lunes, 11 de diciembre de 2017

¡Que vienen los rusos!

                                                                                                                                           Foto/AP




J. Jaime Hernández


Cuando sólo faltan menos de siete meses para las elecciones presidenciales en México, algunos ciudadanos parecen preocupados porque —según murmuran por ahí—, los rusos han llegado para imponer candidatos y, en el proceso, torcer la voluntad de millones de ciudadanos en las urnas.

Para muchos de estos incautos, de la noche a la mañana, el líder ruso, Vladimir Putin, se ha convertido en una suerte de cerebro que maquina y pulula a través de las redes sociales. O que tiene el poder para incrustar “agentes encubiertos” en medios de comunicación.

Hoy, podría decirse que son legión quienes creen que el pasatiempo favorito de Putin es jugar como un titiritero de la voluntad popular ciudadana, tirando de bots, hackers o de insidiosos algoritmos que decidirán el rostro del futuro presidente de México en la noche del escrutinio electoral.

“¡Cuidado con Putin que nos va a sorprender de la misma forma que lo hizo en Estados Unidos con Donald Trump, para imponernos un candidato que comulgue con el populismo más autoritario¡”, advierten algunos analistas y comentaristas que han decidido alentar estos miedos en nombre de la seguridad nacional.

El bulo de la intromisión rusa, promovido desde diferentes trincheras mediáticas, ha obligado al Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, a desmentirlo recientemente durante su viaje a Moscú el pasado mes de noviembre:

“No tenemos ninguna evidencia que valide tal hipótesis”, de intervención rusa en México respondió Videgaray en una apurada rueda de prensa con el ministro ruso de exteriores, Serguei Lavrov quien, por cierto, ha culpado de estos rumores a Estados Unidos.

El rumor de la injerencia rusa, atizado a partir de una declaración del Consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, quien aseguró que había "señales iniciales en la campaña presidencial mexicana" (aunque sin ofrecer ninguna prueba).

El titular tendencioso de esas declaraciones, en un periódico de circulación nacional donde se aseguró que EU advertía a México sobre la intervención rusa. Y la manufactura de un artículo en la sección de Global Opinion de The Washington Post, especulando con esa misma teoría, permitieron la acción concertada de quienes desde sus cuentas de twitter, sus páginas o sus columnas decidieron lanzarse a la yugular del candidato presidencial de MORENA para presentarlo como el candidato que ha elegido Moscú para próximo presidente de México. 

La espiral del rumor atizó las campañas de linchamiento contra simpatizantes de MORENA. Y encontró terreno fértil entre quienes, desde la campaña de José Antonio Meade, han decidido que la versión de los rusos apoyando a Andrés Manuel López Obrador es la mejor apuesta para tratar de frenar su ascenso en las encuestas y, de paso, rescatar a su candidato de un naufragio que muchos avizoran en el horizonte inmediato.

En medio de este desvarío, el portavoz de la presidencia, Eduardo Sánchez, ha insistido que no existe prueba alguna o evidencia sobre la supuesta injerencia de los rusos en el proceso electoral mexicano.

Winston Churchill solía decir que “en tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras”.

Yo añadiría que, lo que vale en tiempos de guerra, también sirve durante tiempos de campaña electoral, donde los amos de la propaganda siempre buscan engatusar a millones de incautos para convencerlos del peligro que representa determinada opción o candidato, en beneficio de determinados poderes fácticos o intereses creados.

Uno de los mejores antídotos contra la desinformación, es la información bien documentada y contrastada. Es quizá la mejor vacuna contra las llamadas “fake news” o los “hechos alternos” que hoy defiende o utiliza de forma descarada la administración de Donald Trump para tratar de desviar la atención de los muchos escándalos que le persiguen tras uno de los procesos electorales más intrigantes.

Quizá por ello, vale la pena recordar algunos antecedentes sobre la historia de dos enemigos  declarados como EU y Rusia. Una historia que esta precisamente relacionada con las pasadas elecciones a la presidencia en la Unión Americana.

Unos antecedentes que algunos han ignorado (de forma voluntaria o involuntaria) para culpar solamente a Rusia y a Vladimir Putin del sorprendente triunfo de Donald Trump.

