lunes, 2 de octubre de 2017

Esa realidad mutante

                                                                                                                Foto/AFP


J. Jaime Hernández

Ultimamente, la llamada actualidad informativa parece llevarnos a lomos de un ciempiés enloquecido. Dando tumbos por aquí y por allá. Retorciéndose y pinchándonos con novedades cada vez más insólitas, violentas o inquietantes. 

Despojándonos de nuestra capacidad de asombro y entendimiento.

En medio de esta realidad zigzagueante, no pocos experimentamos esa sensación de encontrarnos a la deriva, incapaces de saber lo que nos deparará el próximo ciclo informativo.

Aunado a ello, la velocidad con la que mudan las noticias de lugares, circunstancias y personajes, hace que nuestra capacidad de comprensión se achique drásticamente.

Por momentos, el vertiginoso viaje sobre ese tobogán impredecible de noticias y tragedias; de milagros y pesadillas, nos pega y deslumbra como un rayo, dejándonos momentáneamente sordos, mudos o ciegos.

A pesar de ello, son legión los que presumen conocimiento y comprensión cabal desde su cuenta de twiter o desde su cuenta de Facebook. Tomando partido a favor de una u otra trinchera sin tener la más remota idea.

Pontificando a favor de una u otra causa, por más desconocida que sea su origen y los canallas y los valientes que las alientan.

En medio de este río revuelto, así tenemos por ejemplo que, lo que ayer era una tragedia en la Ciudad de México (con un terremoto que había sacado a flote lo mejor de la sociedad civil y lo peor de un gobierno inepto y corrupto), de repente se produce un cambio de paisaje que nos arroja entre los escombros informativos que llegan desde Puerto Rico, una Isla dejada de la mano de Dios por el presidente Donald Trump.

Y cuando el ánimo de rechazo y linchamiento informativo parecían escalar desde San José y otros puntos en la Unión Americana, para poner a la administración de Donald Trump contra la pared —por la falta de atención y recursos hacia una comunidad que ha sido devastada por un huracán—, desde España y Cataluña la violenta represión registrada durante un referéndum independentista rompe el cascarón de la llamada actualidad informativa para advertirnos contra el viejo fantasma de una guerra civil.

De repente, la violencia y el abrocamiento en Cataluña eclipsaban los coletazos de escándalos y denuncias tras el paso del terremoto en México y acallaban los urgentes llamados de los miles de damnificados en Puerto Rico.

Pero, una vez más, el ciempiés enloquecido nos tenía preparado un giro imposible de anticipar.

Y todo por culpa de  un contable jubilado de 64 años. Un personaje “normal” que, de un día para otro, decidió atrincherarse en el piso 32 del Hotel Mandalay Bay, en Las Vegas, para enfrascarse en una orgía de muerte y violencia.

Más de 59 muertos y casi 500 heridos ha sido la estela dejada por Stephen Paddock, un “lobo solitario” (según la jerga de los cuerpos de lucha antiterrorista) que había conseguido llevar hasta su habitación un arsenal de 20 rifles y municiones.

Entre ellos, dos rifles de gran potencia y mira telescópica que apuntó hacia la gran explanada donde se celebraba el tercer día de un festival de music country. 

Un festival que Paddock convertiría en un espectáculo de sangre, horror y muerte sin precedentes en la historia moderna de Estados Unidos.

En medio de esta enloquecida montaña rusa de noticias, que trastocan nuestra memoria de mediano y largo plazo, mientras distraen y engolosinan con sangre y terror a la de corto plazo, los especuladores criminales del sector inmobiliario en la Ciudad de México, que fueron puestos en evidencia por un terremoto, parecen apostar por el olvido y la distracción de los medios ocupados en la próxima sorpresa informativa.

Las miles de víctimas del desdén y el olvido en Puerto Rico, vuelven a perder la atención de los reflectores y de los medios de comunicación mientras Donald Trump escapa del linchamiento mediático.

Desde Madrid y Barcelona, algunos líderes políticos parecían observar aliviados la forma en que un multihomicida enloquecido les ha arrebatado momentáneamente desde EU el protagonismo internacional en momentos en que más lo necesitaban para tratar de poner sordina a una crisis que los ha retratado de cuerpo entero como pusilánimes o fascistas.

Y desde Washington, donde la noticia del multihomicida les ha permitido dejar atrás la ola de condena y rechazo por la falta de acción en Puerto Rico, toda la atención se concentraba en ese “acto diabólico” protagonizado por un jubilado de 64 años.

Pero nada que opinar sobre el debate, largamente pospuesto, de regular la venta de armas que son la causa directa de esa epidemia de muerte y violencia en Estados Unidos.

Desde el mes de diciembre de 2012, cuando un sólo hombre abatió a 20 niños y 6 adultos en una escuela en Sandy Hook, en Connecticut, se han producido 1,518 ataques con armas de fuego y han muerto 1,715 personas.

A pesar de ello, nadie desde el Congreso o la Casa Blanca parece interesado en debatir sobre la necesidad de regular la venta de armas. Particularmente, las de asalto, que son la causa directa de una epidemia sin precedentes en Estados Unidos.


Un fenómeno que, sospechamos, esa realidad mutante se encargará de sepultar de nueva cuenta bajo otras capas de otros ciclos informativos, mientras desde la Asociación  Nacional del Rifle (NRA) sus asociados seguirán defendiendo la Segunda Enmienda y frotándose las manos con multimillonarias ganancias.

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