena contra la decisión del gobierno mexicano ha sido devastadora en las redes sociales. Hacia ambos lados de la frontera, el consenso es que la presidencia de México ha cometido un error que pasará a la historia como una de las peores muestras de ignorancia y torpeza política.

Personajes como el ex presidente, Vicente Fox, han advertido en entrevista con la cadena CNN que con esta decisión, el presidente Peña Nieto corre el riesgo de pasar a la historia como “un traidor”.

“Pido disculpas por esta decisión”, añadió Fox para ganar la indulgencia de la comunidad inmigrante de origen mexicano, que hoy sigue sin entender la decisión del presidente de México.

En su mensaje, el presidente Enrique Peña Nieto ha asegurado que esta invitación al diálogo hacia Donald Trump tiene, entre otros fines, “proteger a los mexicanos donde quiera que estén”.

Es decir, de racistas y matones como Donald Trump que han tratado a la comunidad mexicana como la peor escoria sobre la faz de la tierra. Que les han presentado como criminales, violadores y traficantes de drogas.

En este sentido, habría que decir que, la mediación del presidente de México no sólo resulta innecesaria, sino que incluso es contraproducente.

Hoy la comunidad inmigrante mexicana es la que protege al gobierno de México de la impaciencia, la frustración y el descontento de sus ciudadanos con el envío de remesas que se han convertido en la válvula de escape de tanta presión social y en la tabla de salvación de sus maltrechas finanzas gubernamentales.

Por tanto, los más perjudicados de este encuentro en la intimidad en la residencia oficial de Los Pinos serán Enrique Peña Nieto y Donald Trump, dos extraños compañeros de viaje que, por alguna razón incomprensible, han llegado al convencimiento de que, al utilizarse mutuamente, podrán escapar de una derrota en las urnas y de los abrumadores índices de rechazo y antipatía.


Buena suerte. Sólo un milagro podrá salvarlos.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Donald Trump: en busca del tiempo y las minorías perdidas




Donald Trump durante un acto de campaña en la localidad de Akron, Ohio.     Foto/AP


Fue Quinto Tulio Cicerón, asesor político de su hermano Marco Tulio Cicerón, el primero en sugerir —en su “manual para ganar unas elecciones” que escribió hacia el año 63 A.C—, que si uno aspira a ganar una contienda electoral necesita, antes que nada, construir una amplia base social:

“Incluso, esa gente con la que a nadie le gustaría asociarse en la vida normal, deberá convertirse en tu mejor amigo durante una campaña electoral. Limitarte a una estrecha base de respaldo, sólo garantizará tu fracaso”.

Aunque el manual de Quinto tiene más de dos mil años de haber sido escrito, resulta fascinante comprobar que, tratándose de política y de la naturaleza humana, a medida que muchas cosas cambian con el tiempo, ciertas cosas siguen funcionando de la misma manera.

Si el candidato republicano, Donald Trump, se hubiera tomado la molestia de leer a Quinto Tulio Cicerón, se habría dado cuenta de lo que ya Barack Obama había sido capaz de entender en 2008, cuando logró descabalgar a Hillary Clinton de una candidatura presidencial que se consideraba inevitable.

Barack Obama, y su equipo de campaña, entendieron que para ganar unas elecciones (particularmente en un país forjado sobre los hombros de inmigrantes) era indispensable contar con el respaldo de las minorías.

Fue así como Barack Obama conquistó la presidencia de EU en 2008. Su arribo a la Casa Blanca fue posible gracias a la más formidable coalición de electores que sumó el 43% del voto del hombre blanco; el 53% de las mujeres; el 67% de los hispanos y el 95% de los afroestadounidenses.

Una proeza que Hillary Clinton confía en repetir en noviembre próximo.

El pasado mes de febrero, Pew Research dio a conocer uno de los estudios más interesantes para cualquier candidato o estratega interesado en ganar unas elecciones presidenciales.

“Este año, el electorado de EU será el más diverso en términos raciales y étnicos. Casi uno de cada tres votantes (31%) será hispano, negro, asiático o de otra minoría. Gran parte de este cambio se debe a un fuerte crecimiento entre los votantes hispanos elegibles, en particular los jóvenes nacidos en Estados Unidos”, concluyó el estudio de Pew.