En diciembre de 2011, durante unas elecciones parlamentarias marcadas por las protestas y acusaciones de fraude en Rusia, el entonces primer ministro, Vladimir Putin, acusó directamente a Hillary Clinton, entonces Secretaria de Estado, de haber estado detrás de esta campaña de revueltas que estuvieron a punto de descarrilar sus planes para reconquistar la presidencia en 2012.

De hecho, Putin se comunicó directamente con el presidente Barack Obama para reclamarle por la supuesta intromisión del Departamento de Estado en unas elecciones que le dieron al partido Rusia Unida menos del 50% de los votos.

Un resultado que, Hillary Clinton, calificó de “fraudulento” y demandó una “investigación a fondo” de los resultados durante una conferencia de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) en diciembre de 2011.

Según la acusación de Putin, Hillary Clinton se habría entrometido en Rusia de la misma forma que lo hizo en países árabes como Egipto, alentando la famosa “primavera árabe” mediante el uso de las redes sociales.

Una primavera que, hoy sabemos, fue de corta vida y terminó con el golpe de mano de los militares bajo el disimulo complacido de Washington que descubrió que, en Egipto, la democracia no podía llegar solamente de mano de las redes sociales y que el cambio que había favorecido, no podía caer en manos de la Hermandad Musulmana.

En cualquier caso, desde ese turbulento mes de diciembre e 2011 en Rusia, Putin prometió vengarse. Y, a juzgar por el resultado de las pasadas elecciones presidenciales, lo habría logrado aunque de forma muy tangencial.

Y digo de forma tangencial porque aún no se conocen los resultados de la investigación que encabeza el fiscal especial, Robert Muller, para determinar el grado de intervención o injerencia en las elecciones y en la campaña de Donald Trump.

Como tampoco nadie se ha atrevido a establecer de forma certera que, la victoria de Donald Trump en noviembre de 2016,  ha sido sin lugar a dudas resultado directo de la injerencia rusa.

La promoción de programas de internet para influir en el ánimo o explotar la sed de apertura democrática entre ciudadanos de distintas partes del mundo —irónicamente mediante el uso de cuentas de Facebook, Twiter o Youtube—, ha sido una de las armas arrojadizas que Washington decidió utilizar, sin pensar que un día este esfuerzo se les revertiría en su propio terreno con la operación más exitosa de los servicios de inteligencia del Kremlin.

Promover el avance de la democracia en todo el mundo, a través de su Oficina de Democracia y Derechos Humanos, ha sido efectivamente uno de los principales programas del Departamento de  Estado de Estados Unidos.

Irónicamente este programa se convertiría en la caja de Pandora que los adversarios de Washington han aprendido a utilizar de forma exitosa.

El problema es que, como ya se sabe, Estados Unidos siempre ha estado obsesionado con la promoción de las libertades democráticas para que las naciones que considera parias o bananeras, se transformen a imagen y semejanza de su propio sistema político.

Y, por supuesto, en función de sus intereses estratégicos y corporativos.

Un pecado de arrogancia que les ha costado muy caro en países como Afganistán, Irak, Siria y que en muchos sentidos se les ha revertido desde naciones como Rusia y China.

Para nadie es un secreto que, desde hace más de 10 años, Estados Unidos se ha enfrascado en una ciber guerra con algunos países como China, Rusia o Corea del Norte. A su vez, estas naciones  siempre han negado la existencia de programas para penetrar las redes de internet del gobierno, de partidos políticos o de corporaciones y contratistas del Pentágono en Estados Unidos.

Si tenemos en cuenta todo este contexto, la supuesta injerencia de Rusia en México no resiste un análisis comparativo en serio. De hecho, los rumores de su intromisión en las próximas elecciones presidenciales en México son francamente una invitación al sarcasmo.

Porque; ¿que razón tendría Putin para inmiscuirse en las próximas elecciones presidenciales en México?. ¿Para desestabilizarlo más de lo que ya se encuentra?…¿Cuáles son los asuntos pendientes, el ánimo de venganza o el móvil estratégico para “desestabilizar a México y a toda la zona”, inmiscuyéndose en un proceso electoral que, ya de por sí, será uno de los más sucios e inciertos en la historia reciente de México?

Recientemente, una ingeniosa tuitera, respondió a estos rumores que surgieron como las muchas ocurrencias que surgen en la red para advertir que Putin ya tenía a su candidato “para desestabilizar (a México y a toda) la zona..”, en obvia alusión a Andrés Manuel López Obrador.

