jueves, 8 de marzo de 2018

La sospechosa visita de Jared Kushner





                                                                                             Foto/SRE


J. Jaime Hernández


Salvo el gobierno de México, nadie en EU y en numerosas capitales del mundo, parecen tomarse en serio a Jared Kushner, el yerno del presidente Donald Trump.

Nadie le dispensa el tratamiento de jefe de Estado como el que recibió en Los Pinos, donde participó en un cónclave al más alto nivel y en el que estuvieron presentes el presidente Enrique Peña Nieto; el Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo; el Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray y los Secretarios de Defensa y de Marina, Salvador Cienfuegos y Vidal Francisco Soberón.

Más allá de la opacidad con la que se manejó su visita, o el servilismo con el que se le atendió como enviado especial del presidente Trump, una cosa es segura. Su presencia en la residencia oficial de Los Pinos marcó otro importante hito en el historial de unas relaciones bilaterales jalonadas por el desencuentro y la humillación.

Por cierto. A la puesta en escena, en la residencia oficial de Los Pinos, no fue invitada la embajadora de EU en México, Roberta Jacobson.

Al parecer, y como bien señala el profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Columbia, Christopher Sabatini, al marginar a Jacobson del encuentro y al enviar a Jared Kushner —quien no tiene experiencia en el intrincado mundo de las negociaciones entre México y EU—, Trump sigue apostando por la “desprofesionalización” y la “personalización” de la diplomacia.

Algo que, advierte, “causará mucho daño en las relaciones de Washington con México y Latinoamérica”.

Aunque el encuentro del enviado especial de Trump con el presidente de México haya tenido importancia noticiosa (particularmente para el propio Kushner, quien hoy lucha por su supervivencia en la Casa Blanca), lo cierto es que su visita difícilmente puede aportar algo nuevo a la, de por sí, complicada relación bilateral.

Y difícilmente marcará diferencia alguna en unas negociaciones que han entrado en su etapa final y han estado a cargo de quienes durante meses han tratado de salvar de la amenaza de naufragio continuo al Tratado de Acuerdo Comercial entre Estados Unidos, México y Canadá.

Porque, ¿alguien sería capaz de creer que, el sorpresivo viaje de Kushner a México será más importante que los esfuerzos que ha encabezado Ildefonso Guajardo para asegurar el éxito de las negociaciones para renovar el TLCAN?

Y, en materia migratoria; ¿ alguien cree realmente que Kushner sería capaz de presentar ante el presidente Peña Nieto la solución definitiva para dejar atrás el agrio contencioso del Muro Fronterizo ?

¿O poner de buena fe sobre la mesa la receta para resolver con la crisis humanitaria que aqueja a más de 11 millones de indocumentados?

Como sabemos, hasta ahora Donald Trump se ha empeñado en explotar electoralmente esta crisis con el apoyo de su base supremacista y de Stephen Miller, un antinmigrante desembozado, que resulta ser su asesor principal en materia migratoria.

En este contexto, ¿cuál ha sido entonces el interés por enviar y recibir a Kushner como emisario del gobierno Trump?. ¿Qué sentido tenía enviar a México a quien muchos llaman  (con tono de burla) il Consigliere del presidente?

A juzgar por el escueto comunicado emitido por la cancillería mexicana, y el tuit del presidente Trump a primera hora del jueves 8 de marzo, adelantando que países amigos (como México y Canadá) quedarían exentos de los aranceles al acero y al aluminio (algo que por cierto ya había anunciado desde el miércoles 7 de marzo la Casa Blanca), todo parece indicar que la parte fundamental de las negociaciones escenificadas en Los Pinos —al menos en materia comercial—, ya habían sido pactadas de antemano.

Por lo tanto, todo parece indicar que el viaje de Kushner respondió a otro tipo de objetivo. Por ejemplo, sacar de paseo y alejar de la oficina oval a Jared Kushner, justo en el momento en que las cosas se han complicado en la Casa Blanca y Jared se ha convertido en un elemento tóxico y comprometedor.

Hoy nadie oculta en el 1,600 de la Avenida Pennsylvania que el presidente y el general John Kelly, su jefe de gabinete, han discutido abiertamente el incierto futuro de Kushner. Según fuentes consignadas por distintos medios, ambos están molestos por lo poco sutil que Jared se mostró al intentar ocultar el rastro de sus furtivos encuentros en la Casa Blanca con el fin de resolver sus problemas financieros.

El propio Kelly ha dejado entrever que ya esta harto del yerno de Trump y de su hija Ivanka.

Lo mismo ocurre con el Consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, quien, por cierto, en esta ocasión tuvo el acierto de enviar a Kushner a México acompañado de un grupo de asesores para evitar los encuentros en solitario con altos funcionarios del gobierno mexicano que podrían “manipularle".

Eso, si hacemos caso a los reportes de seguridad nacional que ya habían advertido sobre su inexperiencia y sus muchas vulnerabilidades. Como, por ejemplo, su urgente necesidad de conseguir inversiones para reflotar sus negocios antes de que venza el plazo para pagar sus abultadas deudas en menos de un año.

Por ello mismo, el FBI y el general Kelly han decidido cancelarle la certificación para acceder a información “top secret" que su suegro y principales colaboradores en materia de seguridad desmenuzan todos los días.

En muchos sentidos, Jared Kushner se ha convertido en un talón de Aquiles. En un punto débil de la presidencia Trump que, por cierto, ya investiga el fiscal especial, Robert Muller, mientras su suegro hace todo lo posible por alejarle de la Casa Blanca.

Llegados a este punto, habría que decir que el tratamiento de estadista a Kushner, no sólo ha sido culpa de Jared. Sino de quien lo hizo compadre. Es decir, el canciller, Luis Videgaray, quien lo convirtió en interlocutor de excepción y en cabeza de playa de su estrategia para mantenerse como uno de los “indispensables” dentro del grupo de confianza del presidente Enrique Peña Nieto.

En justicia, también habría que decir que un factor adicional ha operado a su favor. Me refiero a la impenitente costumbre de convertir a la residencia de Los Pinos en una suerte de Corte de los Milagros de todo aquel que desea salir en la foto, estrechando la mano del presidente en turno, para operar con ventaja o sacar provecho de un gobierno que es percibido desde el exterior como pueblerino o tercermundista.

Gracias a esa tendencia a infravalorar la importancia de la institución presidencial y la dignidad de la residencia oficial de todos los mexicanos, una larga lista de invitados (algunos de ellos verdaderos indeseables y enemigos de México) se cuelan de vez en cuando.

En este contexto, hubiera sido deseable que, al término de la visita de Jared Kushner, se ofreciera una rueda de prensa o un comunicado detallando con minuciosidad el contenido de las conversaciones al más alto nivel con el gobierno de México. 

Lamentablemente, en lugar de ello se ofreció un escueto comunicado que dejó más preguntas que respuestas. Esto se habría evitado con una rueda de prensa. Si no con Kushner o Videgaray, con un funcionario de ambos países para detallar lo discutido durante casi tres horas de encerrona en Los Pinos.

Hubiera sido un buen principio para transparentar. Para evitar, con luz y taquígrafos, las muchas suspicacias que han rodeado su visita. Particularmente cuando tenemos a la vuelta de esquina unas elecciones presidenciales en México.

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