J. Jaime Hernández
Con
puntualidad minuciosa ha llegado de nueva cuenta el día en que Estados Unidos
se celebra el Thanksgiving o Día de Acción de Gracias.
Un
ritual que, entre muchos miembros de nuestra comunidad inmigrante, se traduce
como el día de “Sanguivin”. Una forma caprichosa de traducir la expresión del
"Thanksgiving".
Hace
no mucho, el congresista demócrata por Nueva York, José Serrano, me explicaba
el origen de esta expresión:
“Desde
los 50 en los barrios portorriqueños del Bronx los hispanos no podían pronunciar
bien Thanks Giving. Y, por eso, poco a poco se fue quedando la expresión
popular del Sanguivin que se extendió por todos los barrios hispanos de Nueva
York y otras partes de EU” entre esa minoría hispana que, con el tiempo,
decidió hacerla suya.
Desde
que el presidente George Washington declaró como fecha nacional el Día de
Acción de Gracias en 1789, el objetivo primordial de este ritual ha sido rendir
homenaje y agradecer a quienes fueron los primeros habitantes del Continente
Americano.
A
esas tribus nativas que –muy en contra de lo que ocurre hoy--, fueron capaces
de aceptar y socorrer a quienes huían de la ley, de la pobreza o la persecución
política y religiosa en países como Inglaterra, para ayudarlos a enfrentar la
hambruna o rescatarles de males y enfermedades en medio de uno de los inviernos
más crudos.
Gracias
a estos nativos, por ejemplo, los colonos del Mayflower, unos separatistas
religiosos que habían huido de una guerra de facciones al interior de la
Iglesia protestante en Holanda e Inglaterra, fueron capaces de sobrevivir e
iniciar una nueva vida en el “nuevo mundo”.
De
aprender nuevas técnicas para cultivar el maíz, para pescar en los ríos y
forjar alianzas con algunas tribus locales como los Wampanoag para no ser
aplastados.
Irónicamente,
la buena disposición de los nativos para recibir a esa oleada de inmigrantes
que llegaron desde distintos puntos del llamado viejo mundo, permitió inaugurar
la que sería una de las más trascendentes y sanquinarias etapas de conquista
del nuevo mundo para así escribir el primer capítulo de un genocidio que con el
tiempo sería sepultado en los libros de historia de los vencedores.
Un
genocidio en clave de limpieza étnica que algunos como Donald Trump se han
empeñado en resucitar cuatro siglos más tarde, para tratar de evitar un cambio
de paisaje demográfico que ha llegado para quedarse en Estados Unidos.
Hoy,
a diferencia de hace 400 años, millones de inmigrantes se sentarán a la mesa no
para agradecer, sino para rezar para no ser arrestados y deportados.
Para
que sus hijos indocumentados (los Dreamers) no sean arrancados del único país
que han conocido desde que llegaron en brazos de sus padres.
En
esta jornada plena de sentimientos encontrados, la comunidad inmigrante sólo
podrá agradecer el hecho de conocer a su verdadero enemigo: Donald Trump y
quienes se han propuesto emprender un proceso de limpieza étnica disfrazado de campaña
“para garantizar la seguridad nacional”.
Para
garantizar la supremacía de la raza blanca.
En
este sentido, entre los invitados a la mesa de Donald Trump, no estarán los
miembros de la comunidad inmigrante. Como, por ejemplo, Felipe Abonza López, un
Dreamer de 20 años y con una prótesis en su pierna izquierda, que no podrá
celebrar el “Día de Acción de Gracias” con su familia.
En
lugar de ello, pensará en sus seres queridos mientras permanece arrestado en
una cárcel de Texas donde procurará mantener viva la esperanza de no ser
deportado hacia México, un país que lo vió nacer pero que hoy se ha convertido
en un recuerdo ajeno y lejano.
Hoy,
millones de familias migrantes se sentarán a la mesa haciendo un recuento de lo
mucho que han luchado y sufrido lejos de sus seres queridos en países como
México o América Latina.
Algunos
de ellos, podrán dar gracias por tener un empleo, por haber conseguido la
“green card” (residencia) o la ciudadanía. Por haber escapado a su condición de
“ilegal” y obtenido un trabajo digno y bien remunerado.
Otros,
sin embargo, pasarán un Día de Acción de Gracias amargo, sin muchas razones
para agradecer. Presos del miedo a ser arrestados y separados de sus familias.
Como
los más de 600 mil Dreamers que no saben que será de ellos a partir del próximo
5 de marzo, cuando se cancele definitivamente el programa de acción diferida
(DACA) que los protegió de los racistas y los supremacistas durante la
presidencia de Barack Obama.
Hoy,
mientras unos disfrutan el desfile de las tiendas Macy´s en Nueva York y se
entregan en ese frenesí consumista del “black friday”, otros intentarán olvidar
sus infortunios y disfrazar con las rebajas esa abismal distancia entre ricos y
pobres.
Todos
ellos, se fundirán en ese espacio efímero que llega con el Thanksgiving, donde
el espejismo de la igualdad suele llegar en forma de rebajas salvajes mientras
redime el agravio de la injusticia social.
En
este sentido, el llamado “black friday” que llega como postre del Thanksgiving,
se ha convertido en un poderoso recurso del capitalismo salvaje para mantener a
raya el resentimiento de clase de aquellos que, por unas horas, tienen la
oportunidad de pasar por ricos mientras se arrebatan la pantalla de más de 50
pulgadas o esa chaqueta que disfrazar durante toda una temporada la triste
asimetría entre riqueza y pobreza.
En
este sentido, el día del Thanksgiving o del “Sanguivin”, tiene la misma virtud
de una tregua. Porque, al menos por un momento, permite que todos los invitados
a la mesa dejen a un lado sus muchas afrentas y desigualdades, mientras se dejan
llevar por un momento de “hermandad igualitaria”.
Pero,
al día siguiente, la pesadilla de la persecución, del odio por cuestiones de
raza o piel que ha cobrado nuevos bríos bajo Donald Trump, tocará de nuevo a
sus puertas.
La
amenaza de la segregación económica y racial volverá con todas sus fuerzas para
poner en entredicho el sentido mismo del Día de Acción de Gracias en Estados
Unidos.

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