“¡Pero si nosotros (ya) nos desestabilizamos solitos!”, respondió la usuaria de twiter @verónicacalderón, para dejar en evidencia el poco arrastre que han traído consigo las versiones de que los rusos ya vienen a México para imponer a su candidato.

Quizá, por ello mismo, Luis Videragay puso cara de incredulidad el pasado mes de noviembre cuando se le preguntó en Moscú su opinión sobre esta supuesta intervención rusa que algunos entusiastas de las teorías de la conspiración, han atizado para tratar de jalar agua a su molino.


O para tratar de desbrozar el camino al candidato de sus preferencias, agitando el fantasma de la intervención rusa.

martes, 28 de noviembre de 2017

El Dinosaurio que creían muerto en Washington

                                                                                                                Foto/AP


J. Jaime Hernández


Hace exactamente seis años, el entonces aspirante a la presidencia de México, Enrique Peña Nieto, traspasaba los umbrales de la Universidad de Georgetown, en la ciudad de Washington.

Acompañado de su esposa Angélica Rivera y de un séquito de colaboradores, a los que se sumó de forma entusiasta el congresista demócrata por Texas, Henry Cuéllar, el ex gobernador del Estado de México compareció ante un grupo de estudiantes (entre ellos muchos mexicanos) para tratar de convencerlos sobre la supuesta regeneración del PRI:

"Cuando alguien señala al PRI por haber hecho esto, o lo otro. Yo a mis 45 años simplemente les puedo decir que no me tocó vivirlo. Me lo explicaron y lo conocí por la historia, eso sí. Pero verlo y vivirlo no.

“A mi me tocaron los tiempos de competencia. De prepararse para ser competitivos en un entorno más democrático", aseguró Peña Nieto al presentarse a sí mismo como el exponente de una nueva generación de priistas que nada tenían que ver con las viejas prácticas de los Dinosaurios.

A pesar del esfuerzo de Peña Nieto, la imaginaria estampa del dinosaurio priista permaneció ahí como convidado de piedra. Emboscado entre los muros tapizados de libros en la biblioteca Riggs, una de las más antiguas en Estados Unidos.

La incredulidad de los estudiantes y de algunos analistas que se encontraban presentes en ese acto dejó entrever el déficit de credibilidad que ya desde entonces acompañaba al precandidato presidencial de México.

Un déficit que, hoy sabemos, nunca le abandonó.

Seis años más tarde, tras el destape de José Antonio Meade, hoy queda claro que el viejo dinosaurio priista nunca se fue, ni tampoco se regeneró. El ritual del dedazo presidencial, producto de un sistema anti democrático y nada competitivo, demostró la verdadera naturaleza de un partido político que hoy va a contracorriente de la Historia y de las aspiraciones democráticas de millones de mexicanos.

Hoy, a seis años de ese acto realizado en la Universidad de Georgetown, en el que Peña Nieto inició su exitosa contienda por la presidencia, es importante recordar el contexto.

En ese momento, el hartazgo de la sociedad mexicana con la encarnizada guerra de Felipe Calderón y el fallido proceso de transición del panista, Vicente Fox, habían abonado el terreno en favor del retorno del PRI.

Un retorno que, por cierto, no veían con malos ojos desde el Departamento de Estado. A tal grado de que, el entonces subsecretario de Estado adjunto para el Hemisferio, Arturo Valenzuela, decidió que ya era hora de aceptar el regreso del PRI a la presidencia.

Precisamente, en un encuentro donde estuvo presente este reportero, Valenzuela decidió romper una lanza a favor del PRI renovado. Un PRI que, aseguró, ya nada tenía que ver con los Dinosaurios.

“Yo no concuerdo con la idea de que ahí hay un partido de Dinosaurios”, nos dijo Valenzuela a un par de periodistas mexicanos que conversábamos con él.

“Yo francamente veo renovación en el PRI. Veo sectores nuevos. Veo gente nueva. Se ha hecho un enorme esfuerzo por tratar de modernizar al partido”, concluyó.

Hoy, es evidente que Arturo Valenzuela se equivocó. Y en muchos sentidos, se dejó llevar por una percepción obtusa de la realidad Mexicana que prefirió apostar por la opción binaria del PAN/PRI, y dejar fuera de esa ecuación al entonces candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, por temor a un salto a lo desconocido.

