martes, 24 de octubre de 2017

¿Es posible salvar al trillizo del TLCAN?

                                                                                                              Foto/AP



J. Jaime Hernández


Hace casi 30 años, cuando Estados Unidos y Canadá emprendieron las negociaciones bilaterales —a las que se sumaría México para crear el Tratado de Libre Comercio (TLCAN) a comienzos de 1994—, un grupo de cabilderos canadienses de la poderosa provincia de Alberta, consideraron que las negociaciones deberían seguir el esquema de “mesa para dos”.

Es decir, no aceptar al socio mexicano bajo la lógica de que, ese país al sur de Estados Unidos, no era digno de sentarse a la misma mesa. No podía formar parte del selecto club del primer mundo.

Más allá de este estúpido desvarío de superioridad, en el fondo más que la asimetría evidente de México frente a Estados Unidos y Canadá, lo que más irritaba a los canadienses . O mejor dicho, a los empresarios petroleros de Alberta que los patrocinaban, era la negativa de México a incorporar el petróleo como parte de las negociaciones del TLCAN.

Hoy, resulta irónico que sean los canadienses el mejor aliado de México a la hora de intentar ganar el pulso de Donald Trump, en su anunciado plan por dinamitar el acuerdo que marcó el nacimiento de un trillizo comercial que hoy supone un volumen de intercambio comercial de poco más de 500 mil millones de dólares al año.

Todo un salto cuantitativo y cualitativo si se le compara con el intercambio comercial de las tres naciones en 1993, cuando el volumen ascendía a sólo 82 mil millones de dólares.

Como bien sabemos, a pesar de las resistencias de los canadienses en los 90, al final las negociaciones siguieron su curso y el socio comercial mexicano fue aceptado a pesar de su negativa a permitir que su principal fuente de riqueza e independencia económica se sumara a esa canasta de bienes, cadenas de producción e intercambios comerciales trilaterales que hicieron de la zona TLCAN una de las más dinámicas en el mundo.

Aunque, también habría que decirlo, una de las zonas más dispares y desiguales. Sobre todo en el caso de México, donde la promesa del entonces presidente, Carlos Salinas de Gortari, de incorporar a su país al primer mundo, no sólo cayó en saco roto. Sino que, en lugar de ello, hizo de México el socio del TLCAN el eslabón más débil, más pobre y el más perjudicado.

Particularmente en los capítulos laboral y agrícola, donde cobró carta de naturaleza la explotación de miles de obreros bajo el infame régimen de la maquila y se acentuó  el éxodo de millones de campesinos hacia Estados Unidos y las grandes ciudades, expandiendo así la mancha de pobreza, la desigualdad de millones y en buena medida el fenómeno de la violencia.

Al mismo tiempo, el llamado capitalismo de compadres se consolidó para enriquecer a ese selecto club de compadres que privatizaron y se enriquecieron a manos llenas gracias a la venta de empresas paraestatales en el sector de la telefonía, la metalurgia o el sector ferroviario, desatando así la concentración de la riqueza en muy pocas manos.

Fueron ellos, los grandes beneficiarios del TLCAN.

Tras el fin de la cuarta ronda de negociaciones y el aplazamiento hasta el 2018 de las pláticas para tratar de salvar y modernizar el TLCAN, hoy muchos se preguntan si acaso será posible salvar al trillizo comercial que nació hace 23 años.

Hasta qué punto será posible separar a esa criatura que nació para beneficiar a sus creadores y generar una de las cadenas de producción donde el flujo comercial es la sangre que nutre a las economías de los tres países.

La respuesta corta —más allá de las fanfarronerías y las estratagemas negociadoras de la administración Trump—, es que una operación para separar al trillizo que nació hace 23 años, es demasiado arriesgada.

Sobre todo, para sus principales beneficiarios, entre ellos el propio Donald Trump.

Algunos analistas ya vaticinan que, en caso de un colapso del TLCAN, muchas empresas de EU y Canadá seguirán operando en México.

Las razones son muchas. Pero, quizá la más importante es los costos de operación que obligarían a muchas empresas a permanecer en México. Según un análisis comparativo a partir de las cifras del Departamento del Trabajo de Estados Unidos, el costo de un obrero en Estados Unidos es de hasta 15 dólares la hora, sin tomar en cuenta los beneficios, seguros médicos o fondos de retiro.

Comparado con los 2,50 dólares la hora de un obrero mexicano en una maquila de Tijuana, el margen de competitividad es más que evidente.

Un factor adicional es que, tanto Canadá como Estados Unidos y México, no sólo son socios comerciales, sino que también son socios en la compleja cadena de producción que se ha creado a lo largo de 23 años. Lo mismo en la industria automotriz, que en el de la aeronáutica, por poner sólo dos ejemplos.

En otras palabras, las rutas de producción, suministro y distribución del TLCAN son las arterias de un sistema que ha cobrado vida propia. Un circuito consolidado que se rige hoy por unas reglas de circulación y comercialización que son perfectibles, pero sin las cuales millones de trabajadores, empresarios, agricultores y consumidores se verían seriamente dañados.

¿Será capaz Trump de permitirse un ambiente de volatilidad e incertidumbre que impactaría en las elecciones legislativas de medio término en 2018?. ¿México podría asumir sin sobresaltos la pérdida de casi un millón de puestos de trabajo con elecciones generales a la vuelta de la esquina?

Por esta razón, son muchos los que consideran que, más que dinamitar el TLCAN, el presidente Trump no tendrá más que remedio que actualizar o modernizar algunos capítulos. Mejorar un tratado poniendo especial énfasis en el aspecto laboral, el medio ambiental, en la lucha contra la corrupción y en la lucha contra el lavado de dinero.

