Foto/AFP
J. Jaime Hernández
El inicio de la era Trump se ha convertido en un aguafuerte de la realidad donde las obras de los buenos y los malos resaltan hoy más que nunca.
El inicio de la era Trump se ha convertido en un aguafuerte de la realidad donde las obras de los buenos y los malos resaltan hoy más que nunca.
Las buenas obras de quienes se oponen a los caprichos del poderoso, o plantan
cara a los odios del matón o al viejo demonio racista, destacan aún más en esa
realidad de claroscuros y contrastes donde las obras de los “gringos buenos”
—en palabras de nuestros inmigrantes—, demuestran que, quizá, Estados Unidos
sigue teniendo esperanza para aquellos que hoy dudan (con toda razón) de su
proverbial “excepcionalismo”.
Entre este grupo de los “gringos buenos”, podríamos incluir al
gobernador de Virginia, Terry McAuliffe, quien esta misma semana decidió
indultar a la inmigrante de origen salvadoreño, Liliana Cruz Méndez, por haber
conducido sin licencia en diciembre de 2013.
"Hoy absolví a Liliana Cruz Méndez por una ofensa menor de tránsito
que podría contribuir a su deportación", aseguró el gobernador demócrata a
través de su cuenta de twiter, en un acto de solidaridad sin precedentes hacia
una familia que huyó de la violencia de las pandillas en El Salvador.
Habría que decir que, aunque el gesto de McAuliffe ha sido encomiable,
su buena obra podría no ser suficiente para salvar a Liliana Cruz, madre de dos
pequeños de 4 y 10 años, de la remoción.
Pero, sin lugar a dudas, su perdón mejorará considerablemente sus
posibilidades ante el juez que tendrá que decidir su deportación o su
permanencia en Estados Unidos, a donde llegó buscando refugio hace ya más de 10
años.
En este sentido, el ejemplo de Terry McAuliffe ha demostrado que, a
pesar de Donald Trump, algunos ciudadanos de Estados Unidos siguen siendo
capaces —parafraseando a Abraham Lincoln—, de apelar a los mejores ángeles de
su naturaleza.
Un segundo ejemplo de “buen gringo” es el senador demócrata por el
Estado de Pennsylvania, Bob Casey. Conocido por su temperamento mesurado, Casey
ha sorprendido a muchos al colocarse a la cabeza de un movimiento de
resistencia contra Donald Trump en el frente de la inmigración indocumentada.
A comienzos de mayo, Bob Casey decidió salir en defensa de una madre
indocumentada de origen hondureño y de su hijo de apenas de 5 años. A través de
su cuenta de twiter y mediante cartas dirigidas a la Casa Blanca, Casey inició
una intensa campaña para evitar la expulsión de esta inmigrante que huyó de la
violencia en Honduras hace un año y medio.
“Esto es urgente…Este pequeño y su madre temen por sus vidas en caso de
ser deportados a Honduras”, aseguró Casey en una carta dirigida al presidente
Donald Trump.
Pero los intentos de Casey, uno de los senadores demócratas conocidos
por su ferviente catolicismo, cayeron en saco roto. En cuestión de horas, el
pequeño de 5 años y su madre fueron embarcados rumbo al aeropuerto de
Tegucigalpa.
En muchos sentidos, Terry McAuliffe y Bob Casey son el mejor ejemplo de
los “gringos buenos” que destacan por sus obras y acciones ante un personaje
como Donald Trump, evidentemente, el “gringo malo” en esta película.
San Agustín solía decir que, “cuanto mejor es el bueno, tanto más
molesto resulta para el malo”.
Pero en el caso que nos ocupa, ni a Donald Trump, ni a otros que le han
antecedido en esta cruzada anti inmigrante, les quita el sueño su comparación
con aquellos que como Bob Casey, Terry McAuffley, Barack Obama o Ronald Reagan,
mostraron más compasión hacia la comunidad inmigrante.
Por lo que toca a Obama, no es que se le pueda considerar como el santo
patrón de la comunidad migrante. La expulsión de más de 2 millones de
indocumentados durante su administración sólo demostró los alcances de su poder
presidencial y su propia incapacidad para rehuir de esa infame práctica de
“pastoreo electoral” de los demócratas hacia la comunidad hispana, con promesas
de una reforma migratoria que han sido incapaces de hacer realidad.
A pesar de ello, su rechazo a la conocida retórica anti inmigrante de
personajes como el presidente, Donald Trump; o del ex alguacil de Maricopa, Joe
Arpaio; o del congresista por California, Dana Rohrabacher, o del fundador del
movimiento de los Minuteman, James Gailchrist, lo colocan en las antípodas y lo
convierten, casi por defecto, en lo más parecido a un simpatizante de la causa
que hoy afecta a más de 11 millones de indocumentados.
A propósito de “gringos buenos”.
Hace más de 12 años, conocí a Parker Duncan, en aquel entonces un médico
recién graduado de la Universidad de California en Irvine. Mientras cursaba el
último año de su carrera, Parker realizaba sus prácticas hacia ambos lados de
la frontera y se familiarizaba con el español y los ancestrales remedios de la
comunidad hispana para cuidar de su salud.
Aún recuerdo aquella conversación que mantuvimos, mientras atendía a
unos inmigrantes que lo buscaban porque sabía hablar español:
"Prefiero ir a la cárcel antes que denunciar a un indocumentado”,
me dijo este médico al que los pacientes bautizaron desde entonces con el
sobrenombre del “gringo bueno”.
“Prefiero ir y marchar a las puertas de la Asamblea legislativa en
Sacramento antes que marginar o servir de instrumento para castigar y hacer
sufrir más a esta población que sólo ha venido a buscar trabajo y un mejor
futuro para su familia…”

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