J. Jaime Hernández
Ultimamente, la llamada actualidad informativa parece llevarnos a lomos
de un ciempiés enloquecido. Dando tumbos por aquí y por allá. Retorciéndose y
pinchándonos con novedades cada vez más insólitas, violentas o inquietantes.
Despojándonos de nuestra capacidad de asombro y entendimiento.
En medio de esta realidad zigzagueante, no pocos experimentamos esa
sensación de encontrarnos a la deriva, incapaces de saber lo que nos deparará
el próximo ciclo informativo.
Aunado a ello, la velocidad con la que mudan las noticias de lugares,
circunstancias y personajes, hace que nuestra capacidad de comprensión se
achique drásticamente.
Por momentos, el vertiginoso viaje sobre ese tobogán impredecible de noticias
y tragedias; de milagros y pesadillas, nos pega y deslumbra como un rayo,
dejándonos momentáneamente sordos, mudos o ciegos.
A pesar de ello, son legión los que presumen conocimiento y comprensión
cabal desde su cuenta de twiter o desde su cuenta de Facebook. Tomando partido
a favor de una u otra trinchera sin tener la más remota idea.
Pontificando a favor de una u otra causa, por más desconocida que sea su
origen y los canallas y los valientes
que las alientan.
En medio de este río revuelto, así tenemos por ejemplo que, lo que ayer
era una tragedia en la Ciudad de México (con un terremoto que había sacado a
flote lo mejor de la sociedad civil y lo peor de un gobierno inepto y
corrupto), de repente se produce un cambio de paisaje que nos arroja entre los
escombros informativos que llegan desde Puerto Rico, una Isla dejada de la mano
de Dios por el presidente Donald Trump.
Y cuando el ánimo de rechazo y linchamiento informativo parecían escalar
desde San José y otros puntos en la Unión Americana, para poner a la
administración de Donald Trump contra la pared —por la falta de atención y
recursos hacia una comunidad que ha sido devastada por un huracán—, desde
España y Cataluña la violenta represión registrada durante un referéndum
independentista rompe el cascarón de la llamada actualidad informativa para
advertirnos contra el viejo fantasma de una guerra civil.
De repente, la violencia y el abrocamiento en Cataluña eclipsaban los
coletazos de escándalos y denuncias tras el paso del terremoto en México y
acallaban los urgentes llamados de los miles de damnificados en Puerto Rico.
Pero, una vez más, el ciempiés enloquecido nos tenía preparado un giro
imposible de anticipar.
Y todo por culpa de un contable
jubilado de 64 años. Un personaje “normal” que, de un día para otro, decidió
atrincherarse en el piso 32 del Hotel Mandalay Bay, en Las Vegas, para
enfrascarse en una orgía de muerte y violencia.
Más de 59 muertos y casi 500 heridos ha sido la estela dejada por
Stephen Paddock, un “lobo solitario” (según la jerga de los cuerpos de lucha
antiterrorista) que había conseguido llevar hasta su habitación un arsenal de
20 rifles y municiones.
Entre ellos, dos rifles de gran potencia y mira telescópica que apuntó hacia la gran explanada donde se celebraba el tercer día de un festival de
music country.
Un festival que Paddock convertiría en un espectáculo de
sangre, horror y muerte sin precedentes en la historia moderna de Estados
Unidos.
En medio de esta enloquecida montaña rusa de noticias, que trastocan
nuestra memoria de mediano y largo plazo, mientras distraen y engolosinan con sangre y terror a la de corto
plazo, los especuladores criminales del sector inmobiliario en la Ciudad de
México, que fueron puestos en evidencia por un terremoto, parecen apostar por
el olvido y la distracción de los medios ocupados en la próxima sorpresa
informativa.
Las miles de víctimas del desdén y el olvido en Puerto Rico, vuelven a
perder la atención de los reflectores y de los medios de comunicación mientras
Donald Trump escapa del linchamiento mediático.
Desde Madrid y Barcelona, algunos líderes políticos parecían observar aliviados
la forma en que un multihomicida enloquecido les ha arrebatado momentáneamente
desde EU el protagonismo internacional en momentos en que más lo necesitaban
para tratar de poner sordina a una crisis que los ha retratado de cuerpo entero
como pusilánimes o fascistas.
Y desde Washington, donde la noticia del multihomicida les ha permitido
dejar atrás la ola de condena y rechazo por la falta de acción en Puerto Rico,
toda la atención se concentraba en ese “acto diabólico” protagonizado por un
jubilado de 64 años.
Pero nada que opinar sobre el debate, largamente pospuesto, de regular
la venta de armas que son la causa directa de esa epidemia de muerte y
violencia en Estados Unidos.
Desde el mes de diciembre de 2012, cuando un sólo hombre abatió a 20
niños y 6 adultos en una escuela en Sandy Hook, en Connecticut, se han
producido 1,518 ataques con armas de fuego y han muerto 1,715 personas.
A pesar de ello, nadie desde el Congreso o la Casa Blanca parece interesado en debatir sobre la necesidad de regular la venta de armas.
Particularmente, las de asalto, que son la causa directa de una epidemia sin
precedentes en Estados Unidos.
Un fenómeno que, sospechamos, esa realidad mutante se encargará de sepultar de
nueva cuenta bajo otras capas de otros ciclos informativos, mientras desde la
Asociación Nacional del Rifle (NRA) sus asociados seguirán defendiendo la Segunda Enmienda y frotándose las manos con multimillonarias ganancias.

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