miércoles, 28 de febrero de 2018

¿Cómo supo EU que México intentó chamaquear al yerno de Donald Trump?

                                                                                                                                Foto/AP




J. Jaime Hernández 


Según asegura The Washington Post, México y otros tres países (China, Israel y los Emiratos Árabes) habrían discutido en lo oscurito la mejor forma de “manipular” al yerno de Donald Trump, Jared Kushner.

La pregunta obligada, más allá de un titular que —en el caso de México—, es francamente una invitación al sarcasmo y una fuente inagotable de Memes, es:

¿Y cómo se enteraron los servicios de inteligencia gringos de las aviesas intenciones de los mexicanos para tratar de chamaquear al yerno preferido de Donald Trump?

La respuesta es obvia. La única red de inteligencia capaz de poner esta información en manos del jefe del Consejo de Seguridad Nacional, H. R. McMaster, es  la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) que es la encargada de espiar —entre otros objetivos en todo el mundo—, al gobierno de México, a los partidos políticos, al poder judicial, a la policía y hasta los carteles de la droga.

Hace no mucho, un veterano funcionario de inteligencia de EU que me pidió permanecer en el anonimato, me aseguró que desde hace mucho tiempo la vigilancia de México depende de los sistemas de monitoreo y vigilancia de la NSA.

“Antes nuestra red de espionaje dependía casi enteramente de la CIA. Pero eso quedó en el pasado y ahora la NSA está al frente de esta tarea”, aseguró.

Esta versión no es noticia nueva. De hecho, desde el año 2013 quedaron al descubierto los programas de espionaje que permitieron monitorear desde el 2008 las llamadas telefónicas del entonces presidente, Felipe Calderón y, posteriormente, del entonces candidato a la presidencia, Enrique Peña Nieto.

Gracias al ex analista de la CIA, Edward Snowden, nos enteramos de la existencia y utilidad de unos programas masivos de espionaje que crecieron a la sombra de la doctrina de seguridad nacional que surgió tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y que, desde entonces, ha atizado una guerra secreta a través de internet para espiar a organizaciones terroristas, ciudadanos de a pie, líderes políticos de países como México, Alemania, Rusia o Brasil, centros de desarrollo tecnológico en Europa o China o programas de desarrollo nuclear en Irán o Corea del Norte.

 Programas de espionaje --como PRISM, XKeyscore, y Quantum—, han permitido a Estados Unidos mantenerse al tanto de información que recaba y procesa para tratar de estar siempre un paso por delante en materia de seguridad y para salvaguardar sus intereses en todo el mundo, particularmente en el caso de México.

Los sistemas de espionaje de la NSA, que son capaces de interceptar llamadas telefónicas, acceder a bases de datos de computadoras (incluso cuando éstas han sido apagadas o no están conectadas a la red de internet), hacen un barrido constante de la información que, posteriormente, es procesada por analistas que entregan sus conclusiones al jefe de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y éste, a su vez, se encarga de hacer una selección para ponerla sobre el escritorio del jefe del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca.

Esta es la ruta que, casi con toda seguridad, recorrió el informe de que Jared Kushner representaba un riesgo en materia de seguridad nacional ya que, su poca experiencia y sobre todo, su abultada deuda en el frente empresarial, lo convertían en presa fácil de gobiernos que intentaran sacar ventaja de sus flaquezas.

Pero, si los servicios de inteligencia de EU han sido capaces de registrar las conversaciones privadas de funcionarios del gobierno de México, hablando de la inexperiencia de Jared Kushner, o de las ventajas de tenerlo como un aliado con acceso privilegiado al oído de Donald Trump,  ¿alguien se imagina que los servicios de inteligencia darían la espalda o harían oídos sordos al flujo de información constante que reciben desde México sobre intrigas palaciegas, alianzas inconfesas o contra natura entre líderes de distintos partidos?

¿Los servicios de inteligencia de EU se abstendrían de informar al Consejo de Seguridad de la Casa Blanca sobre el desvío de recursos y planes de guerra sucia electoral de cara a las presidenciales de julio próximo?

¿El gobierno de EU se abstendría de operar a favor de cualquier candidato a la presidencia en México con base a la información que le deslizara la NSA y los reportes de los analistas de la CIA sobre el terreno?

Por el momento, la historia y la experiencia sugieren lo contrario.

En este sentido, uno de los grandes desafíos que ha enfrentado el gobierno de México durante casi un siglo (y lo heredará quien sea el ganador de la silla presidencial en julio próximo), es la relación asimétrica que hemos tenido frente a Estados Unidos en materia de espionaje e inteligencia.

A manera de ejemplo. Actualmente, las 17 agencias nacionales de inteligencia (si se incluye a la agencia de inteligencia del departamento de Defensa), consumen un presupuesto anual de aproximadamente 80 mil millones de dólares, según la información filtrada por Edward Snowden en 2013.

¿Con ese presupuesto y esos recursos tecnológicos, alguien cree que EU se mantendría impasible ante la sola sospecha de que gobiernos extranjeros (México entre ellos) intentarían chamaquear al yerno del presidente Trump?.

¿Se quedarían de brazos cruzados si sus intereses estuvieran en juego?

viernes, 2 de febrero de 2018

Salvando a México de los rusos



J. Jaime Hernández



El senador republicano, Marco Rubio, siempre ha presumido ser un buen amigo de México.

Una convicción muy difícil de creer si nos atenemos a los hechos y a sus acciones para torpedear la política exterior mexicana frente a Cuba. O para dificultar las relaciones en el ámbito de la relación bilateral.

