Berlín .—
Contemplo el presente desde este hito caprichoso de la historia. Desde este
límite que marca la frontera entre el ayer y el hoy de Alemania en particular y
el mundo en general. El Muro de Berlín. O lo que queda de él.
La última vez que
lo visité, una avalancha de ciudadanos de la Alemania Oriental se abrían paso
para traspasarlo a golpe de marros, martillos, picos y hasta con esas manos
presurosas que decretaron su defunción.
Era el otoño de
1989 y, en cuestión de horas, el mundo había cambiado.
Hoy, de aquel
Muro inexpugnable sólo quedan poco más de 1,300 metros de concreto
reconvertido. Metamorfoseado en una galería al aire libre con los fantasmas del
pasado. Ahí, por ejemplo está la representación el beso entre Leonid Brezhnev Erich Honecker, los líderes ruso y el de la
hoy extinta Alemania Oriental, cuando ambos encabezaban los desfiles militares
que avanzaban gloriosos sobre la Avenida Lenin.
Cuando nadie sospechaba aún el desmoronamiento del socialismo real en la
Unión Soviética y, con ello, el colapso del Muro que hoy sirve de recordatorio
para todos aquellos que insisten en creer en la construcción de murallas
inútiles contra la invasión de ideas, de migrantes y refugiados.
O contra esa otra forma de muros que hoy mantienen entrampados a
millones entre la desigualdad y la segregación económica. Con el avance del
virus racista y supremacista que muchos creían desterrado.
O con la explotación de la mano de obra de inmigrantes y refugiados o la
precarización o la exclusión galopante del mercado laboral para millones de
jóvenes o adultos mayores.
Como botón de muestra, ahí están las cuadrillas de trabajadores búlgaros
o ucranianos que trabajan en las obras de remozamiento o de construcción por
todo Berlín. O los refugiados sirios y afganos que se multiplican en los
servicios de limpieza, mientras el ciudadano alemán desempleado prefiere mirar
a otro lado agazapado en su zona de confort que le proporcionan los beneficios
del Estado.
Visto desde aquí, el mundo se antoja raro. El Muro ha sido reducido a
una galería de graffitis. Turistas de todo el mundo se toman selfies. Ahí, por
ejemplo, esta una pareja de japoneses gay se da un beso apretado junto a la
imagen de Brezhnev y Honecker.
Más allá, en lo que antes eran los dominios de la Alemania comunista, un
viejo cochecito Trabant sirve de reclamo turístico y de recordatorio de la
vieja austeridad socialista. A su lado, se alzan los edificios de moderna
arquitectura. Relampagueando con la luz del sol. Como símbolos de la modernidad
neoliberal que se ha abierto paso sobre los vestigios de esa utopía socialista
que se resiste a claudicar hoy más que nunca.
En uno de los Muros, aún flota la leyenda “Aún quedan muchos muros por
derrumbar”. Al lado de una frase suelta un lapidario: “Trump jódete” como muestra del rechazo que
causan aquí los planes del presidente de Estados Unidos por blindar el Muro
fronterizo con México.
¿Hasta qué punto vale la pena seguir construyendo muros?, se pregunta
uno cuando se contempla este Muro reducido a un vulgar cliché turístico.
La pregunta se antoja retórica si tomamos en cuenta que ningún muro será
capaz de contener los muchos éxodos que hoy siguen desbordando fronteras. Según
la UNESCO, cada dos segundos una persona se ve obligada a desplazarse de su
tierra y su hogar debido a guerras, pobreza y hambrunas.
En suma, hoy más de 68 millones de personas se han sumado a ese éxodo
sin precedentes de refugiados por todo el muro. De este gran total, más de 25
millones tienen menos de 18 años.
Ante este río incontenible de datos duros, los políticos de la Unión
Europea parecen empeñados en arrojar más leña al fuego.
