J. Jaime Hernández
Estados
Unidos se ha embarcado en una guerra contra el terrorismo en todo el mundo
cuando, en realidad, esa batalla la tendría que haber iniciado desde hace
tiempo en su propia casa.
Estados
Unidos es el único país que, de forma caprichosa, ha sistematizado la
designación de terrorista a todo aquel que no tenga la piel blanca. Y, a esos
terroristas domésticos de piel blanca, les ofrece el tratamiento de
delincuentes del fuero común con penas carcelarias mas indulgentes.
Estados
Unidos es el único país en el mundo que se ha convertido en rehén de las
grandes corporaciones armamentistas que incendian en planeta en lugares como
Yemen, Siria, Irak o Afganistán mientras atizan una crisis de refugiados y
desplazados sin precedentes.
Y,
también, es el único país con partidos políticos que se han convertido en
"empresas subsidiarias” de poderosos intereses creados. Como la Asociación
Nacional del Rifle (NRA), una organización con casi 150 años de historia y más
de 5 millones de afiliados.
Estados
Unidos es el único país con un jefe de Estado donde, un sector de su mayoría
blanca, sigue comulgando con las ideas de los Supremacistas Blancos, a pesar de
todos sus intentos por simularlas y a pesar de una larga lista de mártires,
como Martin Luther King o Rosa Parks.
Estados
Unidos es el único país del mundo donde un candidato a la presidencia como
Donald Trump ha sido capaz de decir que, si disparara a una persona en la
quinta avenida de Nueva York, aún así seguiría teniendo millones de seguidores.
Estados
Unidos es una de las pocas naciones en el mundo que, a pesar de ser producto de
la inmigración y de presumir de su condición democrática, plural, multirracial
y multiconfesional, se ha convertido en un gueto inmenso donde la segregación económica y la lucha por
la supremacía racial los ha envenenado y dividido.
Pero
no por la infame desigualdad económica, sino por el viejo debate migratorio.
Ese virus que solivianta a los viejos demonios del racismo emboscado y la
venalidad de una clase política acostumbrada a sacar partido
del odio de clase, raza y confesión religiosa.
A
utilizar la inmigración indocumentada como el mejor combustible para atizar el
odio y energizar, en su favor, a las bases extremistas para ganar una elección
linchando (metafórica y literalmente) a la comunidad migrante de piel morena.
Precisamente,
el discurso de odio de Donald Trump contra esas minorías se ha convertido, en
no pocas ocasiones, en un arma letal para millones de ciudadanos en Estados
Unidos. En un látigo de discriminación y ataques raciales desembozados contra
todo aquel que se atreva a hablar en un idioma distinto al inglés, a vestir
ropajes de su propia tradición y cultura, o a rezar a un Dios distinto.
La
vieja ideología de los supremacistas blancos ha recuperado su legitimidad
gracias, en buena medida, a personajes como Trump que llegado al extremo de
asegurar que, entre las filas de los supremacistas blancos, “hay buenas
personas”.
En
buena medida, la tragedia de El Paso ha sido inducida por el odio racial de
Donald Trump que, en múltiples ocasiones, se refirió a la crisis migratoria en
la frontera como “una invasión” de “criminales, violadores, traficantes y
animales”.
Y, si
alguien duda, que sólo lea el manifiesto de Patrick Crusius, el multihomicida
de 21 años que confesó haber actuado para poner fin a la “invasión” de hispanos
y “mezcladores de raza” en El Paso.
A
pesar de estas tragedias, como las que han ocurrido en las últimas horas en El
Paso, Texas o en Daytona, Ohio, la lucha contra el terrorismo doméstico
vinculado a los supremacistas blancos, se ha beneficiado del poco entusiasmo
que ha mostrado el FBI durante la administración de Donald Trump para
denunciarlo y desmantelarlo.
Apenas
la semana pasada, el director del FBI, Christopher Wray, se enfrentó a la
feroz crítica de senadores demócratas que le acusaron de soslayar el creciente
activismo de organizaciones supremacistas:
“Muchos
nos preguntamos por qué razón el término supremacista blanco, o nacionalista
blanco, no está incluido en su declaración cuando se habla de amenazas a
Estados Unidos”, le reclamó el senador Richard Durbin, demócrata por Illinois.
Lo
que parecería una flagrante omisión en la lucha contra los enemigos de la
seguridad nacional, se ha convertido irónicamente en la más palmaria evidencia
de que la amenaza terrorista de los supremacistas blancos se ha convertido en
un producto de la era Trump.
En
una enfermedad que ha infectado a cientos de miles, mientras millones se llevan
las manos a la cabeza y o temen por su vida mientras la epidemia en forma de
terrorismo MADE IN USA se extiende por el país.

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