Lalo Alcaraz
En el mundo de Donald Trump las mujeres que lo retan o lo superan en
inteligencia.
O que no aceptan doblegar el espinazo ante sus embestidas y asaltos
sexuales, son sinónimo de “asquerosas”.
Y, en el caso de los inmigrantes mexicanos que, en muchos casos, le han
ayudado a construir sus Hoteles o Casinos, y a los que no se ha cansado de
meter en el mismo saco al lado de criminales, violadores y traficantes, se les
puede etiquetar como “malos hombres”.
Cuando Trump llamó “asquerosa” a Hillary Clinton, después de asegurar
que él es una de las personas que “más respeta a las mujeres”, su insulto
encontró inmediato eco en las redes sociales:
“Mujer asquerosa es el grito de batalla que Hillary Clinton necesitaba”
para recabar el apoyo de esas mujeres que se le siguen resistiendo, opinó desde
la página de Vox, un medio de comunicación Online, la escritora, Liz Plank.
Y cuando Trump hizo uso de la expresión “Malos Hombres”, para referirse
a los inmigrantes indocumentados que forman parte de su lista negra para
deportarlos una vez que asuma la presidencia de Estados Unidos, millones de
espectadores que seguían el debate distinguieron de inmediato las viejas
resonancias del prejuicio racial y el latigazo derogatorio que muchos, antes
que él, han usado para referirse a los inmigrantes de origen hispano en general
y mexicano en particular.
Ahí están, por ejemplo, los casos de personajes como la ex gobernadora
de Arizona, Jan Brewer, quien llegó al extremo de acusar a los inmigrantes
mexicanos de dejar sembradas de cabezas y cuerpos decapitados, las rutas
migratorias por el desierto fronterizo.
O el congresista republicano por
Iowa, Steve King, quien llegó a asegurar que los hijos de los inmigrantes que
llegaron a Estados Unidos de la mano de sus padres, lo hicieron mientras hacían
de mulas cargando droga a sus espaldas.
Trump no ha hecho más que repetir estas viejas fórmulas cargadas de odio
racial y criminalidad que les ha permitido a otros republicanos, antes que él,
seguir ganando elecciones entre su base más extremista y conservadora.
Pero, al mismo tiempo, alejándolos de esas minorías demográficas que, dentro de muy poco, quizá a
partir del 2040, serán la gran mayoría.
Desde hace muchos años, en el imaginario colectivo de Estados Unidos,
los mexicanos siempre hemos sido los feos, los malos, los sucios, los pobres y
lo corruptos.
Y, en muchos sentidos, la frontera sur siempre ha sido el límite entre
ese reino de rascacielos y autopistas (que encapsulan la pureza, el orden y la
excepcionalidad) y los pueblos miserables de México.
Esos “agujeros infernales”, parafraseando a senadores como el
republicano, Lindsay Graham, desde donde acechan los peores males, la
corrupción más venal, los ríos de droga y perdición, y los bandidos más
desalmados.
Desde que Hollywood se encargó de consagrar al bandido mexicano “Tuco”
(en la película The Good, The Bad and The Ugly 1967), como el más feo, el más
estúpido, corrupto y criminal, frente a
un Clint Eastwood que hacía las veces de un forajido benevolente, inteligente
y, por supuesto, más guapo, la imagen de los mexicanos se ha reafirmado de esa
forma en la mente de millones en Estados Unidos.
Lo mismo en Hollywood, que en la vida real, muchos mexicanos se han
visto condenados a experimentar una especie de rara excepcionalidad ya que, a
pesar de haber nacido en México, y de no ser ni feos, ni malos, ni corruptos,
ni asesinos, gozan de cierta licencia o condescendencia ante los ojos del
hombre blanco y conservador.
Podría decirse que son los que Trump coloca en la categoría de “algunos
que, no dudo, son buenas personas”. O “algunos no son malos o criminales”
Ahí tenemos la larga lista de mexicanos y mexicanas que han tenido éxito
en Hollywood, como Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Alfonso Arau, Alejandro González Iñárritu, Salma Hayek o Adriana Barraza.
Una muestra mínima de nuestro acervo creativo y genialidad que, a pesar de Donald Trump, difícilmente entrarían en la categoría de criminales, traficantes, corruptos, incultos o feos.
Una muestra mínima de nuestro acervo creativo y genialidad que, a pesar de Donald Trump, difícilmente entrarían en la categoría de criminales, traficantes, corruptos, incultos o feos.
O científicos mexicanos que forman parte del más selecto grupo de
científicos en Estados Unidos, como el doctor Roberto Trujillo de origen
mexiquense; o del comité de asesores de la Casa Blanca en temas de salud y
medio ambiente, como el doctor Mario Molina.
Desafortunadamente, la práctica de pintar a los mexicanos y a los
inmigrantes con la misma brocha sigue siendo un exitoso recurso en tiempos de
campaña electoral. Por lo visto, el hábito de presentar al mexicano como el
“mal Hombre” sigue siendo inmensamente
redituable.
En buena medida, gracias a la leyenda de los capos del narcotráfico como
“El Chapo” Guzmán, a quienes Trump acusa hoy de ser responsable del epidémico
consumo de heroína, cuya expansión por todo Estados Unidos ha sido posible
gracias a las redes de distribución de los narcotraficantes mexicanos, pero
también de esas redes de narcotraficantes que controlan ciudadanos de EU, pero
de los que nunca se escucha hablar en los discursos de odio anti inmigrante de
los republicanos.
Como siempre ocurre, y parafraseando al bandido mexicano Tuco, en la
película del bueno, el malo y el feo:
"En esta vida, mi amigo, hay dos
clases de tipos; los que siempre llevan la soga al cuello y los que tienen el
poder de cortarla..."

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