J. Jaime Hernández
El pasado 27 de abril, durante un acto organizado por estudiantes del
Tecnológico de Monterrey, el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia,
Andrés Manuel López Obrador, fue ovacionado por un auditorio de jóvenes que, al
final de una larga entrevista en formato de cabildo ciudadano, le gritaron a
coro: ¡Presidente! … ¡Presidente!…
De forma inmediata, no pude evitar asociar esta imagen con la del
senador por Vermont y ex candidato presidencial, Bernie Sanders, quien se
transformó en 2016 en un remedo del flautista de Hamelin para millones de
jóvenes universitarios que le siguieron entusiastas porque, simple y
sencillamente, deseaban un cambio radical en la forma de entender y practicar la
política en EU.
Hoy sabemos que Sanders se convirtió en el líder de un movimiento anti
establishment que tropezó antes de alcanzar siquiera la nominación del partido
demócrata por la candidatura presidencial.
Irónicamente, Sanders se convertiría en el aspirante presidencial que
sucumbió a manos del viejo orden. De esa cúpula del partido demócrata en manos
de Hillary y Bill Clinton.
De no haber sido por el matrimonio de los Clinton, Bernie Sanders quizá
habría tenido mejores oportunidades para evitar la sorpresiva victoria de
Donald Trump en noviembre de 2016.
Pero, bueno, esa es otra historia.
El éxito de Bernie Sanders, un anciano de más de 70 años, entre los más
jóvenes y universitarios se produjo por un cúmulo de circunstancias. Entre
ellas, el hartazgo de la sociedad con el poder político; la grosera desigualdad
en la democracia “más avanzada e igualitaria” del planeta; la concentración del
poder en muy pocas manos y el desvanecimiento del poder y la autoridad de unos
partidos políticos que hoy no sólo no responden a las aspiraciones de la
mayoría, sino que se han convertido en las mascotas o en las complacientes
cortesanas de las grandes corporaciones.
Frente a este mosaico de agravios, hartazgo, desigualdad y descreimiento
entre los ciudadanos, Bernie Sanders propuso una “revolución política” contra
el sistema, contra la voracidad de Wall Street y contra esa desigualdad
insultante que ha llegado en forma de segregación económica y racial en un
vasto territorio de EU.
"Una campaña por la presidencia tiene que ser mucho más que una
lucha para obtener votos y ser elegidos. Tiene que ayudar a educar a las
personas y enseñarles a organizarse. Si podemos hacer esto, podemos cambiar la
dinámica de la política durante años y años por venir”, aseguraba Sanders.
Todo este torrente de pensamientos y circunstancias vinieron a mí,
cuando observé la reacción de un auditorio lleno de jóvenes en el campus
Monterrey del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores.
Para dejar las cosas en claro, no es mi intención presentar al candidato
presidencial de MORENA como una especie de hermano ideológico gemelo del
aguerrido senador por Vermont, ni la versión mexicana de Bernie Sanders.
De eso ya se han encargado otros, como la cadena FOX de noticias, el
altavoz del movimiento conservador en EU que, en febrero pasado, presentó a
Andrés Manuel como “El Bernie Sanders de México” para etiquetarlo como “un
populista de extrema izquierda” que se ha propuesto “expropiar, romper o acabar
con los monopolios corporativos”.
¿Les resulta familiar el argumento?
El político e historiador español, Antonio Cánovas del Castillo, solía
decir que “la política es el arte de aplicar en cada época, aquella parte del
ideal que las circunstancias hacen posible”.
Y, en este sentido, me atrevería a decir que Andrés Manuel López Obrador
se ha convertido en un extraño compañero de viaje de Bernie Sanders por su
capacidad para entender el momento, el cabreo, el hartazgo y las legítimas
aspiraciones de sus conciudadanos.
A eso, y no a otra cosa, me refiero con el provocador titular de “El día
en que AMLO se convirtió en Bernie Sanders”.
Una de las circunstancias que han favorecido al Movimiento de
Regeneración Nacional que encabeza López Obrador, ha sido esa vertiginosa y
casi imperceptible mudanza del poder político de los Palacios de Gobierno a las
calles o a las plazas públicas.
No sólo en México, sino en todo el mundo.
Las razones de esta mudanza o deslave del poder político están
relacionados con la corrupción y el abuso de ese poder surgido (a veces de
forma cuestionable) desde las urnas.
A ello se ha sumado, la ausencia
de un poder judicial independiente y la abismal desigualdad entre ricos y
pobres.
Al mismo tiempo, hemos constatado el surgimiento de lo que algunos
denominan como “nuevos micropoderes” en manos de ciudadanos que han tomado por
asalto las redes sociales o las calles, robusteciendo las posibilidades de
aquellos candidatos que, como Andrés Manuel López Obrador, han encontrado
aliados espontáneos en aquellos que han decidido arrimar el hombro para
desafiar al viejo sistema político que se resiste a morir.
Hoy, son millones los mexicanos que están hartos con la forma tan
injusta y obscena en que se ha ejercido el poder en beneficio de solo unos
cuantos.
En medio de este forcejeo, el poder político ha contado con la inapreciable
ayuda de un determinado grupo de intelectuales, o de esos patrocinadores del sector empresarial que mascullan tras bambalinas para sumarse a las campañas de desinformación.
Son los que el candidato de MORENA ha descrito como “los alcahuetes del
poder” politico.
Esos que, durante décadas, han contribuido por activa o pasiva a la
construcción de una nueva desigualdad, mientras se aseguraban su mercado
clientelar, su zona de confort, poder e
influencia.
Precisamente, la defensa de ese estatus. O los compromisos de algunos
candidatos en liza con el poder menguante de los partidos políticos y de
líderes de ademanes autoritarios, son lo que ha impedido a los adversarios de
Andrés Manuel López Obrador conectar con ese electorado que ya está harto de la
situación y que difícilmente aceptará un fraude.
En este sentido, al igual que Bernie Sanders, el candidato de MORENA se
ha convertido en el candidato del hartazgo y la desilusión. Pero, a diferencia
de Sanders, nadie desde la estructura
partidista ha intentado obstruirle el paso en su campaña por la presidencia.
Ahora sólo falta por saber si, acaso, los dueños del poder económico y
político en México, estarán dispuestos a reconocer su posible victoria en las
urnas.

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