A pesar de estos indicadores, confirmando un formidable cambio de paisaje demográfico, el magnate del sector inmobiliario, Donald Trump, decidió contender por la presidencia de EU apelando al voto y el apoyo de la minoría más extremista en el seno del partido republicano; un puñado de electores blancos, poco educados, racistas y temerosos ante el avance de esas minorías que, según las proyecciones, se convertirán en mayoría hacia el 2040.

Sus insultos contra los mexicanos, a quienes presentó como criminales, violadores y traficantes de drogas; sus promesas para crear una fuerza de deportación masiva para expulsar a más de 11 millones de personas; sus ataques contra las mujeres, contra los discapacitados o su campaña de demonización contra la comunidad musulmana, le permitieron alzarse con una inapelable victoria sobre sus 16 contendientes en las primarias del partido republicano.

Hoy, cuando se trata de ganar unas elecciones presidenciales y cuando todas las encuestas favorecen a Hillary Clinton por un margen de entre 6 y 12 puntos porcentuales —mientras las proyecciones de futuro de medios como The New York Times le conceden un margen de victoria de nueve contra uno frente a Trump—, el candidato republicano ha dado las primeras muestras de querer meter reversa para “suavizar” sus propuestas y tratar de ampliar su base de apoyo.

Particularmente en el sensible terreno de la inmigración indocumentada, un tema que preocupa y mucho a la comunidad hispana que representa a un tercio del electorado.

“Supongo que Kellyane Conway, (su directora de campaña), que es una reconocida experta en encuestas, le ha dicho a Trump que si quiere ganar las elecciones necesita ampliar su base, particularmente entre los hispanos”, aseguró Bob Cusack, director del periódico The Hill a la cadena CNN para tratar de entender el súbito cambio de un candidato republicano ante un tema tan polémico y divisivo como el de la inmigración indocumentada.

Cuando Barack Obama luchó en vano para convencer a los republicanos, sobre la necesidad de impulsar una reforma migratoria que permitiera salir de las sombras a millones de indocumentados, les advirtió sobre el riesgo de deslizar a su partido hacia posiciones tan extremas:

“El problema de deslizarse hacia una posición tan extrema, es que luego resulta más difícil retornar hacia el centro para dialogar”, les advirtió Obama.

Ese viaje hacia el extremo es, precisamente, lo que hoy ha metido en serios aprietos a Donald Trump.

Cuando sólo faltan poco más de dos meses para las elecciones generales, el candidato republicano ya no cuenta con el tiempo, ni con el margen de maniobra suficientes para meter reversa y “suavizar” sus propuestas.


Después de escuchar sus amenazas de llevarlos al infierno, es muy difícil que hoy las minorías de EU le crean a Trump su promesa de llevarlos al cielo.

miércoles, 17 de agosto de 2016

¿Donald Trump se ha propuesto dinamitar su campaña presidencial?


 De acuerdo. Asumamos por un momento que Michael Moore, ese cineasta acostumbrado a espolear la cresta de los poderosos y a incomodar a las buenas conciencias, tiene razón. Que, últimamente, Donald Trump se ha propuesto dinamitar su propia campaña por la presidencia porque, para empezar, su intención nunca fue llegar tan lejos en un lance que nadie imaginó tan exitoso.

Tan exitoso que hoy Donald Trump se encuentra a punto de “morir de éxito” ante su incapacidad para satisfacer las expectativas generadas entre una base conservadora que se creyó sus promesas de cambio y lo convirtió en el campeón de los jodidos y la clase trabajadora, sin sospechar que el magnate sólo se había propuesto organizar un montaje publicitario.

Si, de esos que siempre ha orquestado para ganar dinero y, acto seguido, salir corriendo para dejar a muchos con los bolsillos vacíos y la humillante sensación de haber sido estafados .

Según la teoría de Moore, que ofrece en su más reciente blog sin citar fuentes aunque, eso sí, aludiendo a “ciertas gentes que cuando lean esto sabrán que las cosas sucedieron así realmente”, todo comenzó con un plan urdido por Donald Trump para conseguir un contrato más jugoso de la cadena NBC para la nueva temporada de su show “The Aprentice” (El Aprendiz).

