J. Jaime Hernández
Cuando sólo faltan menos de siete meses para las elecciones
presidenciales en México, algunos ciudadanos parecen preocupados porque —según
murmuran por ahí—, los rusos han llegado para imponer candidatos y, en el
proceso, torcer la voluntad de millones de ciudadanos en las urnas.
Para muchos de estos incautos, de la noche a la mañana, el líder ruso,
Vladimir Putin, se ha convertido en una suerte de cerebro que maquina y pulula
a través de las redes sociales. O que tiene el poder para incrustar “agentes
encubiertos” en medios de comunicación.
Hoy, podría decirse que son legión quienes creen que el pasatiempo
favorito de Putin es jugar como un titiritero de la voluntad popular ciudadana,
tirando de bots, hackers o de insidiosos algoritmos que decidirán el rostro del
futuro presidente de México en la noche del escrutinio electoral.
“¡Cuidado con Putin que nos va a sorprender de la misma forma que lo
hizo en Estados Unidos con Donald Trump, para imponernos un candidato que
comulgue con el populismo más autoritario¡”, advierten algunos analistas y
comentaristas que han decidido alentar estos miedos en nombre de la seguridad
nacional.
El bulo de la intromisión rusa, promovido desde diferentes trincheras
mediáticas, ha obligado al Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray,
a desmentirlo recientemente durante su viaje a Moscú el pasado mes de
noviembre:
“No tenemos ninguna evidencia que valide tal hipótesis”, de intervención
rusa en México respondió Videgaray en una apurada rueda de prensa con el
ministro ruso de exteriores, Serguei Lavrov quien, por cierto, ha culpado de
estos rumores a Estados Unidos.
El rumor de la injerencia rusa, atizado a partir de una declaración del Consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, quien aseguró que había "señales iniciales en la campaña presidencial mexicana" (aunque sin ofrecer ninguna prueba).
El titular tendencioso de esas declaraciones, en un periódico de circulación nacional donde se aseguró que EU advertía a México sobre la intervención rusa. Y la manufactura de un artículo en la sección de Global Opinion de The Washington Post, especulando con esa misma teoría, permitieron la acción concertada de quienes desde sus cuentas de twitter, sus páginas o sus columnas decidieron lanzarse a la yugular del candidato presidencial de MORENA para presentarlo como el candidato que ha elegido Moscú para próximo presidente de México.
La espiral del rumor atizó las campañas de linchamiento contra simpatizantes de MORENA. Y encontró terreno fértil entre quienes, desde la campaña de José Antonio Meade, han decidido que la versión de los rusos apoyando a Andrés Manuel López Obrador es la mejor apuesta para tratar de frenar su ascenso en las encuestas y, de paso, rescatar a su candidato de un naufragio que muchos avizoran en el horizonte inmediato.
En medio de este desvarío, el portavoz de la presidencia, Eduardo Sánchez, ha insistido que no existe prueba alguna o evidencia sobre la supuesta injerencia de los rusos en el proceso electoral mexicano.
El rumor de la injerencia rusa, atizado a partir de una declaración del Consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, quien aseguró que había "señales iniciales en la campaña presidencial mexicana" (aunque sin ofrecer ninguna prueba).
El titular tendencioso de esas declaraciones, en un periódico de circulación nacional donde se aseguró que EU advertía a México sobre la intervención rusa. Y la manufactura de un artículo en la sección de Global Opinion de The Washington Post, especulando con esa misma teoría, permitieron la acción concertada de quienes desde sus cuentas de twitter, sus páginas o sus columnas decidieron lanzarse a la yugular del candidato presidencial de MORENA para presentarlo como el candidato que ha elegido Moscú para próximo presidente de México.
La espiral del rumor atizó las campañas de linchamiento contra simpatizantes de MORENA. Y encontró terreno fértil entre quienes, desde la campaña de José Antonio Meade, han decidido que la versión de los rusos apoyando a Andrés Manuel López Obrador es la mejor apuesta para tratar de frenar su ascenso en las encuestas y, de paso, rescatar a su candidato de un naufragio que muchos avizoran en el horizonte inmediato.
En medio de este desvarío, el portavoz de la presidencia, Eduardo Sánchez, ha insistido que no existe prueba alguna o evidencia sobre la supuesta injerencia de los rusos en el proceso electoral mexicano.
Winston Churchill solía decir que “en tiempos de guerra, la verdad es
tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras”.
Yo añadiría que, lo que vale en tiempos de guerra, también sirve durante
tiempos de campaña electoral, donde los amos de la propaganda siempre buscan
engatusar a millones de incautos para convencerlos del peligro que representa
determinada opción o candidato, en beneficio de determinados poderes fácticos o
intereses creados.
Uno de los mejores antídotos contra la desinformación, es la información
bien documentada y contrastada. Es quizá la mejor vacuna contra las llamadas
“fake news” o los “hechos alternos” que hoy defiende o utiliza de forma
descarada la administración de Donald Trump para tratar de desviar la atención
de los muchos escándalos que le persiguen tras uno de los procesos electorales
más intrigantes.
Quizá por ello, vale la pena recordar algunos antecedentes sobre la
historia de dos enemigos declarados como
EU y Rusia. Una historia que esta precisamente relacionada con las pasadas
elecciones a la presidencia en la Unión Americana.
