jueves, 8 de agosto de 2019

Terrorismo MADE IN USA




J. Jaime Hernández
Estados Unidos se ha embarcado en una guerra contra el terrorismo en todo el mundo cuando, en realidad, esa batalla la tendría que haber iniciado desde hace tiempo en su propia casa.
Estados Unidos es el único país que, de forma caprichosa, ha sistematizado la designación de terrorista a todo aquel que no tenga la piel blanca. Y, a esos terroristas domésticos de piel blanca, les ofrece el tratamiento de delincuentes del fuero común con penas carcelarias mas indulgentes.
Estados Unidos es el único país en el mundo que se ha convertido en rehén de las grandes corporaciones armamentistas que incendian en planeta en lugares como Yemen, Siria, Irak o Afganistán mientras atizan una crisis de refugiados y desplazados sin precedentes.
Y, también, es el único país con partidos políticos que se han convertido en "empresas subsidiarias” de poderosos intereses creados. Como la Asociación Nacional del Rifle (NRA), una organización con casi 150 años de historia y más de 5 millones de afiliados.
Estados Unidos es el único país con un jefe de Estado donde, un sector de su mayoría blanca, sigue comulgando con las ideas de los Supremacistas Blancos, a pesar de todos sus intentos por simularlas y a pesar de una larga lista de mártires, como Martin Luther King o Rosa Parks.
Estados Unidos es el único país del mundo donde un candidato a la presidencia como Donald Trump ha sido capaz de decir que, si disparara a una persona en la quinta avenida de Nueva York, aún así seguiría teniendo millones de seguidores.
Estados Unidos es una de las pocas naciones en el mundo que, a pesar de ser producto de la inmigración y de presumir de su condición democrática, plural, multirracial y multiconfesional, se ha convertido en un gueto inmenso  donde la segregación económica y la lucha por la supremacía racial los ha envenenado y dividido.
Pero no por la infame desigualdad económica, sino por el viejo debate migratorio. Ese virus que solivianta a los viejos demonios del racismo emboscado y la venalidad de una clase política acostumbrada a sacar partido del odio de clase, raza y confesión religiosa.
A utilizar la inmigración indocumentada como el mejor combustible para atizar el odio y energizar, en su favor, a las bases extremistas para ganar una elección linchando (metafórica y literalmente) a la comunidad migrante de piel morena.
Precisamente, el discurso de odio de Donald Trump contra esas minorías se ha convertido, en no pocas ocasiones, en un arma letal para millones de ciudadanos en Estados Unidos. En un látigo de discriminación y ataques raciales desembozados contra todo aquel que se atreva a hablar en un idioma distinto al inglés, a vestir ropajes de su propia tradición y cultura, o a rezar a un Dios distinto.
La vieja ideología de los supremacistas blancos ha recuperado su legitimidad gracias, en buena medida, a personajes como Trump que llegado al extremo de asegurar que, entre las filas de los supremacistas blancos, “hay buenas personas”.
En buena medida, la tragedia de El Paso ha sido inducida por el odio racial de Donald Trump que, en múltiples ocasiones, se refirió a la crisis migratoria en la frontera como “una invasión” de “criminales, violadores, traficantes y animales”.
Y, si alguien duda, que sólo lea el manifiesto de Patrick Crusius, el multihomicida de 21 años que confesó haber actuado para poner fin a la “invasión” de hispanos y “mezcladores de raza” en El Paso.
A pesar de estas tragedias, como las que han ocurrido en las últimas horas en El Paso, Texas o en Daytona, Ohio, la lucha contra el terrorismo doméstico vinculado a los supremacistas blancos, se ha beneficiado del poco entusiasmo que ha mostrado el FBI durante la administración de Donald Trump para denunciarlo y desmantelarlo.
Apenas la semana pasada, el director del FBI,  Christopher Wray, se enfrentó a la feroz crítica de senadores demócratas que le acusaron de soslayar el creciente activismo de organizaciones supremacistas:
“Muchos nos preguntamos por qué razón el término supremacista blanco, o nacionalista blanco, no está incluido en su declaración cuando se habla de amenazas a Estados Unidos”, le reclamó el senador Richard Durbin, demócrata por Illinois.
Lo que parecería una flagrante omisión en la lucha contra los enemigos de la seguridad nacional, se ha convertido irónicamente en la más palmaria evidencia de que la amenaza terrorista de los supremacistas blancos se ha convertido en un producto de la era Trump.
En una enfermedad que ha infectado a cientos de miles, mientras millones se llevan las manos a la cabeza y o temen por su vida mientras la epidemia en forma de terrorismo MADE IN USA se extiende por el país.


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