J. Jaime Hernández
Hace casi 30 años, cuando Estados Unidos y Canadá emprendieron las
negociaciones bilaterales —a las que se sumaría México para crear el Tratado de
Libre Comercio (TLCAN) a comienzos de 1994—, un grupo de cabilderos canadienses
de la poderosa provincia de Alberta, consideraron que las negociaciones
deberían seguir el esquema de “mesa para dos”.
Es decir, no aceptar al socio mexicano bajo la lógica de que, ese país
al sur de Estados Unidos, no era digno de sentarse a la misma mesa. No podía
formar parte del selecto club del primer mundo.
Más allá de este estúpido desvarío de superioridad, en el fondo más que
la asimetría evidente de México frente a Estados Unidos y Canadá, lo que más
irritaba a los canadienses . O mejor dicho, a los empresarios petroleros de
Alberta que los patrocinaban, era la negativa de México a incorporar el
petróleo como parte de las negociaciones del TLCAN.
Hoy, resulta irónico que sean los canadienses el mejor aliado de México
a la hora de intentar ganar el pulso de Donald Trump, en su anunciado plan por
dinamitar el acuerdo que marcó el nacimiento de un trillizo comercial que hoy
supone un volumen de intercambio comercial de poco más de 500 mil millones de
dólares al año.
Todo un salto cuantitativo y cualitativo si se le compara con el
intercambio comercial de las tres naciones en 1993, cuando el volumen ascendía
a sólo 82 mil millones de dólares.
Como bien sabemos, a pesar de las resistencias de los canadienses en los
90, al final las negociaciones siguieron su curso y el socio comercial mexicano
fue aceptado a pesar de su negativa a permitir que su principal fuente de
riqueza e independencia económica se sumara a esa canasta de bienes, cadenas de
producción e intercambios comerciales trilaterales que hicieron de la zona
TLCAN una de las más dinámicas en el mundo.
Aunque, también habría que decirlo, una de las zonas más dispares y
desiguales. Sobre todo en el caso de México, donde la promesa del entonces
presidente, Carlos Salinas de Gortari, de incorporar a su país al primer mundo,
no sólo cayó en saco roto. Sino que, en lugar de ello, hizo de México el socio
del TLCAN el eslabón más débil, más pobre y el más perjudicado.
Particularmente en los capítulos laboral y agrícola, donde cobró carta
de naturaleza la explotación de miles de obreros bajo el infame régimen de la
maquila y se acentuó el éxodo de
millones de campesinos hacia Estados Unidos y las grandes ciudades, expandiendo
así la mancha de pobreza, la desigualdad de millones y en buena medida el
fenómeno de la violencia.
Al mismo tiempo, el llamado capitalismo de compadres se consolidó para
enriquecer a ese selecto club de compadres que privatizaron y se enriquecieron
a manos llenas gracias a la venta de empresas paraestatales en el sector de la
telefonía, la metalurgia o el sector ferroviario, desatando así la
concentración de la riqueza en muy pocas manos.
Fueron ellos, los grandes beneficiarios del TLCAN.
Tras el fin de la cuarta ronda de negociaciones y el aplazamiento hasta
el 2018 de las pláticas para tratar de salvar y modernizar el TLCAN, hoy muchos
se preguntan si acaso será posible salvar al trillizo comercial que nació hace
23 años.
Hasta qué punto será posible separar a esa criatura que nació para
beneficiar a sus creadores y generar una de las cadenas de producción donde el
flujo comercial es la sangre que nutre a las economías de los tres países.
La respuesta corta —más allá de las fanfarronerías y las estratagemas
negociadoras de la administración Trump—, es que una operación para separar al
trillizo que nació hace 23 años, es demasiado arriesgada.
Sobre todo, para sus principales beneficiarios, entre ellos el propio
Donald Trump.
Algunos analistas ya vaticinan que, en caso de un colapso del TLCAN,
muchas empresas de EU y Canadá seguirán operando en México.
Las razones son muchas. Pero, quizá la más importante es los costos de
operación que obligarían a muchas empresas a permanecer en México. Según un
análisis comparativo a partir de las cifras del Departamento del Trabajo de
Estados Unidos, el costo de un obrero en Estados Unidos es de hasta 15 dólares
la hora, sin tomar en cuenta los beneficios, seguros médicos o fondos de
retiro.
Comparado con los 2,50 dólares la hora de un obrero mexicano en una
maquila de Tijuana, el margen de competitividad es más que evidente.
Un factor adicional es que, tanto Canadá como Estados Unidos y México,
no sólo son socios comerciales, sino que también son socios en la compleja
cadena de producción que se ha creado a lo largo de 23 años. Lo mismo en la
industria automotriz, que en el de la aeronáutica, por poner sólo dos ejemplos.
En otras palabras, las rutas de producción, suministro y distribución
del TLCAN son las arterias de un sistema que ha cobrado vida propia. Un
circuito consolidado que se rige hoy por unas reglas de circulación y
comercialización que son perfectibles, pero sin las cuales millones de
trabajadores, empresarios, agricultores y consumidores se verían seriamente
dañados.
¿Será capaz Trump de permitirse un ambiente de volatilidad e
incertidumbre que impactaría en las elecciones legislativas de medio término en
2018?. ¿México podría asumir sin sobresaltos la pérdida de casi un millón de
puestos de trabajo con elecciones generales a la vuelta de la esquina?
Por esta razón, son muchos los que consideran que, más que dinamitar el
TLCAN, el presidente Trump no tendrá más que remedio que actualizar o
modernizar algunos capítulos. Mejorar un tratado poniendo especial énfasis en
el aspecto laboral, el medio ambiental, en la lucha contra la corrupción y en
la lucha contra el lavado de dinero.
Y todo ello con un horizonte de negociación que, como ha reconocido el
Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, podría llegar hasta el segundo
semestre del 2018.
Si esto es así, México tendría una oportunidad histórica para mejorar un
tratado que sólo enriqueció a unos pocos, mientras empobreció a millones.

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