jueves, 30 de junio de 2016

Donald Trump se roba el manual de campaña de los demócratas


Desde que Maquiavelo consideró al embuste como un atributo obligado de todo político, no hay ni uno solo que no haga uso de la mentira para llegar o mantenerse en el poder. Ahí tenemos por ejemplo el caso de Donald Trump que, en su más reciente acto de campaña en Pennsylvania, amenazó con renegociar o retirar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) para evitar que México siga “estafando” a Estados Unidos con su mano de obra barata y con un déficit comercial que, el año pasado, rebasó los 60 mil millones de dólares según cifras de la administración estadounidense.


"Nuestros políticos han buscado agresivamente una política de globalización. Han movido nuestros trabajos y desplazado nuestra riqueza y nuestras fábricas hacia México y otros países (como China)”, aseguró el pasado martes desde una planta procesadora de chatarra y basura al sur de Pittsburg, Pennsylvania, desde donde prometió recuperar la “independencia económica” de Estados Unidos en caso de llegar a la Casa Blanca.




Lo irónico del asunto es que, al igual que Donald Trump ha ofrecido arremeter contra México y China, hace ocho años los entonces candidatos a la nominación presidencial por el partido demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton, también amenazaron con retirarse del Tratado Comercial con México y Canadá en caso de que éstos dos países no aceptaran revisar los términos del acuerdo trilateral suscrito en 1994:

“Creo que deberíamos usar el golpe de una potencial opción de salida como palanca para asegurarnos de que realmente los estándares laborales y del medio ambiente sean fortalecidos”, aseguró Barack Obama Obama durante un debate con su entonces adversaria, Hillary Clinton.

Si en aquel momento Obama y Clinton se pronunciaron a favor de renegociar el TLC con México y Canadá, lo hicieron con el fin de asegurarse el respaldo de las poderosas centrales sindicales que nunca han ocultado su rechazo a los Tratados Comerciales que sólo han beneficiado a las grandes corporaciones, mientras han diezmado al campo mexicano o empobrecido a la clase media en EU.

Los más de 12 millones de votos que representaban los ejércitos de la AFL-CIO en Estados Unidos bien valían esa promesa que, con el tiempo, quedó en el olvido.

Hoy, en medio de un creciente rechazo al modelo de globalización, que sólo ha beneficiado al al gran capital, mientras ha sumido en la pobreza o incertidumbre a millones de ciudadanos en todo el mundo, los grandes beneficiarios de este ambiente de zozobra y repudio contra Wall Street, o hacia esa clase política que ha sido incapaz de mantener a raya a los especuladores y a las grandes corporaciones ávidas de beneficios fiscales, han sido personajes como Donald Trump.

Un magnate del sector inmobiliario que no ha hecho otra cosa más que aprovecharse del incendio en la pradera global para tratar de explotar el sentimiento aislacionista y nacionalista que otros, antes que él (lo mismo en Estados Unidos que en Europa), han atizado para agitar a las fuerzas vivas del movimiento extremista y secesionista.

Ahí tenemos el caso del Brexit en el Reino Unido. O el ascenso de las fuerzas de extrema derecha en Francia o en Alemania. Y, en el otro extremo, el reclamo de los campesinos de México en estados como Guerrero o Morelos para legalizar el cultivo de la amapola, la tabla de salvación que les ha ofrecido la industria del narcotráfico para rescatarles del naufragio que llegó con el Tratado de Libre Comercio y un proceso de globalización que ha ensanchado la brecha entre ricos y pobres mientras deja al descubierto los grandes pecados de origen que hoy han puesto en jaque a nuestras democracias.

En este contexto global, si algo ha demostrado Donald Trump hasta ahora es que, como estratega político, es un formidable jugador de póquer. En este sentido, el objetivo de Donald Trump es explotar los sentimientos encontrados de más de 12 millones de trabajadores blancos sindicalizados que siempre han visto en los Tratados de Libre Comercio, y en el avance de nuevas corrientes migratorias, al enemigo identificado o al responsable de su desplazamiento en la línea de producción industrial.

Lo increíble del asunto es que Trump, un empresario que se beneficia de la mano de obra barata en México o en China, para sacarle el mayor beneficio a la manufactura de su línea de trajes o corbatas. O que abusa del programa de visas H1B, que le ha permitido importar trabajadores huéspedes de países como la India para pagar bajos salarios en sus complejos hoteleros de Florida, se haya convertido en el campeón de los trabajadores blancos y sin formación universitaria, para tratar de arrebatar a Hillary Clinton un inmenso vivero de votos en estados como Ohio, Pennsylvania, Florida o Carolina del Norte que serán algunos de los más disputados en la elecciones presidenciales de noviembre próximo.

