Desde que Maquiavelo consideró al embuste como un atributo obligado de
todo político, no hay ni uno solo que no haga uso de la mentira para llegar o
mantenerse en el poder. Ahí tenemos por ejemplo el caso de Donald Trump que, en
su más reciente acto de campaña en Pennsylvania, amenazó con renegociar o
retirar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) para evitar que
México siga “estafando” a Estados Unidos con su mano de obra barata y con un
déficit comercial que, el año pasado, rebasó los 60 mil millones de dólares
según cifras de la administración estadounidense.
"Nuestros políticos han buscado agresivamente una política de
globalización. Han movido nuestros trabajos y desplazado nuestra riqueza y
nuestras fábricas hacia México y otros países (como China)”, aseguró el pasado
martes desde una planta procesadora de chatarra y basura al sur de Pittsburg,
Pennsylvania, desde donde prometió recuperar la “independencia económica” de
Estados Unidos en caso de llegar a la Casa Blanca.
Lo irónico del asunto es que, al igual que Donald Trump ha ofrecido
arremeter contra México y China, hace ocho años los entonces candidatos a la
nominación presidencial por el partido demócrata, Barack Obama y Hillary
Clinton, también amenazaron con retirarse del Tratado Comercial con México y
Canadá en caso de que éstos dos países no aceptaran revisar los términos del
acuerdo trilateral suscrito en 1994:
“Creo que deberíamos usar el golpe de una potencial opción de salida
como palanca para asegurarnos de que realmente los estándares laborales y del
medio ambiente sean fortalecidos”, aseguró Barack Obama Obama durante un debate
con su entonces adversaria, Hillary Clinton.
Si en aquel momento Obama y Clinton se pronunciaron a favor de
renegociar el TLC con México y Canadá, lo hicieron con el fin de asegurarse el
respaldo de las poderosas centrales sindicales que nunca han ocultado su
rechazo a los Tratados Comerciales que sólo han beneficiado a las grandes
corporaciones, mientras han diezmado al campo mexicano o empobrecido a la clase
media en EU.
Los más de 12 millones de votos que representaban los ejércitos de la
AFL-CIO en Estados Unidos bien valían esa promesa que, con el tiempo, quedó en
el olvido.
Hoy, en medio de un creciente rechazo al modelo de globalización, que
sólo ha beneficiado al al gran capital, mientras ha sumido en la pobreza o
incertidumbre a millones de ciudadanos en todo el mundo, los grandes
beneficiarios de este ambiente de zozobra y repudio contra Wall Street, o hacia
esa clase política que ha sido incapaz de mantener a raya a los especuladores y
a las grandes corporaciones ávidas de beneficios fiscales, han sido personajes
como Donald Trump.
Un magnate del sector inmobiliario que no ha hecho otra cosa más que
aprovecharse del incendio en la pradera global para tratar de explotar el
sentimiento aislacionista y nacionalista que otros, antes que él (lo mismo en
Estados Unidos que en Europa), han atizado para agitar a las fuerzas vivas del
movimiento extremista y secesionista.
Ahí tenemos el caso del Brexit en el Reino Unido. O el ascenso de las
fuerzas de extrema derecha en Francia o en Alemania. Y, en el otro extremo, el
reclamo de los campesinos de México en estados como Guerrero o Morelos para
legalizar el cultivo de la amapola, la tabla de salvación que les ha ofrecido
la industria del narcotráfico para rescatarles del naufragio que llegó con el
Tratado de Libre Comercio y un proceso de globalización que ha ensanchado la
brecha entre ricos y pobres mientras deja al descubierto los grandes pecados de
origen que hoy han puesto en jaque a nuestras democracias.
En este contexto global, si algo ha demostrado Donald Trump hasta ahora
es que, como estratega político, es un formidable jugador de póquer. En este
sentido, el objetivo de Donald Trump es explotar los sentimientos encontrados
de más de 12 millones de trabajadores blancos sindicalizados que siempre han
visto en los Tratados de Libre Comercio, y en el avance de nuevas corrientes
migratorias, al enemigo identificado o al responsable de su desplazamiento en
la línea de producción industrial.
Lo increíble del asunto es que Trump, un empresario que se beneficia de
la mano de obra barata en México o en China, para sacarle el mayor beneficio a
la manufactura de su línea de trajes o corbatas. O que abusa del programa de
visas H1B, que le ha permitido importar trabajadores huéspedes de países como
la India para pagar bajos salarios en sus complejos hoteleros de Florida, se
haya convertido en el campeón de los trabajadores blancos y sin formación
universitaria, para tratar de arrebatar a Hillary Clinton un inmenso vivero de
votos en estados como Ohio, Pennsylvania, Florida o Carolina del Norte que
serán algunos de los más disputados en la elecciones presidenciales de
noviembre próximo.
En otras palabras, Trump esta robando el viejo manual de campaña de los
demócratas para granjearse el apoyo de los trabajadores sindicalizados y
para fracturar la tradicional base
blanca que hoy sufre los rigores de la desigualdad económica por culpa de
personajes, precisamente, como Donald Trump.
