A pesar de que las urnas aún no ofrecen su veredicto definitivo en
Estados Unidos, en medio de un tumultuoso y trepidante final de campaña, la
candidata demócrata, Hillary Clinton, ya ha iniciado los trabajos de transición
hacia la Casa Blanca.
Un proceso habitual que, dicho sea de paso, se ha visto acelerado en el
caso de una campaña demócrata que se muestra confiada en una victoria al alcance
de la mano.
Una victoria que podría frustrarse en el último
momento, como suele caer ese sorbo de sopa que uno arrima con la mano
temblorosa a la boca.
La primera gran sorpresa de este sinuoso proceso de auscultación llegó con el nombre de Joe Biden, a quien el diario Politico se encargó de poner en el escaparate de los elegidos, como futuro Secretario de Estado de
Hillary Clinton.
La especulación duró más bien poco. El propio Biden se encargó de frenar la espiral de los rumores con un desmentido que reflejó su proverbial cortesía, pero sobre todo, su agotamiento como parte del ejecutivo.
La especulación duró más bien poco. El propio Biden se encargó de frenar la espiral de los rumores con un desmentido que reflejó su proverbial cortesía, pero sobre todo, su agotamiento como parte del ejecutivo.
Biden, vicepresidente de Estados Unidos y uno de los más estrechos
colaboradores del presidente, Barack Obama, se convirtió así de forma
extraoficial en el primer nombre que la campaña Clinton puso en la
lista corta de los candidatos para formar parte de un nuevo capítulo en la
historia con la elección de la primera mujer como presidente.
Curtido durante más de tres décadas en el Senado y fogueado como presidente del Comité de Relaciones Exteriores, Joe Biden se convirtió en 2008 en la elección perfecta para compensar la falta de experiencia y de relaciones con el Congreso de Barack Obama.
Hoy, esos factores salen sobrando en el caso de Hillary Clinton. Y, además, Biden ya ha dicho que no piensa seguir en el gobierno.
En cualquier caso, la designación de Biden habría sido un factor a tomar en cuenta por un país como México, al que Biden conocía de primera mano. Entre otras cosas, porque Biden fue el hombre responsable de manejar, desde la Casa Blanca, las relaciones con el hemisferio en general y las de México en particular.
Curtido durante más de tres décadas en el Senado y fogueado como presidente del Comité de Relaciones Exteriores, Joe Biden se convirtió en 2008 en la elección perfecta para compensar la falta de experiencia y de relaciones con el Congreso de Barack Obama.
Hoy, esos factores salen sobrando en el caso de Hillary Clinton. Y, además, Biden ya ha dicho que no piensa seguir en el gobierno.
En cualquier caso, la designación de Biden habría sido un factor a tomar en cuenta por un país como México, al que Biden conocía de primera mano. Entre otras cosas, porque Biden fue el hombre responsable de manejar, desde la Casa Blanca, las relaciones con el hemisferio en general y las de México en particular.
Por su escritorio han pasado los informes más minuciosos de inteligencia
sobre la seguridad, la economía, la política y el manejo de las dos fronteras
de México.
Otro elemento a tomar en cuenta. Joe Biden ha sido un amigo muy cercano de
Roberta Jacobson, la actual embajadora de EU en México. De haberse confirmado su designación como Secretario de Estado, la continuidad de Jacobson en México habría sido algo más que plausible.
Vale la pena recordar que, entre Biden y Jacobson atestiguaron la debacle de los Fondos de la
Iniciativa Mérida. Una reducción que Estados Unidos presentó como un inevitable
salto cuantitativo tras el fin de una primera fase, en la que se destinaron la
mayor parte de los recursos para la compra de equipamiento militar.
Al inicio de una segunda fase, la administración Obama se quedó sin
presupuesto para seguir inyectando más fondos a la Iniciativa Mérida y canalizó
lo aprobado por el Congreso para el ejercicio fiscal 2017 al reforzamiento de
la seguridad en America Central y la frontera sur de México.
Al igual que ocurrió con la presidencia de Felipe Calderón, Joe Biden ha
sido testigo de la forma en que los presidentes de México han sucumbido ante lo
que podría llamarse como el “efecto del Péndulo”.
Es decir, comienzan su mandato asumiendo posiciones anti Estados Unidos
—como hizo Calderón y luego Enrique Peña Nieto—, para mostrarse como orgullosos
nacionalistas y “anti gringos” y, al mismo tiempo, tratar de mantener a raya a
los servicios de inteligencia que tienen la muy mala costumbre de husmearlo todo, incluidas las llamadas
telefónicas, como quedó demostrado con las filtraciones de Wikileaks o de
Edward Snowden.
Pero, como ha ocurrido al final de cada sexenio, los diplomáticos de EU
han visto como la resistencia inicial a la cooperación con Washington se reduce
significativamente con el discurrir del tiempo.
Entre otras cosas, por la falta de recursos y la incapacidad de sus
fuerzas de seguridad mexicanas para hacer frente a unos carteles con
capacidades de fuego y recursos financieros que van más allá de sus fronteras.
Convencidos de que la seguridad de ambos países se ha convertido en un
asunto prioritario de carácter “interdoméstico” (es decir ha salido de la
esfera de lo internacional para adoptar un papel más doméstico), ambos países
han concedido carta de naturaleza a la cooperación militar para enfrentar amenazas
comunes.
Entre ellas, la amenaza de los carteles de la droga que, habría que
decir, no es una exclusiva de México ya que operan hacia ambos lados de la
frontera. Y, además, la mentada amenaza terrorista que los miembros del partido
republicano se han encargado de explotar, para convertir a los inmigrantes en
supuestos “aliados o colaboradores potenciales” de esos terroristas que buscan
cruzar la frontera con Estados Unidos.
Por cierto, desde los atentados terroristas del 11 de septiembre del
2001, los agentes de la patrulla fronteriza de EU no han detenido a un sólo
terrorista cruzando desde México.
A pesar de ello, México ha permanecido
como un “socio crítico” dentro del programa de asistencia antiterrorista
del Departamento de Estado y desde el mes de febrero del año pasado forma parte
de la coalición de más de 60 naciones que luchan contra la radicalización y el
extremismo, al mismo tiempo que garantizan que sus territorios no se conviertan
en refugio de organizaciones terroristas como el Estado Islámico (EI).
Todo ello en buena medida, gracias a las labores de convencimiento de un
político como Joe Biden, un vicepresidente que se ha encargado de lidiar con
las crisis militares en Ucrania, con el complicado entramado de alianzas contra
Siria en el seno de la OTAN y la amenaza de Rusia en el frente cibernético.
Pero, sobre todo, que se ha encargado de
las relaciones de Estados Unidos en el volátil frente diplomático de América
Latina y de las siempre complejas relaciones con México.

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