En otras palabras, Trump esta robando el viejo manual de campaña de los demócratas para granjearse el apoyo de los trabajadores sindicalizados y para  fracturar la tradicional base blanca que hoy sufre los rigores de la desigualdad económica por culpa de personajes, precisamente, como Donald Trump.

Parafraseando a Nicolás Maquiavelo, el magnate no esta haciendo otra cosa que aplicar la receta del divide y vencerás haciendo uso del viejo consejo: “de vez en cuando haz que las palabras te sirvan para ocultar los hechos”.


lunes, 27 de junio de 2016

Todos los caminos llevan a las elecciones de noviembre próximo

LA ELECCION DE UN CANDIDATO PRESIDENCIAL A ESCALA PLANETARIA


                                                                                                                                   Foto AFP

Siempre que se avecina una elección presidencial en Estados Unidos, el mundo observa atento  la evolución de un proceso del que casi nadie puede declararse ajeno.

Entre otras cosas porque, del voto que sufragarán millones de ciudadanos en Estados Unidos en noviembre próximo, dependerá no sólo la reformulación de su política de seguridad interna o su política migratoria, sino el futuro de una política exterior que influirá o impactará en la vida de millones en todo el mundo.

Por ello, cuando uno habla de un candidato a la presidencia en Estados Unidos, lo hace necesariamente de un candidato a escala global. No es lo mismo, por ejemplo, imaginar la suerte que correría la política exterior de Washington en Oriente Medio, bajo un personaje de vena explosiva como Donald Trump, o barruntar el futuro de la política bilateral entre Estados Unidos y México bajo la eventual presidencia de Hillary Clinton.

Como botón de muestra, la promesa de Donald Trump de revisar la política migratoria para vetar el ingreso de musulmanes a EU. O su empeño en ampliar el muro fronterizo que, según ha remachado durante sus actos de campaña, será financiado por el gobierno de México.

Durante las elecciones presidenciales de 2012, cuando Barack Obama luchaba por la reelección en el cargo, la cadena británica BBC realizó un interesante ejercicio de auscultación global para conocer las preferencias de millones de ciudadanos en 21 naciones, México entre ellas.

En ese sondeo, la mayoría de los ciudadanos de 20 de entre 21 naciones elegidas se pronunciaron mayoritariamente a favor de la reelección de Obama y en contra de las aspiraciones del republicano, Mitt Romney, el ex gobernador de Massachussetts que al final fracasó en el intento.

Por cierto, en aquel entonces error que costó a Mitt Romney el abandono del electorado hispano y posiblemente la presidencia, fue proponer la “autodeportación” de millones de inmigrantes atizando un ambiente de odio racista y persecución.

Cuatro años más tarde, y sin necesidad de recurrir a un sondeo para imaginar cómo votarían (si pudieran) los ciudadanos de todo el mundo en las próximas elecciones en EU, el rechazo internacional hacia Donald Trump es más que evidente en países como México, donde sus ataques contra la comunidad inmigrante de origen mexicano lo han reducido a su condición de piñata que recibe palos por doquier, una forma de exorcizar al “demonio blanco” que se reproduce lo mismo en los barrios de México, que en los del Este de Los Angeles o Chicago.

En distintos países de la Unión Europea, o en la totalidad de naciones que comulgan con la fe musulmana, sus índices de impopularidad podrían rivalizar con los de Adolf Hitler tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En muchos sentidos Donald Trump se ha convertido en el candidato presidencial más temido y repudiado por la comunidad internacional en la historia de Estados Unidos.
Según la encuesta realizada en mayo pasado por la organización YouGov en Alemania, Canadá, Francia, Japón, México y el Reino Unido, el 78% de los entrevistados “odia” o “repudia” a Donald Trump.
Además, todos ellos coinciden en señalar que, bajo una hipotética presidencia del magnate, “el mundo estaría menos seguro”.

Por ello mismo, para millones de ciudadanos en todo el mundo, el actual proceso electoral en Estados Unidos va más allá de sus fronteras. Y a pesar de que ningún extranjero tiene derecho a votar en la Unión Americana,  el miedo a Donald Trump podría encontrar en noviembre próximo una amplia resonancia entre esos ciudadanos que forman parte de ese oleaje migratorio multigeneracional que ha llegado a EU para conquistar su derecho como ciudadanos y hacerlo valer en las urnas.

Independientemente de los resultados que arrojen las urnas, las elecciones presidenciales de noviembre próximo permitirán establecer un diagnóstico más preciso sobre el estado de salud de una democracia que hoy se encuentra bajo el asalto de un movimiento que se nutre del miedo a lo incierto, del rechazo al imparable proceso globalización y que ha sido aprovechado por un populista de corte neo fascista como Donald Trump para tratar de frenar o revertir lo que se antoja inevitable.

Para tratar de hacer retroceder las manecillas del reloj que hace 8 años impulsó la presidencia de Barack Obama con un cambio de paisaje demográfico que hoy aterra al hombre blanco y conservador.