Con la convicción de que las viejas prácticas del PRI habían quedado en el pasado, muchos desde Estados Unidos decidieron así darle el beneficio de la duda a Enrique Peña Nieto.

Un candidato que prometió hacer crecer al país a un ritmo del 7% y crear un sistema universal de pensiones.

Un aspirante presidencial que llegó con la promesa de unas reformas estructurales que hoy dejan mucho que desear y un escandaloso lastre de casos de corrupción que pesarán mucho en el ánimo de los electores en las presidenciales de 2018.

Pero en 2012, eran muchos los que querían creer en Peña Nieto. Millones querían despertar de la pesadilla de violencia e ingobernabilidad que llegó con Felipe Calderón y que, seis años más tarde, ha resultado ser peor con una espiral de violencia y casos de corrupción que han pasado una amarga factura a millones.

Por ello mismo, no parece claro que las condiciones del PRI para retener la silla presidencial en 2018 sean las más prometedoras. Sobre todo con un candidato como José Antonio Meade, que ayer no parecía sentirse muy a gusto en su propia piel. Rodeado de esa vieja guardia de dinosaurios que lo han elegido como su candidato y que, en lugar de impulsarlo, podrían arrastrarlo hacia el despeñadero.

Siguiendo con esta misma línea argumental, podría decirse que tras la desastrosa alternancia PRI/PAN/PRI, que arrojó al paso de los caballos un histórico proceso de transición y fue incapaz de dejar atrás la encarnizada violencia de los carteles.

O de romper con el círculo vicioso del enriquecimiento ilícito y la corrupción, parecería que ha llegado el momento para un candidato fuera de esta opción binaria que nos ha llevado al caos, a la impunidad y a la violencia que ha dejado tras de sí un rastro de fosas comunes por todo el país.

Pero incluso esta opción tendría muchos obstáculos por superar. Porque todo dependerá de la capacidad de ese candidato para ilusionar a la gente. Para sumar alianzas y administrar el capital político que ha surgido del hartazgo ciudadano y de las ganas de echar al PRI del poder.

En cualquier caso, y ante una de las elecciones que serán las más reñidas, las más sucias e inciertas en la historia reciente de México, quienes estén a favor de un cambio habrán que tener muy en cuenta lo que ya ha demostrado el presidente Enrique Peña Nieto y los viejos cuadros del PRI: que el Dinosaurio no solo sigue vivo y coleando, sino que seguirá haciendo caso de su viejo instinto para perpetuarse en el poder.


Y, desde Estados Unidos, harían bien en tomar nota de que el Dinosaurio que creían muerto, solo andaba de parranda.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Amargo "Sanguivin"




J. Jaime Hernández


Con puntualidad minuciosa ha llegado de nueva cuenta el día en que Estados Unidos se celebra el Thanksgiving o Día de Acción de Gracias.

Un ritual que, entre muchos miembros de nuestra comunidad inmigrante, se traduce como el día de “Sanguivin”. Una forma caprichosa de traducir la expresión del "Thanksgiving". 

Hace no mucho, el congresista demócrata por Nueva York, José Serrano, me explicaba el origen de esta expresión:

“Desde los 50 en los barrios portorriqueños del Bronx los hispanos no podían pronunciar bien Thanks Giving. Y, por eso, poco a poco se fue quedando la expresión popular del Sanguivin que se extendió por todos los barrios hispanos de Nueva York y otras partes de EU” entre esa minoría hispana que, con el tiempo, decidió hacerla suya.

Desde que el presidente George Washington declaró como fecha nacional el Día de Acción de Gracias en 1789, el objetivo primordial de este ritual ha sido rendir homenaje y agradecer a quienes fueron los primeros habitantes del Continente Americano.

A esas tribus nativas que –muy en contra de lo que ocurre hoy--, fueron capaces de aceptar y socorrer a quienes huían de la ley, de la pobreza o la persecución política y religiosa en países como Inglaterra, para ayudarlos a enfrentar la hambruna o rescatarles de males y enfermedades en medio de uno de los inviernos más crudos.

Gracias a estos nativos, por ejemplo, los colonos del Mayflower, unos separatistas religiosos que habían huido de una guerra de facciones al interior de la Iglesia protestante en Holanda e Inglaterra, fueron capaces de sobrevivir e iniciar una nueva vida en el “nuevo mundo”.

