miércoles, 18 de septiembre de 2019

¿México declara la guerra a Supremacistas Blancos en EU?


J. Jaime Hernández

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha hecho la firme promesa de defender a nuestros compatriotas de los ataques racistas y los supremacistas blancos en Estados Unidos.
Pero, si nos atenemos al resurgimiento de ataques contra inmigrantes o ciudadanos de origen mexicano desde el arribo al poder de Donald Trump, uno se pregunta si, acaso, esta cruzada contra los supremacistas blancos incluirá al inquilino de la Casa Blanca.
¿O es que acaso la lucha contra el racismo y el terrorismo de los supremacistas en EU no incluirá a su principal instigador?
Si no es así, podríamos asegurar por adelantado que esta lucha ya esta perdida. O que simple y sencillamente estamos ante un paripé o acto de simulación.
Por otro lado, a pesar de que esta promesa cuenta con el aval o respaldo de la ONU y la OEA, uno se pregunta si acaso esta campaña para defender a los mexicanos en EU –que por cierto es de caracter extraterritorial--,  no correrá la misma suerte de otras crisis o conflictos que se han podrido en el seno de estos organismos multilaterales,  hipotecando así la credibilidad y la confianza de millones de ciudadanos en todo el mundo.
Me refiero a los casos de Ucrania, Yemen o Venezuela, por mencionar solo algunos.
En este contexto, cargado de frases voluntaristas y promesas que luego se las lleva el viento, es necesario hablar de la dimension real de este problema. De ofrecer un mínimo atisbo de lo que, en el curso de los últimos años, se ha convertido en una de las más serias amenazas para la seguridad interna de EU: el terrorismo domestico de supremacistas blancos.
Una fuerza oscura que se ha nutrido durante décadas de enloquecidas teorías  de “desplazamiento demográfico”. Un ejército de nativistas que se habían mantenido agazapados. O que habían limitado sus acciones a la “defensa de la frontera con México” creando milicias para dar caza a migrantes o a buscar alianzas en el seno del partido republicano.
Hasta que llegó Donald Trump con sus promesas de reconquistar los derechos del hombre blanco y frenar el cambiante rostro demográfico de Estados Unidos. Bajo el regimen de Donald Trump, los supremacistas blancos han podido al fin actuar a la luz del día y de forma desembozada, rompiendo el espinazo de migrantes de origen mexicano o desfilando a rostro descubierto por las calles de Estados Unidos bajo la consigna de “no nos desplazarán”.
“AHORA NO SABEN QUE HACER PARA FRENARLOS”
Aunque parezca mentira, antes  del atentado terrorista del pasado 3 de agosto en El Paso, Texas, el concepto de “terrorismo domestico” era casi una abstracción y un término que solo encapsulaba el fenómeno del terrorismo islámico.
Y aunque el “terrorismo domestico” es un fenómeno de larga historia en EU, con antecedentes desde 1920 con los ataques perpetrados por células anarquistas, y su posterior reaparición con ataques de supremacistas blancos, su transformación y reetiquetado se produce tras los ataques de represalia e invasiones de EU en Afganistán e Irak.
Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, la atención del FBI y los servicios de inteligencia se volcaría drásticamente contra la amenaza terrorista que “siempre llega desde el exterior” y, además, esta impregnada de integrismo musulmán.
La figura del “lobo solitario” emergió en los análisis del FBI y las unidades de lucha contraterrorista, pero siempre vinculado al fenómeno del integrismo islámico.
