J. Jaime Hernández
Hace exactamente seis años, el entonces aspirante a la presidencia de
México, Enrique Peña Nieto, traspasaba los umbrales de la Universidad de
Georgetown, en la ciudad de Washington.
Acompañado de su esposa Angélica Rivera y de un séquito de
colaboradores, a los que se sumó de forma entusiasta el congresista demócrata
por Texas, Henry Cuéllar, el ex gobernador del Estado de México compareció ante
un grupo de estudiantes (entre ellos muchos mexicanos) para tratar de
convencerlos sobre la supuesta regeneración del PRI:
"Cuando alguien señala al PRI por haber hecho esto, o lo otro. Yo a
mis 45 años simplemente les puedo decir que no me tocó vivirlo. Me lo
explicaron y lo conocí por la historia, eso sí. Pero verlo y vivirlo no.
“A mi me tocaron los tiempos de competencia. De prepararse para ser
competitivos en un entorno más democrático", aseguró Peña Nieto al
presentarse a sí mismo como el exponente de una nueva generación de priistas
que nada tenían que ver con las viejas prácticas de los Dinosaurios.
A pesar del esfuerzo de Peña Nieto, la imaginaria estampa del dinosaurio
priista permaneció ahí como convidado de piedra. Emboscado entre los muros
tapizados de libros en la biblioteca Riggs, una de las más antiguas en Estados
Unidos.
La incredulidad de los estudiantes y de algunos analistas que se
encontraban presentes en ese acto dejó entrever el déficit de credibilidad que
ya desde entonces acompañaba al precandidato presidencial de México.
Un déficit que, hoy sabemos, nunca le abandonó.
Seis años más tarde, tras el destape de José Antonio Meade, hoy queda
claro que el viejo dinosaurio priista nunca se fue, ni tampoco se regeneró. El
ritual del dedazo presidencial, producto de un sistema anti democrático y nada
competitivo, demostró la verdadera naturaleza de un partido político que hoy va
a contracorriente de la Historia y de las aspiraciones democráticas de millones
de mexicanos.
Hoy, a seis años de ese acto realizado en la Universidad de Georgetown,
en el que Peña Nieto inició su exitosa contienda por la presidencia, es
importante recordar el contexto.
En ese momento, el hartazgo de la sociedad mexicana con la encarnizada
guerra de Felipe Calderón y el fallido proceso de transición del panista,
Vicente Fox, habían abonado el terreno en favor del retorno del PRI.
Un retorno que, por cierto, no veían con malos ojos desde el
Departamento de Estado. A tal grado de que, el entonces subsecretario de Estado
adjunto para el Hemisferio, Arturo Valenzuela, decidió que ya era hora de
aceptar el regreso del PRI a la presidencia.
Precisamente, en un encuentro donde estuvo presente este reportero, Valenzuela
decidió romper una lanza a favor del PRI renovado. Un PRI que, aseguró, ya nada
tenía que ver con los Dinosaurios.
“Yo no concuerdo con la idea de que ahí hay un partido de Dinosaurios”,
nos dijo Valenzuela a un par de periodistas mexicanos que conversábamos con él.
“Yo francamente veo renovación en el PRI. Veo sectores nuevos. Veo gente
nueva. Se ha hecho un enorme esfuerzo por tratar de modernizar al partido”,
concluyó.
Hoy, es evidente que Arturo Valenzuela se equivocó. Y en muchos
sentidos, se dejó llevar por una percepción obtusa de la realidad Mexicana que
prefirió apostar por la opción binaria del PAN/PRI, y dejar fuera de esa
ecuación al entonces candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, por temor
a un salto a lo desconocido.
Con la convicción de que las viejas prácticas del PRI habían quedado en
el pasado, muchos desde Estados Unidos decidieron así darle el beneficio de la
duda a Enrique Peña Nieto.
Un candidato que prometió hacer crecer al país a un ritmo del 7% y crear
un sistema universal de pensiones.
Un aspirante presidencial que llegó con la promesa de unas reformas
estructurales que hoy dejan mucho que desear y un escandaloso lastre de casos
de corrupción que pesarán mucho en el ánimo de los electores en las
presidenciales de 2018.
Pero en 2012, eran muchos los que querían creer en Peña Nieto. Millones
querían despertar de la pesadilla de violencia e ingobernabilidad que llegó con
Felipe Calderón y que, seis años más tarde, ha resultado ser peor con una
espiral de violencia y casos de corrupción que han pasado una amarga factura a
millones.
Por ello mismo, no parece claro que las condiciones del PRI para retener
la silla presidencial en 2018 sean las más prometedoras. Sobre todo con un
candidato como José Antonio Meade, que ayer no parecía sentirse muy a gusto en
su propia piel. Rodeado de esa vieja guardia de dinosaurios que lo han elegido
como su candidato y que, en lugar de impulsarlo, podrían arrastrarlo hacia el
despeñadero.
Siguiendo con esta misma línea argumental, podría decirse que tras la
desastrosa alternancia PRI/PAN/PRI, que arrojó al paso de los caballos un
histórico proceso de transición y fue incapaz de dejar atrás la encarnizada violencia
de los carteles.
O de romper con el círculo vicioso del enriquecimiento ilícito y la
corrupción, parecería que ha llegado el momento para un candidato fuera de esta
opción binaria que nos ha llevado al caos, a la impunidad y a la violencia que
ha dejado tras de sí un rastro de fosas comunes por todo el país.
Pero incluso esta opción tendría muchos obstáculos por superar. Porque
todo dependerá de la capacidad de ese candidato para ilusionar a la gente. Para
sumar alianzas y administrar el capital político que ha surgido del hartazgo
ciudadano y de las ganas de echar al PRI del poder.
En cualquier caso, y ante una de las elecciones que serán las más
reñidas, las más sucias e inciertas en la historia reciente de México, quienes
estén a favor de un cambio habrán que tener muy en cuenta lo que ya ha
demostrado el presidente Enrique Peña Nieto y los viejos cuadros del PRI: que
el Dinosaurio no solo sigue vivo y coleando, sino que seguirá haciendo caso de
su viejo instinto para perpetuarse en el poder.
Y, desde Estados Unidos, harían bien en tomar nota de que el Dinosaurio
que creían muerto, solo andaba de parranda.

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