Fotos: AFP y AP
De
un lado tenemos a esa mujer de 39 años, una inmigrante venezolana surgida de
las pasarelas de los concursos de belleza —que Donald Trump llegó a considerar
parte de su colección particular—, pero que hoy regresa transformada en
ciudadana y en heroína de las mujeres y la causa de los inmigrantes en Estados
Unidos.
Gracias
a Alicia Machado hoy sabemos lo que sospechábamos. Que a Donald Trump nunca le
han gustado las mujeres gordas y feas. Y que, en el mundo de Trump, si eres
latino o latina, tu estatus social difícilmente puede ir más allá de lava
platos, o de camarera en Estados Unidos.
Hoy
sabemos gracias a esta ex reina de belleza que, a Donald Trump, le sacan de
quicio las mujeres que le desafían o se atreven a ponerlo a su lugar. O que le
ganan en los debates por la presidencia, como hizo Hillary Clinton en su primer
cara a cara.
Del
otro lado tenemos a Donald Trump, un millonario acostumbrado a salirse siempre
con la suya. Un ser educado en la superioridad de raza; en ese excepcionalismo
gringo selectivo sólo permitido al hombre blanco y privilegiado, pero no a la
mujer, o al ciudadano de raza negra o de origen hispano.
A
Donald Trump se le ocurrió un día que podría convertirse en presidente de
Estados Unidos. Su mujer Melania, esa inmigrante de origen esloveno, que nunca
pudo aclarar cómo es que trabajó legalmente en Estados Unidos sin tener una
visa de trabajo, le susurró un día al oído que si se presentaba como candidato
a la presidencia, seguro que ganaría.
Hoy,
ahí tenemos las consecuencias. Una nación dividida, un partido republicano
emasculado por las corrientes más racistas y extremistas, y un candidato a la
presidencia fuera de control y en guerra constante contra las mujeres, los
inmigrantes, los periodistas, los mexicanos, los negros y los discapacitados.
¿Cómo
explicar este insólito duelo entre la Bella y la Bestia en el contexto de una
lucha por la presidencia en el siglo XXI y en Estados Unidos, la que se supone
que es la democracia más avanzada del planeta?
Una
pista nos la ofrece Mark Lilla, un periodista, autor e historiador de la
Universidad de Columbia.
En
su último libro, “The Shipwrecked Mind: On Political Reaction” (que podría
traducirse o parafrasearse como “La mente del náufrago y los políticos
reaccionarios”), Lilla nos ofrece algunos elementos que podrían ayudar a
entender el actual ambiente de zozobra y desconcierto y el surgimiento de
personajes como Donald Trump en Estados Unidos.
La
propuesta de Lilla es tan simple como esclarecedora. Según él, durante los
últimos 200 años la política en Occidente en general y en EU en particular, ha
estado dominada por el espíritu y la gesta de la revolución en todos los
ámbitos.
Pero,
al mismo tiempo que el fervor revolucionario ha empujado el carro del progreso,
la modernidad y la globalización, el miedo de los reaccionarios por el “Edén”,
o por el “mundo perdido”, ha avanzado de forma paralela.
“La
mente de un reaccionario es la mente de un náufrago. Donde muchos ven el río
del tiempo fluyendo como siempre, el reaccionario contempla los restos de un
paraíso a la deriva…Cada mayor transformación social deja detrás de sí un Edén
que puede servir de objeto de nostalgia para los reaccionarios.
“Y
los reaccionarios de nuestro tiempo han descubierto que la nostalgia puede ser
un poderoso revulsivo social y político. Quizá más poderoso que la esperanza.
La esperanza puede ser decepcionante. Pero la nostalgia es irrefutable”.
Con
esta reflexiión, Lille nos ayuda a entender mejor cómo ha sido posible que, una
inmigrante como Alicia Machado, a quién Trump llamó alguna vez “Miss camarera”,
ha sido capaz de desquiciarlo y mantenerlo en duermevela maquinando su venganza
por haber permitido que Hillary contara su historia y lo derrotara durante su
primer debate.
Hoy,
el duelo entre esta Bella inmigrante, contra esa Bestia acostumbrada a mandar y
a explotar a mujeres e inmigrantes desde las alturas de su lujosa Torre en
Manhattan, es la representación de esos dos mundos en colisión, en donde el
futuro de una esperanza más diversa y plural se abre paso para desafiar al
mundo perdido de los reaccionarios que ven atemorizados el fin de su Edén o de
su mundo perdido.

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