Y todo ello con un horizonte de negociación que, como ha reconocido el Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, podría llegar hasta el segundo semestre del 2018.


Si esto es así, México tendría una oportunidad histórica para mejorar un tratado que sólo enriqueció a unos pocos, mientras empobreció a millones.

lunes, 2 de octubre de 2017

Esa realidad mutante

                                                                                                                Foto/AFP


J. Jaime Hernández

Ultimamente, la llamada actualidad informativa parece llevarnos a lomos de un ciempiés enloquecido. Dando tumbos por aquí y por allá. Retorciéndose y pinchándonos con novedades cada vez más insólitas, violentas o inquietantes. 

Despojándonos de nuestra capacidad de asombro y entendimiento.

En medio de esta realidad zigzagueante, no pocos experimentamos esa sensación de encontrarnos a la deriva, incapaces de saber lo que nos deparará el próximo ciclo informativo.

Aunado a ello, la velocidad con la que mudan las noticias de lugares, circunstancias y personajes, hace que nuestra capacidad de comprensión se achique drásticamente.

Por momentos, el vertiginoso viaje sobre ese tobogán impredecible de noticias y tragedias; de milagros y pesadillas, nos pega y deslumbra como un rayo, dejándonos momentáneamente sordos, mudos o ciegos.

A pesar de ello, son legión los que presumen conocimiento y comprensión cabal desde su cuenta de twiter o desde su cuenta de Facebook. Tomando partido a favor de una u otra trinchera sin tener la más remota idea.

Pontificando a favor de una u otra causa, por más desconocida que sea su origen y los canallas y los valientes que las alientan.

En medio de este río revuelto, así tenemos por ejemplo que, lo que ayer era una tragedia en la Ciudad de México (con un terremoto que había sacado a flote lo mejor de la sociedad civil y lo peor de un gobierno inepto y corrupto), de repente se produce un cambio de paisaje que nos arroja entre los escombros informativos que llegan desde Puerto Rico, una Isla dejada de la mano de Dios por el presidente Donald Trump.

Y cuando el ánimo de rechazo y linchamiento informativo parecían escalar desde San José y otros puntos en la Unión Americana, para poner a la administración de Donald Trump contra la pared —por la falta de atención y recursos hacia una comunidad que ha sido devastada por un huracán—, desde España y Cataluña la violenta represión registrada durante un referéndum independentista rompe el cascarón de la llamada actualidad informativa para advertirnos contra el viejo fantasma de una guerra civil.

De repente, la violencia y el abrocamiento en Cataluña eclipsaban los coletazos de escándalos y denuncias tras el paso del terremoto en México y acallaban los urgentes llamados de los miles de damnificados en Puerto Rico.

Pero, una vez más, el ciempiés enloquecido nos tenía preparado un giro imposible de anticipar.

Y todo por culpa de  un contable jubilado de 64 años. Un personaje “normal” que, de un día para otro, decidió atrincherarse en el piso 32 del Hotel Mandalay Bay, en Las Vegas, para enfrascarse en una orgía de muerte y violencia.

Más de 59 muertos y casi 500 heridos ha sido la estela dejada por Stephen Paddock, un “lobo solitario” (según la jerga de los cuerpos de lucha antiterrorista) que había conseguido llevar hasta su habitación un arsenal de 20 rifles y municiones.

Entre ellos, dos rifles de gran potencia y mira telescópica que apuntó hacia la gran explanada donde se celebraba el tercer día de un festival de music country. 

Un festival que Paddock convertiría en un espectáculo de sangre, horror y muerte sin precedentes en la historia moderna de Estados Unidos.

En medio de esta enloquecida montaña rusa de noticias, que trastocan nuestra memoria de mediano y largo plazo, mientras distraen y engolosinan con sangre y terror a la de corto plazo, los especuladores criminales del sector inmobiliario en la Ciudad de México, que fueron puestos en evidencia por un terremoto, parecen apostar por el olvido y la distracción de los medios ocupados en la próxima sorpresa informativa.

Las miles de víctimas del desdén y el olvido en Puerto Rico, vuelven a perder la atención de los reflectores y de los medios de comunicación mientras Donald Trump escapa del linchamiento mediático.

Desde Madrid y Barcelona, algunos líderes políticos parecían observar aliviados la forma en que un multihomicida enloquecido les ha arrebatado momentáneamente desde EU el protagonismo internacional en momentos en que más lo necesitaban para tratar de poner sordina a una crisis que los ha retratado de cuerpo entero como pusilánimes o fascistas.

Y desde Washington, donde la noticia del multihomicida les ha permitido dejar atrás la ola de condena y rechazo por la falta de acción en Puerto Rico, toda la atención se concentraba en ese “acto diabólico” protagonizado por un jubilado de 64 años.

Pero nada que opinar sobre el debate, largamente pospuesto, de regular la venta de armas que son la causa directa de esa epidemia de muerte y violencia en Estados Unidos.

Desde el mes de diciembre de 2012, cuando un sólo hombre abatió a 20 niños y 6 adultos en una escuela en Sandy Hook, en Connecticut, se han producido 1,518 ataques con armas de fuego y han muerto 1,715 personas.

A pesar de ello, nadie desde el Congreso o la Casa Blanca parece interesado en debatir sobre la necesidad de regular la venta de armas. Particularmente, las de asalto, que son la causa directa de una epidemia sin precedentes en Estados Unidos.


Un fenómeno que, sospechamos, esa realidad mutante se encargará de sepultar de nueva cuenta bajo otras capas de otros ciclos informativos, mientras desde la Asociación  Nacional del Rifle (NRA) sus asociados seguirán defendiendo la Segunda Enmienda y frotándose las manos con multimillonarias ganancias.