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J. Jaime Hernández
Pocas veces uno tiene la oportunidad de contemplar un acto de justicia
en este mundo tan dispar y puñetero donde los hijos de puta casi siempre se
salen con la suya y muy raras veces son castigados por sus abusos hacia los más
vulnerables y desvalidos.
Por ello mismo, la sentencia por desacato contra Joe Arpaio —el alguacil
“más duro” de Estados Unidos como le gustaba ser reconocido—, ha caído como un
acto de justicia largamente esperado.
Al final, sus malas acciones. Su crueldad hacia los inmigrantes y la
comunidad hispana le han pasado factura.
Pero antes de cantar victoria, por una decisión judicial que sólo
podría llevarle a la cárcel por seis meses —una sentencia que se hará oficial
el próximo 5 de octubre—, para muchos resulta evidente que esta penalización se
quedará muy corta si se le compara con las afrentas sufridas por miles de
inmigrantes y ciudadanos de Estados Unidos de origen hispano que cayeron en sus
manos.
En los tiempos que corren supongo que sería algo así como castigar a
Donald Trump sin derecho a acceder a su cuenta de twitter durante una hora.
Porque ¿quien no recuerda la humillación sufrida por inmigrantes
obligado a vestir informes rosas y a rayas como en un campo de concentración
inspirado en aberraciones nazis?
¿Quien puede olvidar el ambiente de persecución contra la comunidad
hispana a la que se convirtió en el sospechoso habitual en la zona
metropolitana de Phoenix y en Maricopa?
En cualquier caso, la decisión judicial de la juez Susan R. Bolton,
parece haber marcado el fin de trayecto para un personaje que hizo del
racismo y el sentimiento antimigrante su principal plataforma para mantenerse
en el cargo durante 24 años.
Y, de paso, para convertir al estado de Arizona en el epicentro del movimiento contra la comunidad inmmigrante en Estados Unidos.
En muchos sentidos, Joe Arpaio es hoy una de las paradojas que abriga la
historia moderna de Estados Unidos.
Aunque son mayoría los que consideran que la “bestia negra” del
movimiento antimigrante está condenado a desaparecer del paisaje político a sus 85 años, su discurso y sus prácticas dejaron escuela entre esa clase política
que hoy sigue rebañando del plato de la desigualdad y del resentimiento de raza
y clase para ganar elecciones y buscar el poder.
Ahí tenemos el caso de Donald Trump, uno de los más avanzados alumnos de
Joe Arpaio. Durante su campaña por la presidencia de EU, Trump hizo suyas las
mismas soflamas y amenazas del hoy ex alguacil de Maricopa.
A manera de ejemplo, aquí las declaraciones que Joe Arpaio lanzó en
agosto de 2012, en el marco de la campaña del entonces candidato republicano a
la presidencia, Mitt Romney.
El contenido de estas declaraciones parecen la copia del guión que
Donald Trump utilizó durante su campaña por la presidencia y ha transmitido
desde su arribo al poder al gobierno de México:
"Si yo fuera el presidente de EU, me sentaría con el presidente de
México para tomarme un par de tragos y decirle: señor presidente usted tiene
más de 50 mil personas muertas. Esto es muy triste. Estamos aquí para ayudarle.
Para enviarle a nuestra patrulla fronteriza... o a nuestras tropas para que
trabajen con su gente y así puedan resolver el desastre.
"Si ya enviamos tropas a países tan lejanos como Afganistán, porqué
no enviarlas a nuestro vecino y así ayudar al gobierno de México a resolver el
problema”.
Cuando uno revisa el contenido de estos mensajes que convirtieron a Joe
Arpaio en referente de la base republicana y le permitieron mantenerse en el
poder, es inevitable concluir que Donald Trump ni siquiera fue original a la hora
de construir su discurso contra México y la comunidad migrante.
La diferencia estriba en la suerte que hoy marca la vida de ambos
personajes. Uno, en la decrepitud y en caída libre a sus 85 años de edad.
El otro, en la cima de su carrera
como provocador y aprendiz de presidente de Estados Unidos.
Ahí la paradoja más desconcertante para una nación que hoy contempla la
dispar suerte de estos dos personajes que han hecho del odio racista, de la
fallida guerra contra las drogas y la persecución hacia la comunidad inmigrante
su principal línea de defensa para evitar ser arrollados por el tren de la
historia.

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