Foto/SRE
J. Jaime Hernández
Salvo el gobierno de México, nadie en EU y en numerosas capitales del
mundo, parecen tomarse en serio a Jared Kushner, el yerno del presidente Donald
Trump.
Nadie le dispensa el tratamiento de jefe de Estado como el que recibió
en Los Pinos, donde participó en un cónclave al más alto nivel y en el que
estuvieron presentes el presidente Enrique Peña Nieto; el Secretario de
Economía, Ildefonso Guajardo; el Secretario de Relaciones Exteriores, Luis
Videgaray y los Secretarios de Defensa y de Marina, Salvador Cienfuegos y Vidal
Francisco Soberón.
Más allá de la opacidad con la que se manejó su visita, o el servilismo
con el que se le atendió como enviado especial del presidente Trump, una cosa
es segura. Su presencia en la residencia oficial de Los Pinos marcó otro
importante hito en el historial de unas relaciones bilaterales jalonadas por el
desencuentro y la humillación.
Por cierto. A la puesta en escena, en la residencia oficial de Los
Pinos, no fue invitada la embajadora de EU en México, Roberta Jacobson.
Al parecer, y como bien señala el profesor de relaciones internacionales
de la Universidad de Columbia, Christopher Sabatini, al marginar a Jacobson del
encuentro y al enviar a Jared Kushner —quien no tiene experiencia en el
intrincado mundo de las negociaciones entre México y EU—, Trump sigue apostando
por la “desprofesionalización” y la “personalización” de la diplomacia.
Algo que, advierte, “causará mucho daño en las relaciones de Washington
con México y Latinoamérica”.
Aunque el encuentro del enviado especial de Trump con el presidente de
México haya tenido importancia noticiosa (particularmente para el propio
Kushner, quien hoy lucha por su supervivencia en la Casa Blanca), lo cierto es
que su visita difícilmente puede aportar algo nuevo a la, de por sí, complicada
relación bilateral.
Y difícilmente marcará diferencia alguna en unas negociaciones que han
entrado en su etapa final y han estado a cargo de quienes durante meses han
tratado de salvar de la amenaza de naufragio continuo al Tratado de Acuerdo
Comercial entre Estados Unidos, México y Canadá.
Porque, ¿alguien sería capaz de creer que, el sorpresivo viaje de
Kushner a México será más importante que los esfuerzos que ha encabezado
Ildefonso Guajardo para asegurar el éxito de las negociaciones para renovar el
TLCAN?
Y, en materia migratoria; ¿ alguien cree realmente que Kushner sería
capaz de presentar ante el presidente Peña Nieto la solución definitiva para
dejar atrás el agrio contencioso del Muro Fronterizo ?
¿O poner de buena fe sobre la mesa la receta para resolver con la crisis
humanitaria que aqueja a más de 11 millones de indocumentados?
Como sabemos, hasta ahora Donald Trump se ha empeñado en explotar
electoralmente esta crisis con el apoyo de su base supremacista y de Stephen
Miller, un antinmigrante desembozado, que resulta ser su asesor principal en
materia migratoria.
En este contexto, ¿cuál ha sido entonces el interés por enviar y recibir
a Kushner como emisario del gobierno Trump?. ¿Qué sentido tenía enviar a México
a quien muchos llaman (con tono de
burla) il Consigliere del presidente?
A juzgar por el escueto comunicado emitido por la cancillería mexicana,
y el tuit del presidente Trump a primera hora del jueves 8 de marzo,
adelantando que países amigos (como México y Canadá) quedarían exentos de los
aranceles al acero y al aluminio (algo que por cierto ya había anunciado desde
el miércoles 7 de marzo la Casa Blanca), todo parece indicar que la parte
fundamental de las negociaciones escenificadas en Los Pinos —al menos en
materia comercial—, ya habían sido pactadas de antemano.
Por lo tanto, todo parece indicar que el viaje de Kushner respondió a
otro tipo de objetivo. Por ejemplo, sacar de paseo y alejar de la oficina oval
a Jared Kushner, justo en el momento en que las cosas se han complicado en la
Casa Blanca y Jared se ha convertido en un elemento tóxico y comprometedor.
Hoy nadie oculta en el 1,600 de la Avenida Pennsylvania que el
presidente y el general John Kelly, su jefe de gabinete, han discutido
abiertamente el incierto futuro de Kushner. Según fuentes consignadas por
distintos medios, ambos están molestos por lo poco sutil que Jared se mostró al intentar ocultar el rastro de sus furtivos encuentros en la Casa Blanca con el fin
de resolver sus problemas financieros.
El propio Kelly ha dejado entrever que ya esta harto del yerno de Trump
y de su hija Ivanka.
Lo mismo ocurre con el Consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster,
quien, por cierto, en esta ocasión tuvo el acierto de enviar a Kushner a México
acompañado de un grupo de asesores para evitar los encuentros en solitario con
altos funcionarios del gobierno mexicano que podrían “manipularle".
Eso, si hacemos caso a los reportes de seguridad nacional que ya habían
advertido sobre su inexperiencia y sus muchas vulnerabilidades. Como, por
ejemplo, su urgente necesidad de conseguir inversiones para reflotar sus
negocios antes de que venza el plazo para pagar sus abultadas deudas en menos
de un año.
Por ello mismo, el FBI y el general Kelly han decidido cancelarle la
certificación para acceder a información “top secret" que su suegro y
principales colaboradores en materia de seguridad desmenuzan todos los días.
En muchos sentidos, Jared Kushner se ha convertido en un talón de
Aquiles. En un punto débil de la presidencia Trump que, por cierto, ya
investiga el fiscal especial, Robert Muller, mientras su suegro hace todo lo
posible por alejarle de la Casa Blanca.
Llegados a este punto, habría que decir que el tratamiento de estadista
a Kushner, no sólo ha sido culpa de Jared. Sino de quien lo hizo compadre. Es
decir, el canciller, Luis Videgaray, quien lo convirtió en interlocutor de
excepción y en cabeza de playa de su estrategia para mantenerse como uno de los
“indispensables” dentro del grupo de confianza del presidente Enrique Peña
Nieto.
En justicia, también habría que decir que un factor adicional ha operado
a su favor. Me refiero a la impenitente costumbre de convertir a la residencia
de Los Pinos en una suerte de Corte de los Milagros de todo aquel que desea
salir en la foto, estrechando la mano del presidente en turno, para operar con
ventaja o sacar provecho de un gobierno que es percibido desde el exterior como
pueblerino o tercermundista.
Gracias a esa tendencia a infravalorar la importancia de la institución
presidencial y la dignidad de la residencia oficial de todos los mexicanos, una
larga lista de invitados (algunos de ellos verdaderos indeseables y enemigos de
México) se cuelan de vez en cuando.
En este contexto, hubiera sido deseable que, al término de la visita de
Jared Kushner, se ofreciera una rueda de prensa o un comunicado detallando con
minuciosidad el contenido de las conversaciones al más alto nivel con el
gobierno de México.
Lamentablemente, en lugar de ello se ofreció un escueto comunicado que
dejó más preguntas que respuestas. Esto se habría evitado con una rueda de
prensa. Si no con Kushner o Videgaray, con un funcionario de ambos países para
detallar lo discutido durante casi tres horas de encerrona en Los Pinos.
Hubiera sido un buen principio para
transparentar. Para evitar, con luz y taquígrafos, las muchas suspicacias que
han rodeado su visita. Particularmente cuando tenemos a la vuelta de esquina
unas elecciones presidenciales en México.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario