miércoles, 9 de noviembre de 2016

El dolor y agobio del día después

                                                                                                          Foto/AP


Muchos son los que hoy han amanecido sin creer todavía lo que ha sucedido.

Desde Estados Unidos, la victoria de Donald Trump ha sido un golpe difícil de asimilar para quienes, durante año y medio, hemos advertido sobre el riesgo que representaba para la seguridad y la economía del mundo entero.

Desde distintas capitales en el mundo, la noticia ponía en estado de alerta a muchos. Desde la Ciudad de México, hasta Berlín, Tokio y Moscú, los gabinetes de gobierno mantenían reuniones de urgencia para analizar los resultados.

Desde la redacción en la Ciudad de México y nuestra corresponsalía en Estados Unidos, el inesperado fluir de los conteos estado por estado nos obligaba a dar una voltereta en medio de la cobertura en directo.

Y es que, aunque los periodistas estamos acostumbrados a las sorpresas y a los vuelcos, lo que nunca imaginamos es que los resultados avanzaran a contracorriente de la Historia y del legendario espíritu democrático de millones de ciudadanos en Estados Unidos.

En este sentido ofrecemos un Mea Culpa. Fuimos incapaces de barruntar esta irregularidad en la línea del tiempo. Y fracasamos a la hora de prevenir el caprichoso zigzagueo de esa flecha de la Historia que siempre avanza hacia adelante, pero también dando tumbos.

Pero la sola idea de que la mayoría de los electores habían apostado por el hombre que, apenas el año pasado, aseguró que, aunque disparara a la gente circulando por la popular 5a Avenida de Nueva York, no perdería votos, ni simpatizantes, resultaba repugnante.

Que hace no mucho prometió expulsar a millones de indocumentados que han vivido como ciudadanos de segunda clase, mientras contribuyen al progreso. O que ha prometido vetar el ingreso de ciudadanos de origen musulmán, o crear patrullas para vigilar a los miembros de esta comunidad, iba más allá de lo moral y éticamente aceptable.

Pero, en este oficio, los hechos son los que mandan, independientemente de lo que nuestra razón y el corazón, opinen al respecto.

Una vez apurado el trago amargo, la pregunta que se hacen hoy millones y que deberá concentrar nuestra atención, es:

¿Qué impacto tendrá la victoria de Donald Trump, presidente electo de Estados Unidos?

Por el momento, los hechos más que los pronunciamientos avanzan como negros presagios.

Las protestas de madrugada en estados como California, Pennsylvania, Oregón y Washington  han dejado entrever la rabia de millones contra un presidente electo que ha sido capaz de ganar en las urnas agitando los demonios del racismo y la xenofobia en Estados Unidos.

“Ese no es mi presidente”, han gritado miles de jóvenes en una jornada de frustración y rabia, Un sentimiento que seguirá dando coletazos, para dejar entrever la profunda crisis de representatividad en “la democracia más avanzada del planeta”.

Hoy, el dedo acusador de millones de electores, apuntaba contra las encuestadoras, los expertos, los analistas políticos y los medios de comunicación que fracasamos a la hora de entender en su totalidad el fenómeno Trump.

Desde algunos medios, algunos proclamaban la muerte del “excepcionalismo” americano.

Otros hablaban abiertamente de esa “guerra civil cultural” que ha dividido en dos a la nación: entre aquellos que habían creído ganar la mente y el corazón de los electores prometiendo una prórroga de la esperanza que llevó a la presidencia a Barack Obama.

Y esos otros que, al final, se impusieron apelando a la nostalgia de ese elector blanco, poco educado y conservador. Uno que votó con la urgencia de ese náufrago que contempla el hundimiento de su reinado ante el avance de esos rostros morenos en sus barrios, sus escuelas, sus Iglesias y sus centros de trabajo.

En medio de este río revuelto, y entre sentimientos encontrados y sensaciones de asqueo y descreimiento, el presidente Barack Obama parecía el único capaz de simular su disgusto y  comportarse civilizadamente.

A primera hora del miércoles, Obama prometía trabajar con el equipo de transición del presidente electo, Donald Trump, para garantizar una pacífica transición del poder el próximo mes de enero.

“Les recuerdo que en 2008 el presidente, George W Bush, con el que tuvimos muchas diferencias, se mostró gentil y diligente en el proceso de transición de mi presidencia”, dijo Obama al ofrecer el mismo trato a Donald Trump, el hombre por el que nunca ha ocultado su abierto rechazo.

En el día después de este proceso que ha dejado en shock a EU y a todo el mundo —con la excepción de Vladimir Putin quién fue el primero en felicitar a Trump—, muchas son las preguntas que sólo el tiempo se encargará de contestar.

¿Cumplirá sus amenazas de construir un Muro en la frontera con México?. ¿Dará la espalda a los Tratados de Libre Comercio que ha firmado con los principales socios y aliados de EU?. ¿Deportará a más de 11 millones de indocumentados?.

¿Dará marcha atrás a los históricos acuerdos con Cuba e Irán?.¿Encarcelará a Hillary Clinton como prometió?. ¿Derogará la primera enmienda de la Constitución que consagra la libertad de expresión y meterá en cintura a los medios que le presentaron como la peor amenaza para la seguridad nacional?

Sospechamos que muchas de sus amenazas y promesas a ese hombre blanco y poco educado que lo ha aupado a la Casa Blanca, se quedarán en papel mojado. Pero, insistimos, sólo el tiempo será capaz de responder a estas dudas.


Una cosa es segura. Estados Unidos escribe desde hoy un nuevo capítulo en su historia. Uno que hace soñar a unos y que provoca pesadillas a otros.

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