A sólo unos metros de este vestigio de Muro, los representantes del
gobierno alemán pelean entre sí y, al mismo tiempo, con sus vecinos en Francia
y el Reino Unido.
¿El motivo de esta pelea?. Aunque parezca mentira, no tiene nada que ver
con la crisis humanitaria que hoy representan miles de refugiados del norte
Africa muriendo en aguas del Mediterráneo mientras intentan alcanzar suelo
europeo.
Ni con el peligroso avance de organizaciones supremacistas y partidos de
extrema derecha que han puesto en jaque al sistema democrático en Francia,
Alemania, Italia, España y Alemania.
Ni con la creciente brecha que se sigue agrandando entre ricos y pobres
en la Unión Europea. Tan sólo en Alemania, solo el uno por ciento de la
población acumula un tercio del patrimonio total del país, según el Instituto
Alemán para la investigación económica (DIW)
En cambio, el 50% más pobre, apenas posee el 2,5 de la riqueza total.
Por lo visto, la caída del Muro no trajo consigo los beneficios que
prometía el capitalismo. En su lugar, la bota lustrosa de la economía
neoliberal aprieta el cogote de aquellos que creyeron en el paraíso capitalista.
De millones de ciudadanos que siguen perdiendo en derechos, en poder
adquisitivo y servicios.
A pesar de estos problemas, agravados con la llegada de casi 2 millones
de refugiados de Siria, Afganistán, Marruecos y otras naciones del norte de
Africa, el debate más candente en estos días en Alemania es la disputa a favor
y en contra de levantar las sanciones que pesan sobre más de 300 empresas para
seguir exportando armamento a Arabia Saudita para atizar la guerra civil que ha
dejado a su paso más de 60 mil muertos en Yemen.
Las presiones más fuertes, provienen del gobierno francés de Emmanuel
Macron que ha amenazado con torpedear las negociaciones comerciales en bloque
de la Unión Europea con el gobierno de Donald Trump. La amenaza, pone a temblar
al gobierno alemán que se vería afectado con el inicio de una guerra que
afectaría, sobre todo, su poderosa industria automotriz.
Agilizar las ventas de armamento se ha convertido en una prioridad del
gobierno francés que se encuentra a la cabeza de las exportaciones de equipo
militar al reino saudita. Muy por delante del Reino Unido o de Alemania, que se
resiste a levantar el embargo tras el asesinato del periodista de origen
saudita, Jamal Khashoggi.
Precisamente, ese es el dilema que enfrenta la coalición que encabeza la
canciller alemana, Angela Merkel, quien se enfrenta a las presiones de su
propio partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU), contra las resistencias del
Partido Socialdemócrata (SPD) a levantar las sanciones.
Al final, Merkel se ha visto obligada a mantener por seis meses más el
embargo.
Y con ello, las presiones de Francia, el Reino Unido y hasta de España
se mantendrán contra su liderazgo europeo, debilitando su posición mientras
intenta negociar con Donald Trump un pacto comercial que conjure la amenaza de
una guerra entre estos dos viejos enemigos y aliados hacia ambos lados del
Atlántico.
Las divisiones en el seno del gobierno alemán, por las exigencias de las
poderosas industrias de armamento y las exigencias de Arabia Saudita para
proseguir con su carnicería en Yemen,
son sólo uno de los muchos muros que han surgido desde la caída
histórica del Muro de Berlín aquel 9 de noviembre de 1989.
Por no hablar del avance de la desigualdad económica, la segregación
económica y racial, la radicalización de las fuerzas políticas, la persecución
de migrantes y refugiados y la guerra por la supremacía económica y militar que
encabezan hoy Rusia, China y Estados Unidos para reproducir nuevas formas de
muros que no necesitan de un sólo tabique.
Que se alimentan del odio, el miedo y la desigualdad creciente entre
unos pocos millonarios y esas hordas de pobres y desplazados de a los que
ningún Muro será capaz de contener.

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