Parafraseando a Nicolás Maquiavelo, el magnate no esta haciendo otra
cosa que aplicar la receta del divide y vencerás haciendo uso del viejo
consejo: “de vez en cuando haz que las palabras te sirvan para ocultar los
hechos”.
"Nuestros políticos han buscado agresivamente una política de
globalización. Han movido nuestros trabajos y desplazado nuestra riqueza y
nuestras fábricas hacia México y otros países (como China)”, aseguró el pasado
martes desde una planta procesadora de chatarra y basura al sur de Pittsburg,
Pennsylvania, desde donde prometió recuperar la “independencia económica” de
Estados Unidos en caso de llegar a la Casa Blanca.
Lo irónico del asunto es que, al igual que Donald Trump ha ofrecido
arremeter contra México y China, hace ocho años los entonces candidatos a la
nominación presidencial por el partido demócrata, Barack Obama y Hillary
Clinton, también amenazaron con retirarse del Tratado Comercial con México y
Canadá en caso de que éstos dos países no aceptaran revisar los términos del
acuerdo trilateral suscrito en 1994:
“Creo que deberíamos usar el golpe de una potencial opción de salida
como palanca para asegurarnos de que realmente los estándares laborales y del
medio ambiente sean fortalecidos”, aseguró Barack Obama Obama durante un debate
con su entonces adversaria, Hillary Clinton.
Si en aquel momento Obama y Clinton se pronunciaron a favor de
renegociar el TLC con México y Canadá, lo hicieron con el fin de asegurarse el
respaldo de las poderosas centrales sindicales que nunca han ocultado su
rechazo a los Tratados Comerciales que sólo han beneficiado a las grandes
corporaciones, mientras han diezmado al campo mexicano o empobrecido a la clase
media en EU.
Los más de 12 millones de votos que representaban los ejércitos de la
AFL-CIO en Estados Unidos bien valían esa promesa que, con el tiempo, quedó en
el olvido.
Hoy, en medio de un creciente rechazo al modelo de globalización, que
sólo ha beneficiado al al gran capital, mientras ha sumido en la pobreza o
incertidumbre a millones de ciudadanos en todo el mundo, los grandes
beneficiarios de este ambiente de zozobra y repudio contra Wall Street, o hacia
esa clase política que ha sido incapaz de mantener a raya a los especuladores y
a las grandes corporaciones ávidas de beneficios fiscales, han sido personajes
como Donald Trump.
Un magnate del sector inmobiliario que no ha hecho otra cosa más que
aprovecharse del incendio en la pradera global para tratar de explotar el
sentimiento aislacionista y nacionalista que otros, antes que él (lo mismo en
Estados Unidos que en Europa), han atizado para agitar a las fuerzas vivas del
movimiento extremista y secesionista.
Ahí tenemos el caso del Brexit en el Reino Unido. O el ascenso de las
fuerzas de extrema derecha en Francia o en Alemania. Y, en el otro extremo, el
reclamo de los campesinos de México en estados como Guerrero o Morelos para
legalizar el cultivo de la amapola, la tabla de salvación que les ha ofrecido
la industria del narcotráfico para rescatarles del naufragio que llegó con el
Tratado de Libre Comercio y un proceso de globalización que ha ensanchado la
brecha entre ricos y pobres mientras deja al descubierto los grandes pecados de
origen que hoy han puesto en jaque a nuestras democracias.
En este contexto global, si algo ha demostrado Donald Trump hasta ahora
es que, como estratega político, es un formidable jugador de póquer. En este
sentido, el objetivo de Donald Trump es explotar los sentimientos encontrados
de más de 12 millones de trabajadores blancos sindicalizados que siempre han
visto en los Tratados de Libre Comercio, y en el avance de nuevas corrientes
migratorias, al enemigo identificado o al responsable de su desplazamiento en
la línea de producción industrial.
Lo increíble del asunto es que Trump, un empresario que se beneficia de
la mano de obra barata en México o en China, para sacarle el mayor beneficio a
la manufactura de su línea de trajes o corbatas. O que abusa del programa de
visas H1B, que le ha permitido importar trabajadores huéspedes de países como
la India para pagar bajos salarios en sus complejos hoteleros de Florida, se
haya convertido en el campeón de los trabajadores blancos y sin formación
universitaria, para tratar de arrebatar a Hillary Clinton un inmenso vivero de
votos en estados como Ohio, Pennsylvania, Florida o Carolina del Norte que
serán algunos de los más disputados en la elecciones presidenciales de
noviembre próximo.
En otras palabras, Trump esta robando el viejo manual de campaña de los
demócratas para granjearse el apoyo de los trabajadores sindicalizados y
para fracturar la tradicional base
blanca que hoy sufre los rigores de la desigualdad económica por culpa de
personajes, precisamente, como Donald Trump.
Parafraseando a Nicolás Maquiavelo, el magnate no esta haciendo otra
cosa que aplicar la receta del divide y vencerás haciendo uso del viejo
consejo: “de vez en cuando haz que las palabras te sirvan para ocultar los
hechos”.

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