J. Jaime Hernández
¿Cuántos adjetivos caben en una decisión que amenaza el futuro de más de
un millón de jóvenes inmigrantes que llegaron en brazos de sus padres a EU?
Supongo que miles. Hoy, muchos de ellos resuenan entre gritos de
indignación y llanto de desconsuelo frente a la Casa Blanca. O en las
inmediaciones de la Torre Trump en Nueva York donde se han producido varios
arrestos de jóvenes protestando.
O en marchas espontáneas que se han producido por las calles de Denver,
Colorado, o en Los Angeles, California.
Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, ha dicho que Estados Unidos vive hoy “uno de sus días
más tristes”. Tiene razón. Y las razones esgrimidas por el Fiscal General, Jeff
Sessions, para sepultar el Programa de Acción Diferida conocido como DACA —que
había beneficiado a un universo de 800 mil jóvenes—, no sólo se antojan
insuficientes, sino que son la confirmación de que esta decisión ha estado movida por la más cruel y aviesa de
las razones: la del racismo puro y duro.
Porque, más allá de disquisiciones legales o constitucionales. Y más
allá de la responsabilidad que le toca a la administración de Barack Obama, por
haber fallado a la hora de cumplir con su promesa de una reforma migratoria, la
decisión de Donald Trump ha marcado un antes y un después en el terreno de los
derechos humanos en EU.
Porque la decisión de excluir, marginar y criminalizar a miles de
jóvenes que no conocen otro país más que EU, para satisfacer y acallar así los
peores instintos de esa base de extrema derecha que apoyo a Donald Trump,
supone el inicio de la cacería contra ese grupo de jóvenes que representan el
futuro y el principio de un largo calvario para una comunidad bajo permanente
ataque.
En muchos sentidos, los Dreamers son los náufragos incomprendidos de la
era moderna. Las víctimas de sistemas de gobierno que les han dado la espalda.
No una, sino varias veces. La mayoría de ellos, salieron en brazos de sus
padres. O acompañados por coyotes que les cruzaron con nocturnidad por la
frontera, para reunirse con esa familia que lo arriesgó todo para huir de la
pobreza, de la violencia en países como México para tratar de ofrecerles un
futuro mejor.
Hoy ese futuro bajo Donald Trump se ha convertido en una pesadilla.
Hace poco, Sarahí Espinoza, una Dreamer que es considerada como una de
las jóvenes más influyentes en la industria educativa de EU (según la revista
Forbes), nos contaba la forma en que llegó a pensar en quitarse la vida cuando
descubrió que era indocumentada y no podía seguir sus estudios en la
universidad.
Después de superar una depresión y buscar ayuda, Sarahi consiguió
continuar con sus estudios y hoy es una de las más reconocidas líderes del
movimiento de los Dreamers.
Tras la muerte de su padre, quien cayó víctima de cáncer, su madre se
trasladó a México desde donde no ha podido regresar, por falta de papeles. Casi
la mitad de los hermanos de Sarahí están en las mismas circunstancias.
Con todo y ello, Sarahí ha decidido seguir sus sueños. Y, seguramente,
la decisión de Donald Trump, no podrá detenerla en su empeño por conquistar
incluso un cargo de elección popular.
Pero, no todos los Dreamers son Sarahi Espinoza. Muchos de ellos, han
corrido con menos suerte. Como Juan Manuel Montes, quien fue deportado en
febrero pasado a México a pesar de que contaba con la protección del DACA.
La guerra declarada contra la comunidad inmigrante en general y los
Dreamers en particular quedará registrada en los libros de historia como uno de
los pasajes más crueles y vergonzantes para una democracia que hoy da tumbos
bajo el liderazgo de un presidente inexperto y racista, que se embosca detrás
de una amenaza de demanda encabezada por el estado de Texas para acabar con el
DACA por la vía judicial.
La decisión de dejar en manos del Congreso, una de las instituciones
peor valoradas por los ciudadanos, la solución de un problema que ha sido
utilizado como moneda de cambio tanto por demócratas como por republicanos,
amenaza con desatar una guerra civil entre republicanos mientras complica las
posibilidades de acuerdo con el partido demócrata.
Si el Congreso es incapaz de alcanzar un acuerdo antes del próximo 5 de
marzo, cuando expira el DACA, miles de jóvenes indocumentados estarán en
peligro de ser arrestados y deportados.
Se habrá cumplido así una de las promesas de campaña de Donald Trump,
cuando anunció que pondría fin al sueño de miles de jóvenes indocumentados que
hoy siguen siendo criminalizados por la Casa Blanca.
A manera de ejemplo, ahí esta el pronunciamiento de Sarah Huckabee, la
portavoz de la Casa Blanca, que ha insistido en el argumento de que los
Dreamers son en buena medida responsables del desempleo que afecta a casi 4
millones de jóvenes estadounidenses.
Y que decir de las declaraciones de Trump, quien ha sugerido que muchos
Dreamers son aliados de las pandillas como la Mara Salvatrucha.
Todo con el fin de satisfacer a su base
electoral y, de paso, justificar una decisión tan cruel como injusta para poner
fin al sueño de quienes hoy siguen luchando por su futuro con uñas y dientes.

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