Todo esto cambio tras el atentado del pasado 3 de agosto a manos de Patrick Crusius, un joven de 21 años que vivía en los suburbios de Dallas, Texas. En unos barrios donde la mayoría blanca se había contraído para pasar del 80 al 50 por ciento en los últimos años.
Tras asesinar a 22 personas, Crusius declaró que su ataque iba dirigido contra los mexicanos que estaban "invadiendo" el sur de EU. Una retórica blandida hasta el cansancio por el presidente, Donald Trump.
En los últimos meses, Crusius se la había pasando en foros de internet debatiendo ideas en torno a la vieja teoría del “Gran Reemplazo” demográfico. Una tesis conspiracionista que surgió en Francia, un país bajo constante tensión racial ante el avance de comunidades inmigrantes del norte de África.
Pero, la fuerza criminal que impulsó a Patrick Crusius, no solo surgió del cambio de paisaje demográfico en los suburbios de Dallas. Su manifiesto contra los mexicanos también destilaba un fuerte tufo racista como el que empleó a lo largo de su campaña y tras su victoria electoral, el hoy presidente Donald Trump.
Según el estudio “Los efectos de la elección de Donald Trump en los crímenes de odio” de Griffin Edwards y Stephen Rushin, “encontramos evidencia convincente de que las elecciones de Donald Trump pueden haber contribuido al aumento nacional de los delitos de odio que comenzaron durante el cuarto trimestre de 2016”.
Este ensayo, que se basa en las estadísticas de crimen de odio del FBI, ha elevado a nivel académico un fenómeno que ha sido soslayado por el Departamento de Justicia, la Casa Blanca y el propio FBI durante la administración de Donald Trump.
El pasado 3 de noviembre, la revista del diario The New York Times publico un devastador reporte en el que reveló que, durante casi dos décadas, el Departamento de Justicia y el FBI habían desestimado la amenaza del terrorismo domestico en manos de supremacistas blancos.
“Ahora, no saben qué hacer para frenarlo”, resumió el medio.
En posteriores audiencias en el Congreso, altos responsables del FBI reconocieron que, incluso, los fiscales federales tenían serios problemas a la hora de definir los crímenes de odio, o de equipararlos a actos de “terrorismo domestico” a la hora de procesar a los responsables de atentados como el del pasado 3 de agosto en El Paso, Texas.
Hacia fines de abril, el FBI y el Departamento de Justicia dieron a conocer un nuevo sistema de clasificación que empleaba solo cuatro categorías: extremismo violento por motivos raciales; extremismo anti-gobierno y anti-autoridad; derechos de los animales y extremismo ambiental; y el extremismo del aborto.
Según organizaciones como la Liga Anti Difamación los más de 50 crímenes de supremacistas blancos en 2018 rompieron un récord sin precedentes desde 1995.
A pesar de esta reclasificación del delito de “terrorismo domestico”, algunos fiscales siguen teniendo serios problemas a la hora de equiparar actos de terrorismo domestico con crímenes de odio indiscriminado ante un juez.
¿El motivo? … Las resistencias de la administración a poner en la mira de jueces a organizaciones supremacistas que, por cierto, se han convertido en un importante vivero electoral de Donald Trump. De hecho, algunos agentes del FBI se han quejado de falta de recursos o de apoyo a la hora de investigar y encausar a criminales de odio racista que, por cierto, se han convertido en una epidemia bajo la era Trump.
¿Llegados a este punto es realista pensar que el gobierno de México tendra el poder y los recursos para echarle el guante e incluso extraditar a terroristas domesticos que comulgan con las ideas de los supremacistas blancos?