De aprender nuevas técnicas para cultivar el maíz, para pescar en los ríos y forjar alianzas con algunas tribus locales como los Wampanoag para no ser aplastados.

Irónicamente, la buena disposición de los nativos para recibir a esa oleada de inmigrantes que llegaron desde distintos puntos del llamado viejo mundo, permitió inaugurar la que sería una de las más trascendentes y sanquinarias etapas de conquista del nuevo mundo para así escribir el primer capítulo de un genocidio que con el tiempo sería sepultado en los libros de historia de los vencedores.

Un genocidio en clave de limpieza étnica que algunos como Donald Trump se han empeñado en resucitar cuatro siglos más tarde, para tratar de evitar un cambio de paisaje demográfico que ha llegado para quedarse en Estados Unidos.

Hoy, a diferencia de hace 400 años, millones de inmigrantes se sentarán a la mesa no para agradecer, sino para rezar para no ser arrestados y deportados.
Para que sus hijos indocumentados (los Dreamers) no sean arrancados del único país que han conocido desde que llegaron en brazos de sus padres.

En esta jornada plena de sentimientos encontrados, la comunidad inmigrante sólo podrá agradecer el hecho de conocer a su verdadero enemigo: Donald Trump y quienes se han propuesto emprender un proceso de limpieza étnica disfrazado de campaña “para garantizar la seguridad nacional”.

Para garantizar la supremacía de la raza blanca.

En este sentido, entre los invitados a la mesa de Donald Trump, no estarán los miembros de la comunidad inmigrante. Como, por ejemplo, Felipe Abonza López, un Dreamer de 20 años y con una prótesis en su pierna izquierda, que no podrá celebrar el “Día de Acción de Gracias” con su familia.

En lugar de ello, pensará en sus seres queridos mientras permanece arrestado en una cárcel de Texas donde procurará mantener viva la esperanza de no ser deportado hacia México, un país que lo vió nacer pero que hoy se ha convertido en un recuerdo ajeno y lejano.

Hoy, millones de familias migrantes se sentarán a la mesa haciendo un recuento de lo mucho que han luchado y sufrido lejos de sus seres queridos en países como México o América Latina.

Algunos de ellos, podrán dar gracias por tener un empleo, por haber conseguido la “green card” (residencia) o la ciudadanía. Por haber escapado a su condición de “ilegal” y obtenido un trabajo digno y bien remunerado.

Otros, sin embargo, pasarán un Día de Acción de Gracias amargo, sin muchas razones para agradecer. Presos del miedo a ser arrestados y separados de sus familias.

Como los más de 600 mil Dreamers que no saben que será de ellos a partir del próximo 5 de marzo, cuando se cancele definitivamente el programa de acción diferida (DACA) que los protegió de los racistas y los supremacistas durante la presidencia de Barack Obama.

Hoy, mientras unos disfrutan el desfile de las tiendas Macy´s en Nueva York y se entregan en ese frenesí consumista del “black friday”, otros intentarán olvidar sus infortunios y disfrazar con las rebajas esa abismal distancia entre ricos y pobres.

Todos ellos, se fundirán en ese espacio efímero que llega con el Thanksgiving, donde el espejismo de la igualdad suele llegar en forma de rebajas salvajes mientras redime el agravio de la injusticia social.

En este sentido, el llamado “black friday” que llega como postre del Thanksgiving, se ha convertido en un poderoso recurso del capitalismo salvaje para mantener a raya el resentimiento de clase de aquellos que, por unas horas, tienen la oportunidad de pasar por ricos mientras se arrebatan la pantalla de más de 50 pulgadas o esa chaqueta que disfrazar durante toda una temporada la triste asimetría entre riqueza y pobreza.

En este sentido, el día del Thanksgiving o del “Sanguivin”, tiene la misma virtud de una tregua. Porque, al menos por un momento, permite que todos los invitados a la mesa dejen a un lado sus muchas afrentas y desigualdades, mientras se dejan llevar por un momento de “hermandad igualitaria”.

Pero, al día siguiente, la pesadilla de la persecución, del odio por cuestiones de raza o piel que ha cobrado nuevos bríos bajo Donald Trump, tocará de nuevo a sus puertas.


La amenaza de la segregación económica y racial volverá con todas sus fuerzas para poner en entredicho el sentido mismo del Día de Acción de Gracias en Estados Unidos.