martes, 26 de septiembre de 2017

La otra réplica



                                                                                        Foto/AP



J. Jaime Hernández


Muchos se preguntan cuando será la próxima réplica del terremoto para poder escapar de la tragedia. Imposible saberlo. Durante décadas, la comunidad científica ha intentado adelantarse a ese monstruo caprichoso que se esconde bajo las fallas y las placas tectónicas que sostienen nuestra corteza terrestre.

Por el momento, la única posibilidad que tienen los geólogos y científicos es la de anticipar el posible epicentro del terremoto, pero no la fecha exacta, ni la magnitud del evento.

En otras palabras, pueden anticipar el dónde, pero no el cuándo.

Otra de las grandes preguntas que muchos se hacen hoy (dentro y fuera de México) es si, acaso, el terremoto del pasado 19 de septiembre tendrá su otra réplica.

Me refiero al del impacto en el tejido social y en el posible reacomodo de fuerzas y equilibrios políticos en todo México.

Particularmente antes y después de las elecciones generales del 2018.

Mucho se ha dicho del impacto que tuvo el terremoto de 1985. Su papel como detonante de un cambio. Su efecto revulsivo en un proceso de transición que, hoy sabemos, cayó en saco roto por la complicidad y culpa de muchos, pero sobre todo, de personajes como Vicente Fox.

El ranchero con botas que no supo estar a la altura de las circunstancias.

De la impredictibilidad


Tratándose de terremotos, si hay algo que tienen en común con el futurismo político, es su elevado grado de impredictibilidad.

Si nos diéramos a la tarea de elaborar un modelo de factibilidad para tratar de asomarnos al futuro electoral del 2018, ni siquiera nos serviría el ejemplo de 1985. Entre otras cosas porque las variables de aquel entonces, son completamente distintas a las de nuestros días.

A manera de ejemplo, el cáncer de la corrupción lo ha devorado casi todo. El nivel de violencia, comparado con el del 85, resulta dantesco.

La negligencia y complicidad de los gobernantes, que permitió en las últimas tres décadas la evolución de los delincuentes del orden común, en carteles sanguinarios que trafican lo mismo con drogas que con personas y con el terror de millones a los que extorsionan, han desahuciado la credibilidad y confianza en la clase política.

Una clase política que se convirtió en cómplice de ese descenso a los infiernos, con un país infestado de fosas comunes.

Y un factor adicional: la fortaleza institucional de 1985 es hoy sólo una rémora. Nuestras otrora fortalezas estructurales son hoy lo mismo que una charamusca. Lustrosas por fuera, pero huecas y quebradizas por dentro.

En este contexto, surge la pregunta inevitable:

¿Estamos preparados para el terremoto electoral del 2018?… ¿Es posible avizorar una alternancia en el poder a favor de MORENA o de un candidato independiente tras el paso de esta tragedia ?

¿Seremos capaces de abrazar el cambio o volveremos sobre nuestros propios pasos para quedarnos entrampados en ese marasmo involucionista que  nos ha dejado a merced de una clase política mediocre y corrupta?

¿Seguiremos a merced de los malandros?. Me refiero a los de cuello blanco y a los que medran bajo la ley de “plata o plomo”.

Una de las pocas verdades que han salido a flote tras el terremoto es la insufrible condición de millones de ciudadanos que no tienen los gobernantes que se merecen.

Si algo ha demostrado este terremoto es que los capitalinos han estado a merced de políticos y constructoras sin escrúpulos en una ciudad convertida en el reino de la anarquía inmobiliaria. 

Con un transporte público convertido en el mejor vehículo para el asalto, el crimen, la impunidad y la inseguridad.

En una bomba de tiempo que traerá consigo el desabasto de agua potable.

El empoderamiento de miles de ciudadanos que salieron a las calles para socorrer a sus semejantes nos hizo olvidar por un momento el sórdido avance de la desigualdad y la segregación social y económica que hoy es más patente que nunca en la Ciudad de México.

A nadie importó el color de piel o la condición social cuando se trató de escarbar entre los escombros para salvar a las víctimas.

Aunque durante un terremoto todos sufren por igual (no hay nada más democrático que la muerte, como solía decir José Guadalupe Posada), durante un proceso electoral el agravio social y la sed de cambio es un poderoso catalizador de votos de castigo y el vehículo ideal para los oportunistas de siempre.

¿Quién sacará mayor provecho de este terreno fértil para el cambio, pero también para el “ajuste de cuentas”; para sembrar el caos y desconcierto?

¿Quién conseguirá inclinar el fiel de la balanza mediante guerras sucias; con el emponzoñamiento colectivo a través de las redes sociales y la compra de voluntades?

¿El milagro de la solidaridad, particularmente de los jóvenes, será nuestra Epifanía de ese cambio anhelado?

¿O el pasado nos volverá a alcanzar?

Sospecho que lo primero. Pefiero pensar que, el cúmulo de contradicciones (Marx dixit), favorecen el cambio.

Pero, como solía recordar recientemente Barack Obama, tras el inesperado triunfo de Donald Trump en las presidenciales de noviembre pasado:


“A veces la historia no avanza de forma lineal, sino en zig-zag” para traicionar nuestros mejores sueños y abandonarnos en medio de la peor de nuestras pesadillas.

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