Se aceptan apuestas …

jueves, 8 de agosto de 2019

Terrorismo MADE IN USA




J. Jaime Hernández
Estados Unidos se ha embarcado en una guerra contra el terrorismo en todo el mundo cuando, en realidad, esa batalla la tendría que haber iniciado desde hace tiempo en su propia casa.
Estados Unidos es el único país que, de forma caprichosa, ha sistematizado la designación de terrorista a todo aquel que no tenga la piel blanca. Y, a esos terroristas domésticos de piel blanca, les ofrece el tratamiento de delincuentes del fuero común con penas carcelarias mas indulgentes.
Estados Unidos es el único país en el mundo que se ha convertido en rehén de las grandes corporaciones armamentistas que incendian en planeta en lugares como Yemen, Siria, Irak o Afganistán mientras atizan una crisis de refugiados y desplazados sin precedentes.
Y, también, es el único país con partidos políticos que se han convertido en "empresas subsidiarias” de poderosos intereses creados. Como la Asociación Nacional del Rifle (NRA), una organización con casi 150 años de historia y más de 5 millones de afiliados.
Estados Unidos es el único país con un jefe de Estado donde, un sector de su mayoría blanca, sigue comulgando con las ideas de los Supremacistas Blancos, a pesar de todos sus intentos por simularlas y a pesar de una larga lista de mártires, como Martin Luther King o Rosa Parks.
Estados Unidos es el único país del mundo donde un candidato a la presidencia como Donald Trump ha sido capaz de decir que, si disparara a una persona en la quinta avenida de Nueva York, aún así seguiría teniendo millones de seguidores.
Estados Unidos es una de las pocas naciones en el mundo que, a pesar de ser producto de la inmigración y de presumir de su condición democrática, plural, multirracial y multiconfesional, se ha convertido en un gueto inmenso  donde la segregación económica y la lucha por la supremacía racial los ha envenenado y dividido.
Pero no por la infame desigualdad económica, sino por el viejo debate migratorio. Ese virus que solivianta a los viejos demonios del racismo emboscado y la venalidad de una clase política acostumbrada a sacar partido del odio de clase, raza y confesión religiosa.
A utilizar la inmigración indocumentada como el mejor combustible para atizar el odio y energizar, en su favor, a las bases extremistas para ganar una elección linchando (metafórica y literalmente) a la comunidad migrante de piel morena.
Precisamente, el discurso de odio de Donald Trump contra esas minorías se ha convertido, en no pocas ocasiones, en un arma letal para millones de ciudadanos en Estados Unidos. En un látigo de discriminación y ataques raciales desembozados contra todo aquel que se atreva a hablar en un idioma distinto al inglés, a vestir ropajes de su propia tradición y cultura, o a rezar a un Dios distinto.
La vieja ideología de los supremacistas blancos ha recuperado su legitimidad gracias, en buena medida, a personajes como Trump que llegado al extremo de asegurar que, entre las filas de los supremacistas blancos, “hay buenas personas”.
En buena medida, la tragedia de El Paso ha sido inducida por el odio racial de Donald Trump que, en múltiples ocasiones, se refirió a la crisis migratoria en la frontera como “una invasión” de “criminales, violadores, traficantes y animales”.
Y, si alguien duda, que sólo lea el manifiesto de Patrick Crusius, el multihomicida de 21 años que confesó haber actuado para poner fin a la “invasión” de hispanos y “mezcladores de raza” en El Paso.
A pesar de estas tragedias, como las que han ocurrido en las últimas horas en El Paso, Texas o en Daytona, Ohio, la lucha contra el terrorismo doméstico vinculado a los supremacistas blancos, se ha beneficiado del poco entusiasmo que ha mostrado el FBI durante la administración de Donald Trump para denunciarlo y desmantelarlo.
Apenas la semana pasada, el director del FBI,  Christopher Wray, se enfrentó a la feroz crítica de senadores demócratas que le acusaron de soslayar el creciente activismo de organizaciones supremacistas:
“Muchos nos preguntamos por qué razón el término supremacista blanco, o nacionalista blanco, no está incluido en su declaración cuando se habla de amenazas a Estados Unidos”, le reclamó el senador Richard Durbin, demócrata por Illinois.
Lo que parecería una flagrante omisión en la lucha contra los enemigos de la seguridad nacional, se ha convertido irónicamente en la más palmaria evidencia de que la amenaza terrorista de los supremacistas blancos se ha convertido en un producto de la era Trump.
En una enfermedad que ha infectado a cientos de miles, mientras millones se llevan las manos a la cabeza y o temen por su vida mientras la epidemia en forma de terrorismo MADE IN USA se extiende por el país.


martes, 6 de agosto de 2019

LOS ETERNOS DEPORTADOS






                                                                                                                      

J. JAIME HERNÁNDEZ


Tratándose de deportados, la expulsión de mexicanos desde Estados Unidos ha sido un fenómeno multigeneracional. Un historial condenado al silencio político o al soslayo de gobernantes durante casi un siglo y en una herida que sigue sin cerrar en las relaciones de ambos países.

Desde tiempos inmemorables, los mexicanos han sido los eternos chivos expiatorios del racismo que anida en el corazón de aquellos supremacistas empeñados en el reclamo del poder y sus privilegios para la raza blanca.

Por ello, en la mayoría de los casos, las deportaciones se han convertido en una suerte de purga cíclica de raza. En un fenómeno caracterizado por su profunda discriminación, por su trágico componente de desentrañamiento familiar y por su infame agravio comparativo frente a minorías que han nutrido durante casi tres siglos ese crisol de razas y culturas que hoy es Estados Unidos.

Ahora que el régimen de Donald Trump prepara una nueva campaña de deportaciones express, vale la pena evocar las marejadas de deportados que se han mantenido como una constante en ese viejo empeño por revertir el cambio de paisaje demográfico.

Algo que, por cierto, difícilmente tendrá marcha atrás.

Según el último censo en Estados Unidos (2010), el crecimiento de la población total en Estados Unidos se vio impulsada por el aumento de las minorías étnicas. En términos absolutos, las minorías contribuyeron en un 91.7% del crecimiento de la población en el período 2000-2010, mientras la población blanca sólo representa el 8.3%.