“En pocas palabras, Trump quería más dinero. Por eso dejó caer la vieja idea de que quería aspirar a la presidencia con la esperanza de ganar la atención (de los ejecutivos de NBC) y para que su posición de negociación fuera más fuerte. Pero Trump sabía muy bien, como rey de los negociantes, que cuando uno dice que va a hacer algo equivale a dar pasos en balde. Hacer las cosas es lo que realmente hace que te presten atención.

“Así fue como el 16 de junio del año pasado, Trump descendió por las escaleras automáticas doradas (de las Torres Trump) y abrió la boca (para anunciar su candidatura presidencial). Sin tener el personal suficiente, ni una infraestructura para competir en los 50 Estados de la Unión”, resumió Moore.

Hasta aquí, la narración de Moore se apega a los hechos como el estiércol a los cascos de los caballos. Cuando Donald Trump decidió echarse a la piscina de la contienda por la presidencia, los más veteranos operadores en Washington se rascaron incrédulos detrás de la oreja.

Sobre todo porque, en sucesivas entrevistas, Trump aseguró que, a diferencia de otros políticos que contratan asesores, él sólo consultaba consigo mismo:

“Hablo conmigo mismo, en primer lugar, porque tengo un muy buen cerebro”, aseguró el magnate para causar aún más extrañeza entre quienes saben muy bien que las actuales campañas por la presidencia en EU se han transformado en una de las más sofisticadas operaciones de propaganda y mercadotecnia; con ejércitos de operadores sobre el terreno, voluntarios, facilitadores de eventos para recabar fondos y expertos en demoscopia y meta data encargados de diseccionar el mapa electoral de costa a costa.

En lugar de tener a un experto como David Axelrod, como lo tuvo Barack Obama, o un Karl Rove, como lo tuvo George W Bush durante su campaña, Donald Trump ha dependido de su círculo más estrecho. Su hija Ivanna y su yerno, Jared Kushner, son los verdaderos operadores de su estrategia. Incluso el director de su campaña, Paul Manafort, quien por cierto se ha visto envuelto en un escándalo por sus estrechos vínculos con el depuesto presidente e Ucrania, Viktor Yanukovych —un protegido del poderoso líder ruso, Vladimir Putin—, ha reconocido que Trump es quien dirige la campaña y que él sólo se encarga de obedecer y hacer cumplir las órdenes que salen del primer círculo de Donald Trump.

La ausencia de un equipo de profesionales al frente de su campaña y el desplome de su candidatura en todas las encuestas a nivel nacional y en las de estados que serán cruciales, han llevado a muchos a pensar que, en realidad, Donald Trump nunca ha tenido serías intenciones de conquistar la presidencia.

¿Sabrá algo Michael Moore que le permita hoy ir más allá de esta sospecha?

Por el momento, los hechos se ajustan al guión de la teoría expuesta por Moore. Tras una exitosa fase de elecciones primarias, en las que cosechó 14 millones de votos y eliminó a 17 aspirantes incapaces de superar a Trump en sus insultos y sus comentarios derogatorios contra los inmigrantes, los mexicanos, las mujeres, los musulmanes, los veteranos de guerra y los discapacitados, el candidato del partido republicano no solo parece haber tocado el techo de sus incapacidades, sino que ya se encuentra en una fase de caída libre de la que difícilmente podrá recuperarse de aquí a noviembre.

En medio de una operación, lo más parecido al “achicar las aguas” del barco que se hunde, el magnate anunció hoy importantes cambios en la cúpula de su campaña. Pero, en lugar de pedir el auxilio de los profesionistas, decidió echar mano de personajes como Steve Bannon, director de la página de Drudge Report, un medio considerado como la “máquina de odio” de la extrema derecha.

Tras conocer estos cambios, desde la derecha conservadora algunos medios criticaron esta decisión por considerar que Trump se ha propuesto retornar a la fórmula populista y nacionalista que le permitió alzarse con una victoria en la fase de las primarias, pero que le arrojará en brazos de una segura derrota en las presidenciales de noviembre próximo:


“Una vez más, el partido republicano se ha doblegado ante 'El estúpido' y ahora el coche del payaso se ha salido fuera de la pista. La implosión del partido conservador ha entrado en una imparable reacción en cadena. Por lo visto, Trump tiene un propósito, y podría demostrar ser mucho más peligroso”, aseguró Jayson Taylor desde la página de The Resurgent, una influyente tribuna del movimiento conservador.