La sombra de la ilegitimidad persigue a Donald Trump Foto/AP
No. No es una simple formulación retórica. La legitimidad de Donald
Trump como futuro presidente de Estados Unidos se encuentra en entredicho. Bien
es cierto que su elección en las urnas ha sido legal. Y que su toma de
posesión, el próximo viernes, le convertirá en el ungido por el pueblo.
En el hombre que se hará con las riendas del ejecutivo, como el 45
presidente constitucional de Estados Unidos.
Y, sin embargo, un considerable déficit de legitimidad le seguirá
persiguiendo. Como una sombra que pesará en el ánimo de millones de ciudadanos
dentro y fuera de Estados Unidos. Como un recordatorio de su incapacidad para
unir a la nación tras una de las más encarnizadas luchas por la presidencia.
Una que invocó a los peores instintos del racismo, el chauvinismo y el
odio a las minorías. Una que asistió, incrédula, a la presunta operación
encubierta de Rusia para evitar a toda costa la elección de Hillary Clinton.
John Lewis, el histórico líder del movimiento a favor de los derechos
civiles, ha tenido el valor de decir en voz alta lo que muchos piensan. Que
Donald Trump ganó las pasadas elecciones resucitando al viejo demonio racista
que muchos creían sepultado y gracias a la intervención oficiosa de Vladimir
Putin, con una operación de hackeo y propaganda negra que “destruyó las
aspiraciones de Hillary Clinton”.
Por eso, “Donald Trump no será un presidente legítimo”, consideró este
hombre de enorme influencia en el Congreso y entre la comunidad afroamericana.
La denuncia de John Lewis, un líder que nunca se ha caracterizado por su
vena integrista o radical, desató las iras de Donald Trump quien, de forma
intempestiva, le atacó por “hablar, hablar, hablar” y no hacer nada a favor de
la comunidad afroestadounidense.
Una acusación injusta, por supuesto. Pero que habla de los impulsos y la
instintiva tendencia de Donald Trump a deslegitimar a todos aquellos que no le
rindan pleitesía, o no le aplaudan sus ataques o sus ocurrencias.
“Deslegítame y yo te deslegitimaré”, parece ser el nombre del juego que
Donald Trump se dispone a poner en marcha para destruir a medios de
comunicación, a líderes como John Lewis, a gobiernos extranjeros y hasta la
comunidad de inteligencia de su propio país.
En muchos sentidos, podría decirse que Donald Trump cosecha hoy lo que
ha sembrado. Durante casi 8 años fue el principal promotor para deslegitimar la
presidencia de Barack Obama, a quien acusó de no ser ciudadano de Estados
Unidos, sino de Kenia.
A lo largo de su campaña, Trump se negó a rechazar categóricamente el
respaldo de los supremacistas blancos y repudiar el apoyo público de Dave Duke,
el ex líder del Ku Klux Klan (KKK), quien por cierto ha sido uno de los
primeros en aplaudir la designación de Jeff Sessions, senador por Alabama, como
su candidato a Procurador General y a Steve Bannon, su principal asesor de
campaña, quien es una de las estrellas en ascenso del movimiento nacionalista y
de esas viejas tribus supremacistas que hoy están de regreso.
A diferencia de Barack Obama quien ganó dos elecciones consecutivas en
2008 y 2012 con el voto popular y el electoral, Donald Trump sólo lo hizo con
el electoral. Es decir, en las pasadas elecciones Hillary Clinton superó a
Trump con un margen de casi 3 millones de electores, una ventaja nunca antes
vista en unas elecciones presidenciales.
Este déficit de respaldo, que le habría obligado a ganarse el apoyo de
la mayoría, en lugar de seguir atacando a todo aquel que no piensan como él,
parece no importar nada a Donald Trump.
En lugar de ello, Trump ha seguido echando mano de su retórica
incendiaria para reafirmarse como el enemigo número uno de la comunidad
migrante, de las minorías hispana, asiática y afroamericana. De las mujeres y
la comunidad gay.
Un ejército de disidentes que mostrarán músculo antes y después de la
ceremonia de juramentación el próximo viernes en las faldas del Capitolio.
Una significativa porción de la nación que, aunque acepta el resultado
de las elecciones y considera que Donald Trump ganó de forma legal en las
urnas, marchará por las calles para cuestionar su carácter y sus capacidades.
Pero, también, para para externar sus dudas sobre la legitimidad de
Trump en las pasadas elecciones mientras no haya un resultado concluyente de la
investigación en curso del Departamento de Justicia, de las agencias de
inteligencia y del Congreso para determinar los alcances de la supuesta
intervención de Rusia.

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