De este gran total, la minoría hispana fue responsable por el 56% del crecimiento en la población.

En este contexto de recomposición demográfica, la minoría blanca se ha visto espoleada por el mensaje de aquellos que siguen predicando el mensaje de la “superioridad racial” para defender cotos de poder y privilegios.

Pero esta lucha no es nueva. Viene de mucho tiempo atrás.

Hacia mediados del año 2004, conocí en la ciudad de Santa Ana, California, a Doña Trinidad Rubio. Me la encontré en una manifestación contra las redadas express que ya desde entonces azotaban a la comunidad migrante:

“Mi madre me contó que yo sólo tenía dos años cuando la policía nos metió a todos en un tren como si fuéramos ganado. Me acuerdo que mi madre iba mal herida y sangrando de la cabeza porque la policía nos persiguió.

“Durante la persecución mi padre iba manejando la troca y de repente dio un vuelco. Todos salimos volando. Mi madre, por protegerme, sacó la peor parte. Un brazo se le rompió y recibió un golpe en la cabeza. Sólo le dieron ayuda de emergencia y le cosieron con un hilo y aguja la herida que tenía en el brazo.

“Después nos subieron al tren y nos expulsaron a México. Y de nada sirvió que mis padres les explicaran que todos nosotros éramos ciudadanos de Estados Unidos. La policía no nos quiso escuchar. Tenían sus órdenes, nos decían.

“Así fue como nos expulsaron y nos enviaron a un rancho en Chihuahua, donde pasaríamos 10 años olvidados y en medio de la más absoluta miseria antes de regresar a Estados Unidos”.

Con más de 90 años, Doña Trinidad sigue esperando que el gobierno de Estados Unidos le pida perdón a ella y a todos ellos que, a pesar de ser ciudadanos de Estados Unidos, se les expulsó de sus hogares entre 1929 y 1930 para aplacar el sentimiento de odio de la mayoría blanca hacia las minorías (principalmente la mexicana) en plena recesión económica.

Para tratar de aplacar ese odio y resentimiento hacia la minoría hispana, el presidente Herbert Hoover ordenó la deportación de más de un millón de personas de origen mexicano.

Más del 70% de esos deportados,  según han señalado varios historiadores, eran ciudadanos de Estados Unidos.

Pero antes de ser expulsada de Estados Unidos, la familia de Trinidad Rubio había visto obligada a exiliarse de México para pagar así muy cara su lealtad a las fuerzas de Pancho Villa que huyeron hacia el norte empujadas por los ejércitos de Venustiano Carranza.

Tras un difícil peregrinar por Arizona y California (donde nacieron los cinco hijos de la familia Rubio), los padres de doña Trinidad consiguieron asentarse en este último Estado donde el cabeza de familia consiguió un empleo estable en un aserradero.

Sin embargo, la tranquilidad duraría poco ya que, a partir de 1929, la recesión desató una cacería y una expulsión sin precedentes de migrantes de origen mexicano para desplazarlos con trabajadores de raza blanca.

En 1954, en una nueva fase de deportaciones ordenadas por el presidente Dwight Eisenhower —bautizada bajo el infame nombre de WetBack o “espalda mojada”—, casi 1.3 millones de migrantes de origen mexicano fueron expulsados de Estados Unidos.

Y, más recientemente, bajo la presidencia de Barack Obama, el Departamento de Seguridad Interna (DHS) rompió el récord de las deportaciones recientes con más de 2 millones de expulsados.

Hacer recuento de estas campañas de redadas y deportaciones es un ejercicio que habla del cinismo y el oportunismo político que ha caracterizado a los sucesivos gobiernos de Estados Unidos pero, también, de la insufrible obsecuencia que ha mantenido como una constante el gobierno de México.

Es hacer, en suma, recuento de la tragedia que siempre acecha a los mismos de siempre. A los eternos vencidos. A los migrantes deportados que siguen siendo la carnaza preferida de los racistas y los miserables.

martes, 25 de junio de 2019

Requiem por Valeria






J. Jaime Hernández

La imagen resulta engañosa. En la foto, un abrazo involuntario de la pequeña Valeria sobre el cuello de su padre, parece ofrecer un tierno consuelo ante la inevitable tragedia:

“No te aflijas padre. Hiciste hasta lo imposible por evitar nuestro triste final en este mundo de miserias”, parece desprenderse de la mortuoria escena que ha inmortalizado la reportera de La Jornada, Julia Le Duc.

