Foto/Notimex
J. Jaime Hernández
Creo que ha sido Eliot Engel, el demócrata de mayor rango en el comité
de relaciones exteriores de la Cámara de Representantes, el que mejor ha
explicado la renuncia de Roberta Jacobson al cargo de embajadora de EU ante el
gobierno de México:
”Desafortunadamente, la partida de Roberta (Jacobson) -—la segunda
renuncia de un alto funcionario del Departamento de Estado anunciada esta
semana—, es otro ejemplo de la forma en que la administración Trump está
empujando a nuestros diplomáticos más experimentados hacia la salida.
“El continuo asalto de esta Casa Blanca, contra el cuerpo diplomático de
Estados Unidos, está causando daños a nuestra seguridad nacional que tomará
muchos años reparar “, dijo Engel mediante un escueto comunicado de prensa.
A la valoración de Engel, habría que añadir lo que resulta evidente: que
las heridas causadas por Donald Trump en el tejido social de México han sido
tan profundas que Edward Whitacre Jr —el ex ejecutivo de General Motors y de
ATT que ha sido propuesto por la administración Trump para suceder a Jacobson
como embajador—, tendrá que tragar muchos sapos antes de siquiera intentar
reconciliar a la administración Trump con el pueblo mexicano.
Para entender la partida de Roberta Jacobson de México habría que tener
en cuenta varios factores. El primero, la tormentosa relación que Donald Trump
ha mantenido con el gobierno mexicano, a pesar de los ímprobos aunque fallidos
esfuerzos del canciller, Luis Videgaray, y la torpe mediación de Jared Kushner,
el yerno de Trump, por evitar el maltrato del presidente Enrique Peña Nieto y
salvar la relación de un naufragio continuo.
En este sentido, Jacobson se había convertido en una convidada de piedra
cada vez más frustrada y marginada.
Un factor adicional, aunque no menos importante, habría sido la decisión
de la propia Roberta Jacobson de convertir la embajada de EU en México en su
último puesto en el gobierno.
Tras una trayectoria de más de 30 años, en la que quizá sólo le faltó
ocupar el principal despacho de Foggy Bottom, sede de la Secretaría de Estado
en Washington, Jacobson había compartido con familiares y amigos su deseo de
despedirse de su función pública en una embajada como la de México, un país al
que, según aseguró en su nota de despedida, “llevará siempre en el corazón”.
Llegados a este punto, es obligado también hablar del recambio
generacional que, tanto Jacobson como el Departamento de Estado, han aludido de
forma explícita para dar paso a las nuevas generaciones de la diplomacia:
“El Departamento de Estado tiene entre sus filas el talento requerido
para ocupar tanto la posición que dejará vacante Roberta Jacobson, así como la
de otros funcionarios que han optado por el retiro”, aseguró la portavoz de
este organismo, Heather Nauert, al comentar la renuncia de Jacobson.
Dicho esto, también sería imposible no entender la renuncia de Jacobson
como parte de una sucesión de eventos desafortunados —aunque no necesariamente
vinculados entre sí—, que han ocurrido como parte de una secuencia que sólo se
puede entender bajo la lógica de un vendaval anti Trump desde las filas de la
diplomacia estadounidense.
Algo así como una revuelta con sordina que ha surgido de la purga
acometida desde el inicio de su mandato por Rex Tillerson, ex presidente
ejecutivo de ExxonMobil, y actual responsable del Departamento de Estado.
(Si, el mismo que el pasado mes de febrero, reivindicó la vigencia de la
Doctrina Monroe de 1823 para atajar la “interferencia” de Rusia o China en
Latinoamérica).
El pasado 12 de enero, John Feeley, amigo íntimo de Jacobson y un
diplomático de carrera que había servido antes como el número dos en la
embajada estadounidense en México, anunció su renuncia al cargo de embajador de
EU en Panamá, asegurando que no podía continuar sirviendo bajo el gobierno del
presidente Donald Trump.
"Como oficial de servicio exterior hice un juramento de servir
fielmente al presidente y su administración de una manera apolítica, incluso
cuando no estuviera de acuerdo con ciertas políticas", dijo Feeley en su
carta de renuncia.
"Mis superiores me dejaron muy en claro que,ya si creía que no podía hacer eso, tendría el
honor de renunciar. Ese momento, para mí, ha llegado”, añadió Feeley.
La salida de Feeley, “un ex marine y uno de los funcionarios más
queridos en el Departamento de Estado, supuso un duro golpe a la administración
de Donald Trump”, aseguró un veterano analista de la política exterior
estadounidense.
En el caso de Roberta Jacobson, aunque su renuncia no ha ido acompañada
de ningún pronunciamiento contra el presidente, su salida puede interpretarse
como otro duro revés a la administración.
“Roberta Jacobson es una profesional muy respetada en el Departamento de
Estado y en el Congreso. Por ello, su salida puede interpretarse como una gran
perdida y un duro golpe”, consideró Armand Peschard, veterano analista y
director general de Peschard Sverdrup International.
En muchos sentidos, la renuncia de Roberta Jacobson, lo mismo que la de
John Feeley y la de Thomas Shannon, el subsecretario de Estado para Asuntos
Políticos que también ha anunciado su pase a retiro, marcan el fin de una etapa
en la política exterior de EU que se caracterizó por un intento por recomponer
las relaciones frente América Latina bajo la presidencia de Barack Obama.
Un esfuerzo que Donald Trump se ha propuesto dinamitar.
Precisamente, el papel desempeñado por Roberta Jacobson en el histórico
proceso de reconciliación con Cuba, ha sido uno de los elementos que la
convirtieron en blanco de los ataques del sector más extremista del partido
republicano.
La partida de Jacobson, en un momento crucial para México, con uno de
los procesos electorales más inciertos y complejos, ha sido otro de los
elementos que más han extrañado a los expertos y analistas de la compleja
relación bilateral hacia ambos lados de la frontera.
“Fuimos muchos los que recomendamos no mover a Roberta en este momento
tan crucial para México. Pero, la decisión de la Casa Blanca y el Departamento
de Estado, dejan en evidencia que, bajo la era Trump, vivimos tiempos nada
normales.
“Tiempos en los que la política exterior de EU está marcada por la
improvisación, la incertidumbre y el fervor de Donald Trump por socavar la
diplomacia ”, añadió un diplomático que pidió permanecer en el anonimato.

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