Tras
su reciente cena con el multimillonario mexicano, Carlos Slim, a quien invitó
para recibirlo en sus dominios de Mar-a-Largo, en Florida, el presidente electo
Donald Trump ha vuelto a exhibir su método preferido para limar asperezas o
para construir puentes y relaciones con gobiernos o entidades extranjeras: el
de la diplomacia corporativa.
Es
decir, el tipo de diplomacia que mantiene muy preocupados a los profesionales
de la diplomacia política estadounidense desde el Departamento de Estado.
Cuando
el pasado 14 de diciembre la Secretaria de Relaciones Exteriores de México,
Claudia Ruiz Massieu, realizó una gira de trabajo por Washington, para
entrevistarse con el líder de la mayoría republicana en la Cámara de
Representantes, Paul Ryan, y con la Consejera de Seguridad Nacional de la Casa
Blanca, Susan Rice, su misión se limitó a seguir los mismos pasos que otros
gobiernos ya habían seguido para tratar de entablar contacto con el gobierno entrante de Donald Trump.
Es
decir, practicar una especie de diplomacia “de proximidad” que sólo ha servido
de fachada a los verdaderos contactos que el gobierno del presidente Enrique
Peña Nieto ha mantenido desde antes de la victoria de Donald Trump, a través de
su yerno, Jared Kuchner y su hija Ivanka.
Unos
contactos que se han realizado al margen de los canales diplomáticos habituales
entre ambos países.
Consultados
por La Jornada, funcionarios de muy alto nivel de gobiernos europeos y de
Latinoamérica, han confirmado el elevado grado de dificultad que han enfrentado
para establecer puentes con el equipo de transición de Donald Trump.
“Nuestros
intentos a través del Departamento de Estado por establecer un contacto con la
gente e Trump no han llegado a ninguna parte”, aseguró un alto funcionario del
gobierno alemán que pidió permanecer en el anonimato.
“Nuestros
interlocutores sólo nos han confirmado que el equipo de transición de Trump por
el momento sólo esta interesado en la lista de los cargos políticos que serán
los primeros en reclamar para aliados y
amigos en distintas embajadas”, añadió esta fuente.
Precisamente,
la dificultad para acceder a Trump a través del Departamento de Estado ha
obligado a varios gobiernos extranjeros a echar mano de sus contactos a través
del mundo empresarial o de sus conocidos en el sector inmobiliario o de Wall
Street.
Así
lo hizo el ex Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, al entablar contacto con
el yerno de Trump para organizar la polémica visita del entonces candidato
republicano a México en agosto pasado, y así lo hizo también el primer ministro
de Japón, Shinzo Abe, quien logró entrevistarse con el presidente electo y su
hija Ivanka gracias a un poderoso intermediario del sector inmobiliario.
En
medio de un vendaval de críticas, por los encuentros y contactos realizados al
margen del Departamento de Estado, miembros del equipo de transición de Donald
Trump han asegurado que tras su juramentación como presidente el próximo 20 de
enero, el caprichoso magnate tendrá que ajustarse al protocolo que dicta Foggy
Botom.
Sin
embargo, tras la designación de Rex Tillerson, como su Secretario de Estado,
son muchas las dudas e inquietudes sobre el futuro de la diplomacia de Estados
Unidos. Famoso por haber desarrollado “su propia diplomacia” o una diplomacia
alterna y en muchos casos contraria a los intereses de Washington, Rex
Tillerson ha cultivado relaciones y amistades peligrosas o inconvenientes para
la Casa Blanca.
Como
por ejemplo, con el líder ruso, Vladimir Putin y con el poderoso presidente de
la compañía petrolera rusa Rosneft, Igor Sechin. Como presidente de Exxon
Mobil, Tillerson ha sido capaz de desarrollo una diplomacia corporativa que va
más allá de intereses geoestratégicos o militares para Estados Unidos y que
muchas veces se contrapone a los valores democráticos que pregona la Casa
Blanca.
“Nuestra
preocupación, desde el punto de vista de la Unión Europea, es que con Donald
Trump y Rex Tillerson la diplomacia prodigará el carácter corporativo y
sacrificará los valores tradicionales de nuestra alianza trasatlántica”,
comentó un alto funcionario del gobierno español.
A
la espera de que Trump asuma la presidencia, varios gobiernos de la Union
Europea y de Latinoamérica analizan la posibilidad de realizar cambios en sus
cancillerías. La necesidad de contar con profesionales de gran experiencia y,
sobre todo, con gran peso e influencia, marcan la nueva tendencia ante la
necesidad de lidiar con un Donald Trump impredecible y volátil.
En
este sentido, algunos observadores ya apuestan por un recambio en la Secretaría
de Relaciones Exteriores de México:
“Sería
lo más lógico. Y no nos extrañaría que el presidente Peña Nieto designe a un
nuevo canciller para sustituir a Ruiz Massieu. La designación de Luis Videgaray
como nuevo Secretario de relaciones Exteriores sería la opción más lógica en el
caso de México”, comentó un diplomático latinoamericano que pidió el anonimato.
La designación de Videgaray sería, en sete
sentido, el paso más lógico ante el inicio de la era Trump y la práctica de una
diplomacia corporativa que ya causa escozor entre funcionarios del Departamento
de Estado y que podría caracterizarse, bajo la dirección de Rex Tillerson, por
el desarrollo de una “política exterior a la medida” de poderosos grupos
industriales o de corporaciones como Exxon Mobil.

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