Pero
no por las buenas razones, sino por el peor de los motivos. El de su ego
lastimado por aquellos que, desde esa comunidad de inteligencia, le ven como el
“tonto útil” de Vladimir Putin tras una de las campañas de hackeo y
desinformación con más éxito en la historia moderna.
Una
que, en opinión de no pocos, habría allanado su victoria hacia la Casa Blanca.
El
pecado de la CIA y de otras 15 agencias de inteligencia ha sido confirmar la
intervención directa de Rusia en el hackeo de los correos electrónicos del
partido demócrata y de John Podesta, el director de la campaña de Hillary
Clinton.
Más
allá de la veracidad o confiabilidad de estos reportes, que han convertido a
Donald Trump en una pieza más del ajedrez de Vladimir Putin ante los ojos de
millones, la gravedad de un encontronazo entre la poderosa comunidad de
inteligencia con un presidente entrante resulta tan inquietante como
perturbadora en sí misma.
Aunque
James Clapper, el director de la Agencia Nacional de Inteligencia, ha asegurado
que el robo de esta información y la puesta en marcha de una campaña de
desinformación orquestada desde Moscú no afectó al sistema electoral, ni al
ulterior resultado de las elecciones presidenciales, es evidente que el gran
beneficiario de esta operación ha sido Donald Trump.
En
el curso de las últimas horas, desde el equipo de transición de Trump se han
empleado a fondo para tratar de evitar lo que, desde su punto de vista, es una
campaña orquestada desde la comunidad de inteligencia para “deslegitimar” su
victoria y la presidencia que asumirá el próximo 20 de enero.
A
través de su cuenta de twitter, Trump no sólo se ha mostrado escéptico con las
conclusiones de la comunidad de inteligencia, sino que se ha burlado
abiertamente de un informe que ha prometido contrastar con “información
secreta” que, según ha asegurado, sólo el conoce.
Al
mismo tiempo, el popular presentador de la cadena Fox, Sean Hannity, uno de los
grandes aliados y asesores de Donald Trump, viajó a Londres para realizar una
entrevista exclusiva a Julian Assange, el fundador de Wikileaks, quien
permanece refugiado en el consulado de Ecuador.
Las
dos grandes conclusiones de esa entrevista fueron: 1) los rusos nunca
estuvieron detrás de las filtraciones (como si el gobierno ruso fuera tan tonto
como para dejar pistas) y 2) la operación de hackeo la pudo realizar un muchacho
de 14 años.
Con
estos dos elementos, Donald Trump volvió ayer a arremeter desde su cuenta de
twitter contra las conclusiones de las 16 agencias de inteligencia que encabeza
la CIA.
Tras
estos ataques, la comunidad de inteligencia volvió a la cargada.
Durante
una audiencia ante el comité de servicios armados del Senado, Clapper se
declaró esta semana más resuelto que nunca a la hora de asegurar que el
gobierno de Vladimir Putin estuvo detrás no sólo del hackeo contra el partido
demócrata y John Podesta, sino también de la campaña de desinformación que
causó un enorme daño a las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton.
El
propio Clapper tendrá la oportunidad de reiterar su convencimiento cuando se
reúna este viernes con el presidente electo, Donald Trump.
Pero
quizá, lo más sorprendente de esta audiencia de los líderes de la comunidad de
inteligencia, fue el testimonio de Michael Rogers, el líder del ciber comando
que opera desde Fort Meade, en Maryland.
Según
reveló Rogers, los rusos y los chinos (entre otros) han rebasado a Estados
Unidos en operaciones de ciber espionaje, de hackeo y en campañas de
desinformación.
“Mi
gran preocupación es la falta de velocidad”, dijo Rogers al confesar que la
excesiva burocracia y compartamentalización de las agencias de inteligencia y
la falta de cooperación del sector privado, han beneficiado enormemente a la
comunidad de inteligencia rusa que, a diferencia de Estados Unidos, tiene una
estructura mucho más concentrada y piramidal.
Con
más de 850 mil empleados y agentes y un presupuesto anual que supera los 75 mil
millones de dólares (que no incluyen el financiamiento a operaciones
encubiertas), la comunidad de inteligencia se ha convertido en un gigante con
pies de barro que, además, opera desde las sombras con un considerable grado de
discrecionalidad.
Tras
los atentados del 11 de septiembre de 2001, su crecimiento exponencial la ha
convertido en una estructura tan redundante como disfuncional. Y lo más grave,
su crecimiento en términos de personal y de presupuesto, no la han hecho más
eficiente, sino en un elefante torpe y lento que hoy es objeto de las burlas de
un presidente electo.
Pero,
quizá lo peor de todo, es que hoy la comunidad de inteligencia se ha convertido
en una amenaza real a las libertades civiles y el derecho a la privacidad de
millones de ciudadanos dentro y fuera de Estados Unidos.
A
manera de ejemplo, los programas masivos de espionaje desvelados en 2014 por el
ex agente de la CIA, Edward Snowden, quien hoy paga ese pecado con su exilio en
Rusia y sin posibilidades reales de ser perdonado por el presidente Obama
cuando sólo le quedan dos semanas en la Casa Blanca.
¿Que
quien ganará esta guerra abierta entre el presidente, Donald Trump y la
comunidad de inteligencia?… Nadie lo sabe.
Pero,
por el momento, una cosa es segura. Muchos antes que Trump fracasaron en sus
intentos por someter a esta comunidad que opera desde las sombras y con un
inquietante grado de autonomía.
Ese
que siempre defienden en nombre de la seguridad nacional.
Por tanto, sospechamos que las cosas
seguirán igual.

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