viernes, 20 de abril de 2018

El azote de la violencia electoral que recorre México

                                                                                                                                           Foto/AFP



J. Jaime Hernández




Desde el pasado mes de febrero, el gobierno alemán emitió una alerta de seguridad —la más preocupante de los últimos años—, para advertir a sus ciudadanos sobre el riesgo de violencia en México por el ambiente abroncado de las campañas electorales que apuntan hacia un posible cambio de escenario el próximo 1 de julio.

Unas elecciones presidenciales y federales que algunos ya consideran como las más trascendentes desde 1910.

Como era de esperarse, la alerta del gobierno alemán no cayó bien en la siempre sensible piel del gobierno mexicano.

De hecho, fuentes de la cancillería confirmaron a este espacio que, nada más difundirse la alerta, la Secretaría de Relaciones Exteriores hizo todo lo posible para convencer a Berlín sobre la necesidad de retirar la advertencia que afecta (según alegaron) la “derrama económica” que traen consigo los turistas alemanes a México.

Desde Berlín, pocos creyeron en este argumento. Y llegaron a la conclusión de que, lo que en realidad enfureció al gobierno no fue la posible perdida de los ingresos de sus turistas, sino la mala imagen de México en el exterior ante uno de los procesos electorales más abiertos e inciertos en la historia reciente.

Como era de esperarse, los buenos oficios de los diplomáticos mexicanos cayeron en saco roto ante la preocupación y la firmeza del gobierno alemán para proteger a sus ciudadanos frente a una situación de inseguridad que, según habían advertido en su informe, “está empeorando constantemente en muchas partes de México”.

Particularmente “en el período previo a las elecciones presidenciales, legislativas y gubernamentales del 1 de julio de 2018”.

Casi seis semanas después de emitirse esta alerta (que permanece activa), muchos son los hechos que han dado la razón al gobierno alemán. La elevada cifra de asesinatos a mansalva contra candidatos de distintas formaciones políticas, deja hoy constancia de una de las campañas electorales más sangrientas del último siglo.

Según el reporte de inteligencia elaborado por la agencia consultora Etellekt el pasado 12 de abril, sobre la “Violencia Política en México”, las agresiones contra políticos en el proceso electoral continúan en ascenso:

“Entre el 08 de septiembre de 2017 y el 08 de abril de 2018, se registraron 173 agresiones directas contra políticos, mismas que produjeron 78 asesinatos. Adicionalmente, se registraron 30 agresiones contra familiares de políticos, con un saldo de 40 víctimas. La violencia continúa
también expandiéndose geográficamente.

Estas agresiones ocurrieron en 29 entidades y 167municipios. Es decir, casi el 7% del total de municipios de México”.

En este contexto de “agresiones y violencia en el proceso electoral en ascenso”, los llamados de algunos candidatos como José Antonio Meade, para “frenar” a Andrés Manuel López Obrador, el candidato presidencial de MORENA que se encuentra a la cabeza de las preferencias, a través de grupos de choque (como Antorcha Campesina), se ha convertido en motivo de gran preocupación para la sociedad.

Pero, también, para observadores de la realidad mexicana desde Estados Unidos y la Unión Europea que hoy más que nunca permanecen atentos a los informes sobre alertas de seguridad en México.

Esos que nunca han gustado al gobierno mexicano.

A estas alturas de la contienda por la presidencia en México, el azote de la violencia que recorre el país no pasa desapercibido en el extranjero.

El pasado 16 de abril, tras el asesinato del aspirante de Movimiento Ciudadano a la alcaldía de Jilotlán, en el Estado de Jalisco, Carlos Andrade, el secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, planteó que los asesinatos de candidatos que participan en las elecciones de México son condenables:

“Condenamos este nuevo crimen. Es imprescindible esclarecer este asesinato y generar garantías para todos los candidatos que participan del proceso electoral.  Es el pueblo quien debe elegir candidatos y no el uso de la violencia!.”

Por el momento, los llamados a la civilidad y a la responsabilidad desde la OEA parecen no hacer mella ante la urgencia de algunos candidatos por salir del fondo del pozo de las encuestas. O para evitar por todos los medios posibles el triunfo de quien se ha convertido en el mercado de las expectativas en el “ganador inevitable” el próximo 1 de julio.

La imagen del México bronco y violento ha sido siempre motivo de gran preocupación y vergüenza para el gobierno en turno.

Ahí tenemos el sexenio de Felipe Calderón, que inauguró una batalla sin cuartel y sin una estrategia definida contra los carteles de la droga. En poco tiempo, esta lucha se transformó en una guerra civil de baja intensidad que nadie reconoce como tal, pero que ha dejado un rastro de miles de víctimas colaterales.

La guerra continúa hoy bajo la presidencia de Enrique Peña Nieto con un saldo  acumulado de más de 200 mil muertos en los últimos 12 años.

Durante estos dos sexenios, la principal preocupación del gobierno en turno fue la de ocultar dentro y fuera de México el encarnizado enfrentamiento entre y contra los carteles, y el desgobierno que se extendió por distintas partes del territorio nacional.

En todo ese tiempo, una de las principales misiones del cuerpo diplomático de México acreditado en el extranjero, fue el de ocultar o edulcorar la fea imagen de un país enfrascado en una guerra civil de baja intensidad. Con una colección de fosas comunes o de territorios arrebatados a la sociedad civil para convertirlos en desplazados internos o en refugiados económicos en Estados Unidos.

Durante mucho tiempo, se quiso ocultar la forma en que miles de localidades en estados como Guerrero, Veracruz, Sinaloa o Michoacán se transformaron en Necrópolis o en una colección de pueblos fantasma. Con campos de cultivo de maíz, alfalfa o árboles frutales de limón o de aguacate que cambiaron de manos para enriquecer al crimen organizado o para extender los dominios de los carteles de la droga y sus sembradíos de amapola o mariguana.

En el curso de los últimos años, la tarea de ocultar la espiral de la violencia que asoma todos los días desde Guerrero, Michoacán, Veracruz, Tamaulipas o la Ciudad de México se ha convertido en una misión imposible.

Y en una realidad que define el legado de dos presidencias consecutivas desbordadas por la violencia.

Una violencia que preocupa y mucho a quienes desde el extranjero observan hoy atentos un proceso electoral que podría marcar un antes y un después en la historia reciente de México.

O colocar a toda una nación al borde del abismo.

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