Sobre los bordes del Río Bravo, esa imagen inerte rodeada de agua, rastrojos y basura, resulta incontrovertible. Para los lugareños de Matamoros, se trata de una desgracia más dentro de las miles que han visto durante mas de un siglo de historia en ese río de corrientes traicioneras.

Observando los cuerpos, pareciera que la lucha por seguir con vida los dejó exhaustos. El cuerpo de la pequeña Valeria sólo deja al descubierto su pequeño torso. Por debajo de su pantalón rojo, se dibuja un pañal. Y sus piernas regordetas ofrecen un atisbo de las carreras que disfrutó durante su corta vida.

La imagen da una idea de los esfuerzos del padre por asegurarla, bajo su camiseta, a su espalda mientras él mismo luchaba contra la corriente.

El rigor mortis no entumece aún los cuerpos. Quizá, por ello, la escena se antoja tierna. Una escena de amor, en un Río que desde hace mas de cien años se ha convertido en tumba de miles de inmigrantes indocumentados en su intento por cruzar hacia Estados Unidos.

Tania, la madre de Valeria, ha narrado una y otra vez la escena que le perseguirá por el resto de sus días. Su esposo, Oscar, había depositado a Valeria al otro lado del Río, ya en territorio de Estados Unidos. Parte del sueño parecía hecho realidad. Pero, el destino, les daría un duro revés.

De repente, a la pequeña Valeria le entró pánico por verse abandonada hacia el otro lado de la frontera, mientras su padre intentaba regresar por su madre.

El resto, es hoy materia de esa casuística inobjetable que sólo sirve a los investigadores y forenses para tratar de interpretar las causas de una muerte. Pero que resulta insuficiente la hora de explicar y, sobre todo, entender, las causas de una tragedia que se barruntaba desde El Salvador, la patria que vio nacer a la pequeña Valeria.

La ingrata tierra que fue incapaz de retenerla para ofrecerle un futuro mejor.

Cuando uno ve el cuerpo inerte de la pequeña Valeria, con menos de dos años de edad, es inevitable pensar en el también pequeño Alan Kurdi, de tres años de edad. Alan murió en septiembre del 2016.

Su cuerpo fue arrojado por aguas del Mediterráneo sobre las costas de la Isla griega de Kos, cuando su familia intentaba huir de la guerra en Siria y del ambiente de represión en Turquía.

Al igual que Alan Kurdi, la pequeña Valeria se convirtió el pasado domingo, en palabras de John Berger, “en parte de esos migrantes, En esos héroes que viajan hacia lo desconocido … Que se convierten en viajeros de la noche, del día, de los peligros. Y, así, se internan en las fauces del monstruo”.

Viajeros en los que hay añoranza por lo perdido, y a la vez ansiedad de lo que esta por descubrirse.

Pero, en el caso de Valeria, su vida quedó trunca. A diferencia de miles de infantes que consiguieron llegar a Estados Unidos desde Centroamérica (los llamados Dreamers), Valeria no tuvo su oportunidad de vivir el sueño americano.

Su muerte en el Río Bravo le quitó la oportunidad de huir de la miseria y la violencia para forjarse un futuro mejor en Estados Unidos.

¿De quién es la culpa?

Tratándose de encontrar culpables, todos los dedos apuntan ahora hacia Estados Unidos, y a su presidente, Donald Trump. Pero, además, al gobierno de México, que ha hecho insufrible la odisea de miles de inmigrantes que luchan por un futuro mejor en distintas partes de la Unión Americana.

¿El gobierno de El Salvador?. Por supuesto, y a su clase política que ha sido incapaz de ofrecer certidumbre y esperanza de futuro a su población.

Mientras esto siga siendo así, cientos. Quizá miles de Valerias quedarán en el camino. Porque, entre los migrantes, es conocida la historia de que, a veces, una vida no alcanza para alcanzar el sueño.

Como diría John Berger:

“Si a este mundo te lanzas
mejor que nazcas siete veces.
La primera en una casa en llamas,
otra en una helada inundación,
otra en un manicomio desquiciado,
otra en un campo de trigo maduro,
otra en un claustro vacío,
y otra en un chiquero entre puercos.
Seis bebés berreantes no bastan:
tú mismo debes ser el séptimo”.