martes, 25 de junio de 2019

Requiem por Valeria






J. Jaime Hernández

La imagen resulta engañosa. En la foto, un abrazo involuntario de la pequeña Valeria sobre el cuello de su padre, parece ofrecer un tierno consuelo ante la inevitable tragedia:

“No te aflijas padre. Hiciste hasta lo imposible por evitar nuestro triste final en este mundo de miserias”, parece desprenderse de la mortuoria escena que ha inmortalizado la reportera de La Jornada, Julia Le Duc.

Sobre los bordes del Río Bravo, esa imagen inerte rodeada de agua, rastrojos y basura, resulta incontrovertible. Para los lugareños de Matamoros, se trata de una desgracia más dentro de las miles que han visto durante mas de un siglo de historia en ese río de corrientes traicioneras.

Observando los cuerpos, pareciera que la lucha por seguir con vida los dejó exhaustos. El cuerpo de la pequeña Valeria sólo deja al descubierto su pequeño torso. Por debajo de su pantalón rojo, se dibuja un pañal. Y sus piernas regordetas ofrecen un atisbo de las carreras que disfrutó durante su corta vida.

La imagen da una idea de los esfuerzos del padre por asegurarla, bajo su camiseta, a su espalda mientras él mismo luchaba contra la corriente.

El rigor mortis no entumece aún los cuerpos. Quizá, por ello, la escena se antoja tierna. Una escena de amor, en un Río que desde hace mas de cien años se ha convertido en tumba de miles de inmigrantes indocumentados en su intento por cruzar hacia Estados Unidos.

Tania, la madre de Valeria, ha narrado una y otra vez la escena que le perseguirá por el resto de sus días. Su esposo, Oscar, había depositado a Valeria al otro lado del Río, ya en territorio de Estados Unidos. Parte del sueño parecía hecho realidad. Pero, el destino, les daría un duro revés.

De repente, a la pequeña Valeria le entró pánico por verse abandonada hacia el otro lado de la frontera, mientras su padre intentaba regresar por su madre.

El resto, es hoy materia de esa casuística inobjetable que sólo sirve a los investigadores y forenses para tratar de interpretar las causas de una muerte. Pero que resulta insuficiente la hora de explicar y, sobre todo, entender, las causas de una tragedia que se barruntaba desde El Salvador, la patria que vio nacer a la pequeña Valeria.

La ingrata tierra que fue incapaz de retenerla para ofrecerle un futuro mejor.

Cuando uno ve el cuerpo inerte de la pequeña Valeria, con menos de dos años de edad, es inevitable pensar en el también pequeño Alan Kurdi, de tres años de edad. Alan murió en septiembre del 2016.

Su cuerpo fue arrojado por aguas del Mediterráneo sobre las costas de la Isla griega de Kos, cuando su familia intentaba huir de la guerra en Siria y del ambiente de represión en Turquía.

Al igual que Alan Kurdi, la pequeña Valeria se convirtió el pasado domingo, en palabras de John Berger, “en parte de esos migrantes, En esos héroes que viajan hacia lo desconocido … Que se convierten en viajeros de la noche, del día, de los peligros. Y, así, se internan en las fauces del monstruo”.

Viajeros en los que hay añoranza por lo perdido, y a la vez ansiedad de lo que esta por descubrirse.

Pero, en el caso de Valeria, su vida quedó trunca. A diferencia de miles de infantes que consiguieron llegar a Estados Unidos desde Centroamérica (los llamados Dreamers), Valeria no tuvo su oportunidad de vivir el sueño americano.

Su muerte en el Río Bravo le quitó la oportunidad de huir de la miseria y la violencia para forjarse un futuro mejor en Estados Unidos.

¿De quién es la culpa?

Tratándose de encontrar culpables, todos los dedos apuntan ahora hacia Estados Unidos, y a su presidente, Donald Trump. Pero, además, al gobierno de México, que ha hecho insufrible la odisea de miles de inmigrantes que luchan por un futuro mejor en distintas partes de la Unión Americana.

¿El gobierno de El Salvador?. Por supuesto, y a su clase política que ha sido incapaz de ofrecer certidumbre y esperanza de futuro a su población.

Mientras esto siga siendo así, cientos. Quizá miles de Valerias quedarán en el camino. Porque, entre los migrantes, es conocida la historia de que, a veces, una vida no alcanza para alcanzar el sueño.

Como diría John Berger:

“Si a este mundo te lanzas
mejor que nazcas siete veces.
La primera en una casa en llamas,
otra en una helada inundación,
otra en un manicomio desquiciado,
otra en un campo de trigo maduro,
otra en un claustro vacío,
y otra en un chiquero entre puercos.
Seis bebés berreantes no bastan:
tú mismo debes ser el séptimo”.

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