Donald Trump durante un acto de campaña en la localidad de Akron, Ohio. Foto/AP
Fue
Quinto Tulio Cicerón, asesor político de su hermano Marco Tulio Cicerón, el
primero en sugerir —en su “manual para ganar unas elecciones” que escribió
hacia el año 63 A.C—, que si uno aspira a ganar una contienda electoral
necesita, antes que nada, construir una amplia base social:
“Incluso,
esa gente con la que a nadie le gustaría asociarse en la vida normal, deberá
convertirse en tu mejor amigo durante una campaña electoral. Limitarte a una
estrecha base de respaldo, sólo garantizará tu fracaso”.
Aunque
el manual de Quinto tiene más de dos mil años de haber sido escrito, resulta
fascinante comprobar que, tratándose de política y de la naturaleza humana, a
medida que muchas cosas cambian con el tiempo, ciertas cosas siguen funcionando
de la misma manera.
Si
el candidato republicano, Donald Trump, se hubiera tomado la molestia de leer a
Quinto Tulio Cicerón, se habría dado cuenta de lo que ya Barack Obama había
sido capaz de entender en 2008, cuando logró descabalgar a Hillary Clinton de
una candidatura presidencial que se consideraba inevitable.
Barack
Obama, y su equipo de campaña, entendieron que para ganar unas elecciones
(particularmente en un país forjado sobre los hombros de inmigrantes) era
indispensable contar con el respaldo de las minorías.
Fue
así como Barack Obama conquistó la presidencia de EU en 2008. Su arribo a la
Casa Blanca fue posible gracias a la más formidable coalición de electores que
sumó el 43% del voto del hombre blanco; el 53% de las mujeres; el 67% de los
hispanos y el 95% de los afroestadounidenses.
Una
proeza que Hillary Clinton confía en repetir en noviembre próximo.
El
pasado mes de febrero, Pew Research dio a conocer uno de los estudios más
interesantes para cualquier candidato o estratega interesado en ganar unas
elecciones presidenciales.
“Este
año, el electorado de EU será el más diverso en términos raciales y étnicos.
Casi uno de cada tres votantes (31%) será hispano, negro, asiático o de otra
minoría. Gran parte de este cambio se debe a un fuerte crecimiento entre los
votantes hispanos elegibles, en particular los jóvenes nacidos en Estados
Unidos”, concluyó el estudio de Pew.
A
pesar de estos indicadores, confirmando un formidable cambio de paisaje
demográfico, el magnate del sector inmobiliario, Donald Trump, decidió
contender por la presidencia de EU apelando al voto y el apoyo de la minoría
más extremista en el seno del partido republicano; un puñado de electores
blancos, poco educados, racistas y temerosos ante el avance de esas minorías
que, según las proyecciones, se convertirán en mayoría hacia el 2040.
Sus
insultos contra los mexicanos, a quienes presentó como criminales, violadores y
traficantes de drogas; sus promesas para crear una fuerza de deportación masiva
para expulsar a más de 11 millones de personas; sus ataques contra las mujeres,
contra los discapacitados o su campaña de demonización contra la comunidad
musulmana, le permitieron alzarse con una inapelable victoria sobre sus 16
contendientes en las primarias del partido republicano.
Hoy,
cuando se trata de ganar unas elecciones presidenciales y cuando todas las
encuestas favorecen a Hillary Clinton por un margen de entre 6 y 12 puntos
porcentuales —mientras las proyecciones de futuro de medios como The New York
Times le conceden un margen de victoria de nueve contra uno frente a Trump—, el
candidato republicano ha dado las primeras muestras de querer meter reversa
para “suavizar” sus propuestas y tratar de ampliar su base de apoyo.
Particularmente
en el sensible terreno de la inmigración indocumentada, un tema que preocupa y
mucho a la comunidad hispana que representa a un tercio del electorado.
“Supongo
que Kellyane Conway, (su directora de campaña), que es una reconocida experta
en encuestas, le ha dicho a Trump que si quiere ganar las elecciones necesita
ampliar su base, particularmente entre los hispanos”, aseguró Bob Cusack,
director del periódico The Hill a la cadena CNN para tratar de entender el
súbito cambio de un candidato republicano ante un tema tan polémico y divisivo
como el de la inmigración indocumentada.
Cuando
Barack Obama luchó en vano para convencer a los republicanos, sobre la
necesidad de impulsar una reforma migratoria que permitiera salir de las
sombras a millones de indocumentados, les advirtió sobre el riesgo de deslizar
a su partido hacia posiciones tan extremas:
“El
problema de deslizarse hacia una posición tan extrema, es que luego resulta más
difícil retornar hacia el centro para dialogar”, les advirtió Obama.
Ese
viaje hacia el extremo es, precisamente, lo que hoy ha metido en serios
aprietos a Donald Trump.
Cuando
sólo faltan poco más de dos meses para las elecciones generales, el candidato
republicano ya no cuenta con el tiempo, ni con el margen de maniobra
suficientes para meter reversa y “suavizar” sus propuestas.
Después
de escuchar sus amenazas de llevarlos al infierno, es muy difícil que hoy las
minorías de EU le crean a Trump su promesa de llevarlos al cielo.

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