Como cuando, por ejemplo, emprendió una feroz campaña para bloquear durante varios meses la confirmación de la actual embajadora de EU en México, Roberta Jacobson, dañando innecesariamente la relación con el gobierno mexicano.

Su interés por las preocupaciones de México también es difícil de entender si revisamos su cambiante actitud (por no decir traicionera) frente a esa comunidad inmigrante a la que ha dado la espalda más de una vez en su ingrata lucha a favor de una reforma migratoria que les permita salir de las sombras de la ilegalidad, la persecución y la explotación.

La última ocurrencia de Marco Rubio para presentarse como el mejor amigo de México, y según ha dicho, salvarlo de la supuesta amenaza de los rusos en las próximas elecciones presidenciales, ha tenido como pretexto la visita del Secretario de Estado, Rex Tillerson a nuestro país.

El pasado miércoles 31 de enero, Rubio difundió la carta que dirigió al Secretario de Estado la víspera de su visita a México para entrevistarse con el presidente Enrique Peña Nieto.

En esa carta, copatrocinada por el senador demócrata por Nueva Jersey, Bob Menéndez y por el también demócrata, Tim Caine (cuya inclusión sólo entiendo bajo la técnica del chamaqueo), el fallido candidato a la presidencia de Estados Unidos sugirió a Tillerson que la administración Trump debería proteger a México de la amenaza rusa en las próximas elecciones presidenciales.

Es decir, de la misma amenaza que Estados Unidos fue incapaz, primero, de reconocer y, luego, de contrarrestar en las pasadas elecciones, donde Donald Trump, el candidato que nadie consideraba favorito, consiguió imponerse sobre la “inevitable” Hillary Clinton con la supuesta ayuda de los servicios de inteligencia rusos.

Un caso que hoy sigue siendo investigado  por el fiscal especial, Robert Muller bajo la sombra de una crisis constitucional y ante la actitud obsecuente o francamente colaboracionista de un nutrido grupo de senadores y congresistas del partido repubicano.

Pero el verdadero factor para reconocer a Marco Rubio como enemigo, o espontáneo salvador del pueblo de México, es su trayectoria como Senador de Estados Unidos y su conocida ambición como aspirante a la oficina oval de la Casa Blanca.

Ahí tenemos el caso de Cuba y su obsesión contra todo proceso de normalización de Washington con La Habana que apoyó en todo momento el gobierno de México, desde el convencimiento de que era necesario ayudar a Estados Unidos a salir del impasse y de su aislamiento frente al resto de América Latina por su inútil empeño en seguir bloqueando a Cuba.

Su obsesión por destruir el proceso que inició el presidente Barack Obama demostró hasta qué punto Marco Rubio había perdido contacto con la realidad geo política del hemisferio y lo desnudó como un político oportunista que es capaz de poner sus intereses y aspiraciones por encima de las legítimas aspiraciones del pueblo cubano y de una sociedad estadounidense que apoya en su mayoría (más del 62%) un proceso de reconciliación con la Isla.

Precisamente, durante las primarias del partido republicano en 2016, Rubio intentó distinguirse del resto de los aspirantes presidenciales atacando el proceso de reconciliación con Cuba. Su interés, por supuesto, estaba centrado en derrotar a Jeb Bush y conseguir al mismo tiempo el voto de los conservadores en el estado de Florida, particularmente en el enclave anticastrista  de Miami.

Hoy sabemos que la estrategia no le funcionó. Y que, a la larga, Donald Trump le propinó una humillante derrota en su propio estado.

Su fracaso en Florida dejó en evidencia su pésimo cálculo electoral. Pero también dejó al descubierto su miedo a perder el apoyo del bastión anticastrista en Miami y su privilegiada zona de confort como miembro de una comunidad cubano estadounidense que ha gozado durante décadas de excepcionales beneficios como refugiados en Estados Unidos.

Una condición que los ha salvado de esa zona de peligro, explotación y persecución en la que han vivido durante décadas millones de inmigrantes indocumentados, principalmente de México.

Precisamente, la trayectoria de Rubio en el frente migratorio es quizá el más revelador. A pesar de ser hijo de inmigrantes de Cuba y de haber apoyado un proyecto bipartidista a favor de reforma migratoria en junio de 2013, al final decidió darle la espalda para no perder el apoyo de su base en Miami.

De nueva cuenta, su oportunismo político y sus prisas por llegar a la Casa Blanca, le llevaron por el camino de la traición hacia esa comunidad inmigrante que había creído en su palabra.

En el caso de las relaciones bilaterales con México, la actitud de Rubio ha sido igual de torpe y oportunista. Su decisión de obstaculizar la confirmación de Roberta Jacobson como embajadora de EU en México dejó en claro su papel como marioneta de los anti castristas de Miami y su escaso respeto por un país al que ahora intenta rescatar de los rusos.

Al igual que el demócrata Bob Menéndez, Rubio justificó su oposición a Jacobson bajo el argumento de que la funcionaria del Departamento de Estado  había “manipulado” el informe que permitió sacar a Cuba de la lista de países que no cumplen en la lucha contra el tráfico de personas.

Además, la recriminó por su “lentitud”  a la hora de responder a los abusos cometidos por el gobierno venezolano de Nicolás Maduro.

Por si no fuera poco, Rubio también mencionó la falta de transparencia de Jacobson para informar sobre las negociaciones y las peticiones presentadas ante el gobierno de México para obtener la extradición de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Con estos argumentos, marcados por el craso oportunismo y la inconsistencia, Rubio le hizo un daño innecesario a la relación entre México y EU.


¿Con estos antecedentes, alguien podría creer en la sinceridad de Marco Rubio en su empeño por convertirse en el salvador de México frente a la supuesta amenaza de los rusos?