Foto AP
En
el argot de inteligencia le llaman el ratio de “flash-to-bang”, algo así como
el tiempo que discurre entre “flamazo y el estallido”.
Según la descripción de
Nicholas Rasmussen, el director del Centro Nacional Contraterrorista (NCTC) de
la administración Obama, este corto espacio de tiempo se ha convertido en un
auténtico quebradero de cabeza para los servicios de inteligencia de Estados
Unidos, Francia, Bélgica e Inglaterra.
Según
Rasmussen, el momento en que un terrorista decide actuar y el momento en que
dispara sobre una multitud o detona una bomba, se han comprimido al máximo,
dificultando así enormemente las labores de inteligencia para frustrar
atentados como el que dejó un espectáculo dantesco en Niza, Francia.
Lo
irónico del asunto es que, casi a la misma hora en que Rasmussen ofrecía su
testimonio ante el comité de seguridad de la Cámara de Representantes, para
hablar de las medidas de seguridad contra actos de violencia y amenazas terroristas en las
convenciones del partido republicano en Cleveland y en Filadelfia, el conductor de un camión, un francés de origen tunecino, decidía arremeter contra una multitud que se concentraba sobre
el paseo marítimo de la ciudad de Niza, al sur de París, para dejar un saldo
provisional de más de 80 muertos y decenas de heridos.
Apenas
el pasado 16 de junio, durante una audiencia ante el comité senatorial de
inteligencia, el director de la CIA, John Brennan, se dejaba llevar por un
inusual arranque de franqueza para reconocer abiertamente:
“Nuestros
esfuerzos no han reducido la capacidad operativa terrorista de ISIS (o el
Estado Islámico) , ni tampoco han podido evitar su alcance global”.
Tras esta confesión, que desarmó a los miembros del
comité, Brennan aceptó la posibilidad de nuevos atentados terroristas como los
que se han producido en París o en Orlando, Florida.
Menos de un mes más tarde, la advertencia de Brennan
se materializaba en un nuevo golpe terrorista, arrebatando la vida de decenas de turistas y parroquianos que festejaban el 14 de julio, es
decir, la Toma de la Bastilla, sobre una de las principales arterias de Niza.
No es mi intención convertirme en ave de mal agüero. No
es necesario porque la amenaza, nos guste o no, seguirá ahí.
Ni tampoco, dejar en evidencia (lo evidente no necesita demostración) a unos servicios de
inteligencia que han fracasado una y otra vez a la hora de frustrar atentados
que se han cebado sobre las carnes de víctimas inocentes.
O que se han mostrado
incapaces de entender las profundas raíces del llamado “terrorismo doméstico”
(exclusión social, racismo, segregación económica, etc) que se ha fusionado con
el terrorismo del Estado Islámico desde Siria e Irak para arrebatarle el sueño
a las democracias “más avanzadas” del planeta.
Simplemente quiero llamar la atención sobre una
amenaza que, tras los atentados de Orlando y de Niza, revoloteará inevitablemente sobre la convención del partido
republicano a partir de la próxima semana y del demócrata hacia fines de este
mismo mes.
Según reconoció esta misma semana el Secretario de
Seguridad Interna (DHS), Jeh Johnson, durante las convenciones republicana y
demócrata en las ciudades de Cleveland, Ohio y Filadelfia, Pennsylvania, serán
desplegados más de 4 mil agentes del servicio secreto, del FBI y de distintas
agencias federales de seguridad.
Durante más de un año, según aseguró Johnson, las principales agencias de inteligencia han trabajado codo con codo para evitar actos de violencia o de terrorismo.
Durante más de un año, según aseguró Johnson, las principales agencias de inteligencia han trabajado codo con codo para evitar actos de violencia o de terrorismo.
La tarea, sin embargo, no será nada fácil. Según han
reconocido las autoridades policiales de Ohio, numerosos grupos extremistas ya
han anunciado a sus seguidores que harán acto de presencia en Cleveland.
La
mayoría de estos grupos, que simpatizan con la campaña de Donald Trump, se han
convertido en un serio problema para las agencias de inteligencia preocupadas no sólo por la virulencia de estos grupos, sino por la posibilidad de un atentado terrorista.
O, como lo expuso el propio Nicholas Rasmussen, en la audiencia celebrada, entre otras
cosas, para pasar revista a la seguridad de las convenciones que se celebrarán
este mes:
“Hoy más que nunca es justo decir que nos enfrentamos
a más amenazas, que se originan en más lugares, y que involucran a más personas
que en cualquier otro período desde los atentados terroristas del 11 de
septiembre del 2001”.
Bienvenidos a la era de la guerra permanente y de una
de sus consecuencias inevitables: la amenaza terrorista.

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