Durante casi 8 años el presidente Barack Obama se convirtió en el objeto
preferido de ataques y teorías conspirativas de Donald Trump.
Como su infame campaña para cuestionar su ciudadanía y su religión. Para
obligarle a hacer pública el acta de nacimiento que demostraba que había nacido
en Hawai y no en Kenia, una mentira que Trump se encargo de propagar entre las
bases extremistas y neoconservadoras que nunca aceptaron a Obama como “su”
presidente.
Hoy, después de conquistar la presidencia de Estados Unidos, Trump se ha
mostrado incapaz de escapar de su obsesión hacia Obama.
Las últimas imputaciones contra el ex presidente, al que ha acusado de
haberle espiado e intervenido sus teléfonos, pero sin ofrecer prueba alguna,
demuestran la fijación enfermiza de un hombre que hoy más que nunca necesita de
Obama para distraer la atención de los medios y la opinión pública de otros
escándalos potencialmente más dañinos.
Como sus presuntos contactos con Rusia o la suerte de su Procurador
General, Jeff Sessions, quien mintió al Congreso sobre sus encuentros con el
embajador ruso.
Desde que Trump lanzó la última acusación contra Obama a través de su
cuenta de twitter, los medios de comunicación y miembros del Congreso han
insistido en la necesidad de demostrar sus dichos.
Pero Donald Trump no ha ofrecido pruebas de una denuncia que, poco a
poco, ha pasado del escándalo al ridículo. Y todo con la entusiasta ayuda de su
portavoz, Sean Spicer y de su principal asesora, Kellyanne Conway, quien ha
llegado al extremo de sugerir que el espionaje contra su jefe se pudo haber
realizado lo mismo desde un teléfono, que de un televisor y hasta de un
microondas.
Transformado en el rey de las noticias falsas (fake news) y de los
rumores, a Donald Trump ya casi nadie le cree nada. Su credibilidad ha tocado
fondo entre la mayoría de los estadounidenses.
En medio de una operación para tratar de salvar la cara, mientras
mantienen viva la mentira del supuesto espionaje de Obama contra Trump, la Casa
Blanca ha asegurado que corresponde al Congreso demostrar las acusaciones del
presidente, posiblemente mediante la creación de una comisión especial.
Es decir, la mejor fórmula para politizar y seguir explotando una
mentira.
Una posibilidad que algunos senadores republicanos creen factible. Pero
no para demostrar una acusación que lanzó Trump sin ofrecer prueba alguna. Sino
para ofrecer cobertura a un presidente que no sabe cómo salir del atolladero.
Y, de paso, seguir distrayendo a los ciudadanos de asuntos más
importantes. Como, por ejemplo, la posible colusión de su campaña presidencial
con los servicios de inteligencia rusos.
Desde el sector de los extremistas, el congresista republicano por Iowa,
Steve King, ha ofrecido de forma
espontánea una línea de salvación al presidente al asegurar que, si Obama no
ordenó las grabaciones de las conversaciones de Donald Trump, éstas bien
pudieron ser realizadas “por una célula rebelde de la CIA” interesada en dañar
la reputación del candidato republicano.
Con estas declaraciones, King se suma a la espiral de rumores y noticias
falsas que se han encargado de propagar medios como Breibart News, muy próximo
al principal asesor del presidente, Steve Bannon, para insistir en la tesis del
espionaje practicado contra Trump y algunos de sus colaboradores.
En cualquier caso, la obsesión de Trump
hacia Obama parece confirmar que el presidente sigue empeñado en mantener su
enfermiza relación con el hoy ex presidente bajo el principio de “ni contigo,
ni sin ti”.

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