J. Jaime Hernández
Muchos se preguntan cuando será la próxima réplica del terremoto para
poder escapar de la tragedia. Imposible saberlo. Durante décadas, la comunidad
científica ha intentado adelantarse a ese monstruo caprichoso que se esconde
bajo las fallas y las placas tectónicas que sostienen nuestra corteza
terrestre.
Por el momento, la única posibilidad que tienen los geólogos y
científicos es la de anticipar el posible epicentro del terremoto, pero no la
fecha exacta, ni la magnitud del evento.
En otras palabras, pueden anticipar el dónde, pero no el cuándo.
Otra de las grandes preguntas que muchos se hacen hoy (dentro y fuera de
México) es si, acaso, el terremoto del pasado 19 de septiembre tendrá su otra
réplica.
Me refiero al del impacto en el tejido social y en el posible reacomodo
de fuerzas y equilibrios políticos en todo México.
Particularmente antes y después de las elecciones generales del 2018.
Mucho se ha dicho del impacto que tuvo el terremoto de 1985. Su papel
como detonante de un cambio. Su efecto revulsivo en un proceso de transición
que, hoy sabemos, cayó en saco roto por la complicidad y culpa de muchos, pero
sobre todo, de personajes como Vicente Fox.
El ranchero con botas que no supo estar a la altura de las
circunstancias.
De la impredictibilidad
Tratándose de terremotos, si hay algo que tienen en común con el
futurismo político, es su elevado grado de impredictibilidad.
Si nos diéramos a la tarea de elaborar un modelo de factibilidad para
tratar de asomarnos al futuro electoral del 2018, ni siquiera nos serviría el
ejemplo de 1985. Entre otras cosas porque las variables de aquel entonces, son
completamente distintas a las de nuestros días.
A manera de ejemplo, el cáncer de la corrupción lo ha devorado casi
todo. El nivel de violencia, comparado con el del 85, resulta dantesco.
La negligencia y complicidad de los gobernantes, que permitió en las
últimas tres décadas la evolución de los delincuentes del orden común, en
carteles sanguinarios que trafican lo mismo con drogas que con personas y con
el terror de millones a los que extorsionan, han desahuciado la credibilidad y
confianza en la clase política.
Una clase política que se convirtió en cómplice de ese descenso a los
infiernos, con un país infestado de fosas comunes.
Y un factor adicional: la fortaleza institucional de 1985 es hoy sólo
una rémora. Nuestras otrora fortalezas estructurales son hoy lo mismo que una
charamusca. Lustrosas por fuera, pero huecas y quebradizas por dentro.
En este contexto, surge la pregunta inevitable:
¿Estamos preparados para el terremoto electoral del 2018?… ¿Es posible
avizorar una alternancia en el poder a favor de MORENA o de un candidato
independiente tras el paso de esta tragedia ?
¿Seremos capaces de abrazar el cambio o volveremos sobre nuestros
propios pasos para quedarnos entrampados en ese marasmo involucionista que nos ha dejado a merced de una clase política
mediocre y corrupta?
¿Seguiremos a merced de los malandros?. Me refiero a los de cuello
blanco y a los que medran bajo la ley de “plata o plomo”.
Una de las pocas verdades que han salido a flote tras el terremoto es la
insufrible condición de millones de ciudadanos que no tienen los gobernantes
que se merecen.
Si algo ha demostrado este terremoto es que los capitalinos han estado a
merced de políticos y constructoras sin escrúpulos en una ciudad convertida en
el reino de la anarquía inmobiliaria.
Con un transporte público convertido en el mejor vehículo para el asalto, el crimen, la impunidad y la inseguridad.
Con un transporte público convertido en el mejor vehículo para el asalto, el crimen, la impunidad y la inseguridad.
En una bomba de tiempo que traerá consigo el desabasto de agua potable.
El empoderamiento de miles de ciudadanos que salieron a las calles para
socorrer a sus semejantes nos hizo olvidar por un momento el sórdido avance de
la desigualdad y la segregación social y económica que hoy es más patente que
nunca en la Ciudad de México.
A nadie importó el color de piel o la condición social cuando se trató
de escarbar entre los escombros para salvar a las víctimas.
Aunque durante un terremoto todos sufren por igual (no hay nada más
democrático que la muerte, como solía decir José Guadalupe Posada), durante un
proceso electoral el agravio social y la sed de cambio es un poderoso
catalizador de votos de castigo y el vehículo ideal para los oportunistas de
siempre.
¿Quién sacará mayor provecho de este terreno fértil para el cambio, pero
también para el “ajuste de cuentas”; para sembrar el caos y desconcierto?
¿Quién conseguirá inclinar el fiel de la balanza mediante guerras
sucias; con el emponzoñamiento colectivo a través de las redes sociales y la
compra de voluntades?
¿El milagro de la solidaridad, particularmente de los jóvenes, será
nuestra Epifanía de ese cambio anhelado?
¿O el pasado nos volverá a alcanzar?
Sospecho que lo primero. Pefiero pensar que, el cúmulo de contradicciones
(Marx dixit), favorecen el cambio.
Pero, como solía recordar recientemente Barack Obama, tras el inesperado
triunfo de Donald Trump en las presidenciales de noviembre pasado:
“A veces la historia no avanza de forma lineal, sino en zig-zag” para
traicionar nuestros mejores sueños y abandonarnos en medio de la peor de
nuestras pesadillas.

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