Unos antecedentes que algunos han ignorado (de forma voluntaria o
involuntaria) para culpar solamente a Rusia y a Vladimir Putin del sorprendente
triunfo de Donald Trump.
En diciembre de 2011, durante unas elecciones parlamentarias marcadas
por las protestas y acusaciones de fraude en Rusia, el entonces primer
ministro, Vladimir Putin, acusó directamente a Hillary Clinton, entonces
Secretaria de Estado, de haber estado detrás de esta campaña de revueltas que
estuvieron a punto de descarrilar sus planes para reconquistar la presidencia
en 2012.
De hecho, Putin se comunicó directamente con el presidente Barack Obama
para reclamarle por la supuesta intromisión del Departamento de Estado en unas
elecciones que le dieron al partido Rusia Unida menos del 50% de los votos.
Un resultado que, Hillary Clinton, calificó de “fraudulento” y demandó
una “investigación a fondo” de los resultados durante una conferencia de la
Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) en diciembre
de 2011.
Según la acusación de Putin, Hillary Clinton se habría entrometido en
Rusia de la misma forma que lo hizo en países árabes como Egipto, alentando la
famosa “primavera árabe” mediante el uso de las redes sociales.
Una primavera que, hoy sabemos, fue de corta vida y terminó con el golpe
de mano de los militares bajo el disimulo complacido de Washington que
descubrió que, en Egipto, la democracia no podía llegar solamente de mano de
las redes sociales y que el cambio que había favorecido, no podía caer en manos
de la Hermandad Musulmana.
En cualquier caso, desde ese turbulento mes de diciembre e 2011 en
Rusia, Putin prometió vengarse. Y, a juzgar por el resultado de las pasadas
elecciones presidenciales, lo habría logrado aunque de forma muy tangencial.
Y digo de forma tangencial porque aún no se conocen los resultados de la
investigación que encabeza el fiscal especial, Robert Muller, para determinar
el grado de intervención o injerencia en las elecciones y en la campaña de
Donald Trump.
Como tampoco nadie se ha atrevido a establecer de forma certera que, la
victoria de Donald Trump en noviembre de 2016,
ha sido sin lugar a dudas resultado directo de la injerencia rusa.
La promoción de programas de internet para influir en el ánimo o
explotar la sed de apertura democrática entre ciudadanos de distintas partes
del mundo —irónicamente mediante el uso de cuentas de Facebook, Twiter o
Youtube—, ha sido una de las armas arrojadizas que Washington decidió utilizar,
sin pensar que un día este esfuerzo se les revertiría en su propio terreno con
la operación más exitosa de los servicios de inteligencia del Kremlin.
Promover el avance de la democracia en todo el mundo, a través de su
Oficina de Democracia y Derechos Humanos, ha sido efectivamente uno de los
principales programas del Departamento de
Estado de Estados Unidos.
Irónicamente este programa se convertiría en la caja de Pandora que los
adversarios de Washington han aprendido a utilizar de forma exitosa.
El problema es que, como ya se sabe, Estados Unidos siempre ha estado
obsesionado con la promoción de las libertades democráticas para que las
naciones que considera parias o bananeras, se transformen a imagen y semejanza
de su propio sistema político.
Y, por supuesto, en función de sus intereses estratégicos y
corporativos.
Un pecado de arrogancia que les ha costado muy caro en países como
Afganistán, Irak, Siria y que en muchos sentidos se les ha revertido desde
naciones como Rusia y China.
Para nadie es un secreto que, desde hace más de 10 años, Estados Unidos
se ha enfrascado en una ciber guerra con algunos países como China, Rusia o
Corea del Norte. A su vez, estas naciones
siempre han negado la existencia de programas para penetrar las redes de
internet del gobierno, de partidos políticos o de corporaciones y contratistas
del Pentágono en Estados Unidos.
Si tenemos en cuenta todo este contexto, la supuesta injerencia de Rusia
en México no resiste un análisis comparativo en serio. De hecho, los rumores de
su intromisión en las próximas elecciones presidenciales en México son
francamente una invitación al sarcasmo.
Porque; ¿que razón tendría Putin para inmiscuirse en las próximas
elecciones presidenciales en México?. ¿Para desestabilizarlo más de lo que ya
se encuentra?…¿Cuáles son los asuntos pendientes, el ánimo de venganza o el
móvil estratégico para “desestabilizar a México y a toda la zona”,
inmiscuyéndose en un proceso electoral que, ya de por sí, será uno de los más
sucios e inciertos en la historia reciente de México?
Recientemente, una ingeniosa tuitera, respondió a estos rumores que
surgieron como las muchas ocurrencias que surgen en la red para advertir que
Putin ya tenía a su candidato “para desestabilizar (a México y a toda) la
zona..”, en obvia alusión a Andrés Manuel López Obrador.
“¡Pero si nosotros (ya) nos desestabilizamos solitos!”, respondió la
usuaria de twiter @verónicacalderón, para dejar en evidencia el poco arrastre
que han traído consigo las versiones de que los rusos ya vienen a México para
imponer a su candidato.
Quizá, por ello mismo, Luis Videragay puso cara de incredulidad el pasado
mes de noviembre cuando se le preguntó en Moscú su opinión sobre esta supuesta
intervención rusa que algunos entusiastas de las teorías de la conspiración,
han atizado para tratar de jalar agua a su molino.
O para tratar de desbrozar el camino al candidato de sus preferencias,
agitando el fantasma de la intervención rusa.
