J. JAIME HERNÁNDEZ
Tratándose
de deportados, la expulsión de mexicanos desde Estados Unidos ha sido un
fenómeno multigeneracional. Un historial condenado al silencio político o al
soslayo de gobernantes durante casi un siglo y en una herida que sigue sin
cerrar en las relaciones de ambos países.
Desde
tiempos inmemorables, los mexicanos han sido los eternos chivos expiatorios del
racismo que anida en el corazón de aquellos supremacistas empeñados en el
reclamo del poder y sus privilegios para la raza blanca.
Por ello,
en la mayoría de los casos, las deportaciones se han convertido en una suerte
de purga cíclica de raza. En un fenómeno caracterizado por su profunda
discriminación, por su trágico componente de desentrañamiento familiar y por su
infame agravio comparativo frente a minorías que han nutrido durante casi tres
siglos ese crisol de razas y culturas que hoy es Estados Unidos.
Ahora que
el régimen de Donald Trump prepara una nueva campaña de deportaciones express,
vale la pena evocar las marejadas de deportados que se han mantenido como una
constante en ese viejo empeño por revertir el cambio de paisaje demográfico.
Algo que,
por cierto, difícilmente tendrá marcha atrás.
Según el
último censo en Estados Unidos (2010), el crecimiento de la población total en
Estados Unidos se vio impulsada por el aumento de las minorías étnicas. En
términos absolutos, las minorías contribuyeron en un 91.7% del crecimiento de
la población en el período 2000-2010, mientras la población blanca sólo
representa el 8.3%.
De este
gran total, la minoría hispana fue responsable por el 56% del crecimiento en la
población.
En este
contexto de recomposición demográfica, la minoría blanca se ha visto espoleada
por el mensaje de aquellos que siguen predicando el mensaje de la “superioridad
racial” para defender cotos de poder y privilegios.
Pero esta
lucha no es nueva. Viene de mucho tiempo atrás.
Hacia
mediados del año 2004, conocí en la ciudad de Santa Ana, California, a Doña
Trinidad Rubio. Me la encontré en una manifestación contra las redadas express
que ya desde entonces azotaban a la comunidad migrante:
“Mi madre
me contó que yo sólo tenía dos años cuando la policía nos metió a todos en un
tren como si fuéramos ganado. Me acuerdo que mi madre iba mal herida y
sangrando de la cabeza porque la policía nos persiguió.
“Durante
la persecución mi padre iba manejando la troca y de repente dio un vuelco.
Todos salimos volando. Mi madre, por protegerme, sacó la peor parte. Un brazo
se le rompió y recibió un golpe en la cabeza. Sólo le dieron ayuda de
emergencia y le cosieron con un hilo y aguja la herida que tenía en el brazo.
“Después
nos subieron al tren y nos expulsaron a México. Y de nada sirvió que mis padres
les explicaran que todos nosotros éramos ciudadanos de Estados Unidos. La
policía no nos quiso escuchar. Tenían sus órdenes, nos decían.
“Así fue
como nos expulsaron y nos enviaron a un rancho en Chihuahua, donde pasaríamos
10 años olvidados y en medio de la más absoluta miseria antes de regresar a
Estados Unidos”.
Con más de
90 años, Doña Trinidad sigue esperando que el gobierno de Estados Unidos le
pida perdón a ella y a todos ellos que, a pesar de ser ciudadanos de Estados
Unidos, se les expulsó de sus hogares entre 1929 y 1930 para aplacar el
sentimiento de odio de la mayoría blanca hacia las minorías (principalmente la
mexicana) en plena recesión económica.
Para
tratar de aplacar ese odio y resentimiento hacia la minoría hispana, el
presidente Herbert Hoover ordenó la deportación de más de un millón de personas
de origen mexicano.
Más del
70% de esos deportados, según han
señalado varios historiadores, eran ciudadanos de Estados Unidos.
Pero antes
de ser expulsada de Estados Unidos, la familia de Trinidad Rubio había visto
obligada a exiliarse de México para pagar así muy cara su lealtad a las fuerzas
de Pancho Villa que huyeron hacia el norte empujadas por los ejércitos de
Venustiano Carranza.
Tras un
difícil peregrinar por Arizona y California (donde nacieron los cinco hijos de
la familia Rubio), los padres de doña Trinidad consiguieron asentarse en este
último Estado donde el cabeza de familia consiguió un empleo estable en un
aserradero.
Sin
embargo, la tranquilidad duraría poco ya que, a partir de 1929, la recesión
desató una cacería y una expulsión sin precedentes de migrantes de origen
mexicano para desplazarlos con trabajadores de raza blanca.
En 1954,
en una nueva fase de deportaciones ordenadas por el presidente Dwight
Eisenhower —bautizada bajo el infame nombre de WetBack o “espalda mojada”—,
casi 1.3 millones de migrantes de origen mexicano fueron expulsados de Estados
Unidos.
Y, más
recientemente, bajo la presidencia de Barack Obama, el Departamento de
Seguridad Interna (DHS) rompió el récord de las deportaciones recientes con más
de 2 millones de expulsados.
Hacer
recuento de estas campañas de redadas y deportaciones es un ejercicio que habla
del cinismo y el oportunismo político que ha caracterizado a los sucesivos
gobiernos de Estados Unidos pero, también, de la insufrible obsecuencia que ha
mantenido como una constante el gobierno de México.
Es hacer,
en suma, recuento de la tragedia que siempre acecha a los mismos de siempre. A
los eternos vencidos. A los migrantes deportados que siguen siendo la carnaza
preferida de los racistas y los miserables.

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