En la imagen, John Kelly, Secretario de Seguridad Interna de EU AP
El líder de MORENA, Andrés Manuel López Obrador, ha pedido a Estados
Unidos abstenerse de intervenir en las elecciones presidenciales del 2018.
Buena suerte con ello.
Si tenemos en cuenta el largo historial intervencionista de EU en los
asuntos de México y el perfil de su actual Secretario del Interior, todo parece
indicar que la petición de López Obrador caerá en saco roto.
Entre otras cosas porque, el intervencionismo en nuestros asuntos
internos, ha sido de larga data en la tumultuosa historia de las relaciones
entre México y Estados Unidos.
Ahí tenemos el antecedente más remoto en 1848, cuando el entonces
presidente de EU, James Polk intentó, en vano, aprovechar la humillante derrota
de los ejércitos mexicanos para anexarse la totalidad de nuestro territorio con
la complicidad de algunas de las familias más ricas de México.
Para nuestra fortuna, el victorioso general Winfield Scott se negó a
obedecer al presidente Polk durante el humillante proceso de capitulación en el
que a México le fueron arrebatados 2 millones 400 mil kilómetros cuadrados de
territorio lo que, en aquel entonces, eran los estados de Texas, Nuevo México y
California.
Desde ese infame referente histórico, han sido muchos los embates
injerencistas de EU.
Como también muchos los políticos mexicanos que han facilitado esta
tarea. El viejo aserto de que un candidato presidencial en México “tiene que
contar con el aval o la bendición de Washington” se convirtió en una suerte de
pre requisito.
En un factor a tener muy encuentra en esa complicada ecuación de la
sucesión presidencial desde que el presidente Miguel Alemán (1946-1952) se
convirtió en uno de los primeros en tantear los límites externos del poder
presidencial ante Estados Unidos.
Aunque la lucha por la sucesión presidencial tendría que dirimirse en
las urnas, lo cierto es que la batalla por las riendas de la nación también se
libra de forma oficiosa en los círculos del poder de Washington.
¿Quien no recuerda la “campaña negra” orquestada por el gobierno de
Felipe Calderón hacia fines de 2011, cuando acusó al PRI de tener alianzas
inconfesas con los carteles de la droga?
“Hay muchos en el PRI que piensan que los arreglos del pasado (con el
crimen organizado) podrían funcionar ahora. Yo no veo como pueda lograrse un
acuerdo, pero es una mentalidad que muchos de ellos tienen. Y si esa opinión
prevalece me preocuparía”, aseguró en aquel entonces el presidente de México
durante una oportunísima entrevista con el consejo editorial del diario The New
York Times, en un intento por vacunar a la opinión pública y al poder político
de Estados Unidos contra el eventual retorno del PRI.
Aunque los intentos de Calderón surtieron el efecto esperado entre
algunos de los halcones del partido republicano, como el senador John McCain,
desde el Departamento de Estado consideraron que el entonces candidato
presidencial, Enrique Peña Nieto, “se merecía una oportunidad para demostrar
que el PRI de los Dinosaurios había cambiado”.
Hoy resulta evidente que los “expertos” del Departamento de Estado se
equivocaron en todo.
Lo mismo que las autoridades del FMI que le creyeron las supuestas
bondades de sus reformas estructurales y aquella promesa de que haría crecer a
México al 7%.
Pero si el gobierno de Calderón se empleó a fondo para evitar a toda
costa la victoria del PRI, no es menos cierto que el equipo de Enrique Peña
Nieto hizo todo lo posible para contrarrestar esta campaña de desinformación
gracias a la colaboración de entusiastas aliados en el Congreso de EU.
Como el congresista demócrata por Texas, Henry Cuellar, quien se
convirtió en su más vehemente defensor ante aquellos que le acusaban de ser el
representante de un partido de inconfesas alianzas con los carteles de la droga
que, además, suponía una vuelta al pasado.
Nunca como antes, las pasadas elecciones presidenciales en México se
libraron en los pasillos del poder en Washington.
De hecho, los aspirantes a la presidencia en 2012 hicieron de sus
visitas a la capital de Estados Unidos una suerte de pasarela ante los miembros
del Congreso, con algunos de los consejos editoriales de importantes medios de
comunicación y ante los llamados grupos de expertos y mexicanólogos que viven
de su supuesto “expertise” en los asuntos de México.
Por cierto, algunos de estos centros de pensamiento (Think Tanks), que
sirven de escaparate a funcionarios gubernamentales y líderes políticos de
distinto signo, reciben generosos fondos del gobierno mexicano.
Por tanto, si alguien se ha encargado de invitar al poder político de EU
en la dinámica de una sucesión presidencial en México, ha sido precisamente su
clase política.
En este contexto, el general retirado, John Kelly, ha declarado
recientemente que la administración del presidente Donald Trump tiene “un
problema en México” ante la posible victoria de Andrés Manuel López Obrador en
las presidenciales de 2018:
“Si la elección en México fuera mañana, probablemente se obtendría a un
antiestadunidense de ala izquierdista como presidente de México. Eso no puede
ser bueno para Estados Unidos”, dijo Kelly durante una reciente audiencia ante
el Senado.
El problema de estas declaraciones, que se ha apresurado a rechazar el
Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, es que han salido de la
boca de quien ha sido el jefe del comando sur y uno de los más importantes
aliados de las fuerzas armadas de México.
Pero, además, uno de los más estrechos colaboradores de la CIA.
De ahí lo preocupante de un pronunciamiento que refleja, en buena
medida, el pensamiento de la administración Trump y de un nutrido grupo de
miembros del Congreso que comulgan con los intereses del movimiento conservador
y, sobre todo, del poder corporativo que tiene mucho que perder en un país como
México.

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