jueves, 23 de noviembre de 2017

Amargo "Sanguivin"




J. Jaime Hernández


Con puntualidad minuciosa ha llegado de nueva cuenta el día en que Estados Unidos se celebra el Thanksgiving o Día de Acción de Gracias.

Un ritual que, entre muchos miembros de nuestra comunidad inmigrante, se traduce como el día de “Sanguivin”. Una forma caprichosa de traducir la expresión del "Thanksgiving". 

Hace no mucho, el congresista demócrata por Nueva York, José Serrano, me explicaba el origen de esta expresión:

“Desde los 50 en los barrios portorriqueños del Bronx los hispanos no podían pronunciar bien Thanks Giving. Y, por eso, poco a poco se fue quedando la expresión popular del Sanguivin que se extendió por todos los barrios hispanos de Nueva York y otras partes de EU” entre esa minoría hispana que, con el tiempo, decidió hacerla suya.

Desde que el presidente George Washington declaró como fecha nacional el Día de Acción de Gracias en 1789, el objetivo primordial de este ritual ha sido rendir homenaje y agradecer a quienes fueron los primeros habitantes del Continente Americano.

A esas tribus nativas que –muy en contra de lo que ocurre hoy--, fueron capaces de aceptar y socorrer a quienes huían de la ley, de la pobreza o la persecución política y religiosa en países como Inglaterra, para ayudarlos a enfrentar la hambruna o rescatarles de males y enfermedades en medio de uno de los inviernos más crudos.

Gracias a estos nativos, por ejemplo, los colonos del Mayflower, unos separatistas religiosos que habían huido de una guerra de facciones al interior de la Iglesia protestante en Holanda e Inglaterra, fueron capaces de sobrevivir e iniciar una nueva vida en el “nuevo mundo”.

De aprender nuevas técnicas para cultivar el maíz, para pescar en los ríos y forjar alianzas con algunas tribus locales como los Wampanoag para no ser aplastados.

Irónicamente, la buena disposición de los nativos para recibir a esa oleada de inmigrantes que llegaron desde distintos puntos del llamado viejo mundo, permitió inaugurar la que sería una de las más trascendentes y sanquinarias etapas de conquista del nuevo mundo para así escribir el primer capítulo de un genocidio que con el tiempo sería sepultado en los libros de historia de los vencedores.

Un genocidio en clave de limpieza étnica que algunos como Donald Trump se han empeñado en resucitar cuatro siglos más tarde, para tratar de evitar un cambio de paisaje demográfico que ha llegado para quedarse en Estados Unidos.

Hoy, a diferencia de hace 400 años, millones de inmigrantes se sentarán a la mesa no para agradecer, sino para rezar para no ser arrestados y deportados.
Para que sus hijos indocumentados (los Dreamers) no sean arrancados del único país que han conocido desde que llegaron en brazos de sus padres.

En esta jornada plena de sentimientos encontrados, la comunidad inmigrante sólo podrá agradecer el hecho de conocer a su verdadero enemigo: Donald Trump y quienes se han propuesto emprender un proceso de limpieza étnica disfrazado de campaña “para garantizar la seguridad nacional”.

Para garantizar la supremacía de la raza blanca.

En este sentido, entre los invitados a la mesa de Donald Trump, no estarán los miembros de la comunidad inmigrante. Como, por ejemplo, Felipe Abonza López, un Dreamer de 20 años y con una prótesis en su pierna izquierda, que no podrá celebrar el “Día de Acción de Gracias” con su familia.

En lugar de ello, pensará en sus seres queridos mientras permanece arrestado en una cárcel de Texas donde procurará mantener viva la esperanza de no ser deportado hacia México, un país que lo vió nacer pero que hoy se ha convertido en un recuerdo ajeno y lejano.

Hoy, millones de familias migrantes se sentarán a la mesa haciendo un recuento de lo mucho que han luchado y sufrido lejos de sus seres queridos en países como México o América Latina.

Algunos de ellos, podrán dar gracias por tener un empleo, por haber conseguido la “green card” (residencia) o la ciudadanía. Por haber escapado a su condición de “ilegal” y obtenido un trabajo digno y bien remunerado.

Otros, sin embargo, pasarán un Día de Acción de Gracias amargo, sin muchas razones para agradecer. Presos del miedo a ser arrestados y separados de sus familias.

Como los más de 600 mil Dreamers que no saben que será de ellos a partir del próximo 5 de marzo, cuando se cancele definitivamente el programa de acción diferida (DACA) que los protegió de los racistas y los supremacistas durante la presidencia de Barack Obama.

Hoy, mientras unos disfrutan el desfile de las tiendas Macy´s en Nueva York y se entregan en ese frenesí consumista del “black friday”, otros intentarán olvidar sus infortunios y disfrazar con las rebajas esa abismal distancia entre ricos y pobres.

Todos ellos, se fundirán en ese espacio efímero que llega con el Thanksgiving, donde el espejismo de la igualdad suele llegar en forma de rebajas salvajes mientras redime el agravio de la injusticia social.

En este sentido, el llamado “black friday” que llega como postre del Thanksgiving, se ha convertido en un poderoso recurso del capitalismo salvaje para mantener a raya el resentimiento de clase de aquellos que, por unas horas, tienen la oportunidad de pasar por ricos mientras se arrebatan la pantalla de más de 50 pulgadas o esa chaqueta que disfrazar durante toda una temporada la triste asimetría entre riqueza y pobreza.

En este sentido, el día del Thanksgiving o del “Sanguivin”, tiene la misma virtud de una tregua. Porque, al menos por un momento, permite que todos los invitados a la mesa dejen a un lado sus muchas afrentas y desigualdades, mientras se dejan llevar por un momento de “hermandad igualitaria”.

Pero, al día siguiente, la pesadilla de la persecución, del odio por cuestiones de raza o piel que ha cobrado nuevos bríos bajo Donald Trump, tocará de nuevo a sus puertas.


La amenaza de la segregación económica y racial volverá con todas sus fuerzas para poner en entredicho el sentido mismo del Día de Acción de Gracias en Estados Unidos.

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