J. Jaime Hernández
La imagen resulta engañosa. En la foto, un abrazo
involuntario de la pequeña Valeria sobre el cuello de su padre, parece ofrecer
un tierno consuelo ante la inevitable tragedia:
“No te aflijas padre. Hiciste hasta lo imposible por
evitar nuestro triste final en este mundo de miserias”, parece desprenderse de
la mortuoria escena que ha inmortalizado la reportera de La Jornada, Julia Le
Duc.
Sobre los bordes del Río Bravo, esa imagen inerte
rodeada de agua, rastrojos y basura, resulta incontrovertible. Para los
lugareños de Matamoros, se trata de una desgracia más dentro de las miles que
han visto durante mas de un siglo de historia en ese río de corrientes
traicioneras.
Observando los cuerpos, pareciera que la lucha por
seguir con vida los dejó exhaustos. El cuerpo de la pequeña Valeria sólo deja
al descubierto su pequeño torso. Por debajo de su pantalón rojo, se dibuja un
pañal. Y sus piernas regordetas ofrecen un atisbo de las carreras que disfrutó
durante su corta vida.
La imagen da una idea de los esfuerzos del padre por
asegurarla, bajo su camiseta, a su espalda mientras él mismo luchaba contra la
corriente.
El rigor mortis no entumece aún los cuerpos. Quizá,
por ello, la escena se antoja tierna. Una escena de amor, en un Río que desde
hace mas de cien años se ha convertido en tumba de miles de inmigrantes
indocumentados en su intento por cruzar hacia Estados Unidos.
Tania, la madre de Valeria, ha narrado una y otra vez
la escena que le perseguirá por el resto de sus días. Su esposo, Oscar, había
depositado a Valeria al otro lado del Río, ya en territorio de Estados Unidos.
Parte del sueño parecía hecho realidad. Pero, el destino, les daría un duro
revés.
De repente, a la pequeña Valeria le entró pánico por
verse abandonada hacia el otro lado de la frontera, mientras su padre intentaba
regresar por su madre.
El resto, es hoy materia de esa casuística inobjetable
que sólo sirve a los investigadores y forenses para tratar de interpretar las
causas de una muerte. Pero que resulta insuficiente la hora de explicar y,
sobre todo, entender, las causas de una tragedia que se barruntaba desde El
Salvador, la patria que vio nacer a la pequeña Valeria.
La ingrata tierra que fue incapaz de retenerla para
ofrecerle un futuro mejor.
Cuando uno ve el cuerpo inerte de la pequeña Valeria, con
menos de dos años de edad, es inevitable pensar en el también pequeño Alan
Kurdi, de tres años de edad. Alan murió en septiembre del 2016.
Su cuerpo fue arrojado por aguas del Mediterráneo
sobre las costas de la Isla griega de Kos, cuando su familia intentaba huir de
la guerra en Siria y del ambiente de represión en Turquía.
Al igual que Alan Kurdi, la pequeña Valeria se
convirtió el pasado domingo, en palabras de John Berger, “en parte de esos
migrantes, En esos héroes que viajan hacia lo desconocido … Que se convierten
en viajeros de la noche, del día, de los peligros. Y, así, se internan en las
fauces del monstruo”.
Viajeros en los que hay añoranza por lo perdido, y a
la vez ansiedad de lo que esta por descubrirse.
Pero, en el caso de Valeria, su vida quedó trunca. A
diferencia de miles de infantes que consiguieron llegar a Estados Unidos desde
Centroamérica (los llamados Dreamers), Valeria no tuvo su oportunidad de vivir
el sueño americano.
Su muerte en el Río Bravo le quitó la oportunidad de
huir de la miseria y la violencia para forjarse un futuro mejor en Estados
Unidos.
¿De quién es la culpa?
Tratándose de encontrar culpables, todos los dedos
apuntan ahora hacia Estados Unidos, y a su presidente, Donald Trump. Pero,
además, al gobierno de México, que ha hecho insufrible la odisea de miles de
inmigrantes que luchan por un futuro mejor en distintas partes de la Unión
Americana.
¿El gobierno de El Salvador?. Por supuesto, y a su
clase política que ha sido incapaz de ofrecer certidumbre y esperanza de futuro
a su población.
Mientras esto siga siendo así, cientos. Quizá miles de
Valerias quedarán en el camino. Porque, entre los migrantes, es conocida la
historia de que, a veces, una vida no alcanza para alcanzar el sueño.
Como diría John Berger:
“Si a este mundo te lanzas
mejor que nazcas siete veces.
La primera en una casa en llamas,
otra en una helada inundación,
otra en un manicomio desquiciado,
otra en un campo de trigo maduro,
otra en un claustro vacío,
y otra en un chiquero entre puercos.
Seis bebés berreantes no bastan:
tú mismo debes ser el séptimo”.

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