Robert
Baer, ex agente encubierto de la CIA en Oriente Medio, me explicó un día que
una de las más poderosas armas en tiempos de elección, es el miedo:
“La
gente es estúpida. Y cuando les metes miedo en el cuerpo, votan por el
candidato que les parece el más fuerte. Y, en la mayoría de los casos, apuestan
por el candidato republicano porque lo identifican con una posición más fuerte
y militarista”.
Baer
y yo platicábamos de las posibilidades a la reelección de George W. Bush en el
verano del 2003, mientras preparaba el lanzamiento de su libro “Sleeping with
the Devil” (Durmiendo con el Diablo) durante una gira de promoción en París.
“¿Tu
crees que Bush será reelegido después del terrible error de inteligencia del 11
de septiembre de 2001 y de la incapacidad de sus ejércitos que dejaron escapar
a Osama Bin Laden de la montaña de Tora Bora en diciembre de ese año?”, le
pregunté con gesto incrédulo.
“La
gente es estúpida. Acuérdate de lo que te digo”, insistió para volver a
resaltar la importancia del factor miedo en tiempos de elección.
Hoy
sabemos que Baer tenía razón. Y que George W Bush consiguió reelegirse en el
cargo en noviembre del 2004, gracias al miedo que infundió entre millones de
incautos electores resignados al recorte de libertades que llegaron con la
infame Patriot Act y un estado de guerra permanente que se ha extendido hasta
nuestros días desde Irak y Afganistán hasta los confines de una Siria reducida
hoy a escombros y convertida en epicentro de una de las peores crisis de
refugiados.
Ni
siquiera un veterano de guerra como John Kerry, nominado como el candidato de
los demócratas a la presidencia, pudo contra los miedos que George W
Bush se encargó de sembrar eficazmente a lo largo de su campaña por la
presidencia.
Tras
los últimos atentados con bombas de manufactura casera en Nueva York y en Nueva
Jersey, y la captura de Ahmad Khan Rahami, un ciudadano estadounidense de
origen afgano como principal sospechoso, no he dejado de pensar en la receta
del miedo como una poderosa arma de disuasión masiva durante inciertos tiempos
de elección a la presidencia.
Especialmente,
cuando ninguno de los candidatos en contienda ha sido capaz de despertar el
entusiasmo entre los electores. Según el último sondeo de Pew Research, el 63% de
los ciudadanos en EU se han declarado abiertamente insatisfechos con la
nominación de los candidatos demócrata y republicano en este ciclo electoral.
El
pasado mes de diciembre, tras el atentado terrorista que costó la vida a 14
personas en la ciudad de San Bernardino, California, el candidato republicano,
Donald Trump, twitteó que “cada vez que hay una tragedia, todo va hacia arriba.
Mis números (en las encuestas) van hacia arriba”.
En
un alarde de oportunismo craso, el entonces aspirante a la nominación
presidencial por el partido republicano
lanzó su propuesta para vetar el ingreso a EU de todos los turistas e
inmigrantes de origen musulmán hasta que el Congreso y las fuerzas de seguridad
fueran capaces de implementar un sistema más eficaz de escrutinio en los
aeropuertos y embajadas de EU en Oriente Medio.
“No
tenemos otra opción. Además, deberíamos vigilar a la gente que acude a las
mezquitas en EU”, añadió para colocar a más de 3 millones de ciudadanos de EU
de confesión musulmana en la lista negra de los sospechosos de promover
acciones terroristas.
Tras
este discurso, los sondeos a favor de Trump en diciembre subieron como la
espuma para colocarse hasta el 38%, mientras su más inmediato contendiente, el
senador por Texas, Ted Cruz, languidecía con el 18%.
Hoy,
nada más enterarse del atentado en Manhattan y la captura de un sospechoso de
origen afgano, Donald Trump volvió a la cargada con una propuesta para
endurecer las medidas contra ciudadanos de origen musulmán y contra visitantes
o inmigrantes de esa confesión:
“Tenemos
que ponernos duros. Porque si no lo hacemos, nos seguirán atacando. Por eso, si
eligen a Hillary Clinton en noviembre próximo, tengan por seguro que tendremos
más ataques terroristas y más ciudadanos heridos o asesinados”, sentenció para
regresar así a su zona de confort como el candidato que ha hecho del miedo su
mejor aliado para avanzar en las encuestas y para presentarse a si mismo como
el líder providencial que salvará a Estados Unidos de la
inmigración ilegal y la amenaza terrorista.
Ante
este nuevo lance de Donald Trump, la mayoría de los analistas se preguntan si,
acaso, la amenaza latente del terrorismo permitirá al candidato republicano
cubrir sus muchas carencias como estadista para enfrentar y vencer a la
poderosa maquinaria de Hillary Clinton.
O, en caso contrario, sucumbir en las
urnas ante ese electorado que le sigue considerando una opción mucho peor que la
peste